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Capítulo 2

مؤلف: KarenW
POV de Adrianna

Volví a la casa que compartía con Marco tras recibir el alta del hospital. Necesitaba tiempo para sanar, empacar y reunir cada contrato de su casino que yo había ayudado a asegurar.

La gente cree que haber crecido en un orfanato es la parte más dura de mi historia, pero no fue así. Me abrí camino hasta entrar a la escuela de negocios, me gradué en análisis de datos y construí mi vida desde cero.

Y luego hice de Marco lo que era. Desde sus primeros días metido en negocios menores de drogas, pasando por la administración de un casino modesto que lavaba dinero para bandas de poca monta, hasta el imperio que dirige ahora, yo estuve ahí. No me adjudico todo el mérito, pero más de la mitad de lo que él es hoy fue gracias a mí.

Sin mí, Marco seguiría buscándose la vida en las calles, no sentado a la mesa como el nuevo capo de la mafia.

Y es que, sin la inversión que mi padre hizo seis meses atrás, su casino jamás habría abierto; por lo tanto, en cuanto decidí dejarlo, también tomé la firme resolución de arrebatarle todo lo que le había dado. Mientras tanto, él no volvió a casa en toda una semana.

Y hoy, mientras vaciaba mi clóset, escuché que se abría la puerta de entrada.

—¡Adrianna! ¡Ya llegué!

Salí. Marco estaba junto a la puerta, sosteniendo un ramo enorme y una bolsa de una tienda de lujo.

—Nena, perdón por faltar a nuestra cena de aniversario. Tuve que cerrar un trato —dijo como si nada—. Pero mira, te traje este collar. Escuché a las chicas del casino hablar de él, así que te lo compré.

La misma rutina de siempre era echarme dinero encima, comprar algo caro y darlo por cerrado.

Había hecho eso tantas veces que perdí la cuenta. Antes le creía; pensaba que de verdad estaba ocupado y no que fuera un descuidado, y que, aunque se perdiera nuestros momentos especiales, seguía pensando en mí.

Pero ahora, después de enterarme de la verdad sobre nosotros, me di cuenta de que todo había sido una actuación. Dejó las flores y la bolsa en el suelo y luego caminó hacia mí con los brazos abiertos para abrazarme.

—Nena, ¿qué pasa?

Retrocedí para esquivarlo.

—Nada. La herida todavía me duele.

Ante mis palabras, se quedó pasmado.

—¿Herida? ¿Qué herida?

—Unos hombres enmascarados entraron a la casa en nuestro aniversario —dije con calma—. Traté de llamarte, pero tú…

Se le fue el color del rostro.

—Lo siento, nena, no lo sabía… yo…

—No te preocupes. —Me di la vuelta. No quería verlo seguir fingiendo.

Decirlo en voz alta me trajo de golpe el recuerdo de la sangre, el dolor y el bebé que perdí, obligándome a tragar saliva con fuerza.

Ni siquiera había decidido si contárselo, pues me preguntaba de qué serviría hacerlo; si yo no le importaba, ¿por qué habría de importarle nuestro hijo?

Tomé mi celular. La página de rumores que había estado leyendo antes volvió a iluminarse con fotos de Marco y Bianca en Hawái, tomadas en los últimos días.

Se me acercó por detrás; seguro lo había visto, porque extendió la mano y apagó la pantalla sin dejar de mirarme con severidad.

—No le hagas caso a esa tontería —dijo—. No hay nada entre Bianca y yo.

—Dicen que le propusiste matrimonio —respondí con ligereza, observándolo.

Ni siquiera titubeó.

—No —dijo con una risita—. Solo intentaba cerrar un trato con su padre. Los Conti, la familia mafiosa más grande del país. Si nuestro casino consigue su respaldo, nadie se atreverá a tocarnos. Con eso bastará para que la gente haga fila para invertir en nosotros.

Eso de “nuestro casino” me revolvió el estómago. Marco me buscó la mano y me la tomó antes de que pudiera apartarla.

—Anna, Bianca y yo tuvimos un pasado, pero eso ya se acabó; después te conocí a ti y es a ti a quien amo. ¿Puedes creerme? Todo lo que hago es por nosotros, por nuestro casino, porque voy a formar una familia contigo y lo demás no importa. En cuanto su padre firme el contrato, terminaré con ella de una vez; esa mujer no significa nada para mí.

Levanté la vista y me encontré con su mirada.

—¿Y yo qué, Marco? ¿Y lo nuestro? Si la gente se enterara, ¿qué pensaría de nuestra relación? ¿Alguna vez pensaste en cómo me siento? ¿En qué me convierte todo esto, en tu amante, en un secreto del que te avergüenzas, o es que acaso ya terminamos?

Casi siete años no podían borrarse de la noche a la mañana. Me dije que me volvería implacable, que dejaría de importarme, pero una pequeña parte de mí todavía esperaba que algo entre nosotros hubiera sido real; que el hombre al que había amado no fuera un completo miserable.

Pero ya sabía qué era lo que no quería escuchar.

—¿Puedes hacer esto por mí, Anna? Por favor.

Siempre las mismas palabras. Cuando me escondía del mundo, me soltaba ese maldito ruego, y cuando me dejaba fuera de los tratos que yo misma había armado, me pedía que lo dejara pasar solo por él.

Y ahora, después de todo… después de las mentiras, la traición y la sangre, ¿tenía el descaro de pedirme eso? No dije nada, y al ver mi silencio, su sonrisa se fue apagando.

—Pensé que tú, más que nadie, me entendías —añadió, intentando sonar persuasivo—. Nada de lo que tenemos nos lo regalaron; nos lo ganamos y cada movimiento cuenta. Solo esta vez, Anna. Después del cumpleaños de Bianca, cuando el contrato esté firmado, terminaré con ella; a partir de ahí, será solo negocio.

Él tenía razón en una cosa: cada movimiento contaba, solo que había elegido jugar esta partida con la persona equivocada. Lo miré fijo durante un largo rato y, finalmente, asentí despacio.

Si esto era lo que querías, Marco… te lo concedería, pero después no vengas a arrepentirte.

—Está bien —le dije, forzando una sonrisa—. Solo esta vez.

Al escucharme, se le iluminó el rostro.

—Sabía que eras la mejor.

Por fin me soltó la mano, se agachó para recoger la bolsa y sacó el collar. Se puso detrás de mí y me lo abrochó en el cuello.

—Feliz séptimo aniversario, Adrianna Russo. Por muchos años más.

El frío metal sobre mi piel casi me asfixiaba. Ya no habría más aniversarios para nosotros, Marco, y mi nombre nunca había sido Adrianna Russo. En realidad, era Adrianna Conti.

—Nena, yo… —El celular le sonó en ese instante y contestó sin dudar.

Del otro lado de la línea llegó la voz temblorosa de una mujer.

—Por favor… tengo miedo. Te necesito. Ahora mismo.

Marco suavizó el tono.

—No te preocupes. Voy para allá.

Colgó y se volteó hacia mí.

—Es Bianca. Se metió en problemas en un club. No sabía a quién más llamar.

Aparté la mirada.

—Tengo que irme, nena. No me esperes despierta. —Tomó su chaqueta y salió corriendo.

Había estado a punto de decirle que se fuera. Después de todo… se suponía que yo tenía que entenderlo, ¿no? La puerta se cerró y el silencio volvió a apoderarse del cuarto. Me quité el collar y lo dejé caer de vuelta en la bolsa.

Todo en él me daba asco, desde su tacto y su voz hasta su sola presencia; me di la vuelta y regresé al clóset, pues todavía me quedaba mucho por hacer.

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