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CAPÍTULO | 38

작가: Kasia_SV
last update 게시일: 2026-09-20 13:43:21

​El recorrido continuó por una tercera boutique especializada en calzado de lujo y marroquinería de diseñador. Allí, las empleadas desplegaron frente a nosotros docenas de pares: sandalias de tiras finas en tonos dorados, zapatos de salón en piel de cordero y tacones estilizados. Kai disfrutó eligiendo personalmente tres pares de sandalias y dos bolsos de mano en tonos neutros, colocándomelos sobre las piernas para que apreciara la textura antes de dar la orden de que los empacaran junto al resto.

​Cuando salimos de la última tienda, varias bolsas pesadas y cajas envueltas en papel satinado fueron enviadas directamente hacia la residencia por los empleados, mientras el sol de la tarde alcanzaba su punto más alto, avisando que la hora del almuerzo había llegado. El aroma a mariscos salteados y especias frescas se mezclaba con la brisa de la bahía.

​—Tengo hambre —anuncié mientras caminábamos de regreso hacia el sector principal de la marina, sintiendo que el ligero desayuno de la mañana se había consumido por completo entre la caminata y la sorpresa continua.

​—Reservé una mesa en la terraza de la colina para el almuerzo —dijo Kael, tomándome la mano para entrelazar sus dedos con los míos—. Desde allí se ve toda la bahía y el puerto bajo la luz de la tarde.

​El restaurante ocupaba una plataforma elevada sobre los acantilados de la isla, accesible únicamente por un sendero privado que serpenteaba entre pinos silvestres y flores de lavanda. La brisa marina soplaba más fresca a esa altura, trayendo consigo el perfume limpio de la vegetación y el crujido distante de las olas chocando contra las rocas bajas.

​Nos acomodaron en una mesa rinconera de madera oscura, estratégicamente orientada hacia el mar. Las sombrillas de tela clara proyectaban una sombra agradable sobre el mantel de lino blanco, protegiéndonos del sol directo mientras la panorámica de los yates parecía una postal perfecta a nuestros pies.

​El almuerzo transcurrió en un tono pausado y relajado. Pedimos langosta fresca a la parrilla, risotto de mariscos con azafrán, ensaladas verdes con vinagreta de higos y otra botella de champán helado que sirvieron en copas altas de cristal. Entre bocado y bocado, Kai no dejaba de hacerme sonreír con anécdotas desordenadas sobre los viajes que él y Kael realizaban durante su adolescencia por el Mediterráneo, revelando una faceta vulnerable y espontánea que rara vez dejaba ver cuando su padre estaba cerca.

​—Kael era un desastre navegando —contaba Kai riendo, apoyando los codos sobre la mesa mientras me miraba con ternura—. Una vez encalló un velero pequeño cerca de la costa solo porque no quería admitir que no sabía leer el mapa de viento.

​—Teníamos quince años, Kai, y el mapa estaba mal trazado —se defendió Kael con esa media sonrisa torcida que le suavizaba la severidad del rostro—. Además, tú estabas demasiado ocupado mareado en el camarote como para opinar.

​—Mentira total —protestó Kai, buscando mi mano sobre el mantel para apretarla con suavidad—. Mila, no le creas nada. Yo era el marinero experto de los dos.

​—No les creo a ninguno de los dos —respondí con una risa abierta, disfrutando sinceramente de ese intercambio sin tensiones ni dobles intenciones aparentes.

​Por un momento, sumergida en la calidez de la mesa y en el sabor dulce del champán, logré olvidar la razón original de mi presencia en sus vidas. Miraba a Kael, con sus facciones marcadas y esa mirada azulada oscura que no se apartaba de mi rostro, y a Kai, con su vitalidad desbordante y esa calidez afectuosa que resultaba tan fácil de amar, y me descubrí sintiendo una comodidad extraña, casi peligrosa. La línea entre mi plan estratégico y la realidad que estaba viviendo con ellos empezaba a borrarse de formas que me asustaban profundamente.

​Al terminar el almuerzo, el postre llegó en forma de un soufflé de chocolate amargo acompañado de helado de vainilla de Madagascar. Kael tomó la cuchara pequeña, cortó un trozo del centro caliente y me lo ofreció directamente en la boca, sosteniéndome la barbilla con sus dedos largos mientras yo lo probaba.

​—¿Está bueno? —preguntó en un susurro grave.

​—Delicioso —murmuré, tragando despacio mientras sentía el contraste entre el chocolate caliente y la frialdad del helado.

​—Tú eres lo único verdaderamente delicioso aquí, Mila —dijo Kael, inclinándose para darme un beso corto en la esquina de los labios, retirando un rastro invisible de chocolate con la yema del pulgar.

​La tarde avanzó despacio mientras disfrutábamos de la sobremesa frente al mar, conversando sobre cosas sencillas sin ninguna prisa por ponernos de pie. Nos quedamos un par de horas más contemplando cómo los barcos entraban y salían del puerto, envueltos por el sonido rítmico del agua y el calor suave que comenzaba a bajar a medida que las sombras se alargaban sobre los acantilados.

​Cuando la luz comenzó a tornarse dorada y el cansancio de la caminata empezó a hacerse notar, Kael hizo un gesto al camarero para saldar la cuenta, concluyendo el almuerzo con la misma rapidez impecable con la que manejaba todo. Nos pusimos de pie despacio y caminamos juntos de regreso hacia el estacionamiento reservado donde nos aguardaba el convertible.

​El viaje de vuelta a la residencia transcurrió por la ruta empinada de la costa. El motor rugía con suavidad y el viento nos envolvía el rostro, trayendo el olor a sal y a tierra caliente. Kai conducía con serenidad mientras Kael mantenía su brazo alrededor de mis hombros en el asiento trasero, dejándome besos breves en la sien y en la mejilla de forma constante, sin ninguna intención de separarse de mí.

​Llegamos a la casa justo cuando las primeras luces cálidas de la entrada se encendían automáticamente sobre la fachada de piedra. El convertible se detuvo sobre la grava y el silencio de la bahía desierta nos recibió de nuevo. Los empleados ya habían entregado las compras del día, que descansaban ordenadas en el recibidor.

​Entramos juntos a la sala principal, donde los enormes ventanales mostraban el mar tornándose oscuro bajo las primeras estrellas que aparecían en el cielo. Sentía el cuerpo cansado por las horas de recorrido, pero la mente llena de las sensaciones contrastantes que la jornada me había dejado.

​—Fue un día increíble —admití en voz baja.

​Kai se acercó por detrás, me tomó suavemente por la cintura y me apoyó la barbilla en el hombro, abrazándome con calidez.

​—Y esto es solo el comienzo, bonita —murmuró Kai cerca de mi oído, dándome un beso tierno en el cuello—. Te mereces esto y mucho más.

​Kael se colocó frente a nosotros, cruzándose de brazos mientras me miraba con esa intensidad contenida que nunca se le apagaba del todo.

​—Mañana descansaremos un poco más antes de preparar todo para el regreso a Moscú —dijo Kael, acercándose un paso para tomarme la barbilla y dejarme un beso pausado y profundo en los labios—. Pero por hoy, el día fue exactamente como debía ser.

​Me quedé en medio de los dos, sintiendo sus miradas fijas en mí y el calor de sus gestos envolviéndome en la penumbra de la casa. Escuchando el sonido constante de las olas al otro lado del cristal, respiré hondo y me dejé llevar por la calma de la noche que comenzaba a caer sobre la isla.

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