LOGINDiego parpadeó lentamente, intentando enfocar la mirada en el rostro de Alejandro. Movió la cabeza apenas unos centímetros sobre la almohada y frunció el ceño con desesperación al sentir una pesadez extraña de la cintura para abajo. —Papá... —susurró Diego, con la voz pastosa por el efecto de los medicamentos—. ¿Por qué no siento las piernas? Trato de moverlas y no responden... A Alejandro se le encogió el corazón. Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para tragar saliva y mantener la voz firme ante los ojos asustados de su hijo. Le apretó la mano un poco más fuerte para transmitirle calma. —Es por la anestesia, hijo —mintió Alejandro, con el dolor carcomiéndole el alma por dentro, sabiendo perfectamente que la realidad era otra muy distinta—. La operación fue muy larga y los medicamentos todavía tienen dormida esa parte del cuerpo. Tienes que descansar y dejar que el efecto vaya pasando. Diego se le quedó mirando, buscando en el rostro de su padre una respuesta que tranqui
Las palabras del médico retumbaron en la mente de Alejandro como una sentencia de muerte. La idea de que su hijo pudiera quedar con una lesión irreversible en la columna lo dejó sin aliento, con los puños cerrados y la mirada perdida. A pocos pasos de ahí, el ambiente era desolador. Ana Victoria no pudo contener el dolor y comenzó a llorar amargamente por Diego, con el rostro cubierto por las manos mientras su cuerpo temblaba de impotencia. Al verla derrumbarse, Victoria la rodeó con los brazos y la abrazó con fuerza, buscando transmitirle un refugio en medio de la tormenta. —Mi amor, vámonos al hotel a descansar un rato. Todo va a estar bien con Diego —le rogó Victoria con voz quebrada, besándole la frente mientras intentaba sostenerla—. Vayamos a descansar y yo te prometo que estaré llamando a Alejandro a cada rato para saber cómo va avanzando todo con la cirugía. Ana Victoria sacudió la cabeza con violencia, negándose rotundamente. —¡No, mamá, no me voy a mover de aquí! ¿
Para intentar despejar un poco la mente y calmar la angustia que lo ahogaba, Alejandro se había levantado de su asiento y se había acercado lentamente hacia el área de la televisión en la sala de espera del hospital. En la pantalla, el noticiero matutino transmitía un reporte de último momento. Aunque en el titular aún no mencionaban el nombre de Andrea, las imágenes de video de seguridad mostraron de repente el rostro de una mujer y los clips de la entrada al establecimiento. Alejandro se quedó petrificado, con los ojos fijos en la pantalla; el corazón pareció detenérsele en el pecho al reconocerla de inmediato. Era ella. Un sudor frío le recorrió la espalda y, con las manos temblando de forma descontrolada, sacó el celular del bolsillo y marcó el número del comandante Benedetti. —¿Comandante? —exigió saber Alejandro con la voz tensa apenas le contestaron—. Acabo de ver las noticias... ¿Es verdad? ¿Encontraron a una mujer muerta en un motel? Del otro lado de la línea, el co
La desesperación y la rabia ciega nublaron por completo el juicio de Alejandro. Apenas escuchó el nombre de la mujer, se abalanzó sobre Marcos con una violencia desatada, atrapándolo con fuerza por el cuello de la camisa y estrellándolo contra la pared del hospital con un golpe sordo. —¿Tú sabes dónde está Andrea? ¡Dímelo ahora mismo, Marcos! —le exigió Alejandro a gritos, con los ojos inyectados en sangre y la voz quebrada por el odio, sacudiéndolo sin piedad ante la mirada atónita de los transeúntes. Marcos contuvo el aliento por el impacto, sin intentar zafarse ni devolverle el golpe; sabía que se lo merecía y que la vida de su hijo colgaba de un hilo. Con las manos temblorosas y el rostro contraído por la culpa, levantó la mirada hacia el hombre que lo sujetaba. —Yo... solo la vi entrar al alquiler de autos, te lo juro... —balbuceó Marcos con la voz rota y ahogada, tratando de explicarse mientras el aire le faltaba—. No sé a dónde fue después... ¡Pero te juro que la voy a en
La rabia acumulada durante años estalló en el pecho de Alejandro al tenerlo tan cerca. Con un movimiento brusco, se sacudió de encima las manos de Marcos y lo empujó hacia atrás con furia, señalándolo con un dedo tembloroso. —¡No te atrevas a llamarlo tu hijo! Diego es mi hijo. Así que lárgate de aquí —le rugió Alejandro con la voz rota por el veneno y la impotencia. Marcos se adelantó encarándolo, con la mirada inyectada en sangre y la voz saliendo entrecortada por el dolor. —¡Es mi hijo! Tú me lo quitaste únicamente porque tenías dinero y pudiste comprar a los jueces para que te dieran la custodia, que fue muy diferente —le reclamó Marcos con furia, sin amedrentarse—. ¡Pero lleva mi sangre y lo sabes muy bien! Así que es mi hijo y necesito saber cómo está. Alejandro lo miró con una mezcla de asco y profunda lástima. Las lágrimas volvieron a amenazar con desbordarse por el borde de sus ojos, recordando las palabras lapidarias del médico apenas unos minutos antes. —Está vi
El informe del cirujano en el pasillo de urgencias había dejado a todos al borde del colapso, pero la pesadilla médica no había terminado. Con el rostro todavía marcado por el cansancio y una evidente expresión de pesar, el doctor hizo una pausa, respiró hondo y volvió a tomar la palabra ante la mirada atenta y desesperada de Alejandro, Ana Victoria y Victoria. —Hay algo más que deben saber. El médico bajó la mirada por un segundo antes de soltar el diagnóstico definitivo. Debido a la magnitud del daño, existe una probabilidad extremadamente alta de que, aun si logra despertar y superar el coma, Diego pierda la movilidad en sus extremidades inferiores. Es muy posible que no vuelva a caminar y tenga que depender de una silla de ruedas. Un silencio sepulcral, denso y desgarrador se instaló en el pasillo. Las palabras del doctor cayeron como una losa de plomo sobre los hombros de todos. Ana Victoria sintió que el suelo se le abría bajo los pies; un sollozo agónico, roto por el es







