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Capítulo 9: Inspección en el Cafetal

Author: Betty06
last update publish date: 2026-10-13 07:41:31

​—Dejas lo que estás haciendo y me llevas a recorrer la propiedad. Ahora mismo —sentencié, cruzándome de brazos en el pasillo de piedra del patio central y sosteniéndole la mirada con la barbilla en alto.

​Julián acomodó el pesado bulto de heno sobre su hombro derecho y soltó una risa seca, cargada de una incredulidad profunda.

​—Tengo trabajo de verdad que hacer, señorita Arango. Los peones ya están esperando en los beneficiaderos y hay que revisar el proceso de despulpado y lavado del grano antes de que caiga el mediodía. No estoy aquí para perder el tiempo sirviendo de guía turístico ni para entretener sus caprichos.

​—No te estoy pidiendo un favor, Julián, te estoy dando una orden —le recordé con un tono helado y tajante, disfrutando el destello de rabia contenida que cruzó por sus ojos oscuros—. Soy la nieta del dueño y la futura presidenta del holding. Si voy a tomar las riendas de esta propiedad, necesito inspeccionar el estado real de la producción desde la raíz. Así que deja esos bultos, alista los caballos y cúmpleme la orden sin hacer más preguntas.

​Sabía perfectamente que lo estaba sacando de quicio. Interrumpir sus labores de la mañana era la primera victoria de mi estrategia para cansarlo, fastidiarlo y acorralarlo hasta que fuera él mismo quien rechazara la propuesta frente a mi abuelo.

​Quince minutos después, Julián apareció en el patio conduciendo a dos caballos ensillados: un imponente azabache para él y un dócil alazán para mí. Vestía una camisa limpia de manga larga abierta en el cuello y llevaba su sombrero de ala ancha calado hasta las cejas.

​Sin cruzar una sola palabra, me ayudó a montar sosteniendo la brida con firmeza. Al ajustar el estribo, sus dedos rozaron levemente mi tobillo por encima del pantalón, enviando una descarga eléctrica traicionera que disimulé de inmediato enderezando la espalda. Nos pusimos en marcha a paso lento, dejando atrás la casona para adentrarnos en las colinas tapizadas de un verde denso y profundo.

​El paisaje de la hacienda era imponente. Las laderas empinadas de la cordillera estaban cubiertas por miles de arbustos de café cargados de cerezas maduras, protegidos bajo la sombra fresca de los árboles de guamo y plátano. El olor a tierra húmeda, a flor de café y al dulzor del grano recién cortado llenaba el aire fresco de la mañana.

​Durante la primera hora de recorrido me dediqué a actuar como la mujer más insoportable y exigente posible.

​—Este camino de trocha es absurdo y demasiado empinado, ¿es que no hay un acceso pavimentado para los camiones de carga? —me quejé, acomodándome el sombrero para cubrirme del sol.

​—Esto es la cordillera colombiana, Antonia, no la Séptima en Bogotá ni las autopistas de Europa —respondió él sin volverse a mirarme, manteniendo a su caballo a la cabeza de la fila—. El café de ladera es el de mejor calidad, pero requiere lomo de mula, botas de trabajo y piernas fuertes; cosas que definitivamente no se aprenden sentada en una oficina ejecutiva.

​—Pues me parece una logística pésima y arcaica —ataqué de nuevo, buscando golpear directamente su orgullo de capataz—. Cuando tome el control absoluto, voy a modernizar cada hectárea de este cafetal.

​Julián detuvo a su caballo de golpe al llegar al borde de una hondonada donde el sendero se volvía demasiado estrecho y pedregoso para los animales. Se desmontó con la agilidad de quien ha crecido en el campo y amarró las riendas a la rama de un guamo silvestre.

​—Hasta aquí llegan las bestias —declaró, volviéndose hacia mí con el rostro serio—. Si de verdad quiere inspeccionar los lotes de recolección de altura, le toca caminar la pendiente. A menos que sus zapatos caros le impidan pisar la tierra de la finca.

​—Puedo caminar perfectamente —le espeté, desmontando de un brinco para evitar a toda costa que me ofreciera la mano.

​Nos adentramos a pie por los senderos estrechos que serpentearan entre las matas de café. Las ramas cargadas de frutos nos rozaban al pasar y la pendiente se volvía cada vez más pronunciada. El sol de la mañana comenzaba a apretar sobre nuestras cabezas y el vapor del suelo hacía el ambiente húmedo y sofocante.

​Iba justo detrás de él, siguiendo el ritmo firme de sus pisadas. Observaba la amplitud de sus espaldas marcadas bajo la tela de la camisa y el movimiento coordinado de sus piernas. Aunque el esfuerzo físico empezaba a hacerme mella y el sudor amenazaba con perlarme la frente, me negaba rotundamente a pedir un solo segundo de descanso.

​De repente, Julián se detuvo en seco junto a un lote especialmente tupido. Se giró hacia mí con una lentitud amenazante, cortándome el paso por completo en el angosto sendero. El follaje denso del cafetal nos rodeaba como una muralla verde, aislándonos por completo del resto del mundo.

​—Muy bien, señorita Arango —dijo en un susurro grave, dando un paso hacia mí hasta quedar a escasos centímetros de mi rostro—. Ya caminamos, ya criticó mi trabajo y ya se dio el gusto de mandar como la patrona. Ahora dígame la verdad de una buena vez: ¿A qué estamos jugando aquí? Porque los dos sabemos perfectamente que a usted el café le importa un carajo.

​Sostuve su mirada ardiente con toda la rabia que llevaba acumulada en el pecho desde la noche anterior.

​—¡A lo que estoy jugando es a desenmascararte, Julián! —le espeté, encarándolo cara a cara sin dar un solo paso atrás—. No voy a permitir que te aproveches de la debilidad de mi abuelo ni de su enfermedad para salirte con la tuya. Siempre supe que eras un patán arrogante, pero ahora me queda claro que además eres un muerto de hambre y un interesado de la peor calaña. ¡Se nota a leguas cómo le endulzaste el oído al viejo para meterte en mi herencia!

​Julián soltó una carcajada amarga y peligrosa que hizo ecos en el cafetal. Dio otro paso al frente, acorralándome prácticamente contra las matas de café, dejando su rostro a milímetros del mío.

​—¿Interesado yo? —siseó entre dientes, con la voz temblando por una furia negra y contenida—. Mídase la boca, Antonia, porque la única persona en esta hacienda a la que siempre le importó la maldita plata fue a usted. A mí el dinero de su familia me da exactamente el mismo asco que su arrogancia.

​—¡Por favor! Si fuera así, habrías rechazado esa locura de apoderado en la mesa —le grité en la cara, sintiendo cómo el pulso se me desbocaba por la violencia del encuentro.

​—¡Yo no le pedí nada al patrón! —me interrumpió él con un bramido ahogado que me erizó la piel—. Acepté escucharlo por el respeto que le tengo al hombre que ayudó a mi padre. En cambio usted... no se las venga a dar de santa ni de víctima ahora. No se le olvide que fue usted la que dejó todo atrás, la que tiró este lugar a la basura y me pisoteó a mí sin asco para irse a Europa a asegurarse de ser la gran heredera Arango. La que vendió su alma por un apellido y unos papeles fue usted, no yo.

​Nos quedamos mirándonos fijamente, respirando el mismo aire caliente y agitado, odiándonos con una fuerza salvaje mientras las palabras no dichas durante siete años terminaban de estallar entre los dos.

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