เข้าสู่ระบบLos meses empezJuan a pasar y, poco a poco, la anomalía que había puesto en alerta a Angel dejó de parecer una anomalía.
Al menos sobre el papel.
Las cuentas de Davila Corporation volvieron a cuadrar. Los balances llegaban limpios, los informes trimestrales no mostraban irregularidades importantes y las transferencias que habían despertado las primeras sospechas parecían haberse perdido entre cientos de operaciones perfectamente justificadas. Para cualquiera que hubiese revisado los documentos por encima, el problema habría desaparecido.
Juan sabía que no. Las cifras podían mentir. Y aquellas mentían de maravilla.
Durante meses había dedicado horas a seguir transferencias, comprobar sociedades, buscar administradores, reconstruir movimientos bancarios y cruzar nombres. Algunas noches se marchaba de la oficina pasada la medianoche. Otras continuaba investigando desde casa, con un café al lado y la desagradable sensación de que cada respuesta que encontraba abría otras cinco preguntas.
El patrón siempre era el mismo. Una transferencia conducía a una sociedad. La sociedad pertenecía a otra. La segunda tenía como administrador a un hombre que figuraba en otras cuatro empresas.
Cuando Juan encontraba al hombre, descubría que era un prestanombres. Y cuando intentaba llegar hasta quien realmente manejaba el dinero, el rastro desaparecía.
Era desesperante.
Aquella tarde, después de casi tres horas siguiendo una transferencia que había pasado por cuatro sociedades distintas antes de terminar en una cuenta extranjera, Juan cerró de golpe el portátil.
-¡Joder!
El sonido resonó en el despacho.
Angel levantó la mirada desde el otro lado de la mesa.
-¿Nada?
Juan se quedó mirándolo.
-¿Nada? Claro que hay algo. Hay cuarenta y siete pestañas abiertas, tres cafés, un dolor de cabeza que me tiene negociando directamente con Dios y absolutamente ninguna respuesta útil.
Angel se recostó en la silla.
-Entonces, nada.
-Gracias por resumir cuatro horas de trabajo en una palabra. Muy motivador todo.
Juan se levantó y caminó hacia el ventanal.
Madrid comenzaba a encenderse bajo ellos. Las primeras luces aparecían en los edificios mientras el cielo adquiría ese tono azulado que anunciaba el final de la tarde.
Angel dejó el bolígrafo sobre la mesa.
-¿Hasta dónde has llegado?
-Hasta ninguna parte. Ese es precisamente el problema.
-Explícate.
Juan apoyó una mano contra el cristal.
-Cada vez que sigo una transferencia, aparece otra empresa.
-¿Y los propietarios?
-Uno murió hace siete años.
Angel frunció el ceño.
-¿Siete?
-Sí. Lo cual tiene bastante mérito teniendo en cuenta que firmó documentación hace tres.
Angel lo miró fijamente.
-¿El resto?
-Otro vive oficialmente en Panamá, pero nadie consigue encontrarlo. Hay una mujer de setenta y ocho años que figura como administradora de dos sociedades y vive en una residencia de mayores en Toledo. Y mi favorito...
Juan se volvió.
-Un señor que aparece como propietario de una empresa que movió casi dos millones de euros el año pasado.
-¿Qué tiene de especial?
-Que trabaja de jardinero.
Angel permaneció en silencio.
-¿Estás seguro?
-Completamente. He hablado con él.
Aquello hizo que Angel se incorporara.
-¿Has hablado con él?
-Claro.
-Te dije que fueras discreto.
-He sido discretísimo.
-Juan.
-No me presenté diciendo «Buenas tardes, investigamos un desfalco millonario, ¿le importaría colaborar?». Le hice preguntas sin levantar sospechas.
Angel se pasó una mano por la mandíbula.
-¿Y?
-No sabe ni que la empresa existe.
El silencio regresó.
-¿Los contables? -preguntó Angel.
-Desaparecidos.
-¿Los abogados?
Juan soltó una carcajada sin humor.
-Ese es buenísimo. El despacho que figura en varios documentos no existe.
-¿Cómo que no existe?
-La dirección corresponde a una gestoría que cerró hace seis años. El número de colegiado que aparece en algunas firmas pertenece a un abogado jubilado que vive en Valencia y asegura que jamás ha trabajado para ninguna de esas empresas.
Angel se levantó.
Caminó lentamente hasta el ventanal y se colocó junto a su amigo.
-Entonces alguien está borrando las huellas.
-No.
Angel lo miró.
Juan negó con la cabeza.
-Eso sería más sencillo. No las está borrando. Las está fabricando.
Aquella frase cambió algo en la expresión de Angel.
-Explícate.
-Todo esto está hecho para que encuentres algo cuando investigues. Nombres. Direcciones. Firmas. Administradores. Contratos. No quieren que llegues a una pared porque una pared levanta sospechas. Quieren que sigas avanzando hasta que te canses.
Angel volvió la mirada hacia Madrid.
-Una red.
-Una red de cojones.
-¿Cuánto tiempo?
Juan respiró hondo.
-Años.
-¿Cuántos?
-No lo sé todavía. Cinco como mínimo. Quizá diez.
Angel apretó la mandíbula.
Aquello significaba que quien estuviese detrás no había aprovechado una oportunidad.
Lo había planificado. Había construido una estructura. Había esperado.
Y, sobre todo, conocía Davila Corporation desde dentro.
Muy desde dentro.
-Voy a hacerlo de otra manera -dijo Juan.
Angel giró la cabeza.
-¿Qué tienes pensado?
Una sonrisa apareció lentamente en el rostro de su amigo.
No era una sonrisa especialmente tranquilizadora.
-Conozco gente.
-Eso nunca suena bien cuando lo dices tú.
-Porque eres un desconfiado.
-Porque te conozco desde los ocho años.
-Precisamente. Deberías confiar en mí.
-Eso es exactamente lo que me impide hacerlo.
Juan sonrió.
-Auditores jubilados. Investigadores privados. Un antiguo analista financiero que ahora trabaja por su cuenta y tiene la desagradable costumbre de encontrar cosas que nadie quiere que encuentre.
Angel cruzó los brazos.
-¿Algo más?
Juan dudó.
-Sí.
-¿Qué?
-Un viejo conocido.
-¿A qué se dedica?
-Depende de quién pregunte.
Angel lo miró.
-Juan.
-Digamos que sabe moverse por sitios donde G****e no llega.
-Eso suena ilegal.
-No he dicho que sea ilegal.
-Tampoco has dicho que sea legal.
-Qué manía tienes con los detalles.
Angel negó con la cabeza.
-No quiero que hagas ninguna estupidez.
La expresión de Juan cambió.
-No voy a hacer ninguna estupidez.
-Ni quiero que te metas en problemas por esto.
-Angel.
-Lo digo en serio.
Juan sostuvo su mirada.
-Y yo también. Alguien lleva años robando a tu empresa y se ha tomado muchísimas molestias para que nadie pueda encontrarlo. No voy a parar ahora porque el camino se haya puesto feo.
-Puede tardar meses.
-Pues tardará meses.
-O más.
-Me da igual.
Juan regresó hasta la mesa y cogió el portátil.
-Voy a descubrir quién está detrás de esto.
Angel lo observó en silencio.
-¿Y si no te gusta lo que encuentras?
Juan se detuvo.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Porque ambos sabían que aquella pregunta escondía otra.
Una que Angel todavía se negaba a pronunciar.
Juan cerró el portátil.
-Entonces tendrás que decidir qué haces con la verdad.
Mientras Juan se adentraba cada vez más en las entrañas de Davila Corporation, la vida de Angel había cambiado de una manera mucho más silenciosa.
Victoria había dejado de ser aquella mujer desconocida del ascensor. Al principio habían sido comidas. Después llegJuan las cenas. Luego los mensajes. Las llamadas. Los «¿qué haces esta noche?» enviados a última hora.
Los restaurantes exclusivos del centro de Madrid, las tardes de compras por Serrano en las que Victoria entraba en una tienda «solo para mirar» y salía cuarenta minutos después mientras Angel la esperaba fuera preguntándose cómo demonios podía alguien necesitar tanto tiempo para decidir entre dos bolsos prácticamente idénticos.
-No son iguales -le había dicho ella una tarde.
-Son negros.
-Eso no significa que sean iguales.
-Tienen el mismo tamaño.
-No.
-Victoria.
-Uno tiene los herrajes dorados.
Angel la había mirado durante varios segundos.
-Retiro lo dicho. Son radicalmente distintos.
Ella le había dado un golpe en el brazo.
-Eres insoportable.
-Y tú llevas cuarenta minutos mirando bolsos negros.
-Treinta y siete.
-Eso lo mejora muchísimo.
También habían llegado las escapadas improvisadas de fin de semana. Barcelona. Marbella. Lisboa. París durante apenas treinta y seis horas porque Victoria había mencionado una vez, casi de pasada, que nunca había visto la ciudad iluminada desde el Sena.
Angel lo había recordado. Ese era el problema. Angel recordaba. Recordaba cómo tomaba el café. Recordaba que odiaba las aceitunas. Que prefería dormir con las cortinas ligeramente abiertas. Que cuando estaba nerviosa jugaba con el anillo que llevaba en el índice derecho. Que le gustaban las flores, pero detestaba los ramos demasiado grandes porque le parecían «una disculpa con celofán». Recordaba cosas que Victoria ni siquiera era consciente de haberle contado. Y aquello empezaba a resultarle peligroso. Para él, las cosas parecían bastante más sencillas. No estaba enamorado. Por supuesto que no. Eso era exactamente lo que respondía cada vez que Juan insinuaba lo contrario.
-No estoy enamorado.
-Vale.
-¿Qué significa ese «vale»?
-Nada.
-Juan.
-Que te creo.
-No me crees.
-En absoluto.
-Solo me gusta estar con ella.
-Claro.
-Tenemos cosas en común.
-Muchísimas.
-¿Por qué estás sonriendo?
-Porque llevas veinte minutos hablándome de una mujer de la que supuestamente no estás enamorado.
Angel solía mandarlo a la m****a en ese punto. Juan se reía. Y la conversación terminaba. Pero últimamente Angel había empezado a mirar el teléfono demasiado a menudo.
Una noche, después de cenar frente al mar durante una de aquellas escapadas improvisadas, Victoria permaneció en silencio en el asiento del copiloto mientras Angel conducía de regreso al hotel. Las luces de la carretera atravesaban intermitentemente el interior del coche. Él conducía con una mano sobre el volante y la otra descansando cerca de la palanca de cambios.
-Estás muy callada -dijo.
Victoria miró por la ventanilla.
-Estoy cansada.
-Mentira.
Ella giró la cabeza.
-¿Perdona?
-Cuando estás cansada hablas más.
Victoria sonrió.
-¿Y tú cómo sabes eso?
-Porque te conozco.
La respuesta fue sencilla, natural. Sin importancia para él. Pero a Victoria le cayó encima como una piedra. «Porque te conozco». Apartó la mirada. Angel no la conocía. No de verdad. Conocía la versión que ella había construido para él. Sabía cuál era su vino favorito, qué películas le gustaban, cómo tomaba el café y qué canción ponía siempre cuando conducía. Pero no sabía por qué había aparecido en aquel ascensor. No sabía quién le pagaba. No sabía que cada encuentro de las primeras semanas había sido cuidadosamente calculado. No sabía que el principio de aquella relación había sido una mentira.
-¿Qué pasa? -preguntó Angel.
-Nada.
-Otra mentira.
-¿Siempre tienes que analizarlo todo?
-Deformación profesional.
Ella lo miró.
-Pues deja de analizarme.
Angel sonrió ligeramente.
-Vale.
Y lo hizo. No insistió, no preguntó. Simplemente subió un poco la música y continuó conduciendo. Victoria volvió a mirar por la ventanilla. Eso era lo peor. Otro hombre habría insistido. Otro habría querido saber. Otro habría convertido su silencio en algo sobre él mismo. Angel no. La escuchaba cuando ella quería hablar y respetaba el silencio cuando no.
No intentaba impresionarla constantemente. No convertía cada conversación en una exhibición de dinero o poder. No la trataba como un adorno bonito que llevar del brazo a una cena. Le preguntaba cómo había ido su día. Se acordaba de las cosas pequeñas. La hacía reír.
Y algunas veces, cuando Victoria olvidaba durante unos minutos quién era y por qué estaba allí, se sorprendía siendo feliz. De verdad. Aquello no estaba en el contrato.
«¿Qué coño me está pasando con este hombre?» La pregunta llevaba semanas apareciendo en su cabeza. Siempre obtenía la misma respuesta. Nada, no estaba pasando nada. Ella sabía separar perfectamente el trabajo de su vida personal. Siempre lo había hecho. Angel solo era un trabajo especialmente agradable. Eso era todo, tenía que serlo.
Cuando regresJuan, Angel la acompañó hasta la puerta de su apartamento.
-Te llamo mañana.
Victoria apoyó la espalda contra el victor.
-Tienes reunión temprano.
-¿Y?
-Que deberías dormir alguna vez.
-Duermo.
-Cuatro horas no cuenta como dormir.
-Cinco.
-Ah, bueno. Entonces estás fenomenal.
Angel sonrió.
-Buenas noches, Victoria.
-Buenas noches, Angel.
Él se inclinó y la besó. No fue un beso apresurado. Tampoco especialmente intenso. Fue peor, fue familiar. Como si besarla antes de marcharse se hubiese convertido en algo natural. Angel se separó.
-Descansa.
Victoria lo vio alejarse por el pasillo. Esperó hasta escuchar el ascensor. Después cerró la puerta. Y la sonrisa desapareció de su rostro. Caminó hasta el salón, dejó el bolso sobre el sofá y permaneció unos segundos inmóvil. Entonces sacó otro teléfono. Uno que Angel jamás había visto. victor un número. Daniel Davila respondió después de varios tonos.
-¿Qué quieres ahora?
Victoria apretó la mandíbula.
-Quiero renegociar.
Hubo un silencio.
-Ya tienes un contrato.
-Quiero más dinero.
-¿Por qué?
Victoria caminó lentamente por el salón.
-Porque su hijo vale más de lo que usted pensaba.
-No abuses de mi paciencia, Victoria.
-No estoy abusando de nada.
-Ya has cobrado una fortuna.
-Y estoy haciendo mucho más de lo acordado.
Daniel soltó una risa seca.
-¿Ah, sí?
-Estoy con él prácticamente todos los días. He rechazado otros trabajos. He reorganizado mi vida entera alrededor de su hijo y, por si no se ha dado cuenta, está funcionando.
-Eso es exactamente por lo que te pago.
-No lo suficiente.
Silencio. Victoria se acercó al balcón y abrió la puerta. El aire fresco de la noche entró en el apartamento.
-Quiero el doble.
Daniel soltó una carcajada.
-Ni hablar.
-Entonces terminamos.
-Perfecto.
La respuesta fue tan rápida que Victoria se quedó callada.
-¿Cómo dice?
-Que des por terminado el trabajo.
Victoria entrecerró los ojos.
-¿Está seguro?
-Completamente.
Ella sonrió. Pero aquella sonrisa ya no tenía nada que ver con la que dedicaba a Angel.
-Piénselo bien.
-No tengo nada que pensar.
-Yo creo que sí.
Daniel guardó silencio. Victoria apoyó una mano sobre la barandilla.
-Sé muchas cosas.
-Cuidado.
-Conozco nombres. Empresas. Fechas. Sé que hay dinero saliendo de Davila Corporation y sé que usted está desesperado porque su hijo no descubra quién está detrás.
La respiración de Daniel permaneció perfectamente estable.
-¿Me estás amenazando?
-Estoy negociando.
-No. Me estás amenazando.
-Llámelo como quiera.
Victoria observó las luces de Madrid.
-Conozco a demasiada gente, Daniel. He escuchado demasiadas conversaciones y sé exactamente dónde hacer una pregunta para que aparezcan otras cien. No necesito demostrar nada. Solo necesito conseguir que alguien empiece a mirar.
La voz de Daniel se volvió glacial.
-Estás jugando con fuego.
-No.
Victoria hizo una pausa.
-Estoy subiendo mi precio.
-Te estás equivocando.
-Puede ser.
-Mañana te arrepentirás de esta conversación.
-Mañana quiero ver el dinero.
-¿Y si no?
Victoria permaneció en silencio unos segundos. Cuando respondió, su voz fue completamente tranquila.
-Entonces haré que alguien empiece a revisar lo que ocurre dentro de su empresa.
Y colgó. Permaneció en el balcón con el teléfono entre los dedos. El corazón le latía demasiado deprisa. Se dijo que era por la conversación. Por Daniel. Por el riesgo. Pero en algún rincón de su cabeza sabía que había otra razón. Si aquello terminaba, también terminaba Angel. Y esa posibilidad le había provocado mucho más miedo del que estaba dispuesta a reconocer.
En la mansión Davila , Daniel permaneció inmóvil frente al escritorio. El teléfono seguía entre sus dedos. No estaba enfadado. El enfado era inútil. Daniel Davila no había construido un imperio perdiendo los nervios cada vez que alguien intentaba desafiarlo. Calculaba. Siempre calculaba. Victoria Mendoza había cometido un error, uno bastante grave. Había dejado de ser una herramienta útil. Ahora era un riesgo. Y Daniel tenía una regla que llevaba toda la vida respetando: los riesgos se eliminaban antes de que tuvieran tiempo de crecer. Se levantó despacio y caminó hasta el ventanal de su despacho. Madrid brillaba al otro lado del cristal. No necesitaba levantar la voz. No necesitaba amenazarla. Y, desde luego, no necesitaba ensuciarse las manos. Solo tenía que mover la pieza correcta en el momento adecuado. Sacó el teléfono. Buscó un número que no aparecía guardado bajo ningún nombre. victor. Respondieron al segundo tono.
-Diga.
Daniel contempló la ciudad.
-Necesito que investigues a Victoria Mendoza.
-¿Qué quieres saber?
-Todo.
Hubo un breve silencio.
-Eso puede llevar tiempo.
-Tienes cuarenta y ocho horas.
-Entendido.
Daniel apoyó una mano en el cristal.
-Quiero saber dónde vive, con quién habla, dónde ha trabajado, quiénes son sus amigos, qué cuentas tiene, qué deudas arrastra y qué secretos guarda.
-¿Algo más?
Daniel sonrió apenas.
-Sí.
Su voz descendió hasta convertirse prácticamente en un murmullo.
-Quiero saber cuál es el punto exacto donde más le duele.
-Entendido.
Daniel colgó. Permaneció frente al ventanal durante unos segundos más. Una sonrisa casi imperceptible apareció en sus labios.
-Nadie me extorsiona.
Dejó el teléfono sobre la mesa.
-Las reglas las pongo yo.
Lo que Daniel Davila ignoraba era que, por primera vez en muchos años, había demasiadas piezas moviéndose fuera de su control. No sabía que Victoria ya no tenía claro dónde terminaba el trabajo y dónde empezaba aquello que sentía cada vez que Angel la miraba. No sabía que la amenaza de aquella noche no había nacido únicamente de la codicia. Y, sobre todo, no sabía que mientras él ordenaba investigar el punto débil de Victoria, Juan acababa de decidir que dejaría de buscar respuestas en los lugares donde alguien se había preocupado por esconderlas. Buscaría a las personas. Los nombres olvidados. Los empleados que ya no estaban. Los documentos que jamás llegJuan al sistema. Los hombres que cobraban por no hacer preguntas. Porque una red podía ocultar millones. Podía inventar empresas. Podía falsificar firmas. Podía comprar silencios. Pero siempre había alguien que sabía algo. Y Juan estaba dispuesto a encontrarlo.
Aquella noche, tres personas se fueron a dormir creyendo que todavía tenían tiempo. Victoria pensó que podría controlar lo que sentía. Daniel pensó que podría controlar a Victoria. E Angel, ajeno a todo, se quedó dormido con un mensaje de ella todavía abierto en la pantalla del móvil. Ninguno sabía que el tiempo acababa de empezar a agotarse.
Había pasado una semana. Siete días completos compartiendo la misma casa y siete días siendo marido y mujer únicamente sobre el papel. La residencia que Daniel les había regalado después de la firma estaba situada en una de las zonas más exclusivas y tranquilas de Madrid, apartada lo suficiente del centro como para disfrutar de privacidad, pero no tanto como para sentirse aislados de la ciudad. Era enorme, luminosa y elegante, rodeada por jardines perfectamente cuidados, senderos de piedra, árboles centenarios y amplios ventanales desde los que, al caer la tarde, podían verse las luces de Madrid extendiéndose a lo lejos. Todo parecía diseñado para ofrecer calma. Sin embargo, entre aquellas paredes reinaba un silencio extraño. No era el silencio cómodo de dos personas que se entendían sin necesidad de hablar, sino el de dos desconocidos obligados a aprender la presencia del otro sin saber todavía qué hacer con ella.Dormían en habitaciones separadas. Desayunaban en la misma mesa, aunqu
Lo primero que se percibía era el silencio. No había música, ni risas, ni esa clase de emoción que cabría esperar en una celebración semejante. El salón de la familia Davila estaba decorado con un lujo impecable: flores blancas, cristal, mármol brillante, mobiliario diseñado a medida y una iluminación cuidada hasta el último detalle. Todo parecía perfecto. Todo, excepto el ambiente. Nadie tenía la sensación de estar celebrando un matrimonio. Aquello se parecía mucho más a la firma de una operación empresarial que a la unión de dos personas.El abogado terminó de leer los últimos puntos del documento y dejó los papeles sobre la mesa.—Entonces, si ambas partes están de acuerdo, pueden proceder a firmar.Angel cogió la pluma sin decir nada. Ni siquiera volvió a revisar las páginas. No leyó una cláusula, no hizo una pregunta y tampoco pidió ninguna explicación. Firmó de manera rápida, casi automática, como si lo único que quisiera fuese terminar cuanto antes con aquel momento y salir
El teléfono de Angel vibró una vez más, y otra, y otra. En la pantalla aparecía siempre el mismo nombre: Victoria . Llamadas perdidas, mensajes, preguntas y reproches que se acumulaban sin respuesta. «¿Por qué no me contestas?», «¿Qué está pasando?», «Angel , necesito hablar contigo». Él leía cada notificación, pero no respondía. No porque no quisiera verla ni porque hubiese dejado de importarle de repente, sino porque por primera vez no sabía qué decir. Todo se había vuelto demasiado confuso. Victoria , su padre, aquel acuerdo absurdo, el matrimonio, Manuela Fonalledas, una mujer cuyo rostro ni siquiera conocía y que, sin embargo, ya ocupaba un lugar escrito en su futuro por decisión de otros.Dejó el teléfono sobre el sofá con brusquedad y se pasó ambas manos por el pelo.—¿Qué coño estoy haciendo?La respuesta llegó sola: nada. No estaba haciendo nada porque, por primera vez en mucho tiempo, sentía que no tenía control sobre absolutamente nada. Durante toda su vida lo habían prepa
La tormenta empezó mucho antes de que cayera la primera gota de lluvia. En la mansión Davila, el ambiente llevaba horas cargado de una tensión difícil de ignorar, como si incluso las paredes supieran que algo estaba a punto de romperse. Angel permanecía de pie en el despacho de su padre con varios documentos entre las manos, mirándolos una y otra vez sin terminar de aceptar lo que tenía delante. En realidad, lo entendía perfectamente. El problema era que una parte de él se negaba a creer que Daniel hubiese sido capaz de llegar tan lejos.—¿Qué es esto?Daniel ni siquiera levantó la mirada de los papeles que tenía sobre el escritorio.—Lo que acabas de leer.Angel volvió a bajar los ojos hacia la primera página. Las palabras destacaban con una claridad insultante: «ACUERDO MATRIMONIAL». Sintió cómo la incredulidad se convertía lentamente en rabia.—No.Daniel siguió escribiendo como si estuviesen hablando de una reunión cualquiera.—Sí.—He dicho que no.Esta vez la voz de Angel son
Veinte años atrás, Daniel Davila todavía recordaba aquella época como una herida que nunca había terminado de cerrar del todo. Tenía veinte años, era ambicioso, inteligente y estaba convencido de que podía con cualquier cosa. A esa edad había confundido la seguridad con la invulnerabilidad y la ambición con una especie de derecho natural a ganar siempre. Durante un tiempo, todo pareció darle la razón.Había tomado decisiones arriesgadas para expandir lo que entonces apenas empezaba a convertirse en el imperio Davila. Invirtió cantidades enormes de dinero en nuevos proyectos, firmó acuerdos sin margen de error y apostó por negocios que, sobre el papel, parecían destinados a multiplicar beneficios. Sin embargo, por primera vez en su vida, calculó mal. Los números dejaron de favorecerlo, los bancos empezaron a presionarle, algunos socios desaparecieron en cuanto olieron el peligro y otros comenzaron a poner distancia con aquella rapidez con la que suelen hacerlo quienes solo permanecen c
El despacho de Daniel Davila estaba completamente en silencio. Solo se escuchaba el leve tic-tac del reloj de pared marcando cada segundo con una insistencia que comenzaba a irritarle. Daniel odiaba esperar. La paciencia nunca había sido una virtud que hubiese cultivado especialmente bien y, para él, esperar significaba ceder parte del control, aunque solo fuese durante unos minutos. Y perder el control era algo que jamás aceptaba de buen grado.Cuando el teléfono sonó, levantó la mirada hacia la pantalla. El nombre que apareció consiguió detener sus pensamientos por un instante.pedro.No era una llamada cualquiera. Daniel lo supo de inmediato. Aquel nombre pertenecía a otra época, a una parte de su vida que rara vez visitaba y que, sin embargo, permanecía intacta en algún rincón de su memoria. Cogió el teléfono y respondió sin demorarse.-pedro.Al otro lado se escuchó una voz madura, algo más grave de lo que Daniel recordaba, aunque todavía conservaba aquella firmeza tan caracterís







