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Gané la Apuesta Final contra el Mafioso

Gané la Apuesta Final contra el Mafioso

By:  KarenWCompleted
Language: Spanish
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Marco Ross, mi novio a escondidas y la estrella en ascenso de la mafia neoyorquina, escondió un anillo en nuestra casa. Creí que era para mí. En lugar de eso, me llegó un video donde le pedía matrimonio a otra mujer, Bianca Conti, el día de nuestro aniversario. Esa misma noche, unos hombres enmascarados irrumpieron en mi casa, me encañonaron y me obligaron a llamar a Marco. Contestó una mujer: —Marco, te llama otra vez tu huerfanita. Luego escuché la voz tajante de él: —Ni te molestes, nena; esa es solo una huérfana que tiene suerte de ser tu sustituta, una callejera que tengo por ahí, una tipa que solo me sirve para calentarme la cama. Los hombres enmascarados me dispararon en el estómago y huyeron. Marco no sabía que yo era la verdadera heredera de los Conti. Bianca, a quien él tanto adoraba, no era más que una impostora. En su momento, me negué a llevar el apellido Conti por Marco, por miedo a que eso nos arruinara. Pero si yo nunca le importé, ¿por qué tendría que importarme él a mí? Llamé a mi padre: —Papá, vuelvo a casa, me hago cargo del negocio y acepto el acuerdo matrimonial, pero Bianca tiene que irse.

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Chapter 1

Capítulo 1

POV de Adrianna

En nuestro aniversario, escuché a Marco Ross, mi novio secreto y un peligroso mafioso, llamarme una sustituta callejera mientras le proponía matrimonio a otra mujer. Bianca, la supuesta heredera de los Conti.

Ese mismo día, él ignoró mis llamadas de auxilio cuando unos hombres enmascarados irrumpieron en mi casa; me dispararon y me arrebataron a nuestro bebé.

Lo que nadie sabía era que la verdadera heredera Conti era yo, y que la Bianca que él eligió no era más que una impostora. Así que hice una sola llamada. Volvería a casa para recuperarlo todo. En cuanto a Marco y Bianca… que se pudran en el infierno.

Todavía me temblaba la voz.

—Papá, voy a volver a casa para asumir el apellido Conti como corresponde, pero quiero a esa farsante de Bianca fuera.

Esperaba que Enzo Conti, mi padre biológico y jefe de la familia Conti, se negara. Después de todo, Bianca había sido su hija durante casi veinticinco años. Apenas hacía seis meses que se había enterado de la verdad. Supo que ella era una impostora y me encontró a mí, su verdadera hija.

Sin embargo, mi padre respondió con un tono pausado, pero firme:

—Me habría deshecho de ella aunque no me lo hubieras pedido. Te perdí todos estos años por culpa de su madre. Si no me hubieras detenido, ya las habría matado a las dos.

La madre de Bianca era una de las enfermeras que atendían a la mía en el hospital y dio a luz un mes antes de que yo naciera; quizá por codicia, o tal vez por puro cálculo, decidió cambiarnos.

¿Y después de eso? Ni siquiera se quedó conmigo. Me abandonó en un orfanato ruinoso, seguramente con la esperanza de que muriera ahí, para que la verdad quedara enterrada para siempre.

—Anna —dijo papá con dulzura—, te doy mi palabra. Nadie volverá a lastimarte jamás. Nadie volverá a humillarte, hacerte pasar hambre ni aprovecharse de ti. Haré desaparecer a cualquiera que se atreva a molestarte.

Si tan solo supiera que acababa de presenciar cómo me engañaba el novio con el que llevaba casi siete años, y precisamente con esa impostora. No, definitivamente no era el momento de contárselo todo.

Los destruiría por mí, pero yo quería hacerlo con mis propias manos.

—Papá… sobre ese compromiso. Quiero conocer al hombre con quien me comprometiste cuando era una bebé.

—¿Ya terminaste con ese novio tuyo? —preguntó.

Él sabía lo de Marco. Ya le había dicho que él era la razón por la que dudaba en asumir el apellido Conti. Marco no venía de una familia poderosa, y yo temía que reclamar mi lugar destruyera lo que teníamos.

—Sé que invertiste dinero en su casino después de que te hablé de él, pero ya no es necesario que lo hagas; terminé con ese asunto.

Papá guardó silencio unos segundos.

—Está bien. Pero, sobre ese compromiso… no tienes que seguir adelante si no quieres.

—Quiero hacerlo —dije en voz baja—. Confío en tu criterio. Y lo digo en serio, quiero ayudar con el negocio de la familia.

Al otro lado de la línea se produjo una pausa por un instante.

—Está bien. Pero tu cumpleaños es en dos semanas, ¿qué te parece si anunciamos tu regreso en tu fiesta? Invitaré a todos, incluida Bianca. Después podemos hablar de tu encuentro con él.

Pensé en Marco, en Bianca, en la cara que pondrían cuando se dieran cuenta de que yo era la verdadera heredera Conti.

—Me leíste la mente, papá.

Cuando terminó la llamada, tocaron a mi puerta.

—Señorita, le traen flores.

Me quedé confundida. Nadie de mi entorno sabía que estaba en el hospital, así que ¿quién me mandaría flores? Tomé el ramo.

Eran rosas, y claramente no eran flores para una paciente. Dentro había una tarjeta. “¿Qué tal te sentó esa bala? Aléjate de mi hombre. La próxima vez te atraviesa la cabeza. Besos, B”.

Así que la emboscada no fue casualidad.

Así que la emboscada no había sido una casualidad; Bianca la había planeado. ¿Para asustarme? ¿Para obligarme a llamar a Marco? No era casualidad que él hubiera contestado. Ella quería que escuchara sus confesiones repugnantes y oyera cómo me destrozaba mientras la idolatraba a ella.

Por si eso fuera poco, el dolor volvió de golpe, agudo y asfixiante, trayendo consigo el recuerdo de los hombres enmascarados, la pistola y el momento exacto del disparo.

Me habían disparado en el vientre, y mi mano se dirigió allí por puro instinto. Hasta el día anterior, un bebé crecía en mi interior; ni siquiera sabía que estaba embarazada hasta que fue demasiado tarde. Llevada por la angustia, apreté el ramo con tanta fuerza que las espinas se me clavaron en la piel.

Tomé el celular y llamé a Mary, la asistente de la familia Conti.

—Estoy en el hospital —dije con voz firme a pesar de todo—. Unos hombres irrumpieron en mi casa y me dispararon.

—Señorita Conti, ¿está bien…?

—Necesito saberlo todo sobre Bianca y cualquier relación que tenga con esto. Y no le digas nada a papá todavía.

Bianca podía acostarse con quien quisiera, pero lastimarme y matar a mi hijo ya era un asunto completamente distinto; me aseguraría de que pagara por esto de la forma más dolorosa posible. En ese instante, el celular volvió a vibrar.

Marco: “Perdón, nena. No contesté tu llamada y me perdí nuestra cena de aniversario porque estaba en una reunión con un capo importante. Vuelve a casa para que podamos hablar, ¿sí?”

¿Una reunión? ¡Qué excusa más patética! Debajo del texto de Marco estaba el mensaje anónimo con el video de su propuesta de matrimonio. Dudé un momento antes de abrirlo.

El video se reprodujo otra vez.

Los recuerdos de la noche anterior volvieron a mí de golpe; era nuestro aniversario y, desde que encontré el anillo en el clóset, había estado esperando ese día con la total certeza de que por fin me pediría matrimonio.

En cambio, Marco estaba arrodillado frente a Bianca, la famosa heredera de los Conti.

—Te he esperado toda mi vida, Bianca —dijo con voz clara y firme—. Nunca pensé que podría amar tanto a alguien. Me pediste que esperara siete años y lo hice. Ahora, ¿te casarías conmigo?

Esas palabras me cortaron como una navaja. La noche anterior no había asimilado el verdadero peso de su confesión, pues verlo arrodillado pidiéndole matrimonio a otra ya lo había destrozado todo, pero ahora las oía con total claridad.

No se trataba simplemente de que Marco me hubiera traicionado, sino de algo mucho peor: nunca me amó; había estado esperando a Bianca desde el principio.

Entonces, ¿qué fueron nuestros siete años, Marco? Me di cuenta de que esa pregunta ni siquiera necesitaba respuesta. Se me escapó una risa amarga mientras las lágrimas me nublaban la vista.

Las palabras exactas de Marco en aquella llamada: “Ni te molestes, nena; esa es solo una huérfana que tiene suerte de ser tu sustituta, una callejera que tengo por ahí, una tipa que solo me sirve para calentarme la cama”.

El dolor me palpitó con fuerza en el abdomen y me devolvió a la realidad.

Puede que alguna vez haya sido huérfana, pero ya no. Y Marco no tenía idea de que Bianca, por quien tanto había luchado, era una impostora. En sus propias palabras… la callejera era ella, no yo.

No detuve el video. Su voz seguía sonando en la habitación.

Frente a mí, el Marco que alguna vez conocí, el que me miraba con dulzura, me tomaba de la mano y me prometía que nunca estaría sola, se desvaneció; en su lugar quedó el hombre arrodillado ante otra mujer, el mismo que me llamaba apenas una huérfana que tenía suerte de ser un reemplazo, una callejera que solo le servía para calentarle la cama.

Todo fue una mentira, Marco; lo nuestro no fue más que un engaño.

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