LOGINEn el distrito de Sarıyer, en la zona de Zekeriyaköy, no era nada nuevo ver a familias de la alta sociedad pasar sus vacaciones en sus fincas o villas. Propiedades que podían estar completamente deshabitadas por meses y cobrar vida en ciertas estaciones del año.
Ciro, que había regresado del aeropuerto, descansaba en el jardín de su villa privada escuchando el sonido del bosque que lo rodeaba, repitiendo una y otra vez en su memoria el ligero temblor de su objetivo. —No tienes ni idea de lo que te espera —murmuró a la nada con un tono peligroso. —¡Walter! —Sí, señor. —Informa a Öztürk que tengo treinta minutos para escuchar su propuesta. The Grand Tarabya Hotel, 2:00 p. m. —Enseguida. —¿Paul? —A su orden. —Que la lancha rápida esté lista para mi retorno. —Entendido. No había tiempo que perder, sino hilos que mover. En el distrito de Maslak, Arkan vio su teléfono vibrar y el número que figuraba en la pantalla. Dejó que sonara un segundo más y atendió. La voz tras la línea fue directa: —El señor Von Seidl tiene treinta minutos. The Grand Tarabya Hotel, 2:00 p. m. —Ahí estaré —finalizó la llamada. —¿Tienes una reunión? —preguntó su esposa levantándose del sillón—. ¿Por qué dudaste para responder? —Ya estaba cancelada, pero ahora parecen estar interesados. —No sueles aceptar desplantes. ¿Qué ha cambiado? —le recordó Lale. —Es una inquietud; siento que podría beneficiarnos. —¿Entonces dejamos el almuerzo para otro día? —No, mujer. Recuerdo que querías despejarte un poco. Tarabya tiene un espacio abierto, puedes aprovechar el tiempo mientras me esperas. Te va a encantar. —Tus reuniones no suelen ser divertidas, pero acepto. Me caerá bien un cambio de ambiente. —Si gustas, podríamos quedarnos allí esta noche. —Ya veremos —respondió Lale con calma. De Maslak a Tarabya el trayecto requirió subir hacia la costa norte de Sarıyer. En el asiento trasero del auto, Arkan no quitaba la mirada de la ventana, sumido en una intriga atípica en él. Lale notaba la rigidez de su esposo; la llamada lo había dejado descolocado. El vehículo se detuvo frente a The Grand Tarabya Hotel, una imponente estructura a orillas del Bósforo. Como aún faltaban 45 minutos para las dos de la tarde, se acomodaron en la terraza al aire libre a pedir algo de comer. Faltando poco para la hora, Arkan se puso de pie y se ajustó el saco. —Voy a subir a los salones VIP. Él prefiere la absoluta privacidad. Quédate aquí, no tardaré. —Está bien —asintió Lale. A solas, Lale se colocó sus lentes de sol oscuros para disfrutar de la brisa marina. Siempre había sido una mujer observadora y práctica. Minutos después, un sedán negro escoltado se detuvo en la entrada. Lale giró la cara con curiosidad. De la puerta trasera bajó un joven alto, de traje impecable y cabello rubio, que caminó a paso firme hacia la entrada. Lale se quedó inmóvil tras sus lentes oscuros. Ver la espalda de ese hombre le provocó un repentino déjà vu. Algo en su porte le recordó a alguien del pasado. —¿Quién es ese joven? —murmuró para sí misma mientras lo veía desaparecer por las puertas del hotel. En la planta ejecutiva, Arkan esperaba de pie cerca de la ventana del salón VIP. Las puertas dobles se abrieron y Ciro entró, acompañado por Walter. —Señor Öztürk —saludó Ciro con voz fría, sin extender la mano—. Tiene veintiocho minutos. Arkan borró la ligera molestia de su rostro y fue directo al grano: —Señor Von Seidl, iré al punto. Sé que renovó el contrato de su flota con los Köksal esta mañana, pero también sé que la capacidad de sus astilleros está al límite. Nosotros podemos ofrecerle mejores tarifas de mantenimiento y logística exclusiva. Ciro esbozó una sonrisa helada, sirviéndose un vaso de agua en el aparador. —¿Cree que vine a escuchar ofertas de descuento, Öztürk? Si renové con Aras Köksal es porque su producto en calidad supera al suyo. ¿Qué tienes para ofrecerme tú? Arkan frunció el ceño, dando un paso adelante. —Entonces no entiendo para qué me citó. —Pensé que podría sorprenderme con su acero especial, sé que está buscando una rendija para lanzarlo al mercado —Ciro lo miró fijamente a los ojos—. Y yo estoy dispuesto a darle esa rendija. Arkan se quedó en silencio, recalculando de inmediato la jugada. —Es una aleación nueva, no está diseñada para su tipo de flota. —No es para mi astillero, lo quiero para la nueva industria automotriz. Arkan se quedó completamente desarmado. Sus cálculos iniciales sobre ofrecer descuentos o competir por los contratos navales quedaron reducidos a nada en cuestión de segundos. Este joven no solo manejaba información confidencial sobre la aleación ligera que el equipo de desarrollo de Öztürk había estado protegiendo en secreto, sino que comprendía el mercado con una visión despiadada. —Tiene quince minutos, escucho sus propios términos generales —presionó el austriaco. Fijó completamente su atención, dejando que el hombre hablara e interviniendo solo en lo necesario. Tras diez minutos de intercambio verbal... —Acepto los términos generales —dijo Arkan finalmente, asintiendo con firmeza—. Pero los detalles legales y las cláusulas de distribución las discutiremos con nuestros equipos en una mesa formal. —Cosas de rutina —respondió Ciro, acomodándose el puño del saco—. Mis abogados le enviarán el borrador del acuerdo y el precontrato mañana a primera hora. Si la revisión es satisfactoria, cerraremos el pacto este viernes. Ciro hizo una leve inclinación de cabeza, sin dar espacio para más palabras. —Se le acabó el tiempo, Öztürk. Que tenga una buena tarde. Sin esperar respuesta, Ciro se giró y caminó a paso firme hacia la salida del salón VIP, seguido de cerca por Walter. Bajó hacia la terraza abierta del hotel en dirección a la zona de embarcaderos, con los lentes de sol oscuros puestos. Sentada a unos metros, revisando los diseños de su equipo, Lale volvió a fijar su mirada en el hombre que se acercaba. La silueta, la postura, la forma de caminar... todo en ese joven le recordaba a alguien. ¿Pero a quién? Al sentir la mirada insistente sobre él, Ciro se detuvo a solo cinco metros de su mesa. Con un movimiento pausado y calculated, se quitó los lentes de sol y giró la cara directamente hacia Lale. Sus miradas se cruzaron en seco. Ciro sostuvo la mirada un segundo con una levedad casi burlona, sabiendo exactamente quién era ella, antes de colocarse los lentes de nuevo y continuar su camino hacia la marina. A Lale se le congeló la sangre. El pulso se le aceleró en el pecho. —No... Esto no puede estar pasando —murmuró para sí misma, aferrándose al borde de la mesa. En ese instante, Arkan cruzó las puertas de cristal del vestíbulo y caminó hacia ella con paso firme. Lale miró a su esposo y luego hacia el embarcadero, donde la lancha rápida de Ciro encendía los motores. —No, Lale, las casualidades no existen —murmuró.En el distrito de Sarıyer, en la zona de Zekeriyaköy, no era nada nuevo ver a familias de la alta sociedad pasar sus vacaciones en sus fincas o villas. Propiedades que podían estar completamente deshabitadas por meses y cobrar vida en ciertas estaciones del año. Ciro, que había regresado del aeropuerto, descansaba en el jardín de su villa privada escuchando el sonido del bosque que lo rodeaba, repitiendo una y otra vez en su memoria el ligero temblor de su objetivo. —No tienes ni idea de lo que te espera —murmuró a la nada con un tono peligroso. —¡Walter! —Sí, señor. —Informa a Öztürk que tengo treinta minutos para escuchar su propuesta. The Grand Tarabya Hotel, 2:00 p. m. —Enseguida. —¿Paul? —A su orden. —Que la lancha rápida esté lista para mi retorno. —Entendido. No había tiempo que perder, sino hilos que mover. En el distrito de Maslak, Arkan vio su teléfono vibrar y el número que figuraba en la pantalla. Dejó que sonara un segundo más y atendió
A varios kilómetros del centro financiero, la dinámica dentro del auto era completamente diferente. Elif no dejaba de mover sus piernas cruzadas, debatiéndose entre preguntarle a su madre por aquel hombre o soltar de una vez el resultado de su examen para aplicar por una carrera no convencional en un área diferente. —Mamá —tanteó el terreno un poco nerviosa, bajando el volumen de la música. —Dime —respondió Melani. —No creo que estudiar finanzas realmente sea para mí. Su madre escuchó, apenas se giró para verla y no dijo nada; esperó a que continuara. —Digo... no soy tonta. Papá está preparando a mi hermano para asumir la empresa en el futuro, ¿y qué hay de mí? Me hace estudiar una carrera que al final no voy a poder ejercer. Mi abuela también lo dice... —Elif —interrumpió Melani, aparcando el auto frente a una tienda de moda y dándole toda su atención—, ¿qué es lo que te preocupa realmente? ¿Quieres que tu padre te nombre a ti como su sucesora? —Es lo que me cor
No hubo palabras. Ni un saludo, ni un gesto de cortesía corporativa. Ciro no era de improvisar; optó por lo único seguro: desvió la mirada y continuó su camino hacia el ascensor privado sin mirar atrás. Su mente era un torbellino de desconcierto; necesitaba desaparecer de ahí antes de que esa variable imprevista terminara de dinamitar sus planes. A pocos metros, Elif se quedó completamente paralizada. El impacto de tener frente a frente a ese joven de ojos azules —un depredador con una belleza tan oscura como magnética— la dejó sin aliento. El hecho de que él la hubiera ignorado por completo, pasando de largo como si fuera una sombra molesta, lejos de repelerla, encendió una chispa de curiosidad rabiosa y desconcierto. ¿Quién demonios se creía para ignorarla de esa manera? Antes de que pudiera procesar la avalancha de sensaciones, el eco de unos pasos pesados resonando por el pasillo la sacó del trance. Creyendo que se trataba de su padre y temiendo una reprimenda por seguir vag
—La junta solo estará para aprobar mi decisión. No permitiré objeciones de minoría. —Muy bien. Tienes mi respaldo. Pero no olvides que se debe caminar antes de correr —aconsejó el anciano. —No sé lo que es eso. ¿Alguna vez me lo permitiste, abuelo? El silencio del estudio llenó el ambiente de forma incómoda. El patriarca carraspeó ignorando la pregunta, se levantó con dificultad y abandonó la habitación. Ciro lo siguió con la mirada. ¿Por qué sigues esperando lo que no hay? se preguntó apretando el puño. Ni una palabra de cariño había recibido de parte de él a lo largo de los veinte años, solo un asentimiento de aprobación por superar cada reto enmascarado como educación. Un hombre con muchos vacíos difícilmente podría ser bueno. Y como bien dijo, en las reuniones posteriores nadie le contradijo; todos se sometieron a él, incluso sus consejeros, quienes descubrieron que el joven jamás se había confiado plenamente de ellos. Mientras muchos jóvenes de su edad disfruta
De regreso en Schloss Hallstatt, el peso de su nueva realidad se abatió sobre él como una losa de plomo. El viejo Hans había dejado algo muy claro antes de enviarlo de vuelta: la seguridad del chico era absoluta. Nadie en el internado podía tocarlo, ni levantarle la mano, ni cruzar una línea física sin atenerse a las catastróficas consecuencias de desafiar a los Von Seidl. El apellido funcionaba como un campo de fuerza invisible. Pero esa protección blindada solo empeoró las cosas. Al saber que Diego Von Seidl, el implacable “tiburón” que había dominado y aplastado a la competencia había muerto, dejando a su único y polémico hijo completamente solo, los demás herederos y vástagos de la alta sociedad europea vieron en Ciro una pieza codiciada y a la vez un blanco perfecto. Nadie se atrevía a empujarlo en los pasillos o a buscarle una pelea física que atrajera la furia del viejo Hans; en su lugar, la guerra se volvió cien veces más cruel: psicológica. Las mesas del comedor se a
El niño dio dos pasos al frente y se detuvo al pie de la cama. Quería correr hacia él, hundir el rostro en su pecho y suplicarle que no lo dejara solo en aquel mundo hostil, pero la coraza helada que había construido en el internado se cerró a su alrededor como una armadura de hierro. Mantuvo los brazos rígidos a los costados, con una dureza en la mirada que quebró el alma de Diego. Su hijo se negaba a llorar frente a él. —Ven aquí, hijo —repitió Diego con voz quebrada, cargada de un dolor que iba mucho más allá de la enfermedad al ver que su propia sangre lo miraba como a un extraño blindado. Ciro se acercó lo suficiente para permitir el contacto, pero su cuerpo no cedió; se mantuvo tenso, insensible, un niño de nueve años obligado a ser una estatua de piedra. Diego lo rodeó con lo poco que le quedaba de fuerza, sabiendo que el tiempo se escurría entre los dedos. —Sé que te envié lejos… No fue porque no te quisiera —susurró Diego contra su cabello, con la respiración pesada







