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Capítulo 2

Auteur: Victoria
last update Date de publication: 2026-09-22 10:44:53

A las ocho de la mañana, el vestíbulo de Davila  Corporation lucía tan impecable que casi daba reparo pisarlo.

El mármol blanco italiano reflejaba la luz de las enormes lámparas de cristal suspendidas del techo, mientras el aroma discreto de la madera de cedro se mezclaba con el del café recién molido que llegaba desde la cafetería privada situada junto a la zona ejecutiva. Al otro lado de los ventanales, Madrid ya estaba completamente despierta. Coches, taxis, autobuses, gente caminando deprisa por las aceras y ese ruido constante de una ciudad que parecía no tener tiempo para esperar a nadie.

Dentro del edificio, sin embargo, todo funcionaba con una precisión casi matemática. A las ocho en punto, las puertas del ascensor privado se abrieron. Varias conversaciones bajJuan de volumen. Algunos empleados se apartJuan discretamente.

Angel Davila  apareció en el vestíbulo con esa clase de elegancia que parecía no requerir ningún esfuerzo y que, probablemente, costaba más que el sueldo anual de alguno de los presentes.

Llevaba un traje italiano azul marino perfectamente entallado que resaltaba su cuerpo atlético y la anchura de sus hombros. La camisa blanca, impecable, permanecía abierta únicamente en el primer botón y dejaba entrever la piel ligeramente bronceada de su cuello. En su muñeca brillaba, sin ostentación, un reloj cuyo precio Juan se había negado a conocer porque, según él, «hay cifras que te hacen replantearte tus decisiones vitales».

El cabello castaño oscuro de Angel, ligeramente ondulado, tenía ese aspecto aparentemente descuidado que solo conseguían los hombres que, paradójicamente, dedicaban bastante tiempo a conseguir que pareciera que no habían dedicado ninguno.

Pero eran sus ojos los que hacían que la mayoría de las personas evitaran sostenerle la mirada demasiado tiempo.

Azules, intensos, y aquella mañana, especialmente fríos.

Recorrieron el vestíbulo con la misma atención con la que llevaba dos días revisando cada documento, cada autorización y cada movimiento bancario de Davila  Corporation.

Desde que había descubierto las transferencias, algo había cambiado. Ahora observaba a todos de otra manera. Porque cualquiera podía estar implicado.

A su lado caminaba Juan con una tableta entre las manos y una expresión de absoluto sufrimiento mientras repasaba la agenda del día.

-A ver, alegría de la huerta. A las nueve tienes reunión con los inversores. A las diez y media, videollamada con Londres. A las doce, comida con el consejo de administración y, antes de que preguntes, no, no puedes cancelar otra vez porque tu padre ya ha llamado dos veces para asegurarse de que vas.

Angel continuó caminando.

-No pensaba cancelar.

Juan lo miró de reojo.

-Claro. Y yo mañana madrugo con ilusión.

-Eso sí que no se lo cree nadie.

-Gracias me encanta sentirme apoyado. 

Angel pulsó el botón del ascensor.

Juan dejó escapar un suspiro y bajó la tableta.

-Y ahora la parte divertida.

-No tienes ninguna parte divertida en esa agenda.

-Precisamente por eso. Sigo sin encontrar quién autorizó las transferencias.

Angel giró ligeramente la cabeza.

-¿Nada?

-Nada de nada. He revisado permisos, firmas digitales, registros internos y accesos de las últimas ocho semanas. Quien lo haya hecho sabe perfectamente cómo funciona nuestro sistema.

                  

Las puertas del ascensor se abrieron. Ambos entrJuan. Angel se quedó mirando los números iluminados sobre el panel.

-Lo encontraremos.

-Eso espero.

Juan pulsó la última planta.

-Porque alguien está jugando con fuego y, a este paso, nos vamos a enterar cuando tengamos el edificio ardiendo.

Angel guardó silencio. Las puertas comenzJuan a cerrarse.

-¡Espere!

Una voz femenina atravesó el vestíbulo. Angel levantó la mirada. Juan extendió una mano hacia el sensor y las puertas volvieron a abrirse.

-Qué suerte tiene -murmuró-. Cinco segundos más y le toca esperar al siguiente.

La mujer que se acercaba al ascensor no parecía especialmente preocupada por ello.

Cruzó el vestíbulo con paso seguro, como si supiera perfectamente que la estaban mirando y aquello no le importara lo más mínimo.

O quizá sí.

Su cabello rubio, largo y perfectamente peinado, caía sobre sus hombros en ondas suaves. Vestía un elegante conjunto rojo de líneas sencillas que resaltaba su figura sin resultar excesivo. Los tacones resonaban contra el mármol con cada paso. Llevaba un bolso de diseñador colgado del antebrazo y se movía con esa confianza difícil de fingir que hacía pensar que estaba acostumbrada a entrar en cualquier lugar como si ya le perteneciera.

Angel la observó acercarse y durante un segundo se olvidó de las transferencias. Solo uno. Victoria Mendoza lo vio y supo inmediatamente que había conseguido exactamente lo que quería. Entró en el ascensor.

-Gracias.

-De nada -respondió Juan.

Victoria levantó la vista. Sus ojos verdes encontrJuan los de Angel. El encuentro duró apenas un instante. Pero fue suficiente para que algo parecido a una corriente incómoda recorriera la espalda de él. Angel frunció ligeramente el ceño. No le gustaban las reacciones que no podía controlar. Y aquella había sido una. Victoria, por el contrario, parecía completamente tranquila. Extendió una mano.

-Victoria Mendoza. Encantada.

Angel miró su mano durante una fracción de segundo antes de estrechársela.

-Angel Davila .

Ella sonrió.

-Lo sé.

Angel arqueó una ceja.

Juan levantó lentamente la mirada de la tableta.

-¿Ah, sí?

Victoria retiró la mano con naturalidad.

-Hombre, tampoco es precisamente un desconocido.

Angel no respondió.

-Su apellido está en la fachada del edificio -añadió ella-. Y resulta bastante difícil trabajar aquí sin saber quién es el heredero de Davila  Corporation.

-¿Trabaja aquí?

-Desde hoy.

Aquello despertó inmediatamente su curiosidad.

-¿En qué departamento?

Victoria sonrió.

-Estrategia corporativa.

Juan intervino desde el fondo.

-Pues bienvenida al manicomio.

Ella soltó una pequeña carcajada.

           

             

                   

-Gracias. Muy tranquilizador.

-No le haga caso -dijo Angel.

Juan abrió mucho los ojos.

-¿Perdona? Soy la única persona de este edificio que ofrece información útil a los recién llegados.

-Tú asustas a los recién llegados.

-Es un servicio preventivo. Luego vienen avisados.

Victoria volvió a reír.

Angel miró a Juan con esa expresión que significaba cállate de una vez.

Juan sonrió inocentemente y regresó a su tableta.

Pero no estaba leyendo absolutamente nada.

Observaba.

Y lo que estaba viendo le parecía bastante más interesante que la agenda.

Conocía a Angel desde que tenían ocho años. Había estado con él en el colegio, en la universidad, durante sus primeros negocios, en sus peores momentos y en suficientes cenas como para conocer perfectamente su comportamiento con las mujeres.

Angel era educado.

Correcto.

Incluso encantador cuando quería serlo. Pero nunca miraba dos veces. Y acababa de mirar a Victoria tres. Juan apretó los labios para contener una sonrisa. Aquello sí que era noticia. Victoria también se había dado cuenta. Por supuesto que se había dado cuenta. Precisamente para eso estaba allí.

«Ya ha picado».

La idea apareció en su cabeza con la tranquilidad de quien comprueba que un plan está funcionando exactamente como esperaba.

El ascensor continuó subiendo.

-¿Primer día? -preguntó Angel.

-Se nota mucho, ¿verdad?

-No especialmente.

-Entonces, ¿por qué lo pregunta?

Él la miró.

Victoria sostuvo su mirada.

-Porque no la había visto antes.

-¿Conoce personalmente a todos sus empleados?

-No.

-Entonces podría llevar aquí cinco años.

Angel entrecerró ligeramente los ojos.

-No.

-¿No?

-Me habría acordado.

Juan giró la cabeza muy despacio.

La expresión de su rostro era impagable.

Angel lo vio.

-Ni se te ocurra.

-No he dicho nada.

-Pero lo estás pensando.

-Pues ahora resulta que tampoco puedo pensar. Esto ya empieza a parecer una dictadura.

Victoria se mordió ligeramente el labio para contener una sonrisa.

-¿Siempre son así?

-Desde los ocho años -respondió Juan antes de que Angel pudiera hacerlo-. Y no tiene pinta de mejorar.

-No le he preguntado a usted.

-Ya, pero soy muy de participar.

Angel negó con la cabeza.

           

             

                   

-Ignórelo.

-Lo intentaré.

-Imposible -dijo Juan-. Tengo muchísimo carisma.

Las puertas se abrieron en la última planta.

Victoria dio un paso hacia el exterior.

-Bueno, parece que he llegado.

Angel observó el pasillo.

-Estrategia está dos plantas más abajo.

Ella se detuvo.

Durante una fracción de segundo, apenas perceptible, algo cambió en su expresión.

-Entonces parece que me he equivocado de planta.

Juan levantó una ceja.

Angel no pareció darle importancia.

-Puede bajar desde aquellos ascensores.

-Gracias.

Victoria dio un par de pasos y después se volvió.

-Ha sido un placer conocerle, señor Davila .

Angel debería haber respondido simplemente «igualmente».

Eso habría sido lo normal.

Lo que habría hecho cualquier otro día.

Sin embargo, las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.

-¿Tiene planes para comer?

Silencio.

Juan levantó la cabeza de golpe.

Victoria también pareció sorprendida.

Aunque en su caso la sorpresa era perfectamente fingida.

-¿Hoy?

-Hoy.

Juan miró alternativamente a uno y a otro.

Angel Davila .

El hombre que rechazaba citas organizadas por sus amigos, invitaciones a fiestas privadas y presentaciones cuidadosamente preparadas por media élite madrileña acababa de invitar a comer a una mujer a la que conocía desde hacía aproximadamente cuatro minutos.

Aquello merecía ser apuntado en el calendario.

Victoria bajó la mirada hacia su reloj.

-Bueno...

Dejó pasar unos segundos.

Los suficientes.

-Creo que podría hacer un hueco.

-A la una.

-¿Dónde?

-Mandaré a mi chófer a buscarla.

Victoria sonrió.

-Eso suena peligrosamente formal.

-Podría mandar a Juan.

-Oye -protestó él-. Yo tengo dignidad.

Angel lo miró.

-Desde cuándo.

-Qué desagradable eres cuando te gusta alguien.

Angel giró lentamente la cabeza hacia él.

-Juan.

-Me callo.

Victoria soltó una carcajada.

-El chófer estará bien.

           

             

                   

-A la una, entonces.

-A la una.

Ella sostuvo la mirada de Angel durante un instante más.

-Hasta luego, señor Davila .

-Angel.

Victoria ladeó ligeramente la cabeza.

-Hasta luego, Angel.

Se alejó por el pasillo.

Angel siguió mirándola hasta que desapareció al doblar la esquina.

Juan esperó.

Cinco segundos.

Diez.

Después miró a su amigo.

-¿Quién eres y qué has hecho con Angel Davila ?

Angel entró en su despacho.

-No empieces.

Juan fue detrás.

-¿Que no empiece? Perdona, pero acabas de invitar a comer a una mujer que conoces desde hace cuatro minutos.

-Cinco.

Juan se detuvo.

-¿Encima los has contado?

Angel dejó la carpeta que llevaba sobre el escritorio.

-Tengo una reunión en veinte minutos.

-Sí, sí. Tú cambia de tema.

-Juan.

-Vale.

Se dirigió hacia la puerta.

Antes de salir, se volvió.

-Por cierto.

Angel levantó la mirada.

-Rojo.

-¿Qué?

-Llevaba un traje rojo.

Angel lo miró sin entender.

Juan sonrió.

-Solo estoy comprobando cuánto te has fijado.

-Lárgate.

-Con muchísimo gusto.

La puerta se cerró. Angel permaneció solo. Intentó regresar al informe. Leyó la primera línea, después la segunda. Llegó a la tercera.

Y sin ninguna razón que quisiera reconocer, unos ojos verdes volvieron a aparecer en su cabeza.

Soltó el bolígrafo sobre la mesa.

-Joder.

Mientras tanto, al otro lado de la planta, Victoria caminó hasta encontrar un despacho vacío.

Entró. Cerró la puerta.

Y la sonrisa amable que había llevado durante los últimos minutos desapareció.

Sacó del bolso un teléfono pequeño que utilizaba exclusivamente para aquel trabajo.

victor un número. Respondieron al segundo tono.

-¿Sí?

La voz grave de Daniel Davila  sonó al otro lado.

Victoria se acercó al ventanal. Madrid se extendía bajo ella.

-Ya está.

-¿Qué tal ha ido?

-Mejor de lo que esperaba.

           

             

                   

-¿Habéis hablado?

-En el ascensor.

-¿Y?

Victoria observó su reflejo en el cristal.

-Me ha invitado a comer.

Hubo un breve silencio.

Después, Daniel soltó una risa satisfecha.

-Sabía que no fallarías.

-No se emocione todavía.

-¿Algún problema?

-Ninguno.

Victoria jugueteó con una de las asas del bolso.

-Pero su hijo no parece tan frío como me dijo.

-Lo es.

-No conmigo.

Daniel guardó silencio durante unos segundos.

-Ese es precisamente su problema.

Victoria frunció ligeramente el ceño.

-¿Cuál?

-Que Angel lleva toda la vida convencido de que puede controlar lo que siente.

-¿Y no puede?

-Nadie puede.

Ella sonrió.

-Entonces estamos de acuerdo en algo.

-No confundas las cosas, Victoria.

La sonrisa desapareció de sus labios.

-No las confundo.

-Esto es un trabajo.

-Lo sé perfectamente.

-Bien.

Victoria contempló la ciudad.

-¿Qué quiere que haga ahora?

La respuesta llegó con absoluta calma.

-Haz que piense en ti.

-Eso ya ha empezado.

-No. Quiero que piense en ti cuando esté trabajando. Cuando llegue a casa. Cuando se despierte. Quiero que mire el teléfono esperando un mensaje tuyo. Quiero que empiece a cometer errores porque está demasiado ocupado preguntándose dónde estás, con quién estás y cuándo volverá a verte.

Victoria permaneció en silencio.

La voz de Daniel se volvió más fría.

-Quiero que deje de mirar los números.

Ella comprendió inmediatamente.

-Las transferencias.

-Exacto.

-¿Y si sigue investigando?

-Haz que deje de hacerlo.

-Eso no responde a mi pregunta.

-Entonces encuentra la manera.

Victoria apretó ligeramente los labios.

-¿Algo más?

-Sí.

La pausa fue breve.

-Que jamás sospeche de mí.

Victoria miró su propio reflejo en el cristal.

-Entendido.

-Y Victoria...

-¿Sí?

-No olvides quién es.

Ella sonrió lentamente.

-Créame. No tengo intención de olvidarlo.

Colgó.

Durante unos segundos permaneció frente al ventanal con el teléfono entre los dedos.

Aquello era un trabajo.

Nada más.

Había hecho cosas parecidas antes. Hombres poderosos. Hombres ricos. Hombres convencidos de que podían comprar cualquier cosa y controlar a cualquiera. Había aprendido hacía mucho tiempo que todos tenían alguna debilidad y que, si observabas el tiempo suficiente, terminabas encontrándola.

Angel Davila  no sería diferente.

Eso se dijo.

Guardó el teléfono en el bolso.

Se miró una última vez en el reflejo del cristal, se recolocó el cabello y recuperó aquella sonrisa impecable que parecía capaz de abrir cualquier puerta.

A la una comería con Angel. Después habría otra comida. Quizá una cena, un mensaje una llamada.

Y poco a poco conseguiría exactamente aquello para lo que Daniel Davila  la había contratado.

Que su hijo dejara de mirar las cuentas. Que dejara de hacer preguntas. Que confiara en ella. Y, finalmente, que se enamorara.

Victoria salió del despacho convencida de que tenía la situación completamente bajo control.

Lo que todavía no sabía era que, unas plantas más arriba, Angel Davila  había conseguido leer exactamente tres líneas de un informe antes de volver a pensar en sus ojos verdes.

Ni que algún día sería ella quien tendría que descubrir qué dolía más: engañar a un hombre que confiaba en ti... o enamorarte de él cuando ya era demasiado tarde para contarle la verdad.

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