Me pasa que el frío me despierta como si mi cuerpo tuviera un botón de alarma: lo primero que noto son esos escalofríos que suben y bajan como olas. Hay una parte bastante ordenada detrás de esa sensación: en la piel hay sensores que detectan frío (canalitos como TRPM8 y otros nervios), y esos mandan señales al cerebro, específicamente al hipotálamo, que es como la central térmica del cuerpo. Ahí se decide que hay que proteger el núcleo caliente de órganos vitales, así que vienen varias respuestas en cadena.
Primero se reduce el flujo de sangre hacia la piel (vasoconstricción) para evitar perder calor; por eso se te ponen las manos frías. Luego viene el escalofrío en sí: el cerebro ordena contracciones rápidas y rítmicas de músculos pequeños y grandes para generar calor mediante movimiento, eso es el temblor o shivering. Al mismo tiempo, el sistema nervioso simpático activa músculos diminutos junto a los folículos pilosos (los arrectores pili) y eso produce la piel de gallina, una reliquia de cuando nuestros ancestros tenían mucho pelo y eso ayudaba a atrapar aire caliente.
Me llama la atención que algunos mecanismos como la piel de gallina son hoy más simbólicos que efectivos en humanos —no tenemos pelaje que aislar— pero el temblor y la vasoconstricción siguen siendo muy útiles. Además, en bebés y algunos adultos existe tejido adiposo pardo que quema grasa para generar calor sin temblar (termogénesis no temblorosa). En resumen: los escalofríos son una respuesta coordinada para producir calor y conservarlo, una mezcla de reflejos nerviosos y motores que me recuerda lo sofisticado que es nuestro cuerpo cuando intenta mantenernos en equilibrio.