FAZER LOGIN
El auto se detuvo frente a la iglesia y Elizabeth bajó, sonriente. Llevaba esa sonrisa en el rostro desde que se había despertado esa mañana, pues aquel era el tan esperado día de su boda. Miró la fachada de la iglesia, adornada con un arco de flores blancas, y notó que había quedado exactamente como lo había pedido. Se había encargado personalmente de organizar cada detalle: la decoración, los padrinos y las damas de honor. Eligió esa iglesia por ser la más hermosa de la ciudad, con sus enormes torres de estilo arquitectónico medieval; además, era precisamente la iglesia con la que siempre había soñado casarse, esperando que, en el día de su boda, se sintiera como una princesa de cuento de hadas.
Tras un momento de encantamiento, Elizabeth miró a su alrededor y su sonrisa comenzó a desvanecerse al notar que el lugar estaba vacío y las puertas de la iglesia permanecían cerradas. Era algo extraño, ya que, en el día de una boda, la novia siempre debía ser la más esperada. Debería haber muchos curiosos allí para verla llegar, pero… ¿Dónde estaban los fotógrafos que había contratado? ¿Y los niños que la acompañarían en la marcha nupcial? Aun así, a pesar de este imprevisto inesperado, Elizabeth volvió a sonreír, pensando que nada arruinaría su gran día. Aunque ya tenía 36 años, en ese momento sonreía como si hubiera vuelto a los 16.
Sola, sin nadie que la ayudara, subió todas las escaleras de la iglesia. Frente a la puerta, respiró hondo y empujó con ambas manos para abrirla. En ese instante sufrió un lapso de incredulidad: la iglesia estaba llena y había una ceremonia en curso; sin embargo… todo se detuvo. Los novios se giraron para mirarla y todos los invitados hicieron lo mismo. Elizabeth sintió deseos de darse una bofetada en el rostro, pues esa escena parecía una de esas pesadillas angustiosas de las que deseamos despertar desesperadamente, pero no podemos, y donde todo empeora de forma progresiva.
Había otra novia en el altar y se estaba casando con su prometido. Y lo peor, no era una novia cualquiera: era su prima Carla, alguien a quien siempre había considerado una hermana, y que ahora se casaba en su lugar con su prometido. ¿Entienden lo surrealista que resultaba todo esto?
Pasado el impacto y el sentimiento de vergüenza, el novio se volvió hacia la novia y, deslizando la alianza por su dedo anular, dijo: —Carla, recibe esta alianza como signo de mi amor y de mi fidelidad. Prometo amarte en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte nos separe.
En ese momento, Elizabeth se derrumbó en el suelo entre llantos, viendo al amor de su vida casarse con otra mujer. No podía imaginar cómo se había equivocado tanto con todos los que la rodeaban, quienes habían permitido semejante traición. De inmediato aparecieron sus tíos, quienes la tomaron del brazo y la llevaron a una pequeña habitación lateral de la iglesia. Elizabeth no reaccionó; estaba entre lágrimas y en un estado de conmoción absoluta por lo sucedido.
—¡Liz, querida! Perrónanos… nosotros… no pudimos avisarte antes porque sentíamos mucha vergüenza —dijo su tía, entregándole un vaso de agua con azúcar a Elizabeth, quien la miró con incredulidad por lo que estaba escuchando. Lo que le habían hecho era lo más cruel que le habían infligido en toda su vida. Habían destruido sus sueños y, además, la habían expuesto al ridículo. —Hija, intentamos adelantar la ceremonia lo más temprano posible para que no te encontraras con esta escena, pero hubo retrasos y… lo siento mucho, querida. Te juro que te compensaré con un bono de un millón de dólares por lo que has pasado.
Elizabeth solo podía negar con la cabeza, ya que todo era demasiado absurdo. ¿Cuándo un millón de dólares podría sanar un corazón tan destrozado?
—¡Toma, hija! Quítate ese vestido y ponte esta otra ropa. Los novios aún no han salido y estás a tiempo de felicitarlos y decirles a todos que solo fue una broma que hiciste, para que la gente no ande con chismes ni hablando mal de ti —dijo su tía, ofreciéndole otro vestido.
Elizabeth se quedó mirando las manos de su tía; poco a poco la incredulidad la abandonaba y la realidad la aplastaba cada vez más. No era una pesadilla: su prometido había sido robado por su prima y, al parecer, todos lo sabían excepto ella.
—Liz, eres fuerte, superarás este dolor. Vamos, levanta la cabeza y sal a felicitar a tu hermana. Es decir, a tu prima, pero sabes que somos como tus padres y ella es como tu hermana menor. Eres bonita, fuerte e inteligente, pronto encontrarás a otro pretendiente. Y tu prima, ya sabes: siempre ha sido muy frágil y enfermiza, no tendrá muchas oportunidades en la vida de casarse. Se enamoraron, ¿y qué le vamos a hacer? La próxima vez, elige a un prometido de tu edad para que esto no vuelva a ocurrir.
Esto último lo dijo el tío de Elizabeth intentando aconsejarla. Si todo aquello no fuera tan absurdo, Liz habría llegado a pensar que él miraba por su bien, pero aquello no parecía ser para su beneficio; aquello marcaría su vida para siempre. Elizabeth asintió con la cabeza aceptando ese momento, tomó el vestido de manos de su tía y fue a cambiarse. Aceptó que eso realmente había sucedido, pero no lo dejaría pasar en blanco: lo dejaría en cenizas.
Elizabeth se cambió y salió de la habitación cargando en sus manos el pesado vestido de novia. Su prima le había robado todo: su prometido, su decoración, sus padrinos, su día especial, pero no le había robado su vestido de novia, y era exactamente eso lo que Elizabeth usaría para demostrar que no sería cómplice de esa traición.
Los novios estaban frente a la iglesia posando para las fotos cuando apareció Elizabeth. Carla bajó la cabeza, tomó la mano de Liz y le dijo en voz baja: —Liz, espero que algún día me perdones. Nunca quise tu mal y estoy segura de que encontrarás a alguien mucho mejor que Lauro para casarte.
Elizabeth le soltó la mano con brusquedad, desligándose de Carla y demostrándole que toda la delicadeza con la que la había tratado en el pasado se había terminado; a partir de ahora, ya no le guardaba ninguna consideración. Elizabeth bajó las escaleras y todos le fueron abriendo paso. Se hizo un silencio lleno de culpa, pues parecía que todos en esa boda habían sido cómplices de la traición.
Frente a los novios, padrinos e invitados, Elizabeth arrojó su vestido de novia al suelo y dijo: —Carla, Lauro, ¡sepan que no! ¡No los perdono! ¿Y saben cuál es mi deseo para su matrimonio?
En ese momento, Elizabeth sacó un encendedor que había tomado cerca de un candelabro que decoraba la iglesia. Encendió el fuego y quemó su vestido de novia frente a todos; las llamaradas subieron rápidamente y el olor a tela quemada impregnó el lugar. Mientras el vestido se consumía, como en un ritual, Elizabeth pronunció sus deseos para los novios: —Deseo que su matrimonio sea de dolor y sufrimiento. Deseo para ti, Carla, a quien amé como a una hermana, que sufras diez veces más vergüenza y sufrimiento del que yo estoy sufriendo ahora. Deseo que su matrimonio se deteriore y se vuelva cenizas, tal como este vestido quemado.
Aurora aún intentó mirar al suelo para ver qué era aquello: ¿una persona, un maniquí, una ilusión óptica? Pero Beatriz la arrastró desesperada hacia afuera.Las dos salieron corriendo del SPA, sin que nadie a su alrededor entendiera nada.Solo cuando llegaron al coche Beatriz finalmente se calmó:— Jefa, por fin estamos seguras... Ese hombre... Ese hombre no debía hacer eso. ¿Cómo es posible? Yo... —Beatriz se puso completamente roja y se calló de repente.Aurora la miró con una mirada de compasión y le acarició el cabello:— Tranquilízate, ya pasó... ¡Fueron solo cosquillas! ¿Qué clase de servicio estúpido fue ese? ¡¿Hacerles cosquillas a los clientes?! ¡Nunca más vuelvo a ese lugar! —dijo Aurora revoltosa, golpeando el volante.Beatriz la miró, un poco confundida:— ¿Cosquillas? ¿A eso lo llama cosquillas?— ¿Cómo lo llamas tú, entonces?— Ah, déjalo ya... ¡Solo sé que aprendí la lección! ¡Nunca más pediré bailarines o masajistas guapos, ¿entendido?!!Aurora miró a la pobrecita con
Un momento de suspenso se hace. Aurora miró hacia los lados y no vio ningún movimiento alrededor. Intentó bajar de la camilla, pero justo en ese instante una mano tocó su hombro, diciendo bajito para que volviera a tumbarse.Ella dio un brinco de susto.De repente, la voz del masajista parecía diferente.Aurora miró despacio hacia atrás y vio a un hombre de pie, usando la misma máscara negra. Solo que, por algún motivo, pensó que ya no parecía tan gentil como antes. Parecía que estaba enojado. ¿Pero por qué?Ella lo miró bien. Continuaba enmascarado, solo que ahora vestía una camisa blanca.Aurora respiró aliviada y comentó:— Ah, ¿te desapareciste para ir a ponerte una camisa?! ¡Qué bueno! Es mucho mejor así, ¿sabías? Quedarse sin camisa con las clientas es medio incómodo. ¿Continuamos?Volvió a tumbarse boca abajo y cerró los ojos. Pasó algún tiempo hasta sentir las manos de él tocando sus hombros.Aurora no sabía el motivo, pero, esta vez, el toque hizo que su cuerpo se erizara por
Bia miró a Aurora, un poco pensativa. Aquella información cambiaba todo lo que ella imaginaba. Pensaba que la jefa estaba siendo víctima de una persecución corporativa sin armas para luchar, pero la verdad era mucho más profunda.— Jefa, usted me dijo que el matrimonio de ustedes no era un matrimonio de verdad, ¿no es así? Entonces... ¿por qué se casaron?Aurora se dio una palmada en la frente, haciendo una mueca:— Vaya, Beatriz, si te contara... En fin, en esa época éramos amigos y yo confiaba en él. Solo que no podía confiar tanto así, ¿sabe? Las cosas sobre mí son complicadas... Vamos a relajarnos, ¿sí?Aurora recostó la cabeza en el respaldo de la tumbona, pensando en lo absurdo de aquella historia. ¿Cómo le explicaría a Beatriz lo burocrático que era abrir una empresa nueva siendo que ya tenía empresas multimillonarias a su nombre? ¿Cómo contarle que, para evitar la burocracia o tener que revelar su secreto a Henrique, propuso un matrimonio con cláusulas que exigían que, en caso
Aurora escuchó el tono del cliente e hizo una pausa para pensar.Siempre pensó que Henrique era más inteligente y se daba cuenta de que aquel tipo de justificación superficial y decisión impulsiva solo funcionaba dentro de la agencia. En el mundo corporativo, las personas no eran tontas —más aún clientes experimentados que trabajaban con ella desde hacía tanto tiempo.Aparentemente, ella lo había subestimado. Al mirar el rostro de él, veía características que ella misma deseaba ver. Pero ahora, finalmente, lograba ver quién era él realmente.Aurora respiró hondo y respondió:— Señor Feliciano, hubo algunos cambios internos y, lamentablemente, ya no estoy a cargo de las campañas de su empresa. Sobre el portafolio... bueno, pertenece a la agencia.— Entiendo. En ese caso, tal vez nosotros no cerremos el contrato para la próxima temporada. ¿Usted entiende, verdad, Aurora? La empresa de ustedes es nueva y se hace difícil confiar.— Comprendo perfectamente, señor Feliciano. No puedo interf
Aurora miró hacia la fachada del SPA y recordó que, desde que renunció a los lujos de su familia, no se había detenido ni un solo momento para pensar en su propio bienestar.En diversas ocasiones pasó frente a aquel lugar y se preguntó si no debería tomarse un día para sí misma. Sin embargo, siempre había algo considerado más importante: los estudios en la universidad, la planificación para fundar la agencia o las carreras para conquistar nuevos clientes.Todo iba en primer lugar, menos sus propias necesidades.Pero ahora sería diferente. No iba a volver a poner el bienestar de los demás por delante del suyo.Aurora dio el primer paso con determinación. Parecía un gesto simple, pero era el inicio de una nueva fase.Tan pronto llegaron a la recepción, Beatriz quedó deslumbrada por la arquitectura en arcos, las estatuas blancas y las plantas ornamentales. Corrió de un lado para otro mirándolo todo, mientras Aurora esbozaba una leve sonrisa al ver la emoción de su amiga y caminaba hacia
En ese exacto momento, la puerta se abrió y Beatriz entró pisando fuerte.— ¡Jefa! ¿Qué fue eso? ¡Ese Henrique es peor que perro sarnoso! ¿Cómo tuvo el valor de usar esa excusa patética de confidencialidad para darle tu trabajo a los demás? ¡Esto no puede quedarse así! ¡Tenemos que vengarnos!Aurora asintió con un leve movimiento de cabeza y dijo en voz baja:— Sí... esto realmente no puede quedarse así.Beatriz celebró, emocionada, y se sentó frente a Aurora de un salto, adoptando un tono misterioso:— ¡Adivina! ¡Pasé todo este tiempo reuniendo información para ayudarte! Conseguí dos noticias importantes: una mala y una buena. ¿Cuál quieres primero?Beatriz casi se subía a la mesa de tan emocionada que estaba.Aurora la miró, frunciendo las cejas:— Está bien, dime la buena.— La buena es que Henrique no nos estaba espionando en la discoteca. Realmente era otra persona. La gente descubrió a dónde fuimos porque... — Beatriz se encogió de repente y susurró: — Creo que me confundí, esa







