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Capítulo 4

Auteur: Victoria
last update Date de publication: 2026-09-23 10:23:46

El despacho de Daniel Davila estaba completamente en silencio. Solo se escuchaba el leve tic-tac del reloj de pared marcando cada segundo con una insistencia que comenzaba a irritarle. Daniel odiaba esperar. La paciencia nunca había sido una virtud que hubiese cultivado especialmente bien y, para él, esperar significaba ceder parte del control, aunque solo fuese durante unos minutos. Y perder el control era algo que jamás aceptaba de buen grado.

Cuando el teléfono sonó, levantó la mirada hacia la pantalla. El nombre que apareció consiguió detener sus pensamientos por un instante.

pedro.

No era una llamada cualquiera. Daniel lo supo de inmediato. Aquel nombre pertenecía a otra época, a una parte de su vida que rara vez visitaba y que, sin embargo, permanecía intacta en algún rincón de su memoria. Cogió el teléfono y respondió sin demorarse.

-pedro.

Al otro lado se escuchó una voz madura, algo más grave de lo que Daniel recordaba, aunque todavía conservaba aquella firmeza tan característica.

-Daniel. Han pasado demasiados años.

Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Daniel.

-Demasiados. ¿Qué tal está todo?

Ambos hombres pertenecían a una generación en la que los grandes imperios todavía se construían a base de reuniones interminables, apretones de manos, acuerdos pronunciados en voz baja y una ambición que no pedía permiso. Habían sido jóvenes juntos, habían compartido aulas, fiestas, proyectos y conversaciones absurdamente arrogantes sobre todo lo que conseguirían algún día. Los dos habían cumplido buena parte de aquellas promesas, aunque de maneras muy distintas. pedro había levantado su apellido sobre una reputación impecable, disciplina y una obsesión casi enfermiza por proteger el prestigio familiar. Daniel, en cambio, había construido el suyo con una única norma: llegar primero, aunque para hacerlo tuviera que pasar por encima de quien se interpusiera en su camino.

-¿A qué debo el honor? -preguntó Daniel.

pedro soltó una risa breve.

-Sigues igual. Ni cinco minutos de conversación de cortesía.

-Nunca se me dio bien perder el tiempo.

-Eso tampoco ha cambiado.

Daniel se recostó en su silla mientras esperaba. Conocía demasiado bien a pedro para saber que no había llamado simplemente para preguntar por su salud ni para recordar los viejos tiempos.

-Quiero hablarte de nuestros hijos.

La expresión de Daniel cambió ligeramente.

-¿De Angel?

-Sí.

Daniel apoyó un brazo sobre el reposabrazos.

-¿Qué ocurre?

-Mi hija ha vuelto hace poco de sus últimos proyectos en Europa.

Daniel guardó silencio, permitiéndole continuar.

-Manuela  tiene dieciocho años.

El nombre no le resultaba desconocido. Había visto a Manuela  varias veces cuando era niña, durante reuniones familiares y cenas interminables en las que los adultos discutían sobre inversiones mientras ella corría por los jardines con vestidos demasiado elegantes para una cría de su edad. La recordaba con el pelo oscuro, una libreta siempre entre las manos y una facilidad sorprendente para desaparecer cuando comenzaban las conversaciones de negocios. Sin embargo, hacía años que no la veía.

                                           

             

                   

-Se ha convertido en una mujer excepcional -continuó pedro-. Inteligente, educada, preparada y con una formación impecable.

Daniel bajó ligeramente la mirada. Entendía perfectamente hacia dónde se dirigía la conversación y, en realidad, no le sorprendía. En el mundo al que ambos pertenecían, los sentimientos y los intereses familiares llevaban siglos aprendiendo a disfrazarse unos de otros.

-¿Qué propones, pedro?

Su antiguo amigo no dudó.

-Una unión entre nuestras familias.

Daniel permaneció unos segundos en silencio.

-¿Estás hablando de matrimonio?

-Estoy hablando de una alianza.

La elección de palabras le arrancó una pequeña sonrisa. Mucho más propio de pedro.

Daniel se levantó de la silla y caminó hasta el ventanal. Madrid se extendía al otro lado, iluminada por una tarde gris que hacía brillar los edificios bajo una capa tenue de humedad. La propuesta tenía sentido. Mucho más del que le gustaría reconocer. Davilay Fonalledas unidos no serían simplemente dos familias poderosas relacionadas por matrimonio, sino una fuerza empresarial capaz de entrar en sectores que hasta ese momento ambos habían tenido que negociar por separado.

-¿Tu hija está de acuerdo?

La pregunta provocó un pequeño silencio al otro lado de la línea.

-Manuela  es una joven especial.

Daniel estuvo a punto de reír.

Aquella respuesta decía bastante más de lo que pedro probablemente pretendía.

-Eso no es lo que te he preguntado.

-Lo sé.

-¿Está de acuerdo o no?

pedro suspiró.

-No le he planteado todavía todos los detalles.

-Entonces no está de acuerdo.

-No necesariamente.

Daniel regresó hacia su escritorio.

-La conozco desde que era una niña. Si sigue teniendo la mitad del carácter que tenía entonces, te espera una conversación entretenida.

pedro soltó una risa cansada.

-Tiene bastante más de la mitad.

-¿Y qué quiere ella realmente?

Esta vez la pausa fue más larga.

-Sueña con otras cosas.

-¿Como cuáles?

-Escribir.

Daniel arqueó una ceja.

-¿Escribir?

-Novelas. Poesía. Relatos. Lleva haciéndolo desde pequeña.

Por primera vez en toda la conversación, una expresión de abierta desaprobación apareció en el rostro de Daniel.

-pedro.

-Ya sé lo que estás pensando.

-Entonces me ahorraré decirlo.

-Te lo agradecería.

La voz de pedro perdió durante unos segundos aquella dureza empresarial que ambos utilizaban casi por costumbre.

-Es mi única hija, Daniel.

           

             

                   

Daniel no respondió.

-Y quiero asegurarme de que esté protegida.

Aquella frase sí la entendió perfectamente.

No estaban hablando de amor. Ni siquiera de compatibilidad. Hablaban de patrimonio, seguridad, continuidad y futuro. En el mundo de pedro, proteger a Manuela  significaba asegurarse de que nadie pudiera tocar aquello que algún día heredaría. Y una unión con los Davilaofrecía precisamente eso.

Daniel volvió a mirar los documentos desperdigados sobre su escritorio. Las transferencias, los informes financieros, los nombres de empresas que empezaban a multiplicarse alrededor de un problema cada vez más difícil de controlar. También pensó en victoria  y en la desagradable costumbre que había adquirido últimamente de exigir más de lo que se le había prometido.

Entonces la propuesta de pedro empezó a parecer todavía más conveniente.

Una mujer adecuada. Un apellido importante. Una familia respetada. Una alianza difícil de cuestionar y, sobre todo, una distracción mucho más útil y manejable que victoria  Mendoza.

-Hablaré con Angel esta noche.

-Perfecto. Yo hablaré con Manuela  también. Me gustaría que se conocieran antes de plantear nada formal.

-Eso sería lo razonable.

pedro soltó una pequeña risa.

-Mira quién habla ahora de hacer las cosas de manera razonable.

-La edad hace milagros.

-En tu caso, pocos.

Daniel sonrió.

-Organízales una cena cuanto antes.

-Sabía que aceptarías.

-No he aceptado nada todavía.

-Te conozco desde hace demasiados años, Daniel.

-Precisamente por eso deberías saber que nunca cierro un trato antes de conocer todas las condiciones.

-Esta vez no estás negociando conmigo.

Daniel miró por última vez hacia la ciudad.

-Eso ya lo veremos.

La llamada terminó poco después.

Esa misma noche, en la mansión Fonalledas, Manuela  estaba sentada en uno de los rincones más tranquilos del jardín. Era su lugar favorito de toda la casa, una pequeña zona apartada de la terraza principal, rodeada de vegetación, hortensias y rosales que su madre había plantado años atrás. Desde allí apenas podía escuchar las conversaciones del personal ni el sonido de los coches entrando y saliendo de la propiedad. Para Manuela , aquel rincón era una especie de refugio dentro de una casa donde todo parecía tener una función, una norma o una expectativa asociada.

Un cuaderno rosa descansaba sobre sus piernas. El viento movía suavemente su cabello negro mientras ella escribía despacio, deteniéndose de vez en cuando para observar las palabras antes de continuar.

«Quizá algún día llegue alguien que vea mi corazón antes que mi apellido».

Permaneció unos segundos mirando la frase y terminó sonriendo con una tristeza que parecía demasiado antigua para alguien de dieciocho años.

Había aprendido muy pronto que ser la única hija de pedro significaba crecer rodeada de privilegios y, al mismo tiempo, sentir que muchas de sus decisiones ya habían sido tomadas antes siquiera de que tuviera edad para comprenderlas. Nunca le había faltado nada. Había estudiado en los mejores colegios, viajado por medio mundo, aprendido idiomas desde pequeña y tenido acceso a oportunidades que la mayoría de las personas jamás conocerían. Pero también había descubierto que el privilegio podía convertirse en una jaula preciosa cuando todo lo que los demás veían en ti era aquello que representabas.

           

             

                   

Su padre la quería. Manuela  nunca había dudado de eso. pedro podía ser exigente, rígido y excesivamente protector, pero la quería profundamente. El problema era que ambos entendían el amor de formas muy distintas. Para él, querer significaba proteger, organizar, prever y decidir antes de que algo pudiera salir mal. Para ella, querer también debía significar permitir que alguien eligiera.

El teléfono sonó sobre la pequeña mesa situada junto al banco. Manuela  bajó la mirada. Papá. Cerró el cuaderno antes de responder.

-Hola, papá.

-Manuela , necesito hablar contigo.

Solo necesitó escuchar el tono para saber que aquello no era una llamada casual.

-¿Qué pasa?

-He organizado una cena.

Ella frunció el ceño.

-¿Una cena?

-Con el hijo de una familia amiga.

Manuela  permaneció en silencio durante un momento.

-Papá.

-Manuela .

-No me gusta ese tono.

-¿Qué tono?

-Ese en el que ya has decidido algo y llamas para hacerme creer que todavía puedo opinar.

pedro soltó el aire al otro lado de la línea.

-No he decidido nada.

-Eso dices siempre justo antes de contarme lo que has decidido.

-Solo quiero que conozcas a alguien.

Manuela  apoyó la espalda contra el banco.

-¿Por qué?

-Porque creo que podría ser bueno para ti.

-Eso tampoco responde a mi pregunta.

-No todo tiene que convertirse en una discusión.

-Entonces no me llames con una decisión tomada y no discutiremos.

pedro guardó silencio.

Manuela  cerró los ojos durante unos segundos. Lo quería. Precisamente por eso aquellas conversaciones le resultaban tan agotadoras.

-¿Quién es?

-El hijo de una familia que conozco desde hace muchos años.

-Eso ya me lo has dicho.

-Los Davila.

Manuela  abrió los ojos.

El apellido le resultaba familiar. Demasiado, en realidad.

-¿Los de DavilaCorporation?

-Sí.

Ella soltó una pequeña risa incrédula.

-Claro.

-¿Qué significa ese «claro»?

-Nada. Solo que últimamente parece que todas las personas que consideras adecuadas para mí tienen un edificio con su apellido en la fachada.

-No seas exagerada.

-Estoy intentando encontrar el lado divertido.

-Manuela , escúchame. No te estoy pidiendo nada más que una cena.

Ella miró el cuaderno cerrado sobre sus piernas.

-¿Y después?

pedro tardó un poco más en responder.

           

             

                   

-Después ya veremos.

Aquella frase le confirmó que había mucho más detrás.

-Papá, no quiero que empieces otra vez con estas cosas.

-¿Qué cosas?

-Presentarme a hijos de amigos tuyos porque tienen el apellido correcto, estudiaron en la universidad correcta y algún día heredarán la empresa correcta.

-Eso no es justo.

-¿No?

-No todo lo hago pensando en negocios.

Manuela  apoyó los dedos sobre la portada del cuaderno.

-Lo sé.

Su voz se suavizó.

-Sé que quieres protegerme. Pero a veces siento que estás tan preocupado por asegurarte de que tenga una vida perfecta que se te olvida preguntarme qué vida quiero yo.

pedro permaneció callado.

La dureza de Manuela  desapareció casi de inmediato. Nunca le gustaba hacerle daño, aunque fuese necesario decir determinadas cosas.

-Solo es una cena -insistió él finalmente-. Conoce al chico. Habla con él. Si después no quieres volver a verlo, ya discutiremos sobre eso cuando llegue el momento.

Manuela  soltó una carcajada.

-Qué tranquilizador ese final.

-Estoy intentando negociar contigo.

-Ese es exactamente el problema, papá. Soy tu hija, no una empresa.

-Lo sé.

Ella bajó la mirada.

-A veces no lo parece.

Hubo unos segundos de silencio.

Cuando pedro volvió a hablar, su voz era bastante más suave.

-Confía en mí.

Manuela  cerró los ojos. Otra vez aquellas tres palabras. Las había escuchado toda su vida. «Confía en mí» antes de decidir dónde estudiaría. «Confía en mí» antes de enviar solicitudes a universidades que ella no había elegido. «Confía en mí» antes de organizar prácticas profesionales que nunca había pedido. Con el tiempo, la frase había empezado a significar algo diferente para ella. Confía en mí. Sacrifica un poco de ti. Hazlo porque yo creo que es lo correcto. Manuela  dejó escapar el aire lentamente.

-¿Cómo se llama?

pedro pareció relajarse.

-Angel Davila.

Ella repitió mentalmente el nombre.

Angel.

-¿Con zeta?

pedro soltó una pequeña risa.

-Sí.

-Pretencioso.

-Todavía no lo conoces.

-El nombre ya viene con ventaja.

-Manuela .

-Vale, vale.

Ella sonrió a pesar de sí misma.

-¿Cuándo es la cena?

-Mañana por la noche.

La sonrisa desapareció.

-¿Mañana?

-Te he dicho que quería organizarla pronto.

-Has dicho que habías organizado una cena, que es bastante distinto.

-A las ocho.

Manuela  miró hacia el cielo con resignación.

-¿Dónde?

pedro se lo explicó y ella escuchó en silencio. Cuando terminó la llamada, Manuela  dejó el teléfono sobre el banco y volvió a abrir el cuaderno. Leyó la frase que había escrito apenas unos minutos antes.

«Quizá algún día llegue alguien que vea mi corazón antes que mi apellido».

Cogió el bolígrafo y permaneció unos segundos con la punta suspendida sobre el papel. Después escribió debajo:

«Aunque, con mi suerte, seguramente mi padre lo invite primero a cenar».

Aquella vez sí sonrió de verdad.

Cerró el cuaderno y se quedó contemplando el jardín mientras intentaba convencerse de que no tenía ningún motivo para darle importancia a aquello. Sería una cena. Una conversación. Probablemente un joven educado, arrogante y excesivamente seguro de sí mismo con quien tendría que hablar durante un par de horas antes de regresar a casa y continuar con su vida.

Eso era todo.

Lo que Manuela  todavía no sabía era que Angel Davilaestaba bastante lejos del hombre sencillo que ella imaginaba encontrar.

Angel tampoco sabía que, mientras su padre empezaba a reorganizar su futuro como si se tratara de otra operación empresarial, estaba a punto de aparecer en su vida una joven que no se parecía a ninguna de las personas que solían acercarse a él.

Manuela  no intentaría impresionarlo. No necesitaría su dinero. No se sentiría intimidada por su apellido y, probablemente, tendría muchas más cosas que reprocharle que admirarle.

Y quizá precisamente por eso acabaría obligándolo a mirar hacia una parte de sí mismo que llevaba demasiado tiempo ignorando: aquel chico que había existido antes de los trajes impecables, los consejos de administración, las cifras y las expectativas de Daniel Davila. El que todavía seguía allí, aunque Angel hubiese aprendido a esconderlo tan bien que ya casi había olvidado cómo encontrarlo.

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