LOGINCuando Andrea terminó de alejarse entre la multitud, Diego se quedó paralizado en la entrada de la universidad, sintiendo cómo la rabia le quemaba el pecho. Las palabras de su madre le retumbaban en la mente, envenenándole el alma a cada segundo. En ese preciso momento, Ana Victoria llegó caminando a su encuentro. Tenía una sonrisa brillante en el rostro, ilusionada por verlo y apoyarlo después de la noche tan difícil que habían pasado juntos. —Mi amor, ¿cómo estás? —le preguntó feliz, acercándose con los brazos abiertos para darle un abrazo. Pero Diego no dio un paso hacia ella. La miró con la distancia helada de un desconocido y se echó hacia atrás, evitando el contacto. —En este momento no quiero hablar contigo, Ana Victoria —dijo Diego con la voz áspera y llena de rencor contenida. Ana Victoria se congeló a mitad de camino. La sonrisa se le desvaneció de golpe y se quedó desconcertada, mirando a Diego sin entender la frialdad con la que la trataba. —¿Diego? ¿Qué te pasa? —al
Andrea miró a Alejandro con furia, se zafó con un jalón brusco y dio un paso atrás, acomodándose el bolso con rabia. —Esto no se queda así, Alejandro —dijo Andrea, fijando sus ojos en Diego con una sonrisa fría—. Nos vamos a volver a ver muy pronto, muchacho. Y la próxima vez tu papá no va a estar aquí para taparte los ojos. Dio media vuelta y se alejó a pasos rápidos hacia la salida del estacionamiento. Diego hizo un ademán de seguirla, pero Alejandro lo tomó del hombro para detenerlo. Diego se giró de golpe y le quitó la mano de un manotazo, completamente alterado. —¡Suéltame, papá! —gritó Diego, llamando la atención de varios estudiantes que pasaban cerca—. ¡No me voy a mover de aquí hasta que me digas la verdad! ¡Me volviste a mentir! Dijiste que tus abogados se estaban encargando y que era una ex-empleada loca. ¡¿Por qué viene a buscarme a mí?! ¡Dime qué me estás ocultando! Alejandro sintió que el aire se le acababa. Miró a su alrededor, vio los ojos desesperados de su hijo y
Alejandro se quedó solo en la penumbra de la sala, escuchando los pasos distantes de Diego cerrando la puerta de su habitación. La impotencia lo devoraba por dentro. Atrapado entre la terquedad de su hijo por casarse y la extorsión impasible de Andrea, sintió que el suelo se le hundía bajo los pies. Sin saber qué más hacer ni a quién recurrir, tomó las llaves del auto y salió de la casa antes de perder por completo el control. A la mañana siguiente, Alejandro citó a Andrea en una cafetería apartada en las afueras de la ciudad. El lugar estaba semiestéril, apenas ocupado por un par de desconocidos. Cuando Andrea se sentó frente a él, lucía una sonrisa socarrona, segura de que tenía el sartén por el mango. —Sabía que terminarías buscándome, Alejandro —dijo ella, apoyando los codos sobre la mesa sin disimular su cinismo—. ¿Trajiste el dinero? Alejandro sacó un sobre de papel manila del interior de su saco y lo deslizó sobre la mesa, manteniéndolo bajo su mano. —Aquí hay una parte
Diego salió del edificio del corporativo y, mientras caminaba hacia su auto, marcó el número de Ana Victoria. Ella contestó al primer timbre con voz dulce. —Hola, mi amor, ¿cómo estás? —saludó Ana Victoria con alegría. —Hola, mi vida —respondió Diego, subiendo a su vehículo—. Hablé con mi papá sobre la mujer de ayer. Me explicó que es una ex-empleada de la empresa. Según él, la despidieron hace años por fraude, estuvo en la cárcel y ahora volvió para exigir dinero amenazando con inventar chismes a la prensa. Ana Victoria escuchó con atención al otro lado de la línea. —Bueno... suena lógico. Al menos ya sabes quién es. —Eso dice él —suspiró Diego, apoyando los brazos en el volante—, pero la verdad hay algo que no me hace cuadrar las cosas. Hay algo en la forma en que ella me miró y en el nerviosismo de mi papá que simplemente no me deja creerle del todo. Siento que me está ocultando algo más. —Si tienes dudas, no te quedes con eso, pero tampoco te angusties antes de tiempo,
Alejandro continuaba petrificado junto a su escritorio, sujetando el teléfono con los nudillos blancos por la presión, cuando la puerta de la oficina se abrió sin previo aviso. Diego entró a paso firme. Al ver el rostro pálido de su padre y la forma agitada en que respiraba, se detuvo un segundo antes de avanzar hasta quedar frente a él. —¿Qué te pasa, papá? —preguntó Diego, fijando la mirada en sus ojos—. Estás blanco. ¿Quién te acaba de llamar? Alejandro guardó torpemente el teléfono en el bolsillo de su saco y trató de recomponer la postura, bajando las manos para disimular el temblor. —Nadie importante, Diego —respondió con la voz ligeramente rasposa—. Asuntos del trabajo, nada de qué preocuparse. —No me mientas —sentenció Diego sin bajar el tono—. Llego y te encuentro helado, con la mano temblando. Es la misma mujer de ayer, ¿verdad? Te volvió a buscar. Alejandro apretó los labios, acorralado por la mirada perspicaz de su hijo. —Diego, te pedí que no te involucraras en es
Por la tarde, antes de la cita, Diego llamó a Ana Victoria por celular. Estaba inquieto mientras caminaba de un lado a otro en su departamento. —Ana Victoria, antes de vernos necesito contarte algo raro que pasó hoy —dijo Diego al teléfono. —¿Qué pasó, Diego? Suenas preocupado. —Fui a la oficina de mi papá y había una mujer hecha un desastre. Mi papá la estaba sacando a la fuerza con la seguridad. Me dijo que era una loca inestable que se había metido, pero no le creí. La mujer me miró fijo y le dijo a mi papá: "¿No le vas a decir quién soy?". Siento que me oculta algo. —Diego, no te desclaves la cabeza ahora —respondió ella—. Si tu papá no te dijo nada, habla bien con él mañana. No dejes que eso te arruine la noche. —Tienes razón. Nos vemos al rato. Cuando llegó la noche, Diego la citó en la azotea del restaurante, un lugar reservado solo para ellos, decorado con decenas de flores frescas y una vista impresionante de la ciudad iluminada. Ana Victoria quedó maravillada al







