Se connecterLos días después de la pelea en la cafetería pasaron con una calma pesada en la ciudad. Diego intentaba seguir con sus clases en la universidad, guardando el dolor en silencio y tratando de digerir que el hombre que lo crió no llevaba su misma sangre. Por su parte, Alejandro había buscado la forma de hablar con él varias veces para explicarle las cosas y decirle que nada cambiaba el amor de padre que le tenía, pero Diego mantenía su distancia, dolido y confundido. Mientras tanto, la rabia de Andrea no hacía más que crecer. Ella estaba en un motel barato a las afueras. El rechazo de Diego terminó por quitarle cualquier rastro de cariño de madre. Ahora solo sentía rabia hacia él por no haberla apoyado y por preferir quedarse del lado de los Castillo. Usando el dinero que Alejandro le dio cuando cedió a su chantaje, Andrea decidió actuar por su cuenta. No necesitaba ayuda de nadie para vengarse. Una mañana salió del motel y fue directamente a un negocio de alquiler de carros económi
El sonido seco de la campanilla de la puerta al cerrarse resonó con fuerza en el local casi vacío. Andrea se quedó sentada frente a la mesa, con los dedos rígidos aferrados a la taza de café fría y los ojos fijos en la entrada. Su respiración se aceleró de golpe, pasando del asombro a una furia ciega e incontrolable. Las venas de su sien palpitaban mientras procesaba las palabras que le acababan de soltar: la había rechazado. Había tirado por la borda la oportunidad de oro que ella le había servido en bandeja de plata, esperanzada en que el lazo de sangre lo pondría de su lado sin vacilar. —Maldito malagradecido... —masculló entre dientes, con un tono venenoso que hizo que el mesero que limpiaba la barra vecina apartara la mirada asustado—. ¿Cómo se atreve a despreciarme? ¡Soy su madre! Un destello de locura y resentimiento puro cruzó por su mirada. Si Diego no estaba dispuesto a jugar bajo sus reglas, si se negaba a ser el peón obediente que destruyera a los Castillo desde adentro
El beso duró solo unos segundos, pero en medio de todo el desastre fue el único refugio al que ambos pudieron aferrarse. Cuando sus labios finalmente se separaron, Alejandro mantuvo la frente apoyada contra la de Lorena, sintiendo cómo el temblor de su respiración comenzaba a calmarse. Lorena no se alejó; deslizó sus dedos con suavidad por la nuca de él, demostrándole ese apoyo incondicional que siempre le brindaba. En medio de la tormenta que amenazaba con destruirlo todo, la presencia de Lorena era lo único firme a lo que él podía sujetarse. —Gracias por estar aquí... —susurró Alejandro con la voz quebrada. —Sabes que no te voy a dejar solo en esto, Alejandro. Nunca —respondió Lorena con absoluta firmeza, dándole un beso corto y cálido en los labios antes de mirarlo fijamente a los ojos—. Pero hay algo que necesito preguntarte, Alejandro... Algo que me está dando vueltas en la cabeza desde hace días. Alejandro parpadeó, un poco confundido por el cambio en su tono. —¿Qué pasa, L
El viento helado de la noche soplaba con fuerza sobre la avenida principal, golpeando el rostro de Diego mientras bajaba del taxi a dos cuadras del campus universitario. Tenía los ojos inflamados por el llanto y las manos apretadas dentro de los bolsillos de su chaqueta. El eco de la confesión le retumbaba en las sienes, pero la necesidad de respuestas y el despecho ardían con más fuerza que el dolor. A través del ventanal empañado de una pequeña cafetería casi vacía, distinguió la figura de Andrea. La mujer lo esperaba sentada en una mesa del fondo, sosteniendo una taza de café entre sus manos con una calma calculada. Diego empujó la puerta de cristal, haciendo sonar la campanilla del local, y caminó a pasos rápidos hasta plantarse frente a ella. —Llegaste, hijo —dijo Andrea con una voz suave y cargada de una ternura impostada, señalando el asiento vacío a su lado—. Por favor, siéntate. —No vine a hacer vida social —sentenció Diego con la voz quebrada por la furia, apoyando l
Diego bajó en el ascensor sintiendo que las paredes de cristal se le venían encima de manera sofocante. El temblor convulso de sus manos no se detenía y las lágrimas de rabia contenida le nublaban la visión, reflejando las luces parpadeantes del pasillo. Cada segundo que transcurría, las palabras de Alejandro resonaban en su cabeza como un eco ensordecedor y desgarrador: "No soy tu padre biológico". Creció creyendo firmemente en la alcurnia, el honor, la tradición y la impecable historia de la familia Castillo, esforzándose día a día por estar a la altura de las expectativas, para terminar descubriendo de la manera más cruda que toda su existencia había sido cimentada sobre una vil y calculada farsa. Al cruzar el elegante vestíbulo del edificio y salir a la calle helada, la brisa nocturna le golpeó el rostro, pero no logró enfriar el fuego de rabia que le quemaba el pecho. Su respiración era entrecortada y agitada. Sin pensarlo dos veces, sacó el teléfono celular de su bolsillo co
Victoria tomó fuertemente de la mano a Ana Victoria y apuró el paso sin detenerse en la esquina. Un auto negro con chofer las estaba esperando con el motor encendido al borde de la acera. Subieron rápidamente al vehículo y el conductor arrancó de inmediato, dejando atrás la silueta amenazante de Andrea y el bullicio de la calle. El trayecto transcurrió en un silencio tenso. Al llegar al lujoso hotel donde Victoria se estaba hospedando durante su estancia en la ciudad, subieron directamente a la suite. Solo cuando cerró la puerta y sintió la seguridad del lugar, Victoria pudo soltar el aire que tenía atravesado en el pecho. Caminó hacia el ventanal que daba a la ciudad, sacó el teléfono de su bolso con manos decididas y marcó el número de Alejandro. En el penthouse, el teléfono sonó e inmediatamente él contestó. —Victoria... —dijo Alejandro al responder. —Alejandro, escúchame con mucha atención —interrumpió Victoria con tono firme, sin rodeos—. Acabo de llegar al hotel con Ana Vic







