LOGINA la mañana siguiente de la boda entre Victoria y Fernando, la noticia del matrimonio circulaba apenas en una breve columna de la sección de sociedad. Como la ceremonia en el jardín de la casa Moreno se había celebrado a puerta cerrada para evitar especulaciones, esa pequeña nota bastaba para cerrar el asunto ante la prensa. En sus oficinas de Los Ángeles, Alejandro intentaba concentrarse en el trabajo para no pensar en que Victoria ya era la esposa de otro hombre. La puerta del despacho se abrió de golpe. Andrea entró molesta, tirando la nota del periódico sobre el escritorio. —¡Ya es oficial, Alejandro! —dijo ella, señalando el papel—. Victoria y Fernando ya se casaron. ¿Y tú qué piensas hacer? ¡Hablé con el abogado y me dijo que sigues adelante con el divorcio! Alejandro no se inmutó. Mantuvo la mirada fija en ella. —Tú y yo sabemos que este matrimonio se terminó hace mucho, Andrea —respondió él con voz seca—. El divorcio va a seguir su curso. —¡No te voy a dar el div
El aire en la habitación del hospital se sentía pesado. Alejandro apretó el teléfono entre las manos hasta que los nudillos se le pusieron blancos, mirando la pantalla con la foto de Fernando y la noticia de la boda confirmada. Las palabras que Victoria le dijo en la cabaña le retumbaron en la cabeza, mezclándose con el pitido constante del monitor que medía los latidos de su madre. Vio a Doña Carlota pálida en la cama y entendió todo el daño que su imprudencia había provocado. —Tengo que olvidarla... Se acabó —dijo Alejandro en voz alta, con un hilo de voz lleno de amargura. Camila, que estaba parada al pie de la cama observándolo en silencio, escuchó sus palabras y dio un paso al frente con la voz cortada por la rabia. —Por fin. Es tiempo de que reacciones, Alejandro —dijo su hermana, mirándolo con los ojos hinchados de llorar—. Mira cómo está mamá. Todo por esa mujer. Casi la matas, casi te destruyes tú y nos hundes a todos por alguien que hoy mismo anuncia que se casa con otro
El silencio en el apartamento de Victoria era denso, interrumpido únicamente por el eco de los pasos apresurados de Fernando. Tras haber gestionado la retirada formal de la denuncia por petición expresa de Victoria a Don Guillermo, Alejandro había recuperado la libertad total. Pero el precio emocional de esa decisión acababa de tocar a la puerta. Fernando irrumpió en la estancia con el rostro desencajado por la frustración, la corbata desanudada y la mirada encendida en una mezcla de rabia y desesperación. —¡No puedo creer que lo hayas defendido después de lo que hizo! —estalló Fernando, caminando de un lado a otro frente a ella—. ¡Tu padre retiró la denuncia porque tú se lo suplicaste! Victoria, quiero la verdad, ¿aún lo amas? ¿Es eso verdad? ¿Por eso no dejaste que se pudriera en la cárcel? Victoria permaneció de pie cerca del ventanal, abrazándose a sí misma para contener el temblor de sus manos. Sostenía la mirada de Fernando con una mezcla de cansancio infinito y compasió
El coche avanzaba por el tráfico de la ciudad, pero la mente de Victoria se había quedado varada en las paredes frías de la delegación. Apoyó la frente contra el cristal de la ventana, sintiendo el murmullo distante de las calles mientras una opresión dolorosa le aplastaba el pecho. Pensó en la imagen de Alejandro siendo conducido por los pasillos judiciales, con el pómulo marcado por el golpe y la sangre seca en la camisa. Por más amargura que guardara en el alma, por más que las heridas de tres años de indiferencia siguieran abiertas, la sola idea de ver a Alejandro tras las rejas la destruía por dentro. Lo había amado con una entrega ciega e incondicional durante tanto tiempo que arrancárselo del corazón resultaba imposible de la noche a la mañana. Y aunque se repetía a sí misma que su declaración en la fiscalía respondía únicamente a la honestidad, muy en el fondo sabía la verdad: no podía soportar ser la causa de su ruina. No podía verlo destruido, no a él. —¿En qué piens
Las horas de la tarde cayeron sobre la ciudad como una losa pesada. En la oficina de la fiscalía, el agente del Ministerio Público acomodó los expedientes sobre el escritorio mientras Don Guillermo y Fernando aguardaban de pie a un costado de la sala de declaraciones. La tensión en el ambiente era evidente; Fernando no dejaba de caminar por la estancia, con el rostro cansado y la mirada fija en la puerta, esperando ver entrar a Victoria para asegurarse de que estuviera a salvo y protegida. La puerta de la sala se abrió y Victoria ingresó acompañada por Doña Elena. Lucía un vestido sobrio de tono oscuro, el rostro pálido pero con una expresión de profunda serenidad. —Señorita Moreno —comenzó el fiscal con tono profesional, indicándole que tomara asiento—, estamos listos para recibir su declaración testimonial respecto a los hechos ocurridos en el templo y su posterior traslado a la propiedad en la montaña. Le recuerdo que está bajo protesta de decir verdad. Fernando dio un paso al f
Dada su posición como uno de los hombres más influyentes del sector corporativo, Alejandro no fue ingresado a un calabozo común. Lo ubicaron en un despacho privado de la zona de detención de la comisaría, una estancia sobria con escritorio de madera y sillones de piel donde los agentes mantenían una custodia discreta. A pesar de las comodidades relativas, la pulcritud del lugar no lograba aminorar el dolor punzante en su pómulo ni el peso aplastante que le oprimía el pecho. Apenas veinte minutos después de su ingreso, la puerta se abrió para dar paso al Licenciado Licandro, el influyente asesor jurídico de la familia Del Castillo. El abogado entró con paso apresurado, dejando su maletín sobre la mesa y mirando a Alejandro con una mezcla de consternación e incredulidad. —Alejandro, por Dios... —comenzó Licandro, bajando la voz mientras se sentaba frente a él—. Llegué lo más rápido que pude. Tienes a la prensa afuera enloquecida y a la familia Moreno exigiendo tu cabeza. ¿Me vas a







