LOGINPOV Antonia No pude quedarme en mi cuarto. Me paseé de la cama a la ventana y de la ventana a la cama, con la imagen de Luz Dary tocándole el vendaje a Julián clavada en la cabeza como una astilla. Y la risa de Alejandro. Y el silencio de Mateo, que había huido sin dar la cara. Me puse una chaqueta sobre el camisón y bajé descalza, con las sandalias en la mano, antes de pensarlo dos veces. Las caballerizas tenían una sola luz encendida, un farol colgado de un clavo, y ahí estaba él, sin camisa, cepillando al Retinto con movimientos largos y cansados. El agua de la tormenta de la tarde aún goteaba del techo de zinc. —Necesito hablar contigo. Julián no se volvió. —Es tarde, patroncita. Vaya a dormir. —No me des órdenes. —No le doy órdenes. Le doy un consejo. —Siguió cepillando—. Usted no tiene nada que hacer aquí a esta hora. —Tengo mucho que hacer. —Entré más al establo, y el olor a heno y a animal me envolvió—. Quiero saber qué te dijo Alejandro al oído en el comedor. Se det
POV Julián Las seis de la tarde en la feria olían a aceite quemado y a pólvora. Yo esperaba junto a la camioneta con el sombrero en la mano, contando los minutos para volver a la hacienda. Luz Dary me había dejado por fin en paz, no sin antes decirme que esa mujer no valía lo que yo aguantaba. Le dije que se fuera a su casa. Mateo apareció entre los puestos con las manos en los bolsillos y esa sonrisa suya, la que usaba cuando iba a pedir algo. —Julián Esteban. Necesito un favor. —Dígame. —Me salió un compromiso. Uno de esos que no se pueden dejar. —Se rascó la nuca—. Excúseme con Antonia, ¿sí? Y con el primo, que ese tiene cara de apuntar todo lo que respiro. Digan que me llamaron de la finca. —¿Se va ya? —Me recogen en la entrada. No se preocupe, me devuelvo solo. —Como quiera. Me dio una palmada en el hombro, de esas suyas que casi tumban, y se perdió entre la gente. Yo lo seguí con la vista sin ninguna intención, por costumbre de hermano mayor. Y por eso lo vi. En la en
POV Antonia La feria de San Isidro olía a fritanga, a aguardiente y a pólvora mojada. Desde el parqueadero se oía la música: una tambora desafinada, un acordeón, y debajo, el griterío de los vendedores que ofrecían empanadas, chicha y gallinas vivas. Julián estacionó la camioneta junto a un muro de tapia, apagó el motor y bajó sin esperar a nadie. Abrió la puerta de Alejandro, luego la de Mateo, y al llegar a la mía, la sostuvo con la vista clavada en el cielo. —Cuidado con el barro, patroncita. —No es mi primer charco, Julián. —Se nota que no. —Lo dijo bajito, sin ninguna expresión. Pasé a su lado con la barbilla en alto. Seguía viendo la palmada de Alejandro en su hombro, la jarra temblando. No iba a olvidarlo por una frase insolente. Mateo me ofreció el brazo, y lo acepté. —Respira —murmuró, sin mover los labios—. Estás apretando. —Estoy perfectamente. —Claro. Por eso me estás clavando las uñas. Aflojé la mano. Alejandro caminaba detrás de nosotros, comentando en voz al
POV Antonia Mi abuelo ordenó el almuerzo para las once, y a esa hora, en La Esmeralda, un almuerzo era un banquete disfrazado de desayuno: huevos pericos, arepas, chocolate espeso, queso campesino y una bandeja de plátano maduro que Doña Carmen servía como si la vida dependiera de ello. Mateo llegó puntual, cosa rara en él. Traía una camisa blanca con las mangas remangadas y esa sonrisa de quien nunca ha llegado tarde a ningún lugar donde lo quieran. —Don Alfredo, qué gusto verlo de pie. Mi mamá le manda un abrazo y esto. —Dejó sobre la mesa una botella de aguardiente añejo—. Dice que es para las penas. —Tu madre siempre supo qué regalar. —Mi abuelo la recibió con un asomo de sonrisa—. Siéntate, muchacho. Estás en tu casa. Mateo se sentó a mi lado y me rozó el hombro con el suyo, apenas, un gesto de aliado. La noche anterior habíamos ensayado el libreto en el teléfono: él sería el pretendiente discreto, yo la mujer que por fin sentaba cabeza. Dos actores con un contrato verbal y
POV Julián Mateo de la Pava llegó a la hacienda como llegaba a todas partes: sin ceremonia y sin avisar. Yo estaba en el patio, revisando el cincho de una mula, cuando escuché el trote de un caballo bayo por el camino de entrada. Levanté la vista y lo reconocí antes de verle la cara, por esa forma suya de ir montado, medio despatarrado, con las riendas flojas y el sombrero echado atrás, como quien pasea por su propia casa. —¡Julián Esteban! —gritó, y se bajó de un salto—. ¡Pero mire a este hombre! ¡Más serio que un notario! No alcancé a limpiarme las manos. Me estrechó en un abrazo de esos que tumban, con palmadas fuertes en la espalda, y olía a cuero, a jabón y a cigarrillo. —Mateo. Qué bueno verlo. —Bueno nada, ¡qué falta me hacía esta cara de palo! —Me sostuvo por los hombros y me miró de arriba abajo—. ¿Y esa venda? ¿Qué se hizo? —Un resbalón en el arroyo. Nada. —Siempre nada. Usted se rompería un brazo y diría que se le atravesó una mosca. —Se rio, y su risa era fácil, a
POV Antonia Llegué al comedor con cinco minutos de retraso, a propósito. Las mujeres de mi familia siempre habían sabido que quien entra último, entra mejor. Alejandro ya estaba sentado a la derecha de mi abuelo, con la servilleta en el regazo y una copa de vino que nadie le había ofrecido. Hablaba, por supuesto. Hablaba de la junta, de la bolsa, de un yate en Cartagena. —...y entonces le dije al ministro que Colombia no necesita más cafeteros, necesita gente que sepa invertir. —Me vio y se levantó a medias, con una reverencia burlona—. Prima, qué elegancia. Se nota que el campo no te ha quitado las costumbres. —Qué amable. —Es un cumplido sincero. Siempre fuiste la más bonita de la familia. —Sonrió—. Qué lástima desperdiciar tanta belleza detrás de un escritorio. Los números son pesados para una señorita, ¿no te aburres? Me senté con la sonrisa intacta. Debajo de la mesa, clavé las uñas en mi servilleta. —Me divierto mucho, Alejandro. Los números son más honestos que la gente







