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Imperfecta Tentación
Imperfecta Tentación
Author: Alexandra Marcuñez

Capítulo 1

last update publish date: 2023-01-27 20:43:59

El pulso de Ciara Haslye retumbaba en sus oídos, acelerado y persistente, como si su propio corazón amenazara con salírsele del pecho. Exhaló un largo suspiro y se dejó abrazar por el aire gélido que emanaba del refrigerador de la habitación, intentando disipar la ansiedad que la atenazaba desde antes del amanecer. En la mesa de noche, la pantalla de su teléfono se encendió, emitiendo una melodía estridente que anunciaba las seis en punto de la mañana.

Es hora de despertar a las niñas, se dijo mentalmente.

Se tomó un par de minutos para contemplar el cielo plomizo a través de la ventana antes de darse la vuelta. Cruzó el pasillo a paso ligero y empujó con suavidad la puerta del primer dormitorio. Allí, envuelta en un edredón estrellado, dormía Bella. La pequeña de nueve años —a solo unas semanas de cumplir los diez— descansaba con la serenidad de una princesa de cuento, abrazada con fuerza a un peluche descolorido que se había ganado el verano anterior en la feria local.

—Buenos días, princesita —murmuró Ciara, sentándose en el borde del colchón para apartar delicadamente varios mechones azabache de la frente de la niña—. Es hora de salir de las cobijas.

Bella emitió un balbuceo incomprensible, arrugó la nariz y se dio la vuelta buscando refugio bajo la almohada, arrancándole una risita tibia a su hermana mayor.—Vas a llegar tarde al colegio...

—Mimir más... —protestó la pequeña con voz rasposa—. Tengo mucho sueño, Cia...

Sin perder la sonrisa, Ciara se subió al colchón, se inclinó sobre ella y comenzó a llenarle las mejillas de besos acelerados.

—¡Hmm! ¡Ciara, no! —se quejó la niña entre risas contenidas.

—Ahora sí, pequeña —dijo Ciara, dándole un último beso juguetón en la punta de la nariz. Le apartó los puñor de los ojos para evitar que se lastimara al restregárselos—. ¿Estás lista para este gran día?

Los ojos azul eón de Bella impactaron contra los de Ciara. Tras un breve bostezo, una sonrisa adormilada iluminó el rostro de la pequeña.

—Venga, a moverse.

—Ya voy... —murmuró la niña, bajando de la cama a regañadientes para arrastrar los pies en dirección al cuarto de baño.

Una vez que escuchó el agua del grifo correr, Ciara caminó por el pasillo hasta la puerta del fondo: el territorio de Leah. Al entrar, el panorama era abrumador. La adolescente de quince años dormía boca abajo, desparramada en forma de estrella, dejando escapar un hilo de saliva que humedecía la funda de la almohada.

El dormitorio era el fiel reflejo del caos creativo de Leah. Había montañas de ropa limpia y sucia amontonadas en las esquinas, el escritorio estaba sepultado bajo torres de libros de texto, cuadernos abiertos y hojas sueltas llenas de anotaciones frenéticas.

Lo único impecable era la estantería de madera que ocupaba la pared principal, donde los libros descansaban perfectamente alineados por orden alfabético; el único oasis de orden en aquel campo de batalla.

Esquivando camisetas, calcetines y un par de zapatillas con la punta de sus pantuflas, Ciara se acercó al lecho. Al fijarse en el rostro de Leah, notó las sombras oscuras que marcaban el contorno de sus ojos.

—Leah...

—Shhh, ya estoy despierta. Solo estoy descansando las pestañas —masculló la chica sin abrir los ojos ni cambiar de postura.

Ciara apretó los labios para contener la risa.

—¿Cuánto tiempo dormiste?

—Técnicamente... me acabo de acostar.

Ciara no pudo contenerse y soltó una carcajada sonora. Ante el ruido, Leah entreabrió un solo ojo, lleno de fastidio.

—¿Te estás burlando de mí, "Cerillo"?

—Exactamente, "Lentes".

Leah frunció el ceño, dejando al descubierto su iris de color avellana, y soltó un gruñido dramático antes de sepultar la cara de nuevo en la almohada.

—Tienes que levantarte.

—Lo sé, lo sé... tengo que ir al infierno terrenal al que llaman escuela —masculló entre dientes—. ¿Qué crimen atroz cometí en mi vida pasada para merecer esta tortura diaria?

—Tienes que dormir más y pasar menos noches leyendo —reprochó Ciara con afecto, despeinándole la melena rebelde hasta que Leah intentó espantar su mano de un manotazo.

—Los libros son la única razón por la que no me he vuelto completamente loca —respondió la menor, incorporándose al fin sobre los codos.

Ciara se puso de pie y negó con la cabeza, dirigiéndose hacia la salida.

—Sí, sí, lo que digas, pero necesitas estudiar para graduarte y mantenernos a todas en el futuro —dijo desde el marco de la puerta—. Considera que es la forma de devolverme el favor.

Leah soltó una risotada seca.

—Para volverme rica no necesito un título universitario, querida. Solo necesito buscarme a un viejito multimillonario con problemas cardíacos, casarme con él, dejar que la naturaleza haga su trabajo y... ¡pum! Millonaria de la noche a la mañana.

—Prefiero que estudies y te conviertas en profesional antes que en sospechosa de homicidio.

—¡Pero sería una millonaria sospechosa!

—¡A estudiar, Leah! —sentenció Ciara entre risas, cerrando la puerta mientras escuchaba los reniegos amortiguados de su hermana.

Una hora más tarde, el aroma a tostadas frescas y café impregnaba la pequeña cocina. Ciara colocó un plato con cereal frente a Bella, quien ya vestía pulcro su uniforme escolar: una blusa blanca de manga larga, una braga de falda beige y unas botas marrones bien lustradas.

—Come rápido y luego te peino, ¿vale?

—Vale —asintió la pequeña, echando la leche sobre el tazón.

Ciara le dio un mordisco a su tostada. De pronto, unos pasos pesados resonaron en la escalera y, antes de que pudiera pedir un poco de moderación por la hora, el bullicio entró de golpe a la estancia.

—¡Buenos días, mi amada familia! —anunció Leah, dando un salto en el aire y golpeando el marco superior de la puerta antes de aterrizar con un tropiezo sutil y regalarle a Ciara una amplia sonrisa.

Ciara rodó los ojos con desaprobación simulada, pero Leah la ignoró olímpicamente mientras abría la nevera para sacar una manzana.

—Buenos días, basilisco —dijo la adolescente, pellizcando con cariño el moflete de Bella, quien reaccionó haciendo un puchero exagerado.

El atuendo de Leah era un espectáculo aparte: llevaba el cabello revuelto, una camiseta holgada blanca con mangas negras que lucía el estampado de un diablo rojo, unos vaqueros negros visiblemente rotos en las rodillas y sus infaltables Converse desgastadas. Del cuello le colgaba una cadena con una púa de guitarra. Ciara prefirió no indagar de dónde había salido la camiseta del diablo.

—¿Nos vamos solas hoy? —preguntó Leah, mordiendo la manzana.

—No —respondió Ciara tras tragar su bocado—. Hoy tengo tiempo de llevarlas en el auto.

—¿En serio? ¡Alabado sea el cielo! —exclamó Leah, dejándose caer de rodillas en medio de la cocina con los brazos extendidos hacia el techo—. Un viaje en coche siempre será infinitamente superior al autobús público, Ciara. Grábate eso en la cabeza, te servirá en la vida.

Bella soltó una risita infantil ante la escenificación de su hermana.

—¿Hoy es tu cita, verdad, Ciara? —preguntó la pequeña, masticando su cereal.

Al oír la palabra, Leah giró la cabeza bruscamente hacia su hermana mayor, como si el cuello le hubiera dado una vuelta completa.

—¿Qué cita? —inquirió con la mirada desorbitada.

—No es una cita, Bella, es una entrevista de trabajo —corrigió Ciara, sirviéndole un par de tostadas a Leah—. Y sí, es hoy.

La adolescente se llevó una mano al pecho, simulando un ataque cardíaco.

—Por un segundo pensé que el universo finalmente nos había enviado a un magnate millonario y atractivo para sacarnos de esta miseria...

—No todo en esta vida gira en torno al dinero, Leah —suspiró Ciara.

—El mundo se mueve por dinero, querida hermana —sentenció la joven con aire sabio, al tiempo que sacaba una bolsa de plástico negra del bolsillo de su chaqueta y la dejaba caer sobre la mesa con un golpe seco—. Aunque tú te niegues a aceptarlo.

Leah se dio la vuelta para servirse un vaso de agua. Ciara, intrigada, abrió la bolsa negra y su aliento se cortó de golpe. En el interior había siete fajos de billetes amarrados con ligas gruesas. Un tinte de preocupación y tristeza nubló de inmediato los ojos de la mayor.

—Leah... ¿de dónde salió esto?

—Ni te preocupes, lo gané de forma

completamente legal —respondió la chica con ligereza, guiñándole un ojo—. Tú solo encárgate de usar eso para saldar la cuenta pendiente del hospital.

Antes de que Ciara pudiera protestar o interrogarla más a fondo, Leah tomó el cepillo de pelo de la encimera y se acercó a la pequeña.

—A ver, Bella, ¿qué le vamos a hacer hoy a este cabello? ¿Trenzas? ¡Ya sé! Dos coletas altas que luego transformaremos en trenzas cruzadas. Vas a ser la envidia de toda la primaria.

—Eso siempre —presumió la niña erguéndose con orgullo.

—¡Esa es la actitud, "Botella"! ¡Chócalas!

Ciara observó cómo las dos pequeñas chocaban las palmas y se echaban a reír. Tomó una respiración profunda, guardó la bolsa en su bolso con el corazón encogido y decidió aplazar esa conversación para la noche.

A bordo del gastado automóvil, la voz de Bruno Mars sonaba a todo volumen a través de los altavoces mientras las tres cantaban a pleno pulmón, desafinando sin el menor pudor. La música llegó a su fin justo cuando Ciara maniobró para estacionarse frente a la entrada del colegio.

Apagó el motor y se giró hacia el asiento trasero.

—Por favor, pórtense bien hoy. Saben que este día es...

—Que necesitas que todo salga perfecto. Lo sabemos, Cia —la interrumpió Leah con una ternura inusual. Estiró los brazos desde atrás y colocó sus manos sobre los hombros de su hermana mayor—. Hazme caso: deshazte de los pensamientos oscuros y enfócate en lo positivo. Vas a arrasar en esa entrevista.

—¿Te repites ese discurso a ti misma antes de un examen de matemáticas?

—Para nada. Para las matemáticas aplico la filosofía de Cars: ¡Soy velocidad!

Ciara no pudo contener la carcajada, sintiendo cómo parte de la tensión en sus hombros se disipaba.

—Lo vas a hacer excelente —reiteró Leah con firmeza.

—Lo haré bien —repitió Ciara en un susurro, tratando de convencerse a sí misma.

La adolescente se acomodó unos lentes de sol oscuros sobre la cabeza con gesto dramático.

—Sin presiones, hermanita. Solo recuerda que el futuro financiero de esta familia depende de ti.

—Leah, de verdad no estás ayudando.

Riendo, la chica se inclinó para darle un beso ruidoso en la mejilla. Luego le desabrochó el cinturón a Bella, quien se abalanzó hacia adelante para abrazar a Ciara. La niña pegó su frente con la de su hermana mayor, cerrando los ojos con fuerza.

—Listo. Te acabo de transferir toda mi buena suerte.

—Vaya, es verdad... siento una descarga de energía increíble recorriéndome las venas —bromeó Ciara, mirándose las palmas de las manos—. Gracias, mi amor.

—¡Todo va a salir de maravilla! —chilló Bella con entusiasmo—. ¡Vas a conseguir el trabajo e iremos por helados gigantes para celebrar!

Las dos descendieron del vehículo, agitaron las manos a modo de despedida y cruzaron los portones del colegio. Ciara las observó hasta que desaparecieron tras el tumulto de estudiantes. Al quedarse sola en el silencio del habitáculo, la angustia regresó con fuerza.

obtener aquel empleo ya no era solo una cuestión de superación personal; era una necesidad imperiosa para mantener a flote a su pequeña familia.

Consultó el reloj del tablero: 8:15 a.m. La cita estaba programada para las 9:20 a.m. Ajustó el retrovisor, puso en marcha el motor y se incorporó al tráfico de la ciudad, repasando mentalmente cada detalle de su currículum.

El edificio del Grupo Müller se erigía imponente en el centro financiero, una mole de cristal oscuro y acero que parecía tocar el cielo. En las enormes puertas de cristal grabado destacaba el logotipo: una "M" impecable dentro de un círculo de cromo brillante. Dos guardias de seguridad con trajes impecables custodiaban el acceso principal.

Tras superar el control del detector de metales, Ciara caminó con cierta timidez sobre el muelle de mármol pulido hasta llegar al mostrador de recepción.

—Buenos días —saludó a la recepcionista, una mujer impecablemente maquillada cuyo peinado no tenía ni un solo pelo fuera de lugar—. Tengo una cita para una entrevista con el señor Müller.

La mujer tecleó velozmente en una pantalla ultradelgada que parecía valer más que el presupuesto anual del hogar Haslye.

—Aquí está. ¿Señorita Ciara Haslye?

—Sí, soy yo.

—Por favor, acompáñeme.

La recepcionista la guio hacia los ascensores privados de alta velocidad y le entregó un gafete metálico con la palabra "Visitante" y su nombre impreso. El elevador subió en un suspiro hasta el último piso. Al abrirse las puertas, Ciara se encontró con un vestíbulo de arquitectura vanguardista: paredes blanco pulcro, iluminación cálida y figuras geométricas que decoraban los pasillos.

Una mujer de cabello castaño y rostro afable se acercó a ella con una sonrisa sincera.

—¡Hola! ¿Eres la señorita Haslye? Soy Lara Müller, la hermana menor del hombre al que vas a entrevistar —dijo, señalando con la cabeza una puerta doble de madera oscura al fondo del pasillo.

—Mucho gusto, señorita Müller.

—Antes de que entres, Ciara, quiero pedirte un favor —comentó Lara, bajando la voz y adoptando un tono cercano—. Olvida cualquier expectativa ridícula sobre mi hermano. Él está buscando una secretaria ejecutiva altamente eficiente, no a una pretendiente.

Las palabras cayeron como un jarro de agua fría sobre Ciara, quien parpadeó sorprendida.

—Señorita Müller, le aseguro que no he venido aquí buscando nada de eso. Estoy aquí porque necesito desesperadamente este trabajo y pienso dar lo mejor de mí para conseguirlo.

Lara la observó durante un segundo y luego dejó escapar un largo suspiro de alivio.

—Cielos, al fin alguien sensata. Perdóname por ser tan directa, pero la mayoría de las aspirantes que cruzan esa puerta pasan más tiempo intentando coquetearle que mostrando sus capacidades. Tenía que ser clara.

—Lo entiendo perfectamente, no se preocupe.

—Bien. Espérame un momento, voy a avisarle que estás aquí —dijo Lara antes de deslizarse hacia el interior de la oficina.

Quedándose sola en la antesala, Ciara alisó las pliegues de su vestido color ocre y contempló sus botas marrones. Una marea de dudas la asaltó. ¿Sería un vestuario demasiado informal? Tal vez debió haber soportado el dolor de pies y ponerse los tacones negros. Se llevó la mano a la nuca, asegurándose de que las dos trenzas pulcras que Leah le había confeccionado por la mañana siguieran en su sitio.

La puerta volvió a abrirse.

—¿Ciara? —Lara le sonrió de forma reconfortante—. Mi hermano te espera. No tengas miedo, no muerde... al menos no por las mañanas.

Ciara le devolvió una sonrisa nerviosa y dio un paso al frente. Justo en ese instante, el teléfono en su bolso vibró. Sacó el aparato disimuladamente y echó un vistazo a la pantalla. Era un mensaje de texto de Leah:

« "¡Tú puedes con todo, Cia! ¡El Rayo McQueen confía en ti! ¡Cuchau! »

Una risita involuntaria se le escapó de los labios, ahuyentando de golpe la tensión de su pecho. Sin embargo, un carraspeo seco y profundo la devolvió abruptamente a la realidad.

Alzar la vista fue una revelación. Tras un escritorio monumental de madera noble se encontraba el señor Müller.

El hombre era Simplemente imponente. Poseía una melena negra peinada con precisión, una barba perfectamente recortada que marcaba una mandíbula firme y unos ojos grises tan intensos que parecían capaces de traspasar cualquier armadura. Su sola presencia llenaba por completo el vasto despacho.

—Señorita Haslye. Por favor, tome asiento —indicó él con una voz grave y pausada.

Ciara caminó con la mayor elegancia que pudo reunir y se acomodó en la silla frente al escritorio, haciendo un esfuerzo sobrehumano para que no se le desencajara la mandíbula.

—Muchas gracias por recibirme, señor Müller.

—He revisado detalladamente su expediente —comenzó él, cruzando los brazos sobre el escritorio—. Veo que tiene experiencia en el área administrativa, trabajó un tiempo en un centro veterinario y pasó casi nueve años en DIRIXUS. Es una trayectoria bastante sólida.

Ciara asintió rápidamente. Su labor en el primer empleo había sido más bien polivalente y modesta, pero prefirió no matizar los detalles en ese momento.

—Hay ciertas condiciones que debo dejar claras desde el principio —continuó el ejecutivo, clavando su mirada gris en ella—. El puesto exige máxima dedicación. Necesito que mi secretaria esté aquí antes de las seis de la mañana para coordinar mi agenda diaria. Entiendo que la hora puede resultarle desproporcionada...

—No hay ningún problema con el horario, señor Müller —lo interrumpió Ciara antes de que pudiera terminar la frase—. Estoy acostumbrada a madrugar. Si es necesario, puedo estar aquí desde las cinco de la mañana...

La frase se le escapó de los labios antes de que pudiera frenarla. El señor Müller ladeó la cabeza y una tenue sonrisa de diversión curvó la esquina de sus labios. Ciara sintió que las mejillas le ardían y se maldijo internamente por su exceso de entusiasmo.

—Con las seis será más que suficiente —respondió él, recuperando la compostura—. La puntualidad es un requisito insoslayable. El horario formal es de 6:00 a.m. a 7:00 p.m., de lunes a viernes. La remuneración base es de un millón al mes, más bonificaciones por desempeño.

¿Un millón?

El número retumbó en la mente de Ciara como un trueno. Sintió un vértigo momentáneo, como si el suelo bajo sus pies hubiera desaparecido. El señor Müller continuó explicando detalles sobre los beneficios, el seguro médico y la disponibilidad para viajes ocasionales, pero Ciara apenas podía procesar las palabras.

Se limitó a asentir mecánicamente, con el corazón latiendo a mil por hora. No solo estaba ante un hombre con un atractivo desconcertante, sino que la oferta superaba con creces cualquier expectativa que hubiera osado albergar. Los extravagantes rituales de "manifestación" de Leah estaban funcionando de verdad.

—...¿Le parecen aceptables los términos, señorita Haslye?

—Por supuesto, señor Müller. Me parecen impecables —consiguió articular, tratando de mantener la voz firme.

—En ese caso, el puesto es suyo —sentenció él, extendiendo una carpeta de cuero sobre la mesa—. ¿Qué tan pronto podría incorporarse?

—¡Ahora mismo si lo desea!

El ejecutivo dejó escapar una breve risa baja y suspiró.

—Aprecio su disposición, pero prefiero que aproveche el resto del día para organizarse y se presente mañana a primera hora. Aquí tiene el contrato formal.

Ciara sacó sus gafas de lectura del bolso, revisó cada cláusula con atención reprimida y firmó los documentos. Su mano temblaba levemente por la emoción contenida. Al terminar, le devolvió la pluma y se puso de pie. La marea de alivio y felicidad fue tan abrumadora que, en un arrebato impulsivo y carente de todo protocolo, se inclinó sobre el escritorio y rodeó el cuello del señor Müller en un breve abrazo.

El cuerpo del ejecutivo se tensó al instante como una barra de acero.

Al darse cuenta de lo que acababa de hacer, Ciara se apartó de golpe, sintiendo que la sangre le quemaba el rostro.

—¡Dios mío, lo siento muchísimo! Yo... lo lamento de verdad, ha sido la emoción del momento...

—No se preocupe, señorita Haslye —respondió él, aclarándose la garganta con un gesto severo, aunque sus ojos reflejaban cierta perplejidad—. La espero mañana a las seis en punto. Que tenga un buen día.

—Igualmente. ¡Muchas gracias!

Ciara abandonó el edificio flotando en una nube de irrealidad. De camino a casa, hizo una parada en el supermercado más grande del barrio y llenó el carrito hasta el tope: carnes, frutas frescas, lácteos, golosinas para Bella y todos esos pequeños caprichos que no podían permitirse desde hacía años, tal como solía hacer su padre cuando la economía familiar atravesaba mejores tiempo

Al llegar a la casa, encendió la radio, puso la música a todo volumen, preparó un pastel de chocolate y se puso a limpiar la sala mientras bailaba con la escoba.

Cuando las puertas de la entrada se abrieron y las dos niñas cruzaron el umbral, se quedaron petrificadas al ver el despliegue de bolsas sobre la barra de la cocina y a Ciara con la cara manchada de harina.

—¿A quién asaltaste en el camino? —preguntó Leah con los ojos desorbitados, mirando los empaques de comida—. ¿Llamo a la policía o al hospital psiquiátrico directamente?

—Consígui el trabajo —la interrumpió Ciara, secándose las manos en el delantal.

—¿Qué dijiste?

—¡Me dieron el trabajo! —gritó Ciara, dejando caer el trapo—. ¡Tengo el maldito trabajo!

Bella soltó sus mochilas y corrió a estrellarse contra las piernas de su hermana, abrazándola con fuerza.

—¡Lo sabía! ¡Te lo dije! ¡Mi buena suerte nunca falla! —chilló la pequeña brincando de alegría.

—Y te prometo que, de ahora en adelante, esa alacena jamás volverá a estar vacía —le juró Ciara, alzándola en brazos para besarle la mejilla.

Leah se quedó inmóvil unos segundos.

Luego, lentamente, se quitó los lentes de sol, los dejó sobre la mesa y se abalanzó sobre ellas, rodeando a ambas en un abrazo apretado.

—¡Diosa de la fortuna, verdaderamente me has escuchado! —exclamó con voz ahogada.

Las tres se dejaron caer en el sofá entre risas, lágrimas de alivio y pedazos de pastel recién horneado, disfrutando de una maratón de películas viejas hasta que la noche cayó por completo. Más tarde, tras acostar a una exhausta Bella y asegurarse de que Leah finalmente se dispusiera a dormir, Ciara regresó a su habitación.

Dejó la ropa lista sobre la silla, programó la alarma a las cuatro de la mañana y se metió en la cama. Al cerrar los ojos, una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios. Mañana, finalmente, daría comienzo su nueva vida.

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