LOGINLa puerta de la pastelería se cerró, dejando a Victoria y a Alejandro a solas en la acera. La distancia entre los dos se sentía pesada, cargada de recuerdos y cuentas pendientes. —¿Qué es lo que quieres, Alejandro? —preguntó Victoria, mirando al suelo antes de sostenerle la mirada. —Necesito saber la verdad, Victoria —dijo Alejandro con la voz quebrada por la desesperación—. Necesito saber qué pasó realmente en esa fiesta años atrás. —Eso ya no tiene ningún sentido, Alejandro —respondió ella, negando con la cabeza y dando un paso atrás—. El pasado ya quedó atrás. —¡Para mí sí tiene sentido! —insistió él, dando un paso hacia ella—. Camila me contó lo que le dijiste días atrás. Necesito escucharlo de ti. Victoria se quedó callada unos segundos, sorprendida de que Camila finalmente hubiera hablado. Antes de que pudiera reaccionar, Alejandro se le acercó y la tomó suavemente por los brazos, mirándola a los ojos con súplica. —Victoria, por favor... necesito la verdad.
Al enterarse de la desaparición de Andrea, Alejandro tomó el primer vuelo disponible y regresó de París. La paz que había ido a buscar al viejo continente se esfumó en un segundo ante la emergencia familiar. Horas después, Alejandro llegó a la mansión Del Castillo a paso apresurado, cruzando el gran salón donde su madre y su hermana lo esperaban con rostros desencajados. —¿Qué sucedió, mamá? ¿Dónde está Andrea? —preguntó Alejandro, directo y con la voz llena de tensión. Doña Carlota suspendió la mirada en el suelo, con el rostro apagado por la vergüenza y el desconcierto. —No lo sé —respondió la matriarca con la voz quebrada—. Solo sé que dejó al bebé solo en su habitación desde temprano. —No está su ropa, Alejandro —añadió Camila, dando un paso al frente—. Tampoco están sus joyas, ni sus bolsos... nada. Se lo llevó todo. Alejandro apretó la mandíbula. Caminó hacia la cuna instalada en la sala, tomó al recién nacido con delicadeza entre sus brazos y lo pegó a su pecho. El
El llanto desconsolado del bebé retumbaba por los pasillos de la mansión. Doña Carlota se llevó una mano al pecho, sintiendo que la paciencia se le agotaba. —¿Pero qué pasa con mi nieto? —murmuró para sí misma, molesta por el desinterés de la madre. Apoyándose en su bastón, Doña Carlota se levantó del sillón y fue hasta la habitación de Andrea. Empujó la puerta con autoridad, lista para regañarla, pero no la vio por ningún lado; solo estaba el bebé en la cuna, llorando con el rostro enrojecido. La matriarca caminó hacia el pequeño, lo tomó con delicadeza entre sus brazos y llamó a una de las empleadas. —¡María! —ordenó en voz alta. Una de las trabajadoras subió corriendo las escaleras. —Dígame, señora Carlota. —¿Dónde está la señora Andrea? —No lo sé, señora. —Rápido, ve por la leche del niño. La empleada bajó rápidamente hacia la cocina. Minutos después, Camila entró a la habitación al escuchar el alboroto y ver a su madre cargando al recién nacido. —¿Dónde está
En las tranquilas y bellas calles de París, Alejandro buscaba reconstruirse. El aire frío de la capital francesa le daba la paz que durante años se le negó en Los Ángeles. Se enfocaba en sus nuevos proyectos de negocios, pero jamás se desentendió de sus responsabilidades: llamaba a diario al pediatra y a la mansión para saber de la salud de su hijo. Necesitaba ese tiempo lejos para encontrarse a sí mismo, sanar las heridas y cerrar definitivamente las etapas dolorosas de su pasado. Los días pasaron volando y se convirtieron en semanas. En Los Ángeles, la vida en el penthouse continuaba en absoluta serenidad. Victoria miraba a Fernando trabajar en la sala y, al observarlo cuidar de ella con tanta paciencia y respeto, no le cabía la menor duda de que era el hombre perfecto. Aunque el recuerdo de Alejandro aún dejaba pequeñas huellas, Fernando se ganaba su corazón a fuerza de constancia y amor sincero. En contraste, el infierno personal de Andrea empeoraba con cada hora que pasaba.
Camila se subió a su auto con el corazón latiéndole a mil por hora. Sentía el rostro ardiéndole por la bofetada, pero el ardor en la mejilla no era nada comparado con el nudo de dudas que Victoria le había dejado en la cabeza. «Andrea me embriagó para irse con su amante… siempre ha tenido amantes». Las palabras retumbaban en sus oídos como un eco insoportable mientras conducía de regreso a la mansión. Aunque quería creer ciegamente en Andrea, la imagen del sujeto que había aparecido en la clínica como el supuesto primo —ese tal Marcos Sterling que Alejandro no conocía— volvió a su mente de golpe. Había demasiado misterio flotando alrededor y, por primera vez, Camila sintió que la historia no encajaba del todo. En cuanto pisó la mansión, subió directo a la habitación de Andrea sin tocar. La encontró frente al peinador, retocándose el maquillaje con rabia contenida mientras el bebé dormía en la cuna. — Hola Camila¿Porqué entras así? preguntó Andrea sin voltear a verla, notando el to
El sol apenas salía cuando el abogado Licandro llegó al departamento de Alejandro. La sala estaba en silencio. Alejandro lo esperaba de pie junto a la ventana, con su abrigo puesto y la maleta lista a un lado. Tenía la decisión tomada desde hacía meses y el nacimiento de su hijo solo hizo que quisiera cerrar este ciclo más rápido. Licandro puso la carpeta sobre la mesa con los documentos del divorcio, que ya tenían la firma de Andrea. —Aquí están los papeles, Alejandro —dijo Licandro—. Se dejan claras las cuotas para el bebé, la pensión y las propiedades. Solo falta tu firma para que queden divorciados oficialmente. Alejandro no lo pensó dos veces. Tomó el lapicero y firmó con firmeza. Al terminar, cerró la carpeta y miró al abogado. —Eso es todo, Licandro. Encárgate de registrar los papeles y manda las copias a mi oficina —dijo Alejandro con calma—. A mi hijo no le va a faltar nada. —Descuida, yo me encargo de todo —contestó Licandro guardando los papeles. Alejandro tomó







