LOGINLa cena fue sencilla. No hubo manteles de lino ni centros de mesa elaborados. Tampoco velas aromáticas ni vajilla costosa. Solo la mesa de cuatro plazas de siempre, el mantel de pequeñas flores que June había comprado en un mercadillo años atrás y los platos que Oliver recordaba desde su infancia. Pero Eliot estaba allí. Y eso lo hacía todo perfecto. Después de lo sucedido con Duncan en la oficina, Eliot lo había llevado directamente al estacionamiento, donde los esperaba su sedán. Para sorpresa de Oliver, en el asiento trasero había una caja blanca atada con un cordón dorado. En la tapa destacaba el logotipo de una pastelería. Oliver no había preguntado nada, aunque la curiosidad lo había acompañado durante todo el trayecto. De camino al departamento, se detuvieron en una florería. Oliver eligió un ramo para su madre, un pequeño gesto de agradecimiento por todos aquellos años, por la cena que había preparado y por tantas otras cosas que nunca sabía cómo expresar con palabras.
El plan era simple. Eliot debía volver después del mediodía. Su vuelo aterrizaría a las trece horas, estaría en la oficina antes de las dos y juntos saldrían temprano para ir a la cena de cumpleaños que organizaba su mamá. Pero el clima decidió interponerse. Una tormenta inesperada sobre la costa este retrasó todos los vuelos. Primero una hora. Luego dos. Luego tres. Oliver revisaba su teléfono cada pocos minutos, encontrando mensajes de Eliot que llegaban con retraso, llenos de frustración contenida. «La tormenta ha empeorado». «Estoy intentando conseguir un vuelo privado». «Las pistas están cerradas». «Hago lo posible para llegar...». Oliver respondía con calma fingida, diciéndole que no se preocupara, que lo importante era que llegara bien. Pero, por dentro, el peso del día anterior lo aplastaba como una losa. En la oficina, intentaba pasar desapercibido. Se movía por los pasillos como una sombra, evitando miradas, respondiendo con monosílabos cuando alguien le dirigía la
El día antes de su cumpleaños, el cielo amaneció gris.Oliver lo notó apenas abrió los ojos: esa luz opaca que se filtraba por la ventana sin el calor habitual del sol. Se quedó un momento en la cama, escuchando el rumor distante del tráfico y sintiendo el vacío a su lado, donde Eliot había estado muchas noches atrás.«Vuelvo mañana, después del mediodía».El mensaje llegó temprano, como siempre. Puntual. Eliot era puntual hasta en sus ausencias.Oliver respondió con un corazón y un «te espero», y se preparó para el día. La universidad había terminado por la semana, así que solo tenía su turno en la oficina. Un día tranquilo, pensó. Un día fácil.Llegó a Humbert Corp. a las ocho y media, saludó a la recepcionista, subió al ascensor con el café en la mano y la mente puesta en la noche siguiente. En la cena. En Eliot sentado a su mesa, frente a su madre. Estaba nervioso y emocionado a partes iguales. Era la primera vez que llevaría a un novio a casa, pero, claro, era la primera vez que
—¿Cómo estuvo tu cita con Eliot?La pregunta salió de la nada mientras Oliver y su madre recorrían los pasillos del supermercado, y lo dejó helado durante un minuto entero. Sus dedos, que habían estado a punto de alcanzar una bolsa de arroz, se quedaron suspendidos en el aire.¿Cómo lo sabía? ¿Habían dejado alguna evidencia? Repasó mentalmente la noche anterior: la cena, las velas, el broche, el empujón hacia su habitación. Sintió el calor subirle por el cuello.—¿Te molesta que salga con él? —inquirió, adaptándose al paso tranquilo de June.Ella lo miró con ternura y negó con la cabeza. Sus cabellos, apenas salpicados de canas, acompañaron el movimiento con una suavidad que Oliver siempre había asociado con su madre. Esa calma que poseía, esa aceptación incondicional que nunca había necesitado ganarse.—Por supuesto que no, cariño. —June echó al carrito de compras un par de latas de salsa para pizza, cuyo metal resonó contra el plástico—. Desde que estás con él, brillas.De nuevo, Ol
A las siete con catorce minutos exactos, el timbre sonó. El sonido atravesó el pequeño departamento como una descarga eléctrica, haciendo que Oliver se sobresaltara en la diminuta cocina. Tenía las manos manchadas de crema, un mechón de cabello cayéndole sobre la frente y el corazón latiendo tan fuerte que podía escucharlo retumbar en sus oídos. Se acercó al interfono con movimientos nerviosos, presionó el botón sin decir palabra —Eliot sabría que era él— y luego se apresuró a limpiarse las manos en el delantal que había usado para no mancharse la camisa. Solo tenía el tiempo que le tomara a su novio subir los tres pisos de escaleras para terminar los últimos detalles. El departamento era pequeño, pero familiar, hogareño. Las paredes estaban decoradas con fotos familiares y algunos cuadros que su madre había comprado en mercados de pulgas. El sofá, aunque viejo, estaba cubierto con mantas que olían a suavizante. Cada rincón contaba una historia. Y esa noche estaba impecablemente
Era martes por la mañana y la vida universitaria parecía estar cobrando ya sus primeras víctimas. El campus se movía con esa lentitud característica de mitad de semestre, cuando el entusiasmo inicial se había desvanecido y la fatiga comenzaba a instalarse en los huesos. Alumnos que parecían zombis iban y venían por los pasillos de cemento, absortos en sus problemas y su ansiedad, con tazas de café en las manos y ojeras que delataban noches en vela. Oliver y Robert comían tranquilamente un emparedado de pavo bajo su roble de siempre. El árbol era viejo, con raíces que se elevaban sobre la tierra formando pequeños montículos y una copa tan frondosa que filtraba la luz del sol en patrones danzantes sobre el césped. Oliver no dejaba de sonreír. Simplemente no podía. Era como si sus labios hubieran olvidado cómo formar cualquier otra expresión. La felicidad burbujeaba en su pecho, caliente y ligera, amenazando con desbordarse en cualquier momento. —Eliot y yo somos novios… —confesó a







