LOGINLas olas chocaban con fuerza contra los pilares del muelle mientras Victoria continuaba con su relato, sin desviarle la mirada ni un solo segundo. —Esa noche, yo también fui a la fiesta —dijo Victoria, sintiendo cómo el frío le calaba en los huesos—. Tú estabas con ella. Unos minutos después, Andrea se me acercó y me dijo que esa noche yo iba a poder decirte cuánto te amaba... y me dio una copa de vino. Alejandro frunció el ceño, escuchando con atención cada palabra. —Y no sé cómo pasó todo —prosiguió ella, negando con la cabeza—, pero minutos después me acerqué a ti y te dije que te amaba. Desde que me tomé esa copa, sentí un deseo inmenso de decirte la verdad. —Victoria, espera... espera —interrumpió Alejandro, dando un paso al frente mientras se llevaba las manos a la cabeza, como si una venda se le cayera de los ojos de golpe—. Yo también me sentía extraño esa noche. Yo... ahora entiendo. Ya sé qué pasó. Ya sé por qué terminamos en la cama esa noche. —¿Qué crees que pasó
Victoria se dejó caer en la silla tras el escritorio, cubriéndose el rostro con las manos. Un nudo opresivo se le formó en la garganta. Le dolía profundamente ver a Fernando así, sabiendo todo el esfuerzo que él había hecho por construir una vida tranquila juntos. Al pasar las horas, Victoria intentó localizar a Fernando en repetidas ocasiones. Marcó su número una y otra vez, pero el teléfono sonaba hasta enviar las llamadas directamente al buzón. Desesperada por la falta de respuesta, decidió llamar a su hermano Rafael. —Déjalo que se calme —le aconsejó Rafael al escucharla tan alterada al otro lado de la línea—. Sabes perfectamente que le enfurece ver a Alejandro Del Castillo cerca de ti. —Yo no busqué a Alejandro, Rafael. Nunca lo he hecho —respondió Victoria, tratando de defenderse con frustración—. Él solo vino porque Andrea desapareció y dejó a su hijo abandonado. —Eso no tiene nada que ver contigo, Victoria —sentenció Rafael en tono firme—. Alejandro se quiso casar con
La puerta de la pastelería se cerró, dejando a Victoria y a Alejandro a solas en la acera. La distancia entre los dos se sentía pesada, cargada de recuerdos y cuentas pendientes. —¿Qué es lo que quieres, Alejandro? —preguntó Victoria, mirando al suelo antes de sostenerle la mirada. —Necesito saber la verdad, Victoria —dijo Alejandro con la voz quebrada por la desesperación—. Necesito saber qué pasó realmente en esa fiesta años atrás. —Eso ya no tiene ningún sentido, Alejandro —respondió ella, negando con la cabeza y dando un paso atrás—. El pasado ya quedó atrás. —¡Para mí sí tiene sentido! —insistió él, dando un paso hacia ella—. Camila me contó lo que le dijiste días atrás. Necesito escucharlo de ti. Victoria se quedó callada unos segundos, sorprendida de que Camila finalmente hubiera hablado. Antes de que pudiera reaccionar, Alejandro se le acercó y la tomó suavemente por los brazos, mirándola a los ojos con súplica. —Victoria, por favor... necesito la verdad.
Al enterarse de la desaparición de Andrea, Alejandro tomó el primer vuelo disponible y regresó de París. La paz que había ido a buscar al viejo continente se esfumó en un segundo ante la emergencia familiar. Horas después, Alejandro llegó a la mansión Del Castillo a paso apresurado, cruzando el gran salón donde su madre y su hermana lo esperaban con rostros desencajados. —¿Qué sucedió, mamá? ¿Dónde está Andrea? —preguntó Alejandro, directo y con la voz llena de tensión. Doña Carlota suspendió la mirada en el suelo, con el rostro apagado por la vergüenza y el desconcierto. —No lo sé —respondió la matriarca con la voz quebrada—. Solo sé que dejó al bebé solo en su habitación desde temprano. —No está su ropa, Alejandro —añadió Camila, dando un paso al frente—. Tampoco están sus joyas, ni sus bolsos... nada. Se lo llevó todo. Alejandro apretó la mandíbula. Caminó hacia la cuna instalada en la sala, tomó al recién nacido con delicadeza entre sus brazos y lo pegó a su pecho. El
El llanto desconsolado del bebé retumbaba por los pasillos de la mansión. Doña Carlota se llevó una mano al pecho, sintiendo que la paciencia se le agotaba. —¿Pero qué pasa con mi nieto? —murmuró para sí misma, molesta por el desinterés de la madre. Apoyándose en su bastón, Doña Carlota se levantó del sillón y fue hasta la habitación de Andrea. Empujó la puerta con autoridad, lista para regañarla, pero no la vio por ningún lado; solo estaba el bebé en la cuna, llorando con el rostro enrojecido. La matriarca caminó hacia el pequeño, lo tomó con delicadeza entre sus brazos y llamó a una de las empleadas. —¡María! —ordenó en voz alta. Una de las trabajadoras subió corriendo las escaleras. —Dígame, señora Carlota. —¿Dónde está la señora Andrea? —No lo sé, señora. —Rápido, ve por la leche del niño. La empleada bajó rápidamente hacia la cocina. Minutos después, Camila entró a la habitación al escuchar el alboroto y ver a su madre cargando al recién nacido. —¿Dónde está
En las tranquilas y bellas calles de París, Alejandro buscaba reconstruirse. El aire frío de la capital francesa le daba la paz que durante años se le negó en Los Ángeles. Se enfocaba en sus nuevos proyectos de negocios, pero jamás se desentendió de sus responsabilidades: llamaba a diario al pediatra y a la mansión para saber de la salud de su hijo. Necesitaba ese tiempo lejos para encontrarse a sí mismo, sanar las heridas y cerrar definitivamente las etapas dolorosas de su pasado. Los días pasaron volando y se convirtieron en semanas. En Los Ángeles, la vida en el penthouse continuaba en absoluta serenidad. Victoria miraba a Fernando trabajar en la sala y, al observarlo cuidar de ella con tanta paciencia y respeto, no le cabía la menor duda de que era el hombre perfecto. Aunque el recuerdo de Alejandro aún dejaba pequeñas huellas, Fernando se ganaba su corazón a fuerza de constancia y amor sincero. En contraste, el infierno personal de Andrea empeoraba con cada hora que pasaba.







