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CAPÍTULO | 40

Author: Kasia_SV
last update publish date: 2026-09-20 13:43:28

Se apartó apenas lo suficiente para sostenerme el rostro entre las manos, y empezó a dejar besos rápidos y desordenados sobre mis mejillas, mi frente, la punta de mi nariz, con una desesperación tierna que no le conocía hasta éste momento.

—Estoy bien, Kael —le dije, entre risas, dejando que me sostuviera el rostro mientras el corazón todavía le latía deprisa bajo mi palma apoyada en su pecho—. Solo salí a ver el amanecer.

Kai llegó apenas unos segundos después, con el cabello revuelto y la respiración también agitada, y en cuanto Kael aflojó el abrazo, él tomó su lugar de inmediato, rodeándome por completo con los brazos y levantándome apenas del suelo antes de volver a dejarme sobre la arena.

—Nos diste un buen susto, bonita —murmuró Kai contra mi sien, sin soltarme, con la nariz hundida en mi cabello—. Despertamos y la cama estaba helada de tu lado.

—Lo siento —dije, dejando que una sonrisa pequeña se me dibujara en los labios mientras me acomodaba contra su pecho un momento—. No pensé que se fueran a despertar tan pronto.

—Nos despertamos exactamente por eso —respondió Kai, apartándose apenas para mirarme de frente, todavía con las manos firmes en mi cintura.

—No deberías salir sola sin avisarnos —añadió Kael a mi lado, con un tono que llevaba más preocupación que reproche real, aunque la advertencia de fondo seguía ahí, firme como siempre—. Ni aquí, ni en ningún otro lado. ¿Y si te hubieras resbalado en las rocas, o si alguna embarcación se hubiera acercado demasiado a la orilla?

—Kael, es una playa privada —respondí, dejando que la risa suave se me escapara entre los labios—. No creo que ningún bote vaya a aparecer de la nada a estas horas.

—Aun así —insistió él, tomándome la barbilla entre los dedos con una delicadeza que contradecía por completo la firmeza de sus palabras—. La próxima vez, despiértanos. No me gusta abrir los ojos y no encontrarte a mi lado.

—Te lo prometo —dije, sosteniéndole la mirada, dejando que la sinceridad de la promesa se filtrara sin ningún esfuerzo entre mis palabras.

Kael pareció conforme con eso, porque dejó caer los dedos de mi barbilla para deslizarlos hacia mi mejilla con un gesto mucho más suave, casi tierno, antes de inclinarse y dejar un beso breve sobre mis labios, todavía fríos por el aire de la madrugada.

—¿Viste algo bonito, al menos? —preguntó Kai, apoyando la barbilla sobre mi cabeza mientras los tres girábamos el rostro hacia el horizonte, donde el sol ya se alzaba con toda su fuerza dorada sobre el agua.

—Lo hice y fue muy bonito —respondí—. Valió la pena madrugar.

—Vamos adentro —dijo finalmente Kael, tomándome de la mano para guiarme de regreso hacia la casa—. Hace frío todavía, y tenemos que arreglarnos. Vamos a desayunar fuera.

Caminamos los tres juntos de vuelta, con la arena todavía fría bajo mis pies descalzos, y entramos a la sala a través de la puerta de cristal, donde el calor tibio del interior nos recibió de inmediato.

—Ve a ducharte primero —me dijo Kai, dándome un empujoncito suave hacia el pasillo—. Nosotros nos arreglamos mientras tanto.

Caminé hacia el baño y me metí bajo el chorro de agua caliente, dejando que el calor terminara de disolver el frío que todavía me quedaba adherido a la piel desde el amanecer en la orilla. Me lavé el cuerpo y el cabello con calma, sintiendo que aquella mañana, a pesar del peso de los recuerdos, había logrado dejarme algo parecido a la paz.

Salí envuelta en una toalla y caminé hacia el vestidor, donde encontré, entre la colección reciente que Kai había insistido en comprar el día anterior, un conjunto que me pareció perfecto para la mañana que teníamos por delante. Me puse un overol de mezclilla, azul marino, entallado en la cintura y con las piernas anchas cayendo en un corte acampanado que se movía con facilidad a cada paso. Debajo elegí una playera corta de manga corta, blanca, ajustada al cuerpo con un ligero pliegue a los costados que le daba un aire fresco y sencillo. Calcé unos tenis blancos clásicos, de agujetas tradicionales y suela de plataforma ligera, y terminé de arreglarme con un par de aretes pequeños y redondos, de textura en espiral, junto con una pulsera delgada rematada con un dije en forma de lazo.

Me peiné el cabello dejándolo caer suelto sobre los hombros, con las ondas naturales todavía marcadas por la humedad reciente, y me miré un instante en el espejo del vestidor, sintiendo que aquel reflejo, vestido de forma simple y cómoda, se parecía un poco más a la Mila que había sido antes de que todo cambiara.

Salí de la habitación y encontré a Kael terminando de abotonarse una camisa clara en el pasillo, mientras Kai aparecía desde la cocina, ya listo, guardando las llaves del convertible en el bolsillo de su pantalón.

—Justo a tiempo —dijo Kai, acercándose para tomarme la mano con esa calidez suya tan característica—. Muero de hambre.

—Yo también —admití, riendo, mientras Kael se acomodaba a mi otro lado.

Salimos los tres juntos hacia el sol ya alto de la mañana, con el aire cálido de la isla recibiéndonos de lleno, y subimos al convertible rumbo al pueblo.

Kai condujo por el mismo camino empedrado que ya reconocía del día anterior, hasta llegar a una pequeña terraza junto al puerto, con mesas de madera clara bajo sombrillas de lino blanco y vista directa a los barcos que empezaban a moverse sobre el agua. Nos sentamos en una mesa junto a la baranda, y un camarero nos trajo café recién hecho, jugo de naranja frío, cestas de pan tibio, mermeladas caseras y un plato de fruta cortada que brillaba bajo el sol de la mañana.

—Esto es justo lo que necesitaba —dije, dándole un sorbo al café mientras el aroma salado del puerto se mezclaba con el del pan recién horneado.

—Después de esto, deberías estar lista para lo que sigue —comentó Kai, untando mantequilla sobre un trozo de pan con una sonrisa que no terminaba de apagarse.

—¿Qué sigue? —pregunté, alzando una ceja con curiosidad genuina.

—Es sorpresa —respondió él, guiñándome un ojo antes de morder su pan.

—Va a gustarte —confirmó Kael, sin dar tampoco ningún detalle adicional, aunque el brillo discreto en sus ojos azules delataba que también él estaba disfrutando de guardar el secreto.

Terminamos de desayunar entre risas ligeras y comentarios sueltos, con el sol de la mañana calentándonos los hombros y el puerto despertando poco a poco a nuestro alrededor.

Cuando Kael pagó la cuenta, los tres nos pusimos de pie y caminamos de vuelta hacia el convertible, listos para lo que fuera que hubieran planeado para el resto de la mañana.

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