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Capítulo 13

Author: Lia Maxwell
last update publish date: 2026-10-29 18:49:09

Serena

Había usado mi nombre.

No Vivienne.

Serena.

La palabra se quedó en mi cabeza como una piedra que no podía tragar. Regresé al ala este a paso mesurado, con la espalda recta y una expresión neutra, la imagen perfecta de una mujer que simplemente se retiraba por la noche. En cuanto la puerta de mi habitación se cerró a mis espaldas, la actuación se vino abajo.

Eché el cerrojo. Luego me apoyé contra la puerta y me quedé mirando la pared de enfrente sin verla realmente.

Dijo Serena. Me miró directamente y dijo Serena como si no le costara nada. Como si lo hubiera sabido desde el principio.

Había explicaciones. Tenía que haberlas. Quizá había visto una antigua fotografía familiar. Tal vez alguien de su personal había mencionado de pasada a la hermana menor. Quizá me estaba poniendo a prueba, esperando ver si lo corregía o entraba en pánico. Todas esas posibilidades eran razonables.

Ninguna me parecía cierta.

Me aparté de la puerta y caminé hasta la ventana, rodeándome con los brazos. El valle volvía a estar oscuro. Era esa misma oscuridad densa y costosa que hacía que la propiedad pareciera existir al margen de las reglas del mundo corriente. En algún lugar de la parte principal de la casa, Adrian Vale seguía despierto. Estaba segura. Casi podía sentir el peso de su atención incluso a aquella distancia, lo cual era absurdo y, aun así, aquella sensación se negaba a desaparecer.

Saqué el teléfono y abrí la conversación con mi madre. Mi pulgar quedó suspendido sobre la pantalla.

¿Qué se suponía que debía decirle?

Esta noche me llamó por mi verdadero nombre. Creo que lo sabe.

Me diría que mantuviera la calma. Me diría que lo negara todo. Me recordaría que Vivienne estaba mejorando y que la familia solo necesitaba un poco más de tiempo. Nada de eso cambiaría el hecho de que mi pulso seguía acelerado y mis pensamientos no dejaban de girar alrededor del mismo punto doloroso.

Me había mirado cuando lo dijo.

Había estado pendiente de mi reacción.

Dejé el teléfono sin enviar nada y entré al baño. El espejo me devolvió la misma mujer cuidadosamente arreglada que la estilista había aprobado: el cabello liso, el maquillaje discreto, la ropa adecuada. El rostro pertenecía al papel. Los ojos, no.

—Contrólate —susurré.

Mi reflejo no parecía convencido.

Me lavé la cara, me puse la ropa más cómoda que encontré y me metí en la enorme cama. Dormir parecía imposible. Cada vez que cerraba los ojos, volvía a escuchar su voz, grave y deliberada, colocando mi verdadero nombre entre nosotros como si fuera una declaración de posesión.

Serena.

Me giré de lado y contemplé el tenue contorno de las cortinas.

Había otra posibilidad que llevaba tiempo intentando no examinar demasiado de cerca. Aquellos momentos extraños desde la boda: la forma en que a veces reaccionaba antes de que yo hablara, las sonrisas apenas perceptibles cuando lo insultaba mentalmente, la sensación de que mis comentarios privados eran mucho menos privados de lo que deberían. Lo había descartado todo como estrés y paranoia.

¿Y si no lo era?

La idea era ridícula. La gente no podía escuchar los pensamientos de los demás. Eso pertenecía a la ficción, no a un matrimonio por contrato en el valle del Hudson. Y, sin embargo, las explicaciones alternativas empezaban a parecerme menos convincentes que aquella idea irracional.

Hundí el rostro en la almohada y me obligué a respirar despacio.

Un día a la vez. Esa seguía siendo la única estrategia que tenía sentido. Sobrevivir a la cena de la junta directiva. Mantener intacta la actuación. Esperar a que Vivienne se recuperara lo suficiente para que la familia pudiera ajustar el plan. No darle a Adrian Vale más motivos para mirarme como si ya fuera dueño de la verdad.

Mi teléfono vibró una vez sobre la mesita de noche.

Estuve a punto de ignorarlo. Después estiré la mano y revisé la pantalla.

Era un mensaje del viejo amigo de la universidad al que había escrito antes.

Estás actuando de forma extraña. Llámame si necesitas algo.

Escribí una respuesta breve.

Solo estoy cansada. Hablamos pronto.

Puse el teléfono en silencio y lo dejé boca abajo.

La casa estaba en silencio. Demasiado silencio. Permanecí despierta, escuchándolo, esperando el sonido de unos pasos que nunca llegaron y reproduciendo una y otra vez el tono exacto de su voz cuando pronunció mi nombre. En algún momento, los bordes de la oscuridad comenzaron a desdibujarse. Finalmente, el agotamiento me venció, pero ni siquiera durante el sueño la tensión desapareció por completo.

Desperté antes del amanecer con el mismo pensamiento con el que me había quedado dormida.

Él sabía algo.

Y, fuera cual fuera el juego que estuviera jugando, yo ya estaba atrapada en él.

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