LOGINNeriah
El despertar fue brutal. El sol apenas filtraba a través de las pesadas cortinas de mi habitación, y, sin embargo, me deslumbraba. Como si la luz misma quisiera arrancarme de ese sueño ardiente que me había atormentado toda la noche.
Me quedé un instante inmóvil, la respiración entrecortada, el cuerpo aún marcado por esa fiebre sorda, esa mezcla de exaltación y miedo que no quería apagarse. La vela consumida la noche anterior dejaba tras de sí un tenue olor a cera derretida, casi reconfortante en ese silencio opresor.
Me incorporé, los músculos aún entumecidos, y deslicé mis pies descalzos sobre el frío parquet. Cada paso resonaba en la habitación, un eco perturbador, como si el mundo real intentara imponerse brutalmente.
El ritual matutino fue mecánico, casi automático. Me dirigí al baño, donde el espejo reflejó a una mujer cansada pero decidida. El contorno de mis ojos delataba las noches demasiado cortas, la línea fina de mi frente parecía surcada por preocupaciones invisibles. El reflejo de una guerrera enmascarada por el agotamiento.
Dejé que el agua hirviente resbalara sobre mi piel, el chorro rodando por mis hombros tensos, hasta disolver lentamente los últimos vestigios de la noche. Este calor penetrante despertaba mis sentidos adormecidos, apaciguaba la fiebre sorda que rugía en mí. Cerré los ojos un instante, permitiéndome un breve respiro antes de volver a sumergirme en el tumulto.
Luego me vestí con la precisión de una armadura: traje negro perfectamente cortado, camisa blanca inmaculada, zapatos de cuero pulido. Cada detalle contaba, cada pieza era una herramienta de control en este mundo de apariencias y poder. La tela deslizándose sobre mi piel tenía una frialdad casi reconfortante, como una barrera protectora.
En la cocina, el olor del café negro me atrapó, amargo y fuerte, una necesidad para dominar ese fuego interior. Preparé mi desayuno en silencio, una rutina casi ritual: tostadas, un poco de miel, una pizca de sal sobre un tomate maduro. Nada que pudiera perturbar la calma aparente. Todo estaba calculado, controlado.
El teléfono vibró sobre la mesa baja, las primeras alertas del día aparecieron: reuniones, decisiones que tomar, crisis que desactivar. Cada mensaje parecía un golpe de martillo sobre el frágil equilibrio que intentaba mantener. El peso de las responsabilidades me golpeaba de lleno.
Tomé mi bolso, metí mi carpeta, mis notas, y salí del apartamento. La puerta se cerró tras de mí con un golpe seco, sellando un poco más el mundo de restricciones que me esperaba. El ruido de los pasos rápidos en el vestíbulo, el ascensor que chirriaba suavemente, todo me devolvía a la realidad.
En la calle, el tumulto de la ciudad me engullía. Los rostros apresurados, los coches que tocan la bocina, el bullicio incesante: era el teatro en el que debía interpretar mi papel. Inspiré profundamente, intentando calmar ese temblor interno.
En la oficina, las paredes de vidrio reflejaban la agitación exterior, un recordatorio constante de que nada me era ajeno. Los colaboradores desfilaban, algunos con sonrisas forzadas, otros con miradas penetrantes, tratando de evaluarme, de adivinar mis debilidades.
Cada llamada telefónica era una batalla, cada negociación un duelo silencioso. Pero a veces, en medio de esos intercambios formales, mi mente se escapaba, regresando a ese rostro, a esa mirada intensa que había trastornado mis certezas. Ese fuego, esa perturbación, que no quería apagarse.
Liam
El despertador sonó con una brutalidad familiar, cortando el silencio de la habitación espaciosa y minimalista. Me quedé un instante inmóvil, la cabeza pesada por pensamientos tumultuosos. El peso de la víspera y de los días pasados pesaba mucho sobre mis hombros.
En el baño, el espejo me devolvió la imagen de un hombre marcado, pero sólido. El hombre que debía ser, dueño de sus emociones, inquebrantable ante las tormentas interiores que amenazaban con abrumarme.
Bajo la ducha, el agua helada azotaba mi piel como una bofetada salutífera, despertando cada fibra de mi cuerpo. Este ritual diario me ayudaba a reenfocarme, a forzar la calma en este caos latente. No había lugar para la debilidad. Cada mañana, ese frío mordiente era un desafío, una lucha silenciosa por mantener el control.
Me vestí rápidamente con mi uniforme: camisa negra impecable, pantalón de traje oscuro, corbata anudada con cuidado. Una armadura de apariencia fría para ocultar el tumulto que rugía en mi interior.
En la cocina, el café negro y amargo, espeso como un remedio, me daba la fuerza para enfrentar el día. El teléfono vibró de inmediato, mostrando una cascada de mensajes, recordatorios, crisis que gestionar. Los informes urgentes se acumulaban, cada información añadiendo peso sobre mis hombros ya cargados.
Dirigí mi mirada a la ventana, a la ciudad aún adormecida. Abajo, las calles comenzaban a animarse, llevando consigo la promesa de un día tan implacable como el anterior.
Tomé una profunda respiración, una última mirada a mi reflejo, como si de ahí pudiera extraer la fuerza para aguantar.
Cada decisión venidera sería una elección entre destrucción y conquista, cada minuto un paso más hacia un futuro incierto.
Tomé mis llaves, cerré la puerta tras de mí, y luego me uní a la frenética carrera del poder.
Las horas se deslizaban, implacables.
Neriah y Liam, cada uno a la cabeza de sus respectivos imperios, cargaban con una carga invisible, pero palpable. Maniobraban con cuidado, utilizando una fría estrategia, buscando preservar el frágil equilibrio que habían construido.
En la oficina, Neriah soportaba los embates: colaboradores ambiciosos, socios impredecibles, mercados inestables. Su mirada escrutaba cada detalle, su voz cortante imponía su voluntad. Pero detrás de esa máscara de autoridad, su mente a veces vacilaba, desgarrada entre lo que debía ser y lo que quería ser. La imagen de Liam, la quemadura secreta que los unía, volvía a atormentar sus pensamientos como un estribillo obsesivo.
Liam, por su parte, hacía malabares con las alianzas políticas, las traiciones furtivas, los desafíos financieros que definían su poder. Detrás de su fachada impasible, se libraba una lucha íntima. El peso del control, la exigencia constante, todo eso erosionaba sus certezas. Y, sin embargo, esa quemadura en el fondo de su pecho era una llama alimentada por una promesa, una tensión invisible que no podía ignorar.
Los días se sucedían, marcados por el poder y la necesidad de nunca flaquear. Pero bajo esta superficie helada, el fuego secreto crecía, listo para consumir todo a su paso.
El peso del día pesaba mucho. Las cenizas del silencio, por su parte, aún ardían.
El día apenas comenzaba, pero ya el destino se infiltraba en cada decisión, cada aliento, cada mirada.
NeriahSiento mis manos arder, no como un calor de fiebre, sino como si el aire mismo se hubiera transformado en metal fundido y quisiera hundirse en mi piel, colonizar mis venas, estallar mis huesos, y cuanto más aprieto a Liam contra mí, más siento ese fuego trepar, enrollarse, morder mi carne desde dentro. Su aliento quebrado golpea contra mi cuello, cada inspiración entrecortada me atraviesa como una cuchilla desafilada, sus dedos se crispan en mi cintura, sus garras a medio replegar se aferran a mi piel, y sé que no solo me retiene: se aferra para sobrevivir. Y sin embargo, en su debilidad, aún murmura una fuerza, como si su miedo me alimentara.Kael lo siente, Kael lo sabe. Sus ojos dorados se entrecierran, un brillo felino y salvaje late en sus pupilas, su respiración se vuelve jadeante, cada aliento arrancado de su garganta como un gruñido a punto de estallar. Sus colmillos brillan bajo la luz crepitante de la barrera, un destello animal, húmedo, insoportable. Su voz escapa ro
NeriahEl silencio no se sostiene, late, vibra, se resquebraja como una piel demasiado tensa bajo el calor, y detrás de él ya siento la rabia de Kael enrollarse, viva, lista para estallar. Sus músculos tensos contra la onda invisible de su madre parecen cuerdas a punto de romperse, sus venas hinchadas laten bajo su piel, su aliento es una cuchilla que desgarra el aire. No retrocede del todo, se dobla, espera, acecha.Liam gime contra mí, su mano tiembla en mi cintura, respira a sacudidas, su pecho sacudido por espasmos dolorosos, pero se aferra. Siento sus garras casi convertidas de nuevo en dedos hundirse en mi piel, como si temiera que yo desapareciera. Su calor contra mi pecho es lo único que aún me mantiene en pie.Kael alza los ojos hacia su madre, y en esa mirada veo un odio casi puro, ardiente, y una herida más antigua, más profunda, que hace temblar sus labios.—¿Crees que podrás retenerme eternamente? ¿Crees que podrás quebrarme como a él?Su voz es un gruñido sordo, casi un
NeriahKael avanza; cada paso resuena como un martillazo en mis sienes. La piedra vibra bajo sus pies como si el suelo mismo cediera a su rabia. Sus hombros, hinchados por la furia; sus puños, tan apretados que los nudillos se le vuelven blancos; y sus ojos, de un oro demente, me clavan como dos cuchillos a punto de hendirme. Ya no respira: resopla, ruge, y cada aliento es una advertencia.Liam, contra mí, intenta incorporarse. Sus músculos aún tiemblan, sus dedos ganchudos, que se desmoronan en dedos de hombre, me aprietan la piel con una fuerza desesperada. Su pecho, agitado a sacudidas, choca con mi hombro; su aliento me quema la nuca, pero insiste, forcejea, y su voz ronca estalla como una brasa bajo la lluvia.—Como le pongas un dedo encima… Kael…Su hermano suelta una carcajada, una risa negra, agrietada, que ya no tiene nada de humana, un destello de desprecio que desgarra la noche.—¿Tú? ¿Otra vez amenazándome? Mírate. Te mantienes en pie porque ella te impide pudrirte, respir
NahiaSalgo con un movimiento brusco, casi instintivo, sin pensar, sin siquiera darme la vuelta. El aire de la habitación me quema los pulmones, mis pies descalzos resbalan a medias sobre el parqué, y el latido de mi corazón cubre todo lo demás, incluso la lluvia, incluso las voces que quizá intentan llamarme. No quiero oírlas. Ahora no. A ellos no.—¿Adónde crees que vas así? —dice uno de los dos.—Acabarás por pertenecernos, querida.Los oigo reír a mi espalda.Corro por el pasillo como si la propia casa quisiera retenerme, cada puerta me roza, cada sombra se alarga a mi paso, y cuando encuentro una habitación al azar, la primera cuyo pomo cede bajo mis dedos temblorosos, me arrojo dentro y cierro la puerta de golpe.El ruido seco resuena en mis sienes.Giro la llave dos veces, con un gesto torpe, rápido, y me apoyo contra la madera fría, jadeante. El silencio vuelve a caer brutalmente a mi alrededor, espeso, casi pesado. Solo la lluvia continúa, fuera, golpeando el mundo como para
NahiaMe quedo sentada en el borde de la cama, las sábanas tibias y arrugadas bajo mis manos, y siento la humedad de la habitación mezclarse con mi propio nerviosismo. Cada crujido del suelo resuena como un tambor en mi pecho, cada respiración de la casa me parece exagerada, como si contuviera el aliento para no revelar lo que aún ignoro. La lluvia tamborilea contra los cristales y se cuela en pequeñas gotas por las rendijas del marco, y adivino, tras ese telón de agua, la ciudad temblando bajo la misma tormenta.Me arrodillo un instante para deslizar las manos bajo mis rodillas, como para contener el torrente de preguntas que aflora: ¿adónde han ido? ¿Por qué este silencio? ¿Y cuándo volverán? Un miedo fino pero tenaz se aferra a mí, el de un contacto demasiado cercano, demasiado súbito, que podría engullirme si no me preparo.Un ruido casi imperceptible me sobresalta. La puerta de entrada se cierra levemente. El corazón se me encoge, el estómago se me anuda. Han vuelto. La reticenci
LioraLo intentamos todo: regateamos el aire, ofrecemos respuestas huecas, argumentamos mentiras, Maya se venda la calma, habla bajo, raciona las palabras como si cada sílaba pudiera salvar una vida.—Se marcharán con lo que quieren —dice, y hay en su frase un espesor que tiene tanto de resignación como de desafío, pero Sombre y Ténèbre no escuchan las promesas fáciles, vienen a por otra cosa, vienen a marcar, a recordar que existen líneas que no se cruzan sin que el mundo pague el precio.Cuando Sombre se inclina hacia Liora, es la ternura lo que hiela la sangre, no hay brutalidad gratuita, solo una demostración controlada, sabe exactamente hasta dónde llegar para que el deseo de resistirse se atasque, y Liora muerde, pellizca, se agarra, y sin embargo la mano que la sujeta no tiembla, la mantiene como se encierra una llama para que no consuma todo alrededor, oigo chirriar sus dientes, oigo su aliento que se retuerce, y comprendo que la violencia de los gemelos no es más simple que u







