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Capítulo 10: La Caída en el Arroyo

Penulis: Betty06
last update Tanggal publikasi: 2026-10-13 08:17:33

POV Julián

​Me miró con un odio puro, denso, cargado de una furia que le hacía temblar los labios. Sin decir una sola palabra más, se dio la vuelta con brusquedad y empezó a bajar a toda prisa por la misma ladera empinada por la que habíamos subido.

​—¡Antonia, espere! —le grité, viendo cómo se lanzaba pendiente abajo sin fijarse en la tierra suelta ni en las raíces expuestas—. ¡Esa ladera está resbalosa, no baje así!

​Traté de alcanzarla para sujetarle el brazo y ayudarla a mantener el equilibrio, pero la orgullosa ni siquiera miró hacia atrás.

​—¡No me toque! —chilló sin frenar el paso.

​Apenas terminó de gritar, pisó mal sobre una piedra suelta. El pie se le dobló hacia un lado y se fue de golpe contra el suelo, rodando un par de metros entre el fango y las hojas secas de las matas de café. Me abalancé hacia ella de inmediato, hincándome de rodillas en la tierra para levantarla.

​—Déjeme ver cómo está —le dije, extendiendo las manos hacia sus hombros.

​—¡Le dije que no me toque! —me gritó en la cara, empujándome con los puños con una fuerza desesperada, como si el contacto de mis manos le quemara la piel.

​Se puso de pie por sus propios medios, apretando los dientes para ahogar un gemido de dolor. Vi cómo tenía el pantalón roto a la altura de la rodilla, la piel raspada y sangrando ligeramente, y cómo dejaba caer el peso del cuerpo sobre una sola pierna, cojeando de forma evidente. Aun así, manteniendo la cabeza en alto con esa soberbia absurda que la definía, reanudó la bajada a tropezones, negándose a aceptar mi ayuda.

​De repente, el cielo de la montaña se cerró por completo y comenzó a llover torrencialmente. En cuestión de segundos, una cortina de agua densa e helada cayó sobre nosotros, convirtiendo el sendero en un canal de lodo traicionero y haciendo que cada paso fuera una verdadera trampa.

​Apreté el paso detrás de ella hasta que llegamos al arroyo que cruzaba el límite del lote. A la subida, apenas era un chorrito de agua transparente que se saltaba con facilidad; ahora, alimentado por la furia del aguacero que bajaba de la cumbre, se había transformado en un río miniatura, embravecido, con la corriente marrón arrastrando ramas y piedras.

​Antonia se frenó en la orilla, mirando el agua con los ojos desorbitados y la respiración agitada. Con la rodilla lastimada y la corriente tan fuerte, era técnicamente imposible que pasara por sí sola sin que la fuerza del agua la arrastrara ladera abajo.

​—No hay tiempo para rodeos —sentencié, acercándome a ella por la espalda.

​Antes de que pudiera protestar o esquivarme, me la eché al hombro como si fuera un bulto de café, envolviendo su cintura con un brazo firme.

​—¡Suelteme, salvaje! ¡Bájeme ahora mismo! —empezó a gritar descontrolada, pataleando en el aire y dándome puñetazos rabiosos en la espalda.

​—¡Quédese quieta de una maldita vez si no quiere que nos ahoguemos los dos! —le rugí, tratando de mantener el equilibrio sobre las piedras resbaladizas del fondo.

​Me dispuse a cruzar. El agua me llegaba casi a la rodilla y empujaba con fuerza. Avancé dos pasos tanteando el terreno con las botas, pero la muy altanera no escuchó razones y dio un zapateo brusco en el aire para intentar zafarse de mi agarre. La maniobra me desestabilizó por completo justo cuando daba el salto hacia la otra orilla.

​El pie se me deslizó sobre una piedra cubierta de limo seco.

​En un instante que pareció congelarse, usé el último impulso de mi cuerpo para girarme en el aire y proyectarla a ella hacia adelante, logrando arrojarla a salvo sobre unos matorrales tupidos en la orilla seca. Pero yo no corrí con la misma suerte. Caí con todo mi peso sobre la cama de rocas del borde del arroyo.

​¡CRACK!

​El impacto de mi frente contra el filo de una roca resonó dentro de mi cráneo como una explosión seca. Un dolor punzante, sordo y cegador me atravesó la cabeza de lado a lado. Sentí el sabor metálico de la sangre en la boca y una calidez espesa rodándome de inmediato por la sien y tapándome el ojo derecho.

​El mundo empezó a dar vueltas a una velocidad mareante. El ensordecedor ruido de la lluvia se volvió un eco lejano, ahogado, mientras el suelo parecía hundirse bajo mi espalda.

​A través de la bruma roja que me nublaba la vista, alcancé a ver a Antonia arrastrándose hacia mí desde los matorrales. Su rostro estaba pálido, desencajado, con una mezcla de pánico real y esa rabia inagotable que jamás la abandonaba.

​—¡Julián! —escuché que gritaba, con la voz apagada por el zumbido en mis oídos, sujetándome de la camisa con manos temblorosas—. ¡Abre los ojos! ¡No te atrevas a morirte aquí, idiota, porque me van a echar la culpa a mí!

​Eso fue lo último que alcancé a escuchar claramente antes de que la penumbra terminara de tragarse la montaña y todo a mi alrededor se volviera completamente negro.

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