LOGIN—¿Qué estás viendo? —interrumpió Arkan acercándose a la mesa.
—Si no estoy equivocada, el hombre con quien te reuniste es... ¿un Von Seidl? —fue directa. Arkan desvió la mirada hacia el embarcadero y respondió: —Tienes buen ojo. —¡Arkan! —Así es, es el hijo de Diego Von Seidl. —¿Por qué te buscó? ¿No tiene tratos ya con los Köksal? —Los tiene, pero está buscando nuevas alianzas. —No me digas que... —Mujer, estás haciendo demasiadas preguntas —la detuvo Arkan, conociendo bien a su esposa—. Es confidencial. —Solo creo que estás entrando en un conflicto innecesario —insistió Lale. —Que conste que fue él quien me buscó. Lale no pudo quedarse con las dudas y continuó haciendo preguntas sutiles sobre el joven, mientras su esposo revisaba unos documentos. —Si no estuvieras casada conmigo, creería que estás interesada en él —la atrapó desprevenida Arkan, cerrando la carpeta con un golpe seco. —¿Yo? —se hizo la ofendida, negando rápidamente con la cabeza—. No es cierto, solo fue... simple curiosidad. —¿Estás buscando que te recuerde tu lugar? —deslizó sutilmente sus dedos por el muslo de ella. Arkan no era un hombre de reprimir sus impulsos. Lale abrió los ojos por la sorpresa y un fuerte pellizco la hizo soltar un ahogado gemido de dolor. —¡Eso es! Mucho mejor —sonrió Arkan satisfecho, dejando a su esposa furiosa y avergonzada. Caída la tarde, tras comprar algunos vestidos, Elif y su madre regresaron a la mansión. —¿Elif? —llamó la abuela al escuchar la puerta principal. —Estamos llegando, abuela —respondió la joven. —¿Con quién vienes? —salió a recibirla Fatma—. Ah, Melani... No esperaba que llegaras temprano. —Quería acompañar a Elif hoy. —Muy bien. Te he dicho que Aras puede encargarse de lo pesado; ya es momento de que te dediques a los asuntos de las mujeres. —La suegra tiene razón, cuñada —apareció Bahar detrás de la matriarca—. Siempre estamos dando la cara por la familia, y Elif no comprende la importancia de estas cenas para su posición futura. Debe ser por el poco interés que tú muestras por estos asuntos. —Suegra, creí que esto ya lo habíamos hablado desde un principio —recordó Melani con voz firme ignorando totalmente a Bahar. —Querida, Elif ya no es una niña; es una mujer que pronto se desenvolverá en la alta sociedad. Debe aprender a manejarse en su entorno. Si tú no puedes enseñarle, no hay problema, Bahar puede hacerlo. —¡Abuela! —se quejó Elif, dejando caer las bolsas sobre el sofá. —¡Sin objeciones, jovencita! —Esta noche no, suegra —intervino Melani. —¿Por qué? ¿No dijiste que querías acompañar a tu hija hoy? —No me refería a la gala de esta noche. —Lo siento, pero no puedo quedar mal. Hay damas muy respetadas que desean conocer a mi nieta, y si tú estás presente, mucho mejor. Hazlo por mí. Melani cerró los ojos sin ganas de seguir alargando la misma discusión de siempre y respiró profundo. —Está bien. Será solo por esta vez. —¿Por qué haces pensar que una gala es tan pesada? —intervino Bahar, rodando los ojos. —Tal vez porque me enferman las sonrisas falsas —replicó Melani, pasándole por al lado. —¡Suficiente! —cortó Fatma, marcando el fin de la discusión—. Elif, mi princesa —se sentó al lado de su nieta y le tomó la mano—, ve a arreglarte. Deja que tu abuela presuma de su hermosa nieta. —Ya no me trates como a una niña, abuela. No soy una muñeca —dijo cansada, abandonando la sala tras su madre. —¿No te lo dije, suegra? Cada vez es más insolente. ¡Hay que reprenderla! —sentenció Bahar. —No te corresponde decidir. Hablaré luego con su padre. Rüzgar y Toprak, ¿cuándo regresan? —Hablé esta tarde con mi madre; dentro de dos días estarán de vuelta. ¿Los extrañas mucho? —Me hacen falta. La mansión no es lo mismo sin sus travesuras. —Sí, a mí también. Es la única forma de tener a Burak en casa. —No digas eso. Burak siempre está pendiente de ti. —Pero porque se lo pido, suegra. No lo hace por iniciativa propia. —Todos los hombres son así, hija. Hay que recordarles constantemente que tienen una mujer a su lado. «A mi cuñado Aras no le hace falta que se lo recuerden», pensó Bahar con amargura. —No pierdas el tiempo pensando tonterías —ordenó la matriarca—. Ve a prepararte tú también, necesitas despejarte. —Sí, tienes razón. En el ala oeste, madre e hija habían salido de la ducha casi al mismo tiempo. Elif, en su propia habitación, se miró en el espejo. Su cabello era su atractivo favorito: un marrón claro con ondas naturales que casi le llegaba a la cintura; sus ojos poseían esa frialdad que intimidaba a los demás, pero con un brillo hipnótico capaz de hechizar a cualquiera. Terminó de secarse el cabello y caminó hacia el armario. Tras dudar unos segundos, se decidió por un vestido rosa claro, ajustado al cuerpo pero lo suficientemente recatado. Salió de la habitación y se dirigió a la de su madre. —¿Mamá? —tocó la puerta. —¡Pasa! —se escuchó al fondo. La joven entró y esperó a que su madre terminara de salir del vestidor. —¿Necesitas algo? —preguntó Melani. —Ayúdame con el cierre del vestido. Su madre se colocó detrás de ella, notando que la joven parecía querer decir algo pero no terminaba de decidirse. —¿Qué te tiene tan intrigada que no te animas a preguntar? Elif sonrió sin poder evitarlo. —¿Cómo lo sabes? —Apretar los labios, jugar con los dedos... Te conozco. —No sé cómo decirlo —comenzó haciendo una breve pausa—, pero es la primera vez que conozco a alguien que pasa de mí sin siquiera un saludo... Melani se hizo a un lado y la observó con detenimiento. —¿Primera vez? Elif parpadeó. La imagen de aquel hombre y su mirada todavía la hacían sentir extrañamente inquieta. —Sí. Y es la primera vez que lo veo... Mamá, es muy... Elif no pudo continuar porque la puerta se abrió de par en par y Aras entró en la habitación justo cuando el teléfono de Melani comenzó a sonar. —¡Papá! —exclamó la joven. Aras se detuvo, sorprendido al verlas tan arregladas. —¿Celebramos algo hoy? —No exactamente, pero acompañaremos a la abuela. Mamá también va a venir. —Estás preciosa —aprobó el hombre, desviando una mirada cálida hacia su esposa, quien al mismo tiempo atendía la llamada con una seña de disculpa.El aroma de perfumes de nicho y flores frescas invadía el Gran Salón como una sofisticada bienvenida. Con paso firme y barbilla en alto, Fatma guio a las mujeres de la familia hacia la mesa reservada para el clan Köksal. Nevin Şahin, la esposa del Ministro de Industria, todavía no hacía acto de presencia, pero las damas de la élite ocupaban sus lugares desplegando sonrisas ensayadas y miradas calculadoras. —¡Fatma Hanım! —interrumpió un grupo de señoras, cortándoles el paso antes de que tomaran asiento. —Queridas señoras, ¿están disfrutando de la velada? —saludó Fatma, manteniendo la calidez fingida que exigía el protocolo. —Excelente. Aunque notamos que hoy viene más acompañada de lo habitual —comentó una de ellas, inclinando ligeramente la cabeza—. ¿No será que ya evalúa retirarse y delegar todo este peso en su nuera? Fatma esbozó una sonrisa helada, detectando de inmediato el dardo envenenado. —Todo a su debido tiempo —respondió sin perder la compostura—. Mi nuera
—Si no lo veo, no lo creo... —La voz de Lale era apenas un susurro al otro lado de la línea. —¿Dónde lo viste? —preguntó Melani, manteniendo la mirada fija en su hija y su esposo. —Oh... No podemos hablar de esto por teléfono. ¿Podemos vernos en el club privado? —Imposible. Acompañaré a mi suegra a la cena de esta noche. —¡Ah, perfecto! Yo también estoy invitada. No pensaba ir, pero ahora me parece la mejor excusa. —Nos vemos allá —dijo Melani y colgó antes de volver a la habitación. —Terminaré de arreglarme —anunció Elif, dejando a sus padres a solas. —No me dijiste nada —comentó Aras acercándose a su esposa. —No estaba en los planes, pero tu madre insistió. ¿Acaso tengo opción? —Si no te gusta, no lo hagas. —Lo hago por Elif, pero tú y yo tenemos que hablar. —Lo de esta mañana... también tenemos que hablarlo —replicó Aras, aflojándose la corbata. Melani se mordió el labio inferior, pero finalmente asintió. —Bien. Aras no entró a la ducha; e
—¿Qué estás viendo? —interrumpió Arkan acercándose a la mesa. —Si no estoy equivocada, el hombre con quien te reuniste es... ¿un Von Seidl? —fue directa. Arkan desvió la mirada hacia el embarcadero y respondió: —Tienes buen ojo. —¡Arkan! —Así es, es el hijo de Diego Von Seidl. —¿Por qué te buscó? ¿No tiene tratos ya con los Köksal? —Los tiene, pero está buscando nuevas alianzas. —No me digas que... —Mujer, estás haciendo demasiadas preguntas —la detuvo Arkan, conociendo bien a su esposa—. Es confidencial. —Solo creo que estás entrando en un conflicto innecesario —insistió Lale. —Que conste que fue él quien me buscó. Lale no pudo quedarse con las dudas y continuó haciendo preguntas sutiles sobre el joven, mientras su esposo revisaba unos documentos. —Si no estuvieras casada conmigo, creería que estás interesada en él —la atrapó desprevenida Arkan, cerrando la carpeta con un golpe seco. —¿Yo? —se hizo la ofendida, negando rápidamente con la cab
En el distrito de Sarıyer, en la zona de Zekeriyaköy, no era nada nuevo ver a familias de la alta sociedad pasar sus vacaciones en sus fincas o villas. Propiedades que podían estar completamente deshabitadas por meses y cobrar vida en ciertas estaciones del año. Ciro, que había regresado del aeropuerto, descansaba en el jardín de su villa privada escuchando el sonido del bosque que lo rodeaba, repitiendo una y otra vez en su memoria el ligero temblor de su objetivo. —No tienes ni idea de lo que te espera —murmuró a la nada con un tono peligroso. —¡Walter! —Sí, señor. —Informa a Öztürk que tengo treinta minutos para escuchar su propuesta. The Grand Tarabya Hotel, 2:00 p. m. —Enseguida. —¿Paul? —A su orden. —Que la lancha rápida esté lista para mi retorno. —Entendido. No había tiempo que perder, sino hilos que mover. En el distrito de Maslak, Arkan vio su teléfono vibrar y el número que figuraba en la pantalla. Dejó que sonara un segundo más y atendió.
A varios kilómetros del centro financiero, la dinámica dentro del auto era completamente diferente. Elif no dejaba de mover sus piernas cruzadas, debatiéndose entre preguntarle a su madre por aquel hombre o soltar de una vez el resultado de su examen para aplicar por una carrera no convencional en un área diferente. —Mamá —tanteó el terreno un poco nerviosa, bajando el volumen de la música. —Dime —respondió Melani. —No creo que estudiar finanzas realmente sea para mí. Su madre escuchó, apenas se giró para verla y no dijo nada; esperó a que continuara. —Digo... no soy tonta. Papá está preparando a mi hermano para asumir la empresa en el futuro, ¿y qué hay de mí? Me hace estudiar una carrera que al final no voy a poder ejercer. Mi abuela también lo dice... —Elif —interrumpió Melani, aparcando el auto frente a una tienda de moda y dándole toda su atención—, ¿qué es lo que te preocupa realmente? ¿Quieres que tu padre te nombre a ti como su sucesora? —Es lo que me cor
No hubo palabras. Ni un saludo, ni un gesto de cortesía corporativa. Ciro no era de improvisar; optó por lo único seguro: desvió la mirada y continuó su camino hacia el ascensor privado sin mirar atrás. Su mente era un torbellino de desconcierto; necesitaba desaparecer de ahí antes de que esa variable imprevista terminara de dinamitar sus planes. A pocos metros, Elif se quedó completamente paralizada. El impacto de tener frente a frente a ese joven de ojos azules —un depredador con una belleza tan oscura como magnética— la dejó sin aliento. El hecho de que él la hubiera ignorado por completo, pasando de largo como si fuera una sombra molesta, lejos de repelerla, encendió una chispa de curiosidad rabiosa y desconcierto. ¿Quién demonios se creía para ignorarla de esa manera? Antes de que pudiera procesar la avalancha de sensaciones, el eco de unos pasos pesados resonando por el pasillo la sacó del trance. Creyendo que se trataba de su padre y temiendo una reprimenda por seguir vag







