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A Manuela nunca le preguntJuan si quería casarse con Angel. Y quizá ese fue el primer error de todos. Durante años, sus familias habían guardado silencios, favores y promesas que pertenecían a una época en la que ninguno de los dos tenía demasiado que decir sobre su propio futuro. Hasta que, un día, las consecuencias de aquellas decisiones acabJuan alcanzándolos.
Con nombres y apellidos. Con condiciones. Y con un acuerdo esperando una firma. Angel tampoco había imaginado una vida así. Tenía una empresa que dirigir, un apellido demasiado pesado sobre los hombros y suficientes heridas como para pensar que compartir su vida con alguien era lo último que necesitaba.
Manuela, en cambio, solo quería una cosa que parecía mucho más sencilla de lo que realmente era: que su vida le perteneciera. Ninguno de los dos esperaba encontrar amor en algo que no había comenzado por elección.
Quizá por eso tardJuan tanto en comprender que una historia puede empezar de la manera equivocada y, aun así, acabar convirtiéndose en algo verdadero.
Porque nadie podía decidir por ellos las conversaciones que tendrían cuando la casa se quedara en silencio. Nadie podía obligarlos a conocerse, a confiar, a echarse de menos, a buscarse sin darse cuenta. A convertirse, poco a poco, en ese lugar al que el otro quisiera volver. Y mucho menos podían obligarlos a enamorarse.
Otros habían escrito las primeras líneas de su historia sin pedirles permiso. Lo que todavía no sabían era que llegaría un momento en que Manuela e Angel recuperarían el bolígrafo y entonces ya no importarían las antiguas promesas, las expectativas de sus familias ni las decisiones que otros habían tomado por ellos.
Porque, por primera vez, podrían elegir. Elegir sus sueños, elegir quiénes querían ser, elegir si quedarse o marcharse.Y descubrir si aquello que había empezado como una obligación podía sobrevivir a la pregunta más importante de todas: Cuando ya nadie te obliga a quedarte, ¿a quién eliges amar?
La Torre Davila Corp. se alzaba sobre el distrito financiero como un monumento al poder. Cincuenta y ocho plantas de cristal oscuro, acero y despachos inaccesibles donde, cada día, se tomaban decisiones capaces de hacer subir una empresa, hundir a otra o poner nervioso a medio mercado antes siquiera de que abriera la Bolsa.
En la última planta, muy por encima del tráfico y del ruido de Madrid, Angel Davila permanecía inmóvil frente al enorme ventanal de su despacho. Desde allí la ciudad parecía distinta. Más pequeña, más manejable. Una ilusión, en realidad.
Sostenía una taza de café con una mano. Llevaba tanto tiempo olvidada entre sus dedos que el café se había quedado completamente frío. Con la otra iba pasando las páginas de un informe financiero que ya había revisado dos veces.
Volvió atrás. Leyó una cifra. Después otra. Regresó a la página anterior. Frunció el ceño. Aquello no tenía ningún sentido.
-No puede ser...
La puerta del despacho se abrió sin que nadie llamara.
-Llevas una hora mirando el mismo informe. Como sigas así, vas a conseguir que las cifras confiesen por agotamiento.
Angel ni siquiera se volvió. Solo una persona en todo aquel edificio tenía la osadía de entrar en su despacho sin llamar.
Juan.
Su mejor amigo desde que ambos tenían ocho años y, probablemente, el único ser humano sobre la faz de la Tierra que no parecía impresionado por el apellido Davila , su fortuna ni el despacho de más de doscientos metros cuadrados desde el que Angel dirigía buena parte de la compañía.
Angel dejó finalmente la taza sobre el escritorio.
-Míralo tú.
-Buenos días para ti también.
-Juan.
-Vale, vale. Qué carácter tienes por las mañanas, macho.
Angel le tendió la carpeta.
-Página treinta y siete.
El tono bastó para borrar la sonrisa de Juan.
Cogió el informe, se acomodó frente al escritorio y empezó a revisar las cifras. Al principio lo hizo con esa expresión despreocupada que solía acompañarlo a todas partes. Sin embargo, apenas tardó unos segundos en incorporarse un poco más en la silla.
Pasó una página, luego otra. Volvió hacia atrás.
-Espera.
Angel no dijo nada.
-¿Quién ha autorizado estas transferencias?
-Eso llevo intentando averiguar desde las siete.
Juan levantó la mirada.
-¿Y Contabilidad?
-No tiene constancia.
-¿Tesorería?
-Tampoco.
Juan frunció el ceño y regresó al documento.
-Pues alguien tiene que tenerla. Estamos hablando de muchísimo dinero.
-Lo sé.
-No, Angel. Cuando digo muchísimo, digo una barbaridad. Esto no es que alguien haya metido la mano en la caja para pagarse unas vacaciones en Ibiza.
Angel apoyó ambas manos sobre el escritorio.
-Sigue mirando.
Juan obedeció.
Unos segundos después dejó de pasar páginas.
-Joder.
Angel alzó ligeramente la mirada.
-Ya.
-No aparecen en el sistema principal.
-Exacto.
Juan comenzó a comprobar los códigos asociados a las operaciones.
-Las han repartido.
-Sí.
-Cantidades pequeñas.
-Lo bastante pequeñas para no activar determinadas alertas internas.
-Pero lo bastante grandes para que, sumadas...
Juan no terminó la frase. No hacía falta.
Angel se apartó del escritorio y caminó nuevamente hasta el ventanal. Madrid se extendía bajo sus pies, bañada por la luz de aquella mañana, ajena a lo que acababa de descubrir en el interior de aquellas cuatro paredes.
Detrás de él, Juan continuaba revisando el informe.
-Aquí hay sociedades que no me suenan de nada.
-Porque no existen.
Juan levantó la cabeza.
-¿Cómo que no existen?
-No de verdad. Las estuve comprobando antes de que llegaras. Algunas tienen domicilios fiscales compartidos. Otras fueron constituidas hace menos de dos años. No tienen empleados, actividad comercial real ni prácticamente ningún movimiento que no esté relacionado con Davila .
Juan cerró lentamente la carpeta.
-Empresas pantalla.
Angel asintió.
-Alguien está sacando millones de la compañía.
Aquella vez Juan no hizo ninguna broma. Se levantó y caminó hacia él.
-¿Cuánto?
-Todavía no lo sé.
-¿Una estimación?
Angel giró la cabeza y lo miró.
-Entre dieciocho y veinticinco millones.
Juan soltó el aire lentamente.
-Me cago en...
Se pasó una mano por la cara.
-Vale. Esto ya no tiene ninguna gracia.
-Nunca la ha tenido.
-Ya, bueno, perdona por intentar conservar algo de alegría mientras descubrimos que alguien está desplumando la empresa desde dentro.
Angel volvió la vista hacia la ciudad.
-Hay algo peor.
-¿Peor que veinticinco millones desaparecidos? Fantástico. Me estaba pareciendo una mañana demasiado tranquila.
Angel tardó unos segundos en contestar.
-Para ocultar movimientos así necesitas permisos especiales.
Juan dejó de sonreír.
-¿Qué nivel?
-El más alto.
El silencio cayó entre ambos. No fue necesario explicar nada más.
Había cientos de empleados trabajando para Davila Corp. Decenas de directivos. Varios departamentos financieros. Auditores. Abogados. Responsables de operaciones.
Pero personas con aquel nivel de acceso...
Muy pocas.
Juan volvió despacio hasta el escritorio.
-¿Crees que puede ser alguien del consejo?
Angel no respondió inmediatamente.
Su mandíbula se tensó.
-No lo sé.
Mentira.
Había un nombre dando vueltas en su cabeza desde hacía casi una hora.
Un nombre que se negaba a pronunciar porque, en el momento en que lo hiciera, dejaría de ser una sospecha absurda para convertirse en una posibilidad real.
Su padre.
Daniel Davila .
El hombre que había levantado aquel imperio prácticamente desde cero. El hombre cuyo apellido coronaba el edificio. El mismo que le había enseñado desde pequeño que la confianza era un lujo, que los sentimientos entorpecían las decisiones importantes y que, en los negocios, la compasión era una forma bastante elegante de llamar a la debilidad.
Habían discutido cientos de veces. Se habían enfrentado otras tantas.
Y aun así, durante buena parte de su vida, Angel había admirado a su padre de una forma que jamás admitiría en voz alta.
Daniel Davila representaba todo aquello que él había crecido intentando alcanzar. Poder, disciplina, control, éxito.
Quizá por eso aquella sospecha resultaba mucho más difícil de soportar.
Angel negó lentamente con la cabeza.
-Necesito pruebas.
Juan lo observó durante unos segundos. Lo conocía demasiado bien. Sabía perfectamente que detrás de aquella frase había algo que su amigo todavía no estaba dispuesto a contarle.
Pero no insistió. Aún no. Dejó la carpeta sobre el escritorio.
-Pues las encontraremos.
Angel lo miró.
-Sin que nadie se entere.
-Eso complica bastante las cosas.
-¿Te estás echando atrás?
Juan soltó una risa breve.
-¿Yo? Ni de coña. Llevo siendo amigo tuyo desde los ocho años. Si no me he echado atrás después de veinte años aguantándote, no voy a empezar ahora.
Por primera vez aquella mañana, una sombra de sonrisa apareció en el rostro de Angel.
-Eres idiota.
-Pero un idiota leal. Que hoy en día cotiza bastante bien.
La sonrisa de Angel desapareció tan deprisa como había aparecido.
-Juan.
-Dime.
-Hasta que sepamos quién está detrás de esto, no confíes en nadie.
Juan sostuvo su mirada. Esta vez no hubo bromas.
-En nadie.
A varios kilómetros de allí, en una de las zonas residenciales más exclusivas de Madrid, la mansión Davila permanecía envuelta en un silencio casi absoluto.
En el despacho privado de Daniel Davila , las cortinas estaban parcialmente cerradas a pesar de que fuera brillaba el sol.
Una pared entera estaba ocupada por varias pantallas.
En ellas aparecían imágenes procedentes de distintas cámaras de seguridad de Davila Corp.: pasillos, ascensores, entradas, zonas restringidas y despachos.
Daniel observaba una de las pantallas con expresión impasible.
En ella aparecía su hijo.
A su lado, sentada tranquilamente en un sillón de cuero, había una mujer que parecía sentirse perfectamente cómoda en un lugar donde casi nadie conseguía estarlo.
Llevaba un elegante vestido negro y unos tacones que había cruzado con delicadeza a la altura de los tobillos. Su cabello rubio caía impecable sobre los hombros y sus ojos verdes observaban la pantalla con una mezcla de curiosidad y diversión.
Era hermosa.
Pero había algo en ella que hacía pensar que su belleza no era precisamente su arma más peligrosa.
Daniel apagó la pantalla.
-Mi hijo ha empezado a hacer demasiadas preguntas.
La mujer ladeó ligeramente la cabeza.
-Eso suele pasar cuando alguien encuentra respuestas que no debería encontrar.
Daniel la miró.
Ella sonrió.
-¿Qué quiere que haga?
-Distráelo.
-Qué específico.
-Sabes perfectamente a qué me refiero.
La mujer se levantó despacio y caminó hasta el escritorio. Apoyó las yemas de los dedos sobre la madera.
-No. Sé que quiere que deje de investigar. Lo que todavía no sé es cuánto está dispuesto a pagar para conseguirlo.
Daniel sostuvo su mirada.
-El dinero nunca ha sido un problema.
-Para usted, quizá.
-Para ti tampoco lo será cuando termines.
Aquello pareció divertirla.
-Entonces dígame exactamente qué espera de mí.
Daniel se acercó.
-Quiero que consigas que deje de prestar atención a la empresa.
Ella soltó una pequeña carcajada.
-¿Y cómo pretende que consiga semejante milagro?
Daniel no sonrió.
-Haz que se enamore de ti.
La mujer permaneció en silencio durante unos segundos.
Después arqueó una ceja.
-Vaya.
-¿Algún problema?
-Ninguno. Solo esperaba algo un poco más complicado.
-No subestimes a mi hijo.
-No lo hago.
-Entonces ten cuidado.
Ella tomó su bolso del sillón.
-Una pregunta.
Daniel esperó.
-¿Hasta dónde puedo llegar?
-Hasta donde sea necesario.
La mujer lo estudió con atención.
-¿Y si se enamora de verdad?
Daniel soltó una risa breve, seca, completamente desprovista de humor.
-Los hombres como mi hijo siempre confunden el deseo con el amor.
Ella se quedó observándolo durante un instante, como si aquella respuesta le hubiera resultado más interesante de lo esperado.
Después caminó hacia la puerta.
-Entonces será fácil.
Puso la mano sobre el pomo, pero antes de salir se volvió.
-Por cierto... ni siquiera me ha dicho cómo se llama.
Daniel frunció ligeramente el ceño.
-¿Quién?
-El hombre del que se supone que tengo que enamorarme.
-No tienes que enamorarte de él.
La mujer sonrió.
-Es una forma de hablar.
Daniel mantuvo la mirada fija en ella.
-Angel Davila .
La mujer repitió mentalmente aquel nombre.
Angel.
Miró una última vez hacia la pantalla apagada y una sonrisa lenta apareció en sus labios. No era una sonrisa amable. Tampoco completamente cruel.
Era la sonrisa de alguien que acababa de aceptar un reto.
-Perfecto.
Abrió la puerta.
-Es hora de conocer a Angel Davila .
Daniel permaneció en silencio.
Ella salió al pasillo, pero antes de que la puerta se cerrara por completo añadió:
-Y de descubrir cuánto tarda un hombre como él en dejarse destruir.
La puerta se cerró.
Daniel volvió lentamente la mirada hacia las pantallas.
En la última planta de la Torre Davila , Angel seguía buscando al hombre que estaba traicionando su confianza.
En la mansión, su padre acababa de enviar a una mujer para impedir que lo encontrara.
Y ella creía que sabía exactamente cómo hacerlo.
Lo que ninguno de ellos podía imaginar todavía era que algunas mentiras, cuando se sostienen durante demasiado tiempo, terminan pareciéndose peligrosamente a la verdad.
Y que en la guerra que estaba a punto de comenzar, los millones desaparecidos acabarían siendo lo menos valioso que cualquiera de ellos podía perder.
Había pasado una semana. Siete días completos compartiendo la misma casa y siete días siendo marido y mujer únicamente sobre el papel. La residencia que Daniel les había regalado después de la firma estaba situada en una de las zonas más exclusivas y tranquilas de Madrid, apartada lo suficiente del centro como para disfrutar de privacidad, pero no tanto como para sentirse aislados de la ciudad. Era enorme, luminosa y elegante, rodeada por jardines perfectamente cuidados, senderos de piedra, árboles centenarios y amplios ventanales desde los que, al caer la tarde, podían verse las luces de Madrid extendiéndose a lo lejos. Todo parecía diseñado para ofrecer calma. Sin embargo, entre aquellas paredes reinaba un silencio extraño. No era el silencio cómodo de dos personas que se entendían sin necesidad de hablar, sino el de dos desconocidos obligados a aprender la presencia del otro sin saber todavía qué hacer con ella.Dormían en habitaciones separadas. Desayunaban en la misma mesa, aunqu
Lo primero que se percibía era el silencio. No había música, ni risas, ni esa clase de emoción que cabría esperar en una celebración semejante. El salón de la familia Davila estaba decorado con un lujo impecable: flores blancas, cristal, mármol brillante, mobiliario diseñado a medida y una iluminación cuidada hasta el último detalle. Todo parecía perfecto. Todo, excepto el ambiente. Nadie tenía la sensación de estar celebrando un matrimonio. Aquello se parecía mucho más a la firma de una operación empresarial que a la unión de dos personas.El abogado terminó de leer los últimos puntos del documento y dejó los papeles sobre la mesa.—Entonces, si ambas partes están de acuerdo, pueden proceder a firmar.Angel cogió la pluma sin decir nada. Ni siquiera volvió a revisar las páginas. No leyó una cláusula, no hizo una pregunta y tampoco pidió ninguna explicación. Firmó de manera rápida, casi automática, como si lo único que quisiera fuese terminar cuanto antes con aquel momento y salir
El teléfono de Angel vibró una vez más, y otra, y otra. En la pantalla aparecía siempre el mismo nombre: Victoria . Llamadas perdidas, mensajes, preguntas y reproches que se acumulaban sin respuesta. «¿Por qué no me contestas?», «¿Qué está pasando?», «Angel , necesito hablar contigo». Él leía cada notificación, pero no respondía. No porque no quisiera verla ni porque hubiese dejado de importarle de repente, sino porque por primera vez no sabía qué decir. Todo se había vuelto demasiado confuso. Victoria , su padre, aquel acuerdo absurdo, el matrimonio, Manuela Fonalledas, una mujer cuyo rostro ni siquiera conocía y que, sin embargo, ya ocupaba un lugar escrito en su futuro por decisión de otros.Dejó el teléfono sobre el sofá con brusquedad y se pasó ambas manos por el pelo.—¿Qué coño estoy haciendo?La respuesta llegó sola: nada. No estaba haciendo nada porque, por primera vez en mucho tiempo, sentía que no tenía control sobre absolutamente nada. Durante toda su vida lo habían prepa
La tormenta empezó mucho antes de que cayera la primera gota de lluvia. En la mansión Davila, el ambiente llevaba horas cargado de una tensión difícil de ignorar, como si incluso las paredes supieran que algo estaba a punto de romperse. Angel permanecía de pie en el despacho de su padre con varios documentos entre las manos, mirándolos una y otra vez sin terminar de aceptar lo que tenía delante. En realidad, lo entendía perfectamente. El problema era que una parte de él se negaba a creer que Daniel hubiese sido capaz de llegar tan lejos.—¿Qué es esto?Daniel ni siquiera levantó la mirada de los papeles que tenía sobre el escritorio.—Lo que acabas de leer.Angel volvió a bajar los ojos hacia la primera página. Las palabras destacaban con una claridad insultante: «ACUERDO MATRIMONIAL». Sintió cómo la incredulidad se convertía lentamente en rabia.—No.Daniel siguió escribiendo como si estuviesen hablando de una reunión cualquiera.—Sí.—He dicho que no.Esta vez la voz de Angel son
Veinte años atrás, Daniel Davila todavía recordaba aquella época como una herida que nunca había terminado de cerrar del todo. Tenía veinte años, era ambicioso, inteligente y estaba convencido de que podía con cualquier cosa. A esa edad había confundido la seguridad con la invulnerabilidad y la ambición con una especie de derecho natural a ganar siempre. Durante un tiempo, todo pareció darle la razón.Había tomado decisiones arriesgadas para expandir lo que entonces apenas empezaba a convertirse en el imperio Davila. Invirtió cantidades enormes de dinero en nuevos proyectos, firmó acuerdos sin margen de error y apostó por negocios que, sobre el papel, parecían destinados a multiplicar beneficios. Sin embargo, por primera vez en su vida, calculó mal. Los números dejaron de favorecerlo, los bancos empezaron a presionarle, algunos socios desaparecieron en cuanto olieron el peligro y otros comenzaron a poner distancia con aquella rapidez con la que suelen hacerlo quienes solo permanecen c
El despacho de Daniel Davila estaba completamente en silencio. Solo se escuchaba el leve tic-tac del reloj de pared marcando cada segundo con una insistencia que comenzaba a irritarle. Daniel odiaba esperar. La paciencia nunca había sido una virtud que hubiese cultivado especialmente bien y, para él, esperar significaba ceder parte del control, aunque solo fuese durante unos minutos. Y perder el control era algo que jamás aceptaba de buen grado.Cuando el teléfono sonó, levantó la mirada hacia la pantalla. El nombre que apareció consiguió detener sus pensamientos por un instante.pedro.No era una llamada cualquiera. Daniel lo supo de inmediato. Aquel nombre pertenecía a otra época, a una parte de su vida que rara vez visitaba y que, sin embargo, permanecía intacta en algún rincón de su memoria. Cogió el teléfono y respondió sin demorarse.-pedro.Al otro lado se escuchó una voz madura, algo más grave de lo que Daniel recordaba, aunque todavía conservaba aquella firmeza tan caracterís







