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Capítulo 8

Autor: Lía Vallejo
Me volví hacia los dos soldati apostados en la puerta que esperaban mis órdenes. Eran los hombres que la Famiglia asignaba específicamente para encargarse de la «basura»: llevaban máscaras negras y sostenían una caja de herramientas pesada en las manos.

—Manden a Fabio y a Reina a las minas de azufre del sur de la ciudad de Sicizana.

En cuanto mencioné las minas de azufre, a ambos se les cortó la respiración.

A ese lugar solo enviaban a mafiosos caídos en desgracia que habían cometido crímene
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  • Embarazo y Explosión: Él Enloqueció   Capítulo 10

    Seis meses después, el sol de la ciudad de Sicizana seguía siendo igual de cegador que siempre.Yo estaba de pie frente a una lápida reciente, en el cementerio de la Famiglia, con un vestido largo de terciopelo negro.No había ningún nombre grabado. En su lugar, solo una línea: «Para el ángel que nunca conocí». Dejé un ramo de lirios blancos frente a la lápida y deslicé los dedos sobre el mármol frío. El hueco en mi corazón no se había cerrado del todo… pero al menos ya no sangraba.El tiempo lo cura todo.Escuché pasos firmes detrás de mí. No necesitaba voltear para saber de quién se trataba.Una chaqueta de traje cálida cayó sobre mis hombros.—Hace un poco de viento —dijo Don Romero, su voz se dejó oír por encima de mi cabeza.Acerqué la chaqueta hacia mí. Olía, como siempre, a cigarros. Ese aroma me calmaba, me sostenía… como si me envolviera con algo seguro.—Hay noticias de las minas de azufre —añadió, y me extendió un documento con la misma calma con la que alguien

  • Embarazo y Explosión: Él Enloqueció   Capítulo 9

    Era una noche lluviosa cuando Don Romero y yo llegamos a Pérez restaurante.Un Lincoln negro se detuvo frente a la entrada, y ambos bajamos… sin un solo Guardia del Corpo con nosotros.Empujamos la puerta. El restaurante estaba despejado; solo quedaba una mesa en el centro, donde estaban sentados el Don de la Famiglia rival, Rafael Aguilar, y su subjefe.Rafael estaba en plena faena, devorando un enorme filete término rojo con una avidez grosera.El subjefe se adelantó y nos bloqueó el paso.—Por favor, cooperen con una revisión completa.El Don abrió los brazos y permitió que lo registraran.Cuando confirmaron que no llevaba nada, el subjefe clavó la mirada en mí.Rafael se limpió la grasa de los labios y soltó una risa aceitosa.—A la dama la reviso yo.Los ojos del Don se enfriaron. Estaba a punto de moverse cuando le sujeté la mano, deteniéndolo.Avancé sin expresión y dejé que Rafael me palmeara el abrigo por encima, como le diera la gana, con esas manos gruesas.La mirada que me

  • Embarazo y Explosión: Él Enloqueció   Capítulo 8

    Me volví hacia los dos soldati apostados en la puerta que esperaban mis órdenes. Eran los hombres que la Famiglia asignaba específicamente para encargarse de la «basura»: llevaban máscaras negras y sostenían una caja de herramientas pesada en las manos.—Manden a Fabio y a Reina a las minas de azufre del sur de la ciudad de Sicizana.En cuanto mencioné las minas de azufre, a ambos se les cortó la respiración.A ese lugar solo enviaban a mafiosos caídos en desgracia que habían cometido crímenes imperdonables, o a apostadores incapaces de pagar sus deudas. Era un infierno en la tierra: temperaturas insoportables, gases tóxicos y un trabajo duro, interminable, que no daba tregua.—¡No! ¡Sirena, no puedes hacerme esto! ¡Soy tu esposo! —Fabio gritó, desesperado.—Exesposo —lo corregí, fría—. Y, además, como a la señorita Digiorno le encanta actuar, estoy segura de que va a disfrutar interpretando un papel… en las minas de azufre —incliné apenas la cabeza—. Creo que a los trabajadores d

  • Embarazo y Explosión: Él Enloqueció   Capítulo 7

    El aire del sótano era asqueroso; el hedor a óxido, moho y ese dulzor nauseabundo se mezclaba y se pegaba a la garganta de cualquiera que pusiera un pie adentro.—¡No… eso es imposible! —Reina chilló, aferrándose a los barrotes con todavía más fuerza. Ni siquiera se dio cuenta cuando se le partieron las uñas—. ¡Soy inocente! ¡Esa perra de Ana estaba mintiendo! ¡Me tiene envidia! ¡Sirena, no puedes escuchar lo que dice esa loca!Yo estaba fuera de la jaula, con un abrigo grueso de cachemira negra sobre los hombros. El Don había mandado a alguien a traérmelo a propósito, para que el frío del sótano no me calara hasta los huesos.Miré a Reina como si fuera una rata pataleando dentro de una trampa.—Ana no es ninguna loca —dije, sin alterarme—. Los registros del interrogatorio lo dejaron muy claro.Metí la mano en el bolsillo del abrigo, saqué un fajo de documentos manchados de sangre y se los arrojé dentro de la jaula.Las hojas revolotearon y cayeron a los pies de Reina. Estaban cubierta

  • Embarazo y Explosión: Él Enloqueció   Capítulo 6

    El Don observó a Fabio y a Reina echándose la culpa el uno al otro, con el asco pintado en los ojos.Guardó el arma y les hizo una seña a sus hombres.Varios soldati fornidos entraron de inmediato, sujetaron a Fabio y a Reina y los levantaron a jalones, como si no pesaran nada.—Llévenselos a la sala de interrogatorios —ordenó el Don—. Los voy a interrogar yo mismo.Luego caminó hacia la puerta, se detuvo y volteó a verme.—Sirena Cabrera, desde ahora, tú eres la «consigliere» —dijo, con voz firme—, así que te daré la autoridad para encargarte de esto. Tú decidirás su destino cuando te hayas recuperado lo suficiente de tus heridas.Vi cómo se los llevaban arrastrados… y me di cuenta de que no sentía ni satisfacción ni victoria, como pensé que sentiría.Mi hijo estaba muerto. Ni siquiera matarlos podría traerlo de vuelta.Los días siguientes cooperé con los doctores para el tratamiento, y el Don venía a verme todos los días. Me traía noticias: el atentado terrorista de ese día n

  • Embarazo y Explosión: Él Enloqueció   Capítulo 5

    Las manos de Fabio se quedaron congeladas en medio del aire, con la pistola todavía apuntándome a la sien.Sin embargo, su cuello giró, lento y forzado… como un engranaje oxidado.Cuando por fin vio quién estaba en la puerta, fue como si le hubieran drenado toda la sangre del cuerpo. Su cara arrogante se volvió, al instante, de un blanco mortal.—¿D-Don Romero…?La pistola se le resbaló y cayó al suelo con un estruendo metálico.—¿Q-Qué… qué hace usted aquí?Reina todavía no captaba la gravedad del asunto. Nunca había visto a ese hombre legendario que, según decían, tenía a todo el bajo mundo de la ciudad de Sicizana bajo su control. Para ella, no era más que un matón cualquiera, sucio, ensangrentado… con un aura asesina.Soltó una risita de desprecio, levantó la nariz con asco y, aun así, siguió aferrándose cariñosamente al brazo de Fabio mientras se quejaba:—¿Y este quién es, Fabio? ¿Por qué está lleno de sangre? Qué asco, de verdad… No me digas que también es otro actor de

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