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CAPÍTULO 2: Las condiciones del trato

Author: Lirene
last update publish date: 2026-10-14 07:26:53

Victoria llegó a la sala de reuniones diez minutos antes de la hora acordada.

Sobre la mesa la esperaba una carpeta con la versión preliminar del contrato matrimonial. Patrick había enviado una copia a cada uno la noche anterior, acompañada de un informe sobre la situación financiera de WallaceCorp y una lista de los compromisos que debían asumir para evitar que la noticia del matrimonio se convirtiera en otra fuente de incertidumbre para los inversores.

Victoria había leído ambos documentos.

Dos veces.

No porque necesitara repasar las condiciones, sino porque conocía el peso de cada decisión que tomaban en aquella empresa. La fusión con la tecnológica alemana no podía fracasar. Los inversores coreanos exigían garantías y el consejo comenzaba a perder la paciencia. Si el matrimonio conseguía proyectar la estabilidad que necesitaban, ella estaba dispuesta a asumir su parte.

Lo que no había previsto era la reacción que le produciría encontrar sus nombres juntos en la primera página.

Victoria Smith y Jonás Wallace.

No había nada romántico en aquellas palabras. Eran dos nombres vinculados por una obligación legal, una estrategia corporativa y un conjunto de cláusulas diseñadas para impedir que el acuerdo interfiriera con sus vidas más de lo estrictamente necesario.

Aun así, permaneció unos segundos mirando el documento.

Se obligó a pasar la página.

No tenía sentido atribuirle un significado personal a una decisión que había aceptado por razones profesionales. Jonás era un hombre al que admiraba. Había visto cómo defendía los intereses de WallaceCorp en negociaciones en las que otros habrían cedido demasiado pronto y cómo asumía responsabilidades que muchos habrían preferido dejar en manos ajenas.

Casarse con él no cambiaba nada de eso.

Al menos, eso se dijo.

La puerta se abrió a las ocho en punto.

Jonás entró con el teléfono en una mano y una carpeta negra en la otra. Llevaba el traje oscuro perfectamente ajustado, la corbata en su sitio y una expresión que no revelaba nada de lo que pudiera estar pensando. Terminó una llamada antes de sentarse y dejó el teléfono junto a los documentos.

—He revisado el contrato —dijo, abriendo su carpeta—. Hay tres modificaciones.

Victoria apartó su copia para prestarle atención.

—Te escucho.

Jonás no perdió tiempo en introducciones.

—La primera: nuestros patrimonios permanecerán completamente separados. El matrimonio no otorgará derechos sobre las participaciones, propiedades, inversiones ni activos que cada uno posea antes de la firma.

—De acuerdo.

—La segunda: ninguno podrá utilizar el matrimonio para intervenir en las decisiones profesionales del otro. Tu cargo no estará sujeto a mi aprobación personal, y el mío tampoco al tuyo.

Victoria sostuvo su mirada.

—No tendría sentido aceptar lo contrario.

—Entonces no tendremos problemas con esa cláusula.

Su tono era neutro. No buscaba convencerla ni comprobar si estaba cómoda con las condiciones. Había identificado lo que consideraba necesario y esperaba que la negociación se limitara a resolver los puntos pendientes.

Victoria bajó la vista hacia sus anotaciones.

—¿Cuál es la tercera modificación?

Jonás deslizó una hoja hacia ella.

—La duración del acuerdo. Propongo un año, con posibilidad de disolución anticipada si ambas partes lo consideran conveniente y siempre que hayamos cumplido las obligaciones corporativas que justifican el matrimonio.

Victoria leyó la cláusula antes de responder.

—La fusión podría extenderse más de un año.

—Por eso el contrato contempla una revisión antes del vencimiento. No voy a comprometerme a mantener un acuerdo indefinidamente por una operación cuya duración no controlamos.

No había dureza en sus palabras, pero tampoco espacio para interpretaciones.

—Podemos incluir una extensión por mutuo consentimiento —propuso ella—. Si las circunstancias lo exigen, renegociaremos los términos en ese momento.

Jonás tomó su bolígrafo y anotó la modificación.

—Inclúyelo en la versión definitiva.

Victoria observó cómo continuaba revisando el documento. Era meticuloso, directo y difícil de distraer. En otros momentos había admirado esas cualidades durante una negociación; ahora las encontraba también en la manera en que abordaba un asunto tan personal como un matrimonio.

Para él, cada cláusula parecía cumplir una única función: evitar problemas futuros.

No se equivocaba. Ella misma había exigido límites claros desde el principio.

Sin embargo, una parte de Victoria habría preferido que aquel acuerdo no pareciera tan sencillo de reducir a términos legales.

—También debemos definir las apariciones públicas —dijo, concentrándose de nuevo en el contrato—. El consejo querrá una presentación conjunta antes de que termine la semana. Después, tendremos que coordinarnos con comunicaciones para los eventos relacionados con la fusión.

—Una declaración conjunta y las apariciones que sean necesarias para respaldar el acuerdo. No veo motivo para convertir nuestra vida privada en una campaña permanente.

—La prensa no siempre distingue entre lo necesario y lo que le interesa publicar.

—Entonces será responsabilidad de comunicaciones establecer los límites.

Jonás pasó a la siguiente página.

—No habrá declaraciones individuales sobre nuestro matrimonio sin que ambos conozcamos previamente el contenido. Tampoco se utilizarán asuntos personales para responder preguntas sobre la empresa.

Victoria asintió.

—Estoy de acuerdo.

—En cuanto a la convivencia, prefiero que quede establecido que cada uno conservará su espacio. No considero necesario compartir habitación.

La respuesta le produjo a Victoria una punzada de desconcierto que procuró no mostrar. Había esperado aquella condición; de hecho, ella misma la habría propuesto. Aun así, escucharla enunciada con semejante indiferencia hizo que el matrimonio adquiriera una dimensión más concreta.

—No tengo objeciones —respondió—. Podemos mantener residencias separadas, siempre que acordemos cómo manejaremos las ocasiones en que la prensa espere vernos juntos.

—Lo resolveremos según cada evento.

—De acuerdo.

Jonás firmó al pie de la hoja donde había anotado las modificaciones y la dejó frente a ella.

—¿Hay alguna otra condición que quieras añadir?

Victoria revisó sus notas. Había considerado cada punto con cuidado: las finanzas, los cargos, la privacidad, la duración del matrimonio y las obligaciones públicas. No quedaba nada esencial sin resolver.

—Quiero que conste que ninguno podrá utilizar información confidencial del otro fuera de los asuntos estrictamente relacionados con la empresa.

—Eso ya está contemplado en los acuerdos de confidencialidad. Lo añadiremos también aquí para evitar interpretaciones.

Ella hizo una última anotación.

—Entonces no tengo nada más.

Jonás cerró la carpeta.

—Bien. Envíale los cambios al departamento legal. Quiero la versión definitiva antes de la reunión del consejo.

Victoria levantó la vista.

—¿No quieres revisarla antes de firmar?

—Revisaré la versión final. Si el departamento legal incorpora lo acordado, no debería haber inconvenientes.

No era una muestra de confianza personal. Era la forma en que Jonás trabajaba: establecía las condiciones, delegaba lo que correspondía delegar y esperaba resultados.

Victoria lo sabía mejor que nadie.

Llevaban dos años trabajando juntos. Había aprendido a reconocer su manera de tomar decisiones, su capacidad para detectar riesgos y su rechazo a cualquier compromiso que no pudiera justificar con argumentos concretos. También sabía que, desde la salida de su padre, cada decisión importante recaía sobre él con un peso que el resto del consejo no siempre comprendía.

WallaceCorp no era simplemente su lugar de trabajo. Era el legado de su familia, una responsabilidad que Jonás parecía dispuesto a defender incluso si eso significaba sacrificar cualquier otra cosa.

Y ahora estaba dispuesto a casarse por la misma razón.

—La reunión con el consejo será el jueves —dijo Victoria—. Si firmamos mañana, comunicaciones tendrá tiempo suficiente para preparar el anuncio.

—Adelántalo si es posible. No quiero que los rumores se adelanten a nosotros.

—Lo consultaré con Patrick.

Jonás recogió sus documentos y se puso de pie.

—Cuando el contrato esté listo, envíamelo.

—Lo haré.

Victoria guardó su copia en la carpeta de cuero. Antes de salir se detuvo con la mano en la puerta.

—Una última pregunta. ¿Hay algo en tu pasado que pueda convertir esto en un problema? Alguien, quiero decir.

—No —dijo Jonás.

Lo dijo rápido, y sin mirarla. Esa fue la parte que Victoria archivó. No la respuesta: la velocidad.

La conversación había terminado. No hubo agradecimientos innecesarios ni comentarios sobre lo que acababan de acordar. Jonás guardó el teléfono en el bolsillo de su chaqueta y salió de la sala, dejando a Victoria con las carpetas abiertas y la sensación de que acababan de cerrar una negociación más.

Solo que esta vez ella llevaba un anillo futuro en la ecuación.

Victoria permaneció en la sala unos minutos más.

Repasó las modificaciones, organizó los documentos y envió las instrucciones al departamento legal. El trabajo le ofrecía una estructura conocida, una forma de mantener sus pensamientos donde debían estar.

Pero cuando recibió la confirmación de que los abogados tendrían listo el contrato al día siguiente, volvió a mirar la primera página.

Victoria Smith y Jonás Wallace.

No esperaba una declaración de afecto. Tampoco una transformación repentina en la manera en que él la trataba. Conocía su carácter, su disciplina y la distancia que mantenía entre el trabajo y cualquier otro aspecto de su vida.

No necesitaba que Jonás compartiera su entusiasmo.

Lo que sentía era suyo, y todavía no estaba preparada para examinarlo demasiado de cerca.

Se permitió, sin embargo, una pequeña concesión: imaginar por un instante cómo sería verlo esperándola el día de la boda.

La imagen duró apenas unos segundos.

Después cerró la carpeta.

Tenían una fusión que asegurar, inversores que convencer y una empresa que no podía permitirse más señales de inestabilidad. Aquello era lo importante. Lo demás tendría que esperar.

Al otro lado del edificio, Jonás entró en su despacho y dejó la carpeta sobre el escritorio.

No pensó en la ceremonia, en los invitados ni en la mujer que aparecería a su lado ante las cámaras. Esos detalles quedarían en manos de comunicaciones y de quienes organizaran el evento. Tampoco se preguntó qué significaría el matrimonio para Victoria.

No era una cuestión que necesitara resolver.

Abrió el informe financiero que había dejado pendiente antes de la reunión y fue directamente a las proyecciones de la fusión. Había dos escenarios que preocupaban al equipo directivo, una cláusula del acuerdo que los abogados alemanes todavía no aceptaban y una reunión con los inversores coreanos que no podía terminar sin garantías concretas.

Eso era lo que importaba.

Su padre había dedicado años a construir un patrimonio que ahora dependía de decisiones tomadas bajo presión. Jonás no permitiría que los errores del consejo, las especulaciones de la prensa o la incertidumbre de los inversores destruyeran lo que su familia había levantado.

El matrimonio era una herramienta. Una medida para contener los rumores y ganar el margen que necesitaban.

Nada más.

Su teléfono vibró con un mensaje del departamento legal. Jonás lo leyó, respondió con dos instrucciones y volvió al informe.

Había aprendido que las promesas no garantizaban estabilidad, que la confianza podía convertirse en un riesgo y que las personas eran capaces de destruir en una noche aquello que habían jurado proteger.

No pensaba volver a cometer el error de depender de nadie.

Mucho menos ahora.

Al día siguiente firmaría un contrato matrimonial. En unas semanas, probablemente tendría que sonreír ante las cámaras y permitir que el mundo creyera que su vida estaba tomando un rumbo distinto.

Podían creer lo que quisieran.

Mientras WallaceCorp sobreviviera, mientras el patrimonio de su familia permaneciera intacto y el legado de su padre siguiera en pie, Jonás consideraría que el acuerdo había cumplido su propósito.

Lo demás no formaba parte de la negociación.

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