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Treinta y siete

Author: Ichigo Ichie
last update publish date: 2026-10-26 07:48:32

Oliver despertó por la intensa luz del sol que se colaba por las ventanas, filtrándose a través de sus párpados cerrados como cuchillas de oro. Su cabeza punzaba con cada latido, como si alguien estuviera golpeando un martillo contra el interior de su cráneo. Tenía la boca seca, algodonosa, y el cuerpo dolorido, con cada músculo protestando mediante pequeñas punzadas de incomodidad.

Y no estaba en su cama.

Lo supo incluso antes de abrir los ojos. El colchón era más firme, las sábanas más sua
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  • Inalcanzable "The Way We Love"    Cuarenta y uno

    El día antes de su cumpleaños, el cielo amaneció gris.Oliver lo notó apenas abrió los ojos: esa luz opaca que se filtraba por la ventana sin el calor habitual del sol. Se quedó un momento en la cama, escuchando el rumor distante del tráfico y sintiendo el vacío a su lado, donde Eliot había estado muchas noches atrás.«Vuelvo mañana, después del mediodía».El mensaje llegó temprano, como siempre. Puntual. Eliot era puntual hasta en sus ausencias.Oliver respondió con un corazón y un «te espero», y se preparó para el día. La universidad había terminado por la semana, así que solo tenía su turno en la oficina. Un día tranquilo, pensó. Un día fácil.Llegó a Humbert Corp. a las ocho y media, saludó a la recepcionista, subió al ascensor con el café en la mano y la mente puesta en la noche siguiente. En la cena. En Eliot sentado a su mesa, frente a su madre. Estaba nervioso y emocionado a partes iguales. Era la primera vez que llevaría a un novio a casa, pero, claro, era la primera vez que

  • Inalcanzable "The Way We Love"    Cuarenta

    —¿Cómo estuvo tu cita con Eliot?La pregunta salió de la nada mientras Oliver y su madre recorrían los pasillos del supermercado, y lo dejó helado durante un minuto entero. Sus dedos, que habían estado a punto de alcanzar una bolsa de arroz, se quedaron suspendidos en el aire.¿Cómo lo sabía? ¿Habían dejado alguna evidencia? Repasó mentalmente la noche anterior: la cena, las velas, el broche, el empujón hacia su habitación. Sintió el calor subirle por el cuello.—¿Te molesta que salga con él? —inquirió, adaptándose al paso tranquilo de June.Ella lo miró con ternura y negó con la cabeza. Sus cabellos, apenas salpicados de canas, acompañaron el movimiento con una suavidad que Oliver siempre había asociado con su madre. Esa calma que poseía, esa aceptación incondicional que nunca había necesitado ganarse.—Por supuesto que no, cariño. —June echó al carrito de compras un par de latas de salsa para pizza, cuyo metal resonó contra el plástico—. Desde que estás con él, brillas.De nuevo, Ol

  • Inalcanzable "The Way We Love"    Treinta y nueve

    A las siete con catorce minutos exactos, el timbre sonó. El sonido atravesó el pequeño departamento como una descarga eléctrica, haciendo que Oliver se sobresaltara en la diminuta cocina. Tenía las manos manchadas de crema, un mechón de cabello cayéndole sobre la frente y el corazón latiendo tan fuerte que podía escucharlo retumbar en sus oídos. Se acercó al interfono con movimientos nerviosos, presionó el botón sin decir palabra —Eliot sabría que era él— y luego se apresuró a limpiarse las manos en el delantal que había usado para no mancharse la camisa. Solo tenía el tiempo que le tomara a su novio subir los tres pisos de escaleras para terminar los últimos detalles. El departamento era pequeño, pero familiar, hogareño. Las paredes estaban decoradas con fotos familiares y algunos cuadros que su madre había comprado en mercados de pulgas. El sofá, aunque viejo, estaba cubierto con mantas que olían a suavizante. Cada rincón contaba una historia. Y esa noche estaba impecablemente

  • Inalcanzable "The Way We Love"    Treinta y ocho

    Era martes por la mañana y la vida universitaria parecía estar cobrando ya sus primeras víctimas. El campus se movía con esa lentitud característica de mitad de semestre, cuando el entusiasmo inicial se había desvanecido y la fatiga comenzaba a instalarse en los huesos. Alumnos que parecían zombis iban y venían por los pasillos de cemento, absortos en sus problemas y su ansiedad, con tazas de café en las manos y ojeras que delataban noches en vela. Oliver y Robert comían tranquilamente un emparedado de pavo bajo su roble de siempre. El árbol era viejo, con raíces que se elevaban sobre la tierra formando pequeños montículos y una copa tan frondosa que filtraba la luz del sol en patrones danzantes sobre el césped. Oliver no dejaba de sonreír. Simplemente no podía. Era como si sus labios hubieran olvidado cómo formar cualquier otra expresión. La felicidad burbujeaba en su pecho, caliente y ligera, amenazando con desbordarse en cualquier momento. —Eliot y yo somos novios… —confesó a

  • Inalcanzable "The Way We Love"    Treinta y siete

    Oliver despertó por la intensa luz del sol que se colaba por las ventanas, filtrándose a través de sus párpados cerrados como cuchillas de oro. Su cabeza punzaba con cada latido, como si alguien estuviera golpeando un martillo contra el interior de su cráneo. Tenía la boca seca, algodonosa, y el cuerpo dolorido, con cada músculo protestando mediante pequeñas punzadas de incomodidad. Y no estaba en su cama. Lo supo incluso antes de abrir los ojos. El colchón era más firme, las sábanas más suaves, el aroma diferente. Tampoco estaba solo. Todo a su alrededor olía a Eliot. Ese aroma familiar que había aprendido a reconocer entre miles: una mezcla de colonia y ese olor tan particular que solo él tenía. Impregnaba las almohadas, las sábanas, el aire mismo que respiraba. Apretó los párpados con fuerza, tratando de recordar, como si pudiera obligar a su cerebro a cooperar, a reconstruir las piezas faltantes de la noche anterior. Lo que había dicho. Lo que había hecho. Cómo había llegado

  • Inalcanzable "The Way We Love"    Treinta y seis

    Hacía frío. Demasiado. El tipo de frío que se filtraba hasta los huesos, que entumecía los dedos y hacía que cada aliento se convirtiera en una nube blanca antes de desaparecer en la noche. Oliver estaba tumbado en posición fetal sobre el banco de madera en el que había estado sentado junto a Eliot muchas noches atrás. Recordaba aquella noche con una claridad dolorosa: el emparedado con esa salsa cuyo nombre aún desconocía, la conversación, los nervios. La sensación de vértigo solo porque estaba con él. Esta vez no había estrellas. Solo nubes grises que cubrían el firmamento como una manta pesada y copos de nieve que caían con una calma exasperante, acumulándose sobre su abrigo, su cabello y sus pestañas. Le dolía la cabeza. Un latido sordo y constante marcaba el ritmo de su desesperación. El mundo daba vueltas, inclinándose y enderezándose en ciclos impredecibles que amenazaban con hacerlo caer incluso estando ya en el suelo. Y le dolía el corazón. Dolía mucho más que su cabeza

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