LOGINHoras más tarde, Victoria y su hijo menor llegaron a la clínica de Nueva York. Ana Victoria los esperaba en la sala de espera de cuidados intensivos junto a Diego, que había ido a acompañarla al enterarse de lo de Fernando. En cuanto se vieron, Ana Victoria corrió a abrazar a su mamá. —¿Cómo está tu papá? —preguntó Victoria con lágrimas en los ojos. —Está en la UCI, mamá. Los doctores dijeron que las próximas horas son críticas —respondió la joven. En ese momento, Alejandro salió del ascensor con unos cafés en la mano. Al levantar la mirada, se topó de frente con Victoria. Ella se giró al sentir sus pasos y también lo vio. Los dos se quedaron mudos, mirándose fijamente a los ojos. Habían pasado muchos años desde la última vez que se vieron la cara, y el encuentro los dejó completamente paralizados en medio del pasillo. Diego y Ana Victoria notaron esa mirada extraña entre sus padres. Era evidente que no se estaban viendo como desconocidos. Diego dio un paso adelante y
Fernando no estaba dispuesto a quedarse con los brazos cruzados en Los Ángeles. A espaldas de Victoria y sin importarle que su salud estuviera prendida de un hilo, compró un boleto de avión y viajó solo a Nueva York. Lo único que tenía en la cabeza era frenar esa relación antes de que fuera demasiado tarde. Esa misma tarde, sin avisar a nadie, Fernando llegó al edificio de las empresas Del Castillo. Pasó por la recepción a la fuerza y caminó a paso firme hasta la oficina de Alejandro. Abrió la puerta de golpe, dejando a Alejandro sorprendido detrás de su escritorio. —¡Tú y yo tenemos cosas pendientes, Alejandro! —exclamó Fernando, entrando con la respiración pesada y la cara roja de la rabia. Alejandro se puso de pie en seguida, mirando a Fernando con preocupación al ver lo mal que se veía físicamente. —¿Fernando? ¿Qué haces aquí? No debiste viajar en ese estado... —¡Cállate! —lo interrumpió Fernando, acercándose al escritorio y dando un golpe sobre la madera—. Vine a dejá
Pasaron unos días más y la recuperación de Diego avanzó bastante rápido. Tras recibir el alta médica, Alejandro y Ana Victoria lo acompañaron de regreso a su apartamento. Al cruzar la puerta, Diego se encontró con una bonita sorpresa: la sala estaba decorada con globos sencillos y un cartel de bienvenida que Lorena había preparado con la ayuda y el permiso de Alejandro. Diego sonrió al ver el detalle. —Gracias, Lorena. De verdad no tenías por qué molestarte —dijo Diego conmovido, dándole un abrazo suave, con cuidado por la herida. —No es ninguna molestia, Diego. Me da mucha alegría verte de regreso en casa y tan bien —respondió Lorena, abrazándolo con cariño. Observando la escena desde un lado de la sala, Alejandro sintió algo especial en el pecho. Al ver a Lorena sonreír y atender a Diego con tanto afecto, se dio cuenta de la gran mujer que tenía enfrente. Había estado a su lado en los peores momentos del hospital, dándole ánimos sin pedir nada a cambio. Lorena se despidió poc
Victoria soltó el vaso sobre la mesa de noche con un golpe seco y le quitó el teléfono de la mano a Fernando antes de que la situación pasara a mayores. —¡Corta esa llamada ya, Fernando! —exclamó Victoria, viéndolo llevarse la mano al pecho mientras trataba de recuperar el aire—. ¿Te quieres matar o qué te pasa? Fernando se recostó en la cabecera con la respiración agitada, clavándole una mirada llena de impotencia a su esposa. —¡Es que no me pidas que me calme, Victoria! —dijo Fernando, levantando la voz como podía—. No quiero a nuestra hija cerca de los Del Castillo. ¡De ninguno de ellos! No voy a permitir que Ana Victoria termine enredada con el hijo de Alejandro. Es una locura y tú no estás haciendo nada para evitarlo. —¡Nuestra hija es una mujer adulta y está enamorada, Fernando! —le respondió Victoria con firmeza, cruzándose de brazos—. Diego casi pierde la vida. Ana Victoria no se va a ir de su lado ahora, por más que le grites por teléfono. No puedes manejarle la vida así
En la habitación de cuidados intensivos, el eco del beso se disipó dejando un silencio espeso, cargado de emociones a flor de piel. Alejandro se separó despacio de Lorena, manteniendo sus manos sobre los hombros de ella. Sus miradas se cruzaron en medio de la penumbra; en los ojos de Alejandro había una mezcla de vulnerabilidad y profundo agradecimiento, mientras que Lorena sostenía el rostro del empresario con una ternura infinita. —Perdóname, Lorena... no quise desbordarme —murmuró Alejandro con la voz ronca, acariciándole una mejilla con el pulgar. —No tienes nada que pedirme perdón, Alejandro —respondió Lorena en un susurro cálido, cubriendo la mano de él con la suya—. No estás solo en esto. No voy a dejar que te caigas. Diego movió levemente la cabeza sobre la almohada, soltando un largo aliento que devolvió a ambos a la realidad. Alejandro se giró hacia su hijo, apretándole la mano con firmeza mientras Lorena daba un paso atrás para darles espacio, observándolos con una
El detective Vargas abrió la puerta con delicadeza, seguido por su compañero. Alejandro levantó la vista de inmediato, poniéndose de pie al notar la presencia de los oficiales en la habitación de terapia intensiva. —Solo serán unos segundos, señor Del Castillo —pidió el detective con voz baja, acercándose a la cabecera de la cama—. Diego... sé que estás agotado, pero necesito que me escuches bien. ¿Lograste ver a la persona que te disparó en el estacionamiento? ¿Viste su rostro? Diego parpadeó con lentitud, sintiendo el peso de la niebla en su cabeza. Hizo un esfuerzo titánico por recordar los instantes previos al disparo: la sombra entre los autos, el destello del arma... pero el rostro del agresor permanecía borroso, oculto tras la penumbra de la noche. El joven negó débilmente con la cabeza. —No... no pude... ver nada —susurró Diego detrás de la mascarilla, con la voz ahogada por la debilidad. Alejandro intervino de inmediato, colocándose entre los oficiales y la cama. —Sufic







