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Capítulo 3

Author: Siyi Café
Lucía pensó que al menos diría algo sobre la vergüenza de hoy y la traición de tantos años.

Pero él apartó la mirada con indiferencia.

Pasó a su lado y se dirigió al escritorio.

¡Ni le dijo ni una palabra!

¿Porque no era necesario?

¡Aunque ella todavía fuera su esposa!

Las uñas se le clavaron en la carne.

Aunque ya había sufrido su frialdad hasta saciarse, en ese momento esa indiferencia le dolía mucho.

El infiel era él.

¡Pero la herida la llevaba ella!

Aunque ella fuera solo una sirvienta, él debería haberle avisado cuando cambió.

En vez de dejarla adivinando como una tonta.

Ese año, se cuestionó innumerables veces.

Dudaba si había hecho algo mal.

Dudaba si era incapaz, si ni siquiera podía retener el corazón de un hombre.

Lucía quería gritarle, si ya no la amaba, podía divorciarse, ¿por qué tratarla así?

¡Y quería estrellarle el acuerdo de divorcio en la cara!

Al final, solo apretó el acuerdo en silencio.

Ella no preguntó, para no seguir humillándose ante él.

No lo enfrentó, porque tenía que ver con Valentina y no podía ser imprudente.

Había que ir con calma.

Lucía salió del estudio conteniendo la rabia.

Al volver a la habitación, respiró hondo varias veces para calmarse, y escribió su nombre en el acuerdo.

¡En cuanto se resolviera lo de Valentina, ella y él no tendrían nada que ver!

Guardó con cuidado el acuerdo de divorcio en el bolso y bajó las escaleras.

Los fragmentos de vidrio ya estaban recogidos.

La hija de Camila colgaba del cuello de Sebastián haciendo mimos:

—No quiero vivir aquí, no me gusta aquí.

—Papá, llévame a una casa grande, ¡más y más grande!

Sebastián cargó a la niña y salió.

Las fotos tiradas junto al bote de basura le declaraban claramente:

Aquel breve período dulce entre ellos no fue más que una broma.

Lucía no siguió deliberadamente los movimientos de Camila y Sebastián.

Tenía cosas más importantes que hacer.

Como planear el futuro de ella y Valentina.

Pero siempre había alguien que le ponía los movimientos de ambos a ella.

Le reenviaron la publicación de Camila en Instagram.

En una habitación ancha y grande, la hija de Camila aplaudía, saltaba y gritaba:

—Qué casa tan grande, qué bonita, ¡me gusta!

Un piso de mil metros cuadrados.

¡El triple de la casa de ella y Sebastián!

La hija de Camila solo dijo "quiero una casa más grande" y él llegó a ese extremo.

¡Sebastián consentía a esa niña hasta el infinito!

Lucía recordó de pronto que durante su embarazo le enviaba cada mes a Sebastián la ecografía.

Pensaba que quizás, al ver a la niña crecer en su vientre, él tomaría la iniciativa de suavizar la relación.

¡Pero, él no había leído todos los mensajes!

Si no la amaba, ni siquiera le importaba su hija.

Para no desperdiciar el "buen corazón" de quien envía el mensaje, Lucía levantó la mano y dio un "me gusta".

***

Al día siguiente, Lucía despertó en su propia casa.

La casa la había comprado el año anterior.

Con la mejoría de Valentina, los gastos médicos disminuían.

Compró esta casa con el dinero sobrante, para que cuando Valentina se recuperara pudieran vivir juntas.

Tenía noventa metros cuadrados.

No era grande, pero era suficiente para ellas.

Hoy era día de trabajo.

Lucía se puso un traje profesional y elegante, y condujo su viejo auto a la empresa.

La familia Duarte había empezado con productos farmacéuticos, y en los últimos años Sebastián había lanzado varios medicamentos innovadores.

Tenían mucha demanda y generaban grandes ganancias.

Y Lucía trabajaba en el departamento de instrumentos médicos tradicionales, el de peor perspectiva de la empresa.

Aun así, la familia Duarte la vigilaba como si fuera una extraña.

No la dejaban tocar ningún departamento central.

Ella solo rotaba en departamentos periféricos de negocios.

En varios años, había acumulado algunos clientes importantes y había llegado a ser gerente de negocios.

—¡Lucía!

Apenas Lucía entró, su asistente se acercó.

—Ayer Paula cerró un pedido enorme, ¡más de un millón de dólares!

La asistente le levantó el pulgar:

—¡Ella sí es tu discípula, es increíble!

Lucía tomó el informe de ventas, y en sus ojos asomó satisfacción:

—Bien.

—Cuando ella llegó a la empresa, ni siquiera hablaba bien español.

—Le enseñaste todo con paciencia.

—Y ella se ha esforzado mucho, mientras otros descansan en casa, ella cierra tratos.

Lucía revisó un poco los datos del informe y firmó.

La asistente lo tomó y no pudo evitar preguntar:

—Cassie renunció, el puesto de directora es para ella, ¿verdad?

—Claro.

En esta empresa no tuvo muchos puestos, y más en un departamento tan poco visible.

Solo cuando se fue alguien podía subir otro.

—La experiencia y los resultados de Paula son suficientes.

De hecho, cuando Cassie presentó su renuncia, Lucía ya había preparado el expediente de ascenso de Paula, y el vicepresidente ya había firmado.

Solo faltaba la firma del presidente para el trámite.

La asistente tomó el informe:

—¡Ahora mismo le doy la buena noticia a Paula!

Cuando Lucía se sentó, en la oficina estalló un alboroto.

Muchos se acercaron a Paula:

—¡Felicidades, Paula!

Al poco rato, Paula entró corriendo con un café, dijo con cara sonrojada:

—¡Lucía, el tuyo!

Lucía lo tomó y dijo sinceramente:

—Felicidades, Paula.

—¡En un momento tan bueno, cómo no tomar una foto!

La asistente entró corriendo y sacó a Lucía y Paula.

Todos se alinearon alegremente.

Justo cuando iban a pulsar el disparador, la asistente de Sebastián, Verónica Lagos, entró.

Dio unas palmadas:

—Todos, un momento.

—Les presento a la nueva directora del departamento, Daniela Herrera.

La sala quedó en silencio de golpe y la respiración de todos se detuvo.

Verónica presentó con soltura a la chica a su lado:

—Daniela tiene talento destacado.

—La empresa la contrató especialmente a un alto precio.

—Espero que colaboren con su trabajo.

—¿Qué?

Todos miraron a Lucía.

Y Lucía sintió que un escalofrío le recorría todo el cuerpo.

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