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Capítulo 2

Author: Siyi Café
El equipo de Rescate Cielo era una organización benéfica.

Cuando Lucía tuvo la hemorragia y, como tenía sangre Rh negativo, fueron los miembros del equipo quienes le donaron sangre.

Después se unió a la organización.

Tenía poco tiempo, pero por muy ocupada que estuviera, siempre sacaba tiempo para participar en actividades de rescate benéfico.

Confiar en su esposo no fue tan bueno como confiar en la organización.

Ese era su retrato fiel.

En el fondo, Lucía esperaba que otras personas sin esperanza pudieran recibir ayuda, como ella en aquel entonces.

Nicolás sacó un tubo de la bolsa y lo levantó:

—Oye, aquí hay una pomada para heridas.

—Seguro que el guapo la compró al ver que te rasguñaron la mano.

Lucía no mostró emoción alguna, la tomó y se la aplicó.

Fue una pomada carísima.

Por más asco que le diera quien la enviaba, no podía faltarle al respeto a su propia mano.

Claro que no malinterpretaría el gesto como un signo de que Sebastián aún sentía algo por ella.

Sebastián probablemente quería decirle con esa pomada que Camila era su gente, y que si cometía errores, él los cubría.

Nicolás exclamó:

—¡Ese hombre es muy atento!

—Lucía, esta noche voy a rezar y hacer ayuno para pedir que un hombre tan guapo no sea una basura.

Lucía sonrió levemente, fue una sonrisa amarga.

Ella también había rezado.

Rezado para que el cambio de Sebastián fuera solo un sueño, y que al despertar, él volviera a ser el Sebastián de antes.

Después de separarse de Nicolás, Lucía llamó a su buena amiga Renata Ponce:

—Si me divorcio, solo quiero quedarme con la niña. ¿Qué posibilidades tengo?

—¿Ya te decidiste?

Lucía respondió con un sí.

En realidad, no importaba si se había decidido o no.

Cuando la relación entre ambos se deterioró tanto, ella pensó que después del parto Sebastián pediría el divorcio.

Pero para su sorpresa, se alargó tanto.

Tantos años, y Sebastián no mencionó el tema ni una vez.

Si Sebastián no tomaba la iniciativa, solo le quedaba a ella hacerlo.

Renata dijo con cautela:

—Conociendo a Sebastián, no permitirá que una hija de la familia Duarte quede fuera de su vida.

Lucía guardó silencio.

Eso era justo lo que temía.

—Lucía, ¿alguna vez has pensado que lo del parto quizás no fue idea de Sebastián, sino que su asistente pudo haber actuado por su cuenta?

Claro que sabía que Sebastián no llegaría a ese extremo.

—¿Y qué si no fue su idea?

—Sin su indiferencia y frialdad, ¿cómo se atrevería una asistente a hacer lo que le plazca?

Además, ella le había pedido ayuda.

Él ni siquiera tuvo paciencia para escucharla hasta el final.

—Me alegra que lo tengas claro.

Renata no intentaba reconciliarlos, temía que Lucía se arrepintiera.

Otros no lo sabían, pero ella sí.

Lucía había amado a Sebastián durante diez años.

Poner fin a un amor de diez años era como arrancarse los huesos y los tendones.

—Además, él es infiel.

Lucía le contó brevemente a Renata lo que había visto.

Renata soltó una sarta de insultos contra Sebastián por teléfono.

Después de desahogarse, volvió a la realidad:

—Aunque sea infiel, eso no puede ser razón para que renuncie a Valentina.

El tono de Renata fue especialmente significativo:

—Lucía, solo si Sebastián firma un documento escrito renunciando a la custodia, tendrás alguna posibilidad.

—De lo contrario, con el poder de la familia Duarte, no tienes ninguna.

¡Un documento escrito!

¡Qué difícil!

Renata cambió a un tono más relajado:

—Pero tengo una buena noticia.

—Mi tío dice que la enfermedad de Valentina ya está casi curada.

—Desde este mes ya no hay que pagar gastos médicos.

El tío de Renata era el médico que la ayudaba a criar a Valentina.

Era el hijo que sus abuelos habían tenido cuando ya eran mayores.

Era solo cinco años mayor que ellas.

Pero Lucía y Renata le tenían miedo desde pequeñas.

Nunca imaginó que un día le confiaría a su hija.

—¡Genial!

La noticia de la recuperación de Valentina disipó de golpe la opresión en el pecho de Lucía.

En cuatro años, solo había podido volar a verla ocasionalmente, el resto del tiempo dependía de videollamadas.

Por fin podrían reunirse.

Cuando Lucía llegó a la casa en la Residencia Mar, la puerta estaba abierta.

Obviamente ya había alguien dentro.

Apenas dio un paso, un marco de vidrio se estrelló a sus pies.

—¡Mala mujer, quítame el papá, fuera!

La hija de Camila, que antes parecía dócil, ahora la miraba con ojos feroces.

El marco contenía una foto de Lucía y Sebastián muy juntos.

La foto era de la boda, y había copias por toda la casa.

Ahora estaba destrozada, y esa falsa apariencia de amor cuidadosamente construida quedaba al descubierto.

Como el vidrio, había hecha añicos.

Antes, Lucía atesoraba esas fotos, incluso si solo se agrietaba un marco, se afligía tanto.

Ahora, viendo los fragmentos en el suelo, no sentía la menor agitación.

Lo que sí le sorprendió fue que Sebastián hubiera traído a la amante y a su hija a su casa.

Cuando casi todos los marcos estaban destrozados, Camila apareció con calma.

Sin rastro de la vergüenza de haber sido sorprendida en adulterio poco antes, se acercó y abrazó a la niña a medias.

—Lo siento, Sebastián tiene muy consentida a la niña.

No se oía sinceridad en la disculpa, más bien había un tono de presumir.

Camila arqueó las cejas sutilmente, lo justo para que Lucía sintiera su arrogancia.

—Es solo una niña de cuatro años, sin medida.

—Cada vez que comete un error, Sebastián no deja que la golpeen ni la regañen.

¿Cuatro años?

Lucía sintió un mareo.

Andrés murió hace seis años.

¡No pudo haber engendrado una niña de cuatro años!

Lucía miró la cara de la niña y Camila intentó interponerse.

Su gesto así, ¿cómo no iba a entenderlo Lucía?

Así que, ¡cuando estaba embarazada de Valentina, Sebastián ya era infiel!

Ese "papá" que oyó antes, pensó que había oído mal.

Resultaba que era el padre biológico.

La respuesta que no había logrado obtener tras un año de búsqueda, cuatro años después se revelaba de manera desprevenida.

Era como una aguja clavada en el alma.

Lucía sintió como si le hubieran abierto un gran agujero en el pecho, y un escalofrío la recorrió.

Pero Camila parecía no notar su cambio, y siguió con voz melosa:

—Cuando supe que estaba embarazada de Sofi, Sebastián se puso feliz.

—En pleno invierno, a medianoche, quería comer cerezas, y él recorrió toda la ciudad bajo la nieve para traérselas.

—Y no me dejaba trabajar.

—Todos los días me enviaba toda clase de suplementos nutricionales, temiendo que Sofi no se nutriera bien en el vientre.

Hablaba de la niña en todo.

Y en todo, no hablaba solo de la niña.

El mismo embarazo.

Mientras Camila disfrutaba del favor exclusivo de Sebastián buscando cerezas en una noche de nieve, ella estaba en la calle, bajo un viento casi bajo cero, trabajando para pagar su mitad de los gastos prenatales.

Mientras Camila consumía sin esfuerzo los mejores suplementos, ella estaba frente a la farmacia, gastando todos sus ahorros en un frasco de calcio de tres dólares.

Y porque le faltaban cincuenta centavos, solo podía llorar, e incluso había pensado en vender sangre.

¿No era triste?

¡Cómo no iba a serlo!

Pero, ¿de qué servía?

Sebastián no la amaba.

Camila miró hacia el interior como dueña de la casa:

—¿No tienes niñera?

—Antes Sebastián me contrató tres de una vez.

Las manos de Camila eran finas y suaves.

Lucía se pellizcó la palma, estaba llena de callos.

Cuando salió del hospital tras la hemorragia, todavía en recuperación posparto, quiso contratar a alguien para que le preparara comidas nutritivas.

La asistente le trajo la respuesta de Sebastián:

—Las comidas diarias son gastos personales, no entran en los gastos compartidos del acuerdo al 50%.

Ni siquiera merecía comidas nutritivas, ¡mientras Camila disfrutaba del cuidado de tres niñeras!

La niña en sus brazos seguía mirándola con hostilidad:

—¡Mala mujer, fuera!

Lucía sonrió de repente.

Sacó del bolso su certificado de matrimonio y lo abrió frente a las dos.

Lucía sonrió levemente:

—¿Ven esto?

—Los que aparecen en este documento son los esposos.

—Las otras son la amante y la hija ilegítima.

—¿Mamá, qué es amante? ¿Qué es bastarda? —preguntó a gritos la hija de Camila.

¡El rostro de Camila se tiñó de rojo!

La mirada que le lanzó podría haberla devorado.

Lucía se sacudió las manos y se irguió.

Sonrió a Camila y subió las escaleras.

En realidad, desde que perdió la esperanza en Sebastián hacía cuatro años, ya casi no vivía allí.

Hoy solo volvía a buscar un documento.

Al entrar al cuarto de estudio, Lucía abrió el cajón y sacó un acuerdo de divorcio.

El acuerdo era el que ella, después de que Sebastián le propusiera lo del 50% y la tratara con frialdad, y tras buscarlo sin éxito, había lanzado como última carta.

Solo quería que la tomara en serio.

Pero él firmó sin dudar:

—Si es tu decisión, haz lo que quieras.

En aquel entonces ella todavía estaba embarazada de Valentina.

Todavía albergaba la esperanza de reparar la relación.

Aunque lloró varias noches, no tuvo el valor de firmar y divorciarse de verdad.

Con el documento en la mano, estaba a punto de salir cuando oyó pasos firmes de zapatos de cuero.

La cara del hombre apareció tras la puerta.

Sus miradas se encontraron.

Lucía no dijo nada y no apartó la mirada.

Incluso se interpuso un paso a propósito.

Ella estaba esperando.

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