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CAPÍTULO | 39

Autor: Kasia_SV
last update Data de publicação: 2026-09-20 13:43:25

LUNES 20, ABRIL, 2020.

Me quedé quieta un instante, sintiendo el peso cálido de las sábanas enredadas entre mis piernas, y el silencio profundo que solo el mar era capaz de romper con su murmullo constante al otro lado del ventanal.

Giré la cabeza despacio sobre la almohada. A mi derecha, Kael dormía de costado, con el brazo extendido cruzando parte de mi cintura y el rostro relajado de una forma que jamás le veía cuando estaba despierto, sin esa media sonrisa torcida ni esa mirada calculadora que nunca terminaba de apagarse del todo. A mi izquierda, Kai descansaba boca abajo, con medio rostro hundido en la almohada y un mechón de cabello oscuro cayéndole sobre la frente, respirando con esa profundidad pesada que solo llega tras un sueño realmente reparador.

Me quedé observándolos un momento, sintiendo una calidez extraña asentárseme en el pecho, una calidez que ya no intentaba cuestionar tanto como al principio. Con cuidado, aparté el brazo de Kael de mi cintura, deslizándome despacio hacia el borde del colchón para no despertarlos. Ninguno de los dos se movió más que un murmullo bajo, casi inaudible, antes de volver a hundirse en el sueño.

Me puse de pie sobre la madera tibia del suelo, sintiendo un ligero mareo pasajero por la brusquedad del movimiento, y busqué a tientas entre la ropa desperdigada de la noche anterior. Encontré la camisa de Kael, y me la puse despacio, abrochando apenas un par de botones del centro antes de dejar que la tela suelta me cayera hasta la mitad de los muslos. Olía a él, a esa colonia suave y amaderada que ya reconocía sin esfuerzo.

Caminé de puntillas hacia la puerta del dormitorio, girando la manija con el mayor cuidado posible para no dejar que el chasquido de la madera resonara demasiado, y salí hacia el resto de la casa envuelta en un silencio absoluto, roto solo por el sonido distante de las olas rompiendo contra la orilla.

Crucé la sala en penumbra, todavía a oscuras, con los primeros destellos grises del amanecer filtrándose apenas por los ventanales, y llegué hasta la puerta de cristal que daba directo hacia la terraza y la playa. La deslicé hacia un lado con cuidado, sintiendo de inmediato el aire fresco de la madrugada golpeándome el rostro, cargado de sal y de humedad.

Bajé los pocos escalones que separaban la terraza de la arena y caminé descalza sobre la superficie fría, sintiendo cómo los granos se me colaban entre los dedos de los pies con cada paso. El cielo todavía conservaba un tono azul oscuro salpicado de estrellas tenues en el horizonte más lejano, mientras que hacia el este, una línea delgada de luz anaranjada empezaba a insinuarse tímidamente sobre el mar.

Caminé hasta la orilla, deteniéndome justo donde la arena húmeda se encontraba con la espuma blanca de las olas, y dejé que el agua fría me rozara los pies con cada ola que llegaba y se retiraba después, arrastrando consigo pequeños fragmentos de conchas y arena suelta. Me abracé el cuerpo por encima de la camisa, sintiendo el frío calarme apenas la piel, y me quedé ahí, inmóvil, con la mirada perdida en la línea del horizonte que empezaba a teñirse poco a poco de tonos rosados y dorados.

Fue en ese silencio, con el sonido constante del agua como único acompañante, que los pensamientos que llevaba días evitando terminaron por alcanzarme sin que pudiera hacer nada para detenerlos.

Pensé en mi madre.

Pensé en sus manos manchadas de tierra mientras armaba ramos en la floristería, en su risa suave llenando la cocina de nuestro departamento en París, en la forma exacta en que se había interpuesto entre el peligro y mi cuerpo aquella noche que ya llevaba un mes atormentándome. La vi caer de nuevo, con la misma lentitud de pesadilla de siempre, y sentí que el pecho se me apretaba con una punzada conocida, aguda y profunda, que ya no me sorprendía tanto como al principio, pero que tampoco dejaba de doler.

Pensé también en mi padre. En la última mañana que desayunamos los tres juntos, en la advertencia que Kael me había dado desde el primer día: que no tenía ninguna pista para buscarme fuera de Francia, que para las autoridades y para la prensa, lo que había pasado en nuestro hogar no era más que un robo trágico sin ningún nombre que lo vinculara con la familia Sokolov y de los hombres que ahora mismo dormían a pocos metros de donde yo estaba parada. No sabía si seguía buscándome. No sabía si había dejado de hacerlo, agotado por la desesperanza, o si todavía se aferraba a la idea de encontrarme algún día. No sabía absolutamente nada de él desde la noche en que todo se había roto, y esa ignorancia se sentía, en ocasiones como esta, todavía más pesada que el propio duelo.

La culpa llegó después, como siempre, arrastrándose despacio detrás de cada recuerdo. Culpa por estar aquí, envuelta en la camisa de uno de los hombres que me habían arrebatado la vida que conocía. Culpa por haber sonreído, por haber besado, por haber sentido, en más de una ocasión durante las últimas semanas, algo que ya no lograba identificar del todo como mentira. Culpa por permitir que el calor de sus cuerpos, de sus gestos, de sus palabras, terminara colándose en algún rincón de mí que debería haber permanecido cerrado para siempre, en honor a mi madre, en honor a la vida que me habían quitado sin ningún derecho.

—Perdóname, mamá —susurré para el viento, sintiendo que la voz se me quebraba apenas un poco al final, aunque esta vez no dejé que las lágrimas terminaran de brotar del todo.

El sol seguía ascendiendo despacio sobre el horizonte, pintando el cielo entero de franjas doradas y rosadas que se reflejaban sobre la superficie del mar como un espejo roto en mil pedazos brillantes. Me quedé ahí parada, dejando que la brisa fría me erizara la piel de los brazos, sintiendo que aquel amanecer, silencioso y solitario, era lo más parecido a un momento propio que había tenido desde la noche en que Chloé apuntó el arma contra mi madre.

No supe cuánto tiempo pasó exactamente, perdida entre el vaivén constante de las olas y mis propios pensamientos, hasta que la voz de Kael, todavía distante, me sacó de golpe de aquel trance.

—¡Mila! —lo escuché gritar, con un dejo de urgencia que rompió por completo la calma de la madrugada.

Giré la cabeza justo a tiempo para verlo cruzar la arena a paso apresurado, con el torso descubierto y el pantalón de algodón gris colgándole bajo de las caderas, y antes de que pudiera decir una sola palabra, sus brazos ya me envolvían por completo, apretándome contra su pecho con una fuerza que me sacó el aire de los pulmones.

—No vuelvas a desaparecer así —murmuró contra mi cabello, con la voz todavía agitada por la carrera, sin soltarme ni un centímetro.

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