LOGINEn la cafetería de la clínica, Alejandro y Lorena se sentaron a una mesa pequeña con dos tazas de café sobre la mesa. Lorena lo miró en silencio unos segundos antes de hablar. —Alejandro, la tensión entre Victoria y tú se nota a kilómetros —dijo ella con calma—. ¿Qué fue lo que pasó entre ustedes? Alejandro exhaló despacio y apoyó los codos en la mesa. —Victoria y yo estuvimos casados durante tres años, Lorena —confesó Alejandro en tono bajo—. Fueron años complicados. Yo estaba cegado por el recuerdo de Andrea, la mamá de Diego. Fui ciego y torpe, no supe valorar a la gran mujer que tenía a mi lado y la rechazaba. Incluso llegué al punto de llevar a Andrea a vivir con nosotros. Victoria aguantó hasta que no pudo más y me pidió el divorcio. Fue sólo cuando la vi marcharse que me di cuenta de que realmente la amaba, pero ya era demasiado tarde. Ella rehízo su vida con Fernando, y él siempre me odió por la infelicidad que le causé a Victoria. Lorena lo escuchó con atención, asimilan
Dentro de la habitación de la UCI, los monitores comenzaron a emitir un pitido constante y suave. Fernando abrió los ojos despacio, desorientado por la luz. Al enfocar la mirada y ver a Victoria a su lado, la buscó con la voz débil. —Victoria... ¿dónde está Ana Victoria? —alcanzó a decir con un hilo de voz. —Está afuera, mi amor... preocupada por ti —respondió Victoria con voz suave pero firme, apretándole la mano—. Fernando, ¿por qué viajaste solo estando así de enfermo? Casi no la cuentas. Fernando negó levemente con la cabeza, respirando con dificultad. —No quiero al hijo de Alejandro cerca de mi hija. Ese hombre te hizo mucho daño en el pasado y no quiero que mi hija sufra lo mismo que tú. La amo demasiado para eso. —Mi amor, lo que pasó entre Alejandro y yo, como tú lo acabas de decir, es el pasado —le dijo Victoria con paciencia y ternura—. Eso no quiere decir que ese muchacho va a ser igual que su padre. Son circunstancias muy diferentes. —No, Victoria. No voy a p
Horas más tarde, Victoria y su hijo menor llegaron a la clínica de Nueva York. Ana Victoria los esperaba en la sala de espera de cuidados intensivos junto a Diego, que había ido a acompañarla al enterarse de lo de Fernando. En cuanto se vieron, Ana Victoria corrió a abrazar a su mamá. —¿Cómo está tu papá? —preguntó Victoria con lágrimas en los ojos. —Está en la UCI, mamá. Los doctores dijeron que las próximas horas son críticas —respondió la joven. En ese momento, Alejandro salió del ascensor con unos cafés en la mano. Al levantar la mirada, se topó de frente con Victoria. Ella se giró al sentir sus pasos y también lo vio. Los dos se quedaron mudos, mirándose fijamente a los ojos. Habían pasado muchos años desde la última vez que se vieron la cara, y el encuentro los dejó completamente paralizados en medio del pasillo. Diego y Ana Victoria notaron esa mirada extraña entre sus padres. Era evidente que no se estaban viendo como desconocidos. Diego dio un paso adelante y
Fernando no estaba dispuesto a quedarse con los brazos cruzados en Los Ángeles. A espaldas de Victoria y sin importarle que su salud estuviera prendida de un hilo, compró un boleto de avión y viajó solo a Nueva York. Lo único que tenía en la cabeza era frenar esa relación antes de que fuera demasiado tarde. Esa misma tarde, sin avisar a nadie, Fernando llegó al edificio de las empresas Del Castillo. Pasó por la recepción a la fuerza y caminó a paso firme hasta la oficina de Alejandro. Abrió la puerta de golpe, dejando a Alejandro sorprendido detrás de su escritorio. —¡Tú y yo tenemos cosas pendientes, Alejandro! —exclamó Fernando, entrando con la respiración pesada y la cara roja de la rabia. Alejandro se puso de pie en seguida, mirando a Fernando con preocupación al ver lo mal que se veía físicamente. —¿Fernando? ¿Qué haces aquí? No debiste viajar en ese estado... —¡Cállate! —lo interrumpió Fernando, acercándose al escritorio y dando un golpe sobre la madera—. Vine a dejá
Pasaron unos días más y la recuperación de Diego avanzó bastante rápido. Tras recibir el alta médica, Alejandro y Ana Victoria lo acompañaron de regreso a su apartamento. Al cruzar la puerta, Diego se encontró con una bonita sorpresa: la sala estaba decorada con globos sencillos y un cartel de bienvenida que Lorena había preparado con la ayuda y el permiso de Alejandro. Diego sonrió al ver el detalle. —Gracias, Lorena. De verdad no tenías por qué molestarte —dijo Diego conmovido, dándole un abrazo suave, con cuidado por la herida. —No es ninguna molestia, Diego. Me da mucha alegría verte de regreso en casa y tan bien —respondió Lorena, abrazándolo con cariño. Observando la escena desde un lado de la sala, Alejandro sintió algo especial en el pecho. Al ver a Lorena sonreír y atender a Diego con tanto afecto, se dio cuenta de la gran mujer que tenía enfrente. Había estado a su lado en los peores momentos del hospital, dándole ánimos sin pedir nada a cambio. Lorena se despidió poc
Victoria soltó el vaso sobre la mesa de noche con un golpe seco y le quitó el teléfono de la mano a Fernando antes de que la situación pasara a mayores. —¡Corta esa llamada ya, Fernando! —exclamó Victoria, viéndolo llevarse la mano al pecho mientras trataba de recuperar el aire—. ¿Te quieres matar o qué te pasa? Fernando se recostó en la cabecera con la respiración agitada, clavándole una mirada llena de impotencia a su esposa. —¡Es que no me pidas que me calme, Victoria! —dijo Fernando, levantando la voz como podía—. No quiero a nuestra hija cerca de los Del Castillo. ¡De ninguno de ellos! No voy a permitir que Ana Victoria termine enredada con el hijo de Alejandro. Es una locura y tú no estás haciendo nada para evitarlo. —¡Nuestra hija es una mujer adulta y está enamorada, Fernando! —le respondió Victoria con firmeza, cruzándose de brazos—. Diego casi pierde la vida. Ana Victoria no se va a ir de su lado ahora, por más que le grites por teléfono. No puedes manejarle la vida así







