INICIAR SESIÓNLos nahuales nacen con la marca de un espíritu animal que los guía, protege o consume. Hace milenios dejaron las sombras y ahora ocupan lugares privilegiados en la sociedad. Maximiliano Lavalle, heredero del Clan Jaguar, es un político ambicioso. Verónica Anchorena, hija del líder del Clan Águila, es mitad humana, libre y combativa. Él, presionado por el poder, la secuestra para ganar las elecciones. Pero el encierro da paso a algo inesperado. Dos mundos enfrentados, dos almas marcadas, un vínculo imposible. El amor nace donde no debería y amenaza con romper todas las reglas. Pero amar, para ellos, será una guerra.
Ver másEl otro Líder de Clan que sabía lo mismo era el Jaguar Lavalle.Hipólito podía utilizar su influencia, el respeto que inspiraba en otros Lobos, pero no pudo despistar del todo a los hombres de Eduardo.Algo lo carcomía por dentro, no solo la vergüenza, la derrota electoral que se avecinaba…—¿Cuándo crees que se buen momento para fijar la fecha de la boda? —preguntó su esposa.—No lo sé…—Mercedes no pareceestar muy contenta con tu hijo, Eduardo.—Ya veo…—Debe seguir con sus aventuras con esas mujerzuelas.No, no era una mujerzuela, hubiera sido demasiado fácil. Era muchísimo peor. Sintió como el estomago se le hacía un bollo.—¿Me estas escuchando?—Si. Decídelo tú con Mercedes y su familia.—Esto es importante.—¿Crees que no lo sé?A esa hora la joven Anchorena ya debería estar en la casa de Hampton, viéndose con él. No se sorprendió cuando le dijeron como Hipólito logró sacarla de su casa y despegarse del guardaespaldas. Solo se preguntaba, ¿cómo era posible que el Lobo se prest
A la madre de Verónica se le aflojaron las piernas. ¿Otra vez? ¿Para que tanta seguridad? ¡Para nada!—¿Cómo que desapareció otra vez, Jerónimo?—Si, no está. Fueron a un taller… ¿Qué taller? ¿A qué?—¿Cómo voy a saberlo? —gritó —¡El auto de nuestra hija está en el garaje hace no sé cuánto!Algo estaba al revés, Jerónimo se dio cuenta.—Cálmate. Ya envíe gente para que la busque, llamaron a la policía.—¡Esos inútiles no pudieron encontrarla la última vez!El Clan entero volvió a alborotarse. La casa volvió a convertirse en un hormiguero de gente. Pero Anchorena estaba demasiado calmado, como si pudiera oler que algo no encajaba.Mientras todos estaban desesperados y tratando de contener a la madre de Verónica, él subió de nuevo a su cuarto. ¿Qué era lo que estaba mal? Observó las fotografías, los libros en la mesa de noche, el vestido de la gala, arruinado, colgando de una percha.Durante esa fiesta desapareció también por unos momentos. Volvió disfrazada de vagabunda, con una sonris
Ramírez estacionó frente al taller y bajó primero, mirando alrededor. El lugar parecía normal: autos desarmados, herramientas, olor a aceite y metal. Un hombre mayor salió limpiándose las manos con un trapo.—¿Señorita Anchorena?—Sí.—Pase por aquí, los papeles están en la oficina.Ramírez la siguió, la mano cerca de la pistola bajo la chaqueta. La oficina era pequeña, con un escritorio lleno de facturas y un calendario viejo colgado en la pared.—Siéntese, por favor. Los papeles están en el archivo, ya vuelvo.El hombre salió y cerró la puerta. Verónica se sentó en la silla de plástico, nerviosa. Ramírez se quedó parado junto a la puerta, vigilando.Pasaron cinco minutos. Diez.—¿Dónde está? —murmuró Ramírez, yendo hacia la puerta.La abrió y miró hacia el taller. Vacío. No había nadie.—Señorita, tenemos que irnos. Ahora.Pero cuando se dio vuelta, Verónica ya no estaba en la silla. La ventana de la oficina estaba abierta y ella había desaparecido.—¡Mierda! —gritó, sacando la radi
El papel se arrugó en su puño mientras fingía arreglarse el abrigo. Martín seguía ahí, a su lado, esperando que los autos llegaran. No dejaba de mirarla.—¿Estás bien? Te noto rara.—Estoy bien.No estaba bien. Tenía el corazón acelerado y las mejillas calientes. Cada vez que respiraba, todavía podía sentir el olor de Maximiliano en su ropa, en su piel.Mercedes no se separaba de él. Le hablaba al oído, le tocaba el brazo, se reía con esa risa falsa que usaba cuando había gente mirando. Maximiliano asentía, respondía lo mínimo necesario, pero Verónica notó que tenía las manos en los bolsillos, tensas.—El auto ya llegó —dijo Martín, tomándola del brazo.Antes de subir, se dio vuelta. Maximiliano la estaba mirando. Solo por un segundo, pero fue suficiente. Esa mirada le dijo todo lo que no podían decirse con palabras.El viaje hasta su casa fue eterno. Martín hablaba de la cena, de la gente que había conocido, de lo elegante que se veía. Ella asentía sin escuchar, con la cabeza apoyada












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