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Capítulo 2

Author: Peachy
Al día siguiente, Victor salió a encargarse de los negocios de la familia como si nada hubiera pasado.

Yo me quedé en casa ordenando el armario para el cambio de temporada, buscando un abrigo. Al fondo de su caja fuerte, oculta en un compartimento secreto, mis dedos rozaron una caja de seguridad. Requería huella dactilar y un código de acceso. Era el escondite privado de Victor. Él mismo me había advertido que jamás lo tocara.

Sin embargo, ese día el sistema parecía tener una falla. Una luz roja de advertencia parpadeaba y la compuerta de metal estaba entreabierta.

Impulsada por un presentimiento inexplicable, estiré la mano y levanté la tapa.

No había fajos de billetes, ni diamantes, ni listas de objetivos a ejecutar. Solo fotos, cuidadosamente plastificadas. Saqué una. El aire se me atoró en la garganta.

En la imagen, Chloe llevaba un bikini rojo y reía a carcajadas en la cubierta de un yate privado. Victor la abrazaba con fuerza por la cintura desde atrás, con los rostros pegados. La obsesión desmedida y desquiciada en los ojos de él era algo que yo jamás había visto en nuestros tres años de matrimonio.

Le di la vuelta a la fotografía. Había una fecha escrita al reverso: hace cinco años.

Para ser exacta, el mismo año en que Dominic me engañó con Chloe.

Hice las fotos a un lado. Debajo de ellas descansaba un grueso expediente psiquiátrico.

[Paciente: Victor Costello]

[Diagnóstico: Trastorno afectivo bipolar grave, con episodios de ideación violenta y conductas autodestructivas]

[Detonante: Trauma psíquico por ruptura afectiva conflictiva]

[Fecha: mayo de 2021]

Cada pieza del rompecabezas encajó de golpe, tejiendo una red terrorífica. Hace cinco años, Victor aún no era el capo de la organización. Por eso, la codiciosa y vanidosa de Chloe lo dejó plantado para arrojarse a los brazos de Dominic.

Mis dedos empezaron a temblar sin control.

De pronto, el pitido electrónico de la cerradura principal resonó en la planta baja. ¡Victor había vuelto temprano!

Sude frío, guardé los documentos y las fotos a toda prisa en el compartimento y cerré la tapa de golpe. Unos pasos pesados ya resonaban en el pasillo del segundo piso. Me arrastré hasta el fondo del vestidor, ocultándome desesperadamente detrás de las hileras de pesados vestidos de alta costura.

Victor entró al dormitorio con paso firme. Tomó una pistola con silenciador que había olvidado sobre la mesa de noche. En ese momento, su teléfono comenzó a sonar.

Contestó. Su voz era baja, pero cargada de una crueldad gélida que llegó nítida hasta mis oídos:

—¿Dominic envió hombres a balear la casa de Chloe? Qué cobarde —Victor revisó el cargador de su arma, con tono feroz—. Córtenles la cabeza a esas ratas. Cuélguenlas en las puertas principales de la familia Russo.

La persona al otro lado de la línea dijo algo, y Victor soltó una risa burlona y despectiva:

—Hace años, Chloe me dejó por Dominic porque yo aún no tenía el poder. Él me quitó lo que era mío. Ahora voy a hacer que lo pierda todo —su voz vibró levemente con un odio demente—. ¡Si me casé con Vivienne fue solo para vengarme de Dominic! ¡Quiero que Dominic vea cómo su exesposa —la mujer que habría dado la vida por él— me idolatra y me suplica en la cama!

»Chloe está embarazada ahora. No voy a permitir que ella y el bebé sufran al lado de esa escoria de Dominic. Cuando llegue el momento adecuado, borraré del mapa a la familia Russo y me quedaré con todo.

Mi respiración se detuvo.

La sangre se me congeló y perdí la sensibilidad en las extremidades.

Tres años de paciencia. El romance tierno y apasionado en la intimidad. Las lágrimas que me borraba de la frente a besos durante cada extracción de óvulos para la fertilización in vitro...

Todo era falso. Todo formaba parte de una trampa de venganza que tejió por la mujer que lo había traicionado.

Creí que había escapado del infierno de Dominic y que había encontrado a un dios que me salvara. En realidad, solo había caminado directo al matadero que un loco construyó para destruir a otro hombre.

Me mordí la mano con fuerza. Mis dientes se hundieron profundamente en mi carne hasta saborear el espeso sabor a hierro de mi propia sangre, solo para ahogar los sollozos que me desgarraban el pecho.

Las lágrimas golpearon el suelo frío.

Toda mi vida no era más que un maldito chiste.

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