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Capítulo 3

Author: KarenW
POV de Adrianna

Faltaban tres días para la fiesta de cumpleaños. Todo en la casa estaba empacado o ya en la basura. No me preocupaba que Marco se enterara; casi nunca venía a casa.

Todavía me quedaban algunas cosas en el casino y, aunque no quería volver, no tuve otra opción. En cuanto entré, noté un ambiente extraño: el personal estaba reunido en pequeños grupos, murmurando entre ellos. Al acercarme, una chica que conocía me hizo señas para que fuera con ella.

—¡Adrianna! Por fin volviste, ¿dónde te habías metido?

—¿Qué pasa?

—El jefe está de vuelta.

Sabía que se refería a Marco. En ese momento, me dio un codazo y añadió:

—Ve a tu oficina antes de que te vea sin hacer nada.

Para todos en este lugar, yo no era más que su asistente y nada más. Negué con la cabeza y respondí:

—No me preocupa eso. En realidad… ya no voy a trabajar aquí.

Abrió los ojos de par en par, sorprendida.

—¿Y entonces a dónde te vas? Si el jefe te trata bastante bien y llevas más tiempo con él que cualquiera.

Sonreí apenas.

—Voy con mi familia.

—Pensé que tú eras… —Se contuvo.

Todos en este lugar conocían mi pasado porque él se había encargado de pregonarlo: yo era la huérfana que había recogido, la chica desamparada a la que supuestamente protegió.

—Hace poco encontré a mi verdadera familia y ahora…

—¿Qué familia?

Me giré. Marco estaba a unos pasos, con la mandíbula apretada.

—Nada —dije, como si no importara.

Dio un paso hacia mí, pero en ese mismo instante alguien se le colgó del brazo.

—Amor, ¿de qué están hablando?

Aunque había visto su rostro en todos los tabloides, era la primera vez que tenía a Bianca justo enfrente. Lucía unos rizos suaves, un delineado marcado y un vestido que se le ceñía al cuerpo lo justo para atraer todas las miradas.

La observé en silencio y ella hizo lo mismo, porque sabía perfectamente lo que yo significaba para Marco; por mi parte, no le quitaba los ojos de encima porque me moría de ganas de ver cómo se le borraba esa confianza en cuanto supiera la verdad.

—¿Quién es ella? —preguntó, sonriéndole a Marco, aunque no me quitaba la mirada de encima, burlona y filosa.

—Mi asistente. Adrianna. —respondió él, sin decepcionarme.

Marco me miró, casi suplicante, como pidiéndome que no hiciera una escena y lo aceptara. Bianca le tiró del brazo para llamar otra vez su atención.

—¿No me vas a presentar a todos?

La forma en que la miraba… esa dulzura en su rostro. Creí que ya había aceptado que él nunca me amó. Pero verlo así todavía dolía.

—Bianca Conti —dijo como si nada—, mi prometida.

Los murmullos se desataron.

—¿La heredera Conti?

—¿Nuestro jefe va a casarse con una Conti?

—Hacen una pareja perfecta.

Bianca me sostuvo la mirada y luego vino hacia mí.

—¿Adrianna? —dijo, sonriendo.

—Sí.

—He escuchado hablar de ti —añadió, ampliando su sonrisa, aunque sin un rastro de empatía; era un gesto despectivo, casi cortante—. Ahora que te conozco, tengo que admitirlo: no eres lo que esperaba.

Me recorrió con la mirada, haciéndolo despacio y con total intención.

—Demasiado corriente. Por cómo Marco te describía, pensé que serías más bonita.

No dije nada.

—No te molesta, ¿cierto? Soy muy directa. —Ladeó un poco la cabeza, sin dejar de sonreír—. Pero no lo digo como algo malo. Al menos ahora sé que no eres una amenaza. Podemos ser amigas, ¿no?

Amigas. Había subestimado lo arrogante que era Bianca, pero cuanto más alto está alguien, más dura es la caída.

Así que sonreí.

Por un instante se le tensó la cara; luego sonrió con altivez, se dio la vuelta y volvió a entrelazar su brazo con el de Marco. Él me miró por un breve momento, pero de inmediato regresó su atención hacia ella y le sonrió como si nada más importara.

—¿Es un anillo Cartier? —preguntó una empleada.

—Qué ingenua —añadió otra, restándole importancia—; esa joya vale muchísimo más que un Cartier.

—¿Cuándo es la boda, jefe? ¿Dónde la van a hacer?

Los murmullos a su alrededor no paraban y, poco a poco, algunos empezaron a centrarse en mí; fue entonces cuando noté las miradas despectivas, las muecas de burla y los dedos que me señalaban.

—¿Y tú creías que esa huérfana era la novia del jefe?

—Te lo dije. Nunca estuvo a su altura.

Huérfana. Había oído esa palabra tantas veces que ya casi parecía mi nombre.

No sé cómo soporté antes que murmuraran, que lo elogiaran como si fuera un hombre perfecto mientras yo no era más que la chica que recogió por lástima.

Sabía que no podía caer ahora, porque si me derrumbaba, les resultaría demasiado fácil a ellos y a Marco. Me di la vuelta y me alejé mientras sus voces se apagaban a mis espaldas.

***

No me detuve hasta llegar a mi oficina, la cual recordaba mucho más grande de lo que realmente era. Me acerqué al escritorio para tomar una hoja repleta con mis notas y planes, dándome cuenta de lo ingenua que había sido al creer que él era el indicado y que, juntos, estábamos construyendo algo real.

Rompí el papel por la mitad. Luego barrí todo lo que había sobre el escritorio; los papeles se desparramaron por el suelo.

Tomé el portarretrato en el que Marco y yo aparecíamos lado a lado, una de las pocas cosas que me había permitido conservar, y lo tiré a la basura.

Cayó con fuerza y el vidrio se rajó. Saltaron unas esquirlas que me rasparon la pierna. Me ardió. Pero no era nada comparado con lo que había pasado en los últimos días.

—¿Qué demonios pasó aquí? —Marco abrió la puerta de un empujón.

No me detuve; seguí arrojando papeles y carpetas al cesto.

—Solo estoy ordenando —respondí, y tiré otra pila al contenedor.

De inmediato, él rescató una de las carpetas para revisarla.

—¿Por qué tiras esto? Es el contrato de… Si haces esto porque Bianca está aquí, detente ya mismo. Ya te dije que tengo que…

Antes de que terminara, tomé la taza artesanal que me había regalado cuando acepté ayudarlo con su negocio y la tiré a la basura.

El objeto cayó con un golpe seco. Él clavó los ojos en la taza; la conocía a la perfección y sabía que yo la había guardado durante todos esos años. Y ahora, simplemente la había tirado a la basura.

Marco habló con dureza.

—Adrianna, la taza que te regalé...

Ya no soportaba estar en la misma habitación que él. Hasta respirar me parecía sofocante. Me dirigí a la puerta.

—Ya que estás aquí, te lo digo de una vez. Renuncio.

Marco me agarró de la muñeca y me tiró hacia atrás.

—¡Adrianna!

Intenté soltarme, pero me sujetaba demasiado fuerte. Dejé de forcejear y lo miré de frente.

—¿Qué?

—Ya te lo dije todo. ¿Qué significa todo esto?

La puerta se abrió. Bianca entró. En cuanto apareció, Marco me soltó y dio un paso atrás.

—¿Marco, qué pasa?

—Nada. Solo es mi asistente…

—Renuncio —lo interrumpí.

—No voy a permitirlo —sentenció él, cortante.

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