LOGINEl asesinato de su madre destruyó el mundo de Mila, pero su verdadera pesadilla comenzó cuando Kael y Kai la secuestraron para llevársela a Moscú. Encerrada en su mansión, Mila esperaba crueldad. En su lugar, encontró a dos hermanos cuya fijación por ella roza la devoción más pura: dos sombras letales dispuestas a arrodillarse ante su dolor y vengar la sangre que le arrebataron. Rota pero implacable, Mila no piensa huir. Acepta el trato más peligroso de su vida: su venganza a cambio de quedarse con ellos. Dos gemelos implacables. Una mujer que los domina. Y un fuego que los consumirá a los tres.
View MoreVIERNES 13 DE MARZO DE 2020
PARÍS, FRANCIA MILA Estaba detrás del mostrador con un delantal verde puesto, atando un ramo de hortensias azules para un pedido de última hora; mamá terminaba a mi lado un arreglo de lirios blancos que saldría a primera hora de la mañana hacia una cena de gala. El teléfono de la tienda no había parado de sonar en todo el día, y la libreta de encargos tenía tantas páginas marcadas que ya casi no cabía otra. —Cuando termines con ese, cariño, pásame las tijeras de podar, que las dejé junto a la ventana —dijo mamá sin levantar la vista. —Ya voy, mamá. Terminé el lazo, me sequé las manos en el delantal y di media vuelta; justo entonces sonó la campanilla de la puerta. Alcé la cabeza esperando a algún cliente de última hora, pero quien apareció fue Chloé. —¡Mila! ¡Deja lo que estás haciendo ahora mismo! Entró con una sonrisa de oreja a oreja. Por el cristal alcancé a ver el coche negro de siempre, detenido frente a la puerta, con el chófer esperando de pie en la acera. —Buenas tardes, señora LeBlanc —saludó, y le plantó un beso en la mejilla a mamá. —Buenas tardes, Chloé. Cuidado con el ramo, que me lo vas a tirar —respondió mamá, riéndose. —Tengo algo que te va a cambiar el día —me dijo, apoyando los codos en el mostrador—. Hoy inauguran la sede nueva de las galerías Sokolov aquí en París. Es una apertura privada, solo para prensa, compradores y artistas invitados, y mi tía Cordelia me dijo que podía llevar a quien yo quisiera. Así que te elegí a ti, obvio. Conocía ese apellido de sobra, porque en la facultad no se hablaba de otra cosa desde hacía semanas: los lienzos de Kai, las esculturas de Kael, una familia rusa con más dinero del que cabía en cualquier museo de Europa. —La galería de tus tíos —dije, alzando una ceja—. Kalen y Cordelia. —Esos mismos. Y mis primos son los artistas de la muestra, así que no pienso ir sola, tontita. Claro que lo sabía. Chloé me lo había contado el primer año de carrera, entre risas y cafés fríos: que la familia de su padre vivía entre Moscú y Europa, y que sus primos gemelos pintaban y esculpían como si hubieran nacido con el pincel en la mano. Yo nunca los había visto en persona; solo en fotos, y en las revistas que ella dejaba abiertas sobre mi escritorio con cualquier excusa. —Yo soy estudiante, no coleccionista —insistí—. Me van a mirar como a una intrusa. —Te van a mirar porque vas conmigo, y porque pintas mejor que nadie en nuestra clase —replicó—. Además, entramos antes que el público, con champán, los cuadros y las esculturas solo para nosotras. Ah, y lo mejor. —Se volvió hacia mamá con una sonrisa educada—. Mis tíos también los invitan a ustedes, señora LeBlanc, a usted y al teniente. Mi tía conoce su floristería de renombre; dice que todas sus amigas la recomiendan, y que quiere conocer a la mujer que hace esos arreglos. Mi tío, por su parte, tiene ganas de saludar al teniente LeBlanc. Mamá dejó el lirio sobre la mesa y levantó las cejas, divertida. —Vaya, me alegra saber que las flores llegaron tan lejos. Dile a tu tía que será un gusto. —Mandaron un segundo coche para ustedes; ya viene en camino. —¡Henry! —gritó mamá hacia la escalera que subía al departamento—. ¡Henry, baja un momento! Papá bajó con la camisa azul del uniforme, la placa todavía en el cinturón y la chaqueta colgada del brazo. Había llegado de la comisaría hacía unos minutos. —¿Qué pasa? ¿Se murió alguien? —bromeó, y entonces vio a Chloé—. Ah, hola, Chloé. —Hola, teniente. Vengo por usted y por la señora; mis tíos los invitan a la inauguración de su galería. Papá dejó la chaqueta sobre el mostrador, con esa calma de quien está acostumbrado a que lo reconozcan por la calle. —¿Los Sokolov? He oído hablar de ellos en la comisaría; dicen que compran media ciudad. —Sonrió de lado—. Pues no los hagamos esperar. Dime a qué hora, que me cambio de uniforme. —Tienes diez minutos —sentenció mamá, y nos reímos las tres. —Y yo tengo que bañarme —dije, mirándome las manos manchadas de verde—. No puedo ir a una galería oliendo a tierra. —Para eso vine —anunció Chloé, tirando de mi brazo—. Arriba, ahora mismo. Yo te arreglo; el chófer puede esperar. Colgué el delantal detrás de la puerta y subimos al departamento, que ocupaba todo el piso encima de la tienda, con mis padres detrás de nosotras discutiendo sobre qué corbata le iba mejor al traje de papá. Chloé entró a mi cuarto como si fuera suyo, lanzó el abrigo sobre la cama y abrió mi armario con las dos manos. —No, no, no… —murmuraba, apartando camisas—. Esto no. Esto tampoco. ¡Aquí está! Sacó un saco cruzado color café claro, una blusa negra de cuello alto de manga larga y una minifalda plisada que casi nunca me ponía, y fue tendiéndolo todo sobre la cama. —Chloé, la falda es muy corta —protesté. —Es perfecta —respondió, poniéndomela contra la cintura—. Eres una artista, Mila, tienes que verte como una. Pero primero a la ducha, que yo busco los accesorios. Obedecí entre risas y quejas. Me tallé las manos bajo el agua caliente hasta que no quedó ni rastro de verde bajo las uñas; después me lavé el pelo, me envolví en la toalla y salí al cuarto goteando. Ella ya había sacado mis aretes de aro, el collar con el corazón negro y mis anillos dorados, y los había alineado sobre el tocador. Ahora estaba sentada en la cama, con una pierna balanceándose y la vista fija en su teléfono. —¿Pasa algo? —pregunté. Levantó la cabeza con una sonrisa. —Nada, es mi tía, que quiere saber a qué hora llegamos. Ya sabes cómo son de puntuales en mi familia. Vístete, que luego te seco el pelo y te maquillo. Me puse la blusa y la falda con un cinturón de hebilla dorada, me subí las medias con cuidado para que no se corrieran y me senté frente al espejo. Chloé se colocó detrás de mí con el secador en una mano y mi barbilla entre los dedos de la otra; me secó el cabello mechón por mechón y dejó que mis ondas rubias me cayeran sueltas sobre los hombros. Después me pintó los labios de un rojo oscuro, casi vino, y me delineó los ojos, el azul y el verde, con tanta calma que por un momento el reflejo me pareció de otra persona: alguien mayor, más segura. —Mírate —susurró, apoyando la barbilla en mi hombro—. Con ese look vas a dejar a todos mirándote en la galería. —¡Chloé! —me reí, dándole un manotazo—. Que no voy a impresionar a nadie; solo quiero ver los cuadros. —Claro, claro —canturreó—. Los cuadros. Me ajustó el cuello de la blusa, me acomodó el collar y retrocedió un paso con las manos en la cintura. —Perfecta. Ahora yo. Se cambió en mi cuarto sin pudor alguno, con un vestido blanco de seda que sacó de su bolso y que, según ella, llevaba toda la semana esperando esta noche. Yo me puse el reloj de correa negra y me abroché los zapatos de charol con plataforma, mirándola por el espejo, y sentí esa cosa tibia que siempre me daba su compañía. Tres años de apuntes compartidos, de óleos mal secados, de madrugadas en la biblioteca y de confidencias que no le había contado a nadie más. Chloé era mi mejor amiga, la hermana que mis padres nunca me dieron. Del otro lado de la pared se oía a papá quejándose de la corbata y a mamá riéndose de él; esos dos llevaban veintidós años de matrimonio y todavía se peleaban por tonterías como si fuera su deporte favorito. —¿Lista? —preguntó Chloé, con el bolso al hombro. —Lista. —Tomé mi bolso de cuero negro y me colgué el saco en el brazo. Bajamos con los tacones resonando en cada escalón. En la puerta de la tienda nos esperaban mis padres: papá con un traje gris oscuro hecho a medida, tirando del cuello de la camisa como si le apretara, y mamá con un vestido azul marino de corte elegante y el pelo recogido. Ella me miró de arriba abajo con una sonrisa enorme. —Estás preciosa, mi niña. —Mamá, que solo es una galería —respondí, riéndome. —Pues la galería tiene suerte —intervino papá, y me guiñó un ojo—. Y yo tengo a mi hija más guapa que todas las obras juntas. Frente a la puerta esperaban dos coches negros, uno detrás del otro; el segundo era el que habían mandado para mis padres. —Mis tíos no hacen las cosas a medias —dijo Chloé, con esa risa suya de siempre. Me puse el saco mientras caminaba hacia el coche. Un chófer abrió la puerta para mis padres, que subieron todavía discutiendo por la corbata; el otro abrió la mía, y Chloé me empujó con suavidad hacia los asientos de cuero. —Vas a ver —me dijo, apretándome la mano cuando arrancamos—. Te va a encantar. Le devolví el apretón y me acomodé en el asiento, con el segundo coche siguiéndonos de cerca por las calles de París.Y sobre un pintor que Cordelia había conocido en su juventud y que ahora exponía en alguna galería europea. Chloé se levantó poco después, despidiéndose con un gesto ligero hacia la mesa entera. —Que disfrutes tu día de pintura —me dijo, deteniéndose un instante a mi lado antes de salir—. Espero ver algo bueno cuando termines. —Gracias, Chloé —respondí, dejando que la cordialidad saliera sin ningún esfuerzo adicional, mientras ella se alejaba con ese paso tranquilo tan suyo hacia el resto de la casa. Terminamos de desayunar poco después, y Kai se puso de pie, tendiéndome la mano con una sonrisa impaciente. —¿Lista para irnos? —preguntó, sin soltarme los dedos. —Lista —respondí, poniéndome de pie también. Salimos juntos hacia la entrada principal, donde Kai tomó las llaves de mi auto nuevo del cuenco sobre la credenza antes de que pudiera adelantármele. —¿Manejas tú o manejo yo? —preguntó, con una ceja alzada y una sonrisa traviesa. —Manejo yo —respondí, arrebatándole las llave
Desperté envuelta en un brazo pesado y un aroma que reconocí de inmediato, limpio y ligeramente dulce, inconfundiblemente de Kai. Sentí su respiración pausada contra mi nuca antes incluso de abrir los ojos del todo, su brazo todavía cruzado sobre mi cintura con esa pesadez tibia de quien duerme profundo y sin ninguna prisa por soltar lo que tiene cerca. Me quedé quieta un momento, disfrutando de ese calor que me envolvía entera, escuchando el murmullo lejano del agua corriendo en el baño contiguo. Me giré despacio entre las sábanas, cuidando de no despertarlo todavía, y me encontré de frente con su rostro relajado, los labios apenas entreabiertos y un mechón de cabello oscuro cayéndole sobre la frente. Alcé la mano con cuidado y se lo aparté, dejando que mis dedos se demoraran un instante sobre su piel tibia. —Mmm —murmuró él, sin abrir los ojos del todo, atrapando mi mano contra su mejilla con una sonrisa perezosa dibujándosele en los labios—. Si sigues haciendo eso, no voy a quer
Sentía la tensión acumulándose de forma insoportable en cada rincón de mi cuerpo, una marea febril que amenazaba con desbordarse en cualquier momento mientras las curvas cerradas del camino hacían que nuestros cuerpos se acoplaran todavía más en una entrega total que desafiaba la lógica y las normas del mundo exterior. Cuando el auto finalmente cruzó las pesadas puertas de hierro forjado de la residencia y se detuvo con suavidad frente a la escalinata de mármol blanco, el silencio majestuoso y severo de la mansión nos envolvió como una promesa oscura. El contraste entre el frío exterior de la madrugada moscovita y el calor denso y febril acumulado en el vehículo se desvaneció por completo en cuanto las puertas se abrieron y el aire silencioso de la propiedad nos recibió, recordándonos que habíamos vuelto a nuestra jaula de oro. Kai descendió primero del vehículo con una agilidad felina, abriendo la puerta trasera con una calma absoluta y una sonrisa socarrona para ayudarnos a baja
El eco apagado de la música y los destellos de neón del club clandestino quedaron definitivamente atrás en cuanto cruzamos las puertas hacia la fría y solitaria madrugada de Moscú. El contraste con el calor denso del interior fue inmediato, un golpe de aire helado que me hizo estremecer apenas una fracción de segundo antes de que la presencia imponente de los gemelos volviera a atraparme por completo, aislándome del resto del mundo. Caminamos los tres en absoluta sincronía hacia el auto que aguardaba estacionado junto a la acera desierta. En cuanto nos acercamos lo suficiente, Kai se tomó su tiempo con una calma deliberada y exasperante, regalándome una mirada cargada de promesas mudas antes de abrir la puerta del conductor y acomodarse al volante. Relajó los hombros con la confianza absoluta de quien sabe perfectamente el descontrol que va a provocar, mientras Kael, con un movimiento seco y autoritario, me abría la puerta trasera para que subiera y él subió detrás de mí. Antes d






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