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Capitulo 5

Autor: Wan Marte
last update Data de publicação: 2026-10-06 03:18:17

Liz se levantó con los ojos desorbitados. Aquello no podía ser posible; no podía perder la oportunidad de adoptar a la niña solo por no tener un hombre a su lado. Ella se bastaba a sí misma e iba a cuidar de esa pequeña con todo el amor del mundo.

—Señorita, si la niña no se adapta a ninguna pareja, tal vez aún tenga oportunidades de adoptarla.

—¿Oportunidades? Pero… yo no trabajo con probabilidades… —dijo Liz en voz baja, mirando a la nada, preguntándose si ahora le tocaba sufrir con su propia maldición. Si esa niña era adoptada por otra persona, Liz nunca se lo perdonaría.

—¿Quiere ver a la niña?

—¿A la niña?

—Sí, ¿quiere conocerla? Como es su familiar puedo permitírselo, puedo autorizar que la visite.

Liz asintió brevemente con la cabeza y la responsable de las adopciones la llevó a una sala de espera. Liz permaneció allí durante minutos que parecían horas. Le sudaban las manos y el corazón le palpitaba con fuerza. Nunca le había visto el rostro a la niña.

"¿Y si se parece a Lauro? ¿Seré capaz de amarla pareciéndose a ese canalla?" —se preguntaba Liz, poniéndose aún más nerviosa.

De repente, la puerta se abrió y entró una princesita. La niña tenía el cabello ondulado en las puntas, de un color castaño oscuro como el de Liz y el de Carla. La niña tenía los ojos verdosos, idénticos a los de Liz y Carla. En realidad, no se parecía en nada a Lauro y Liz hasta podría decir que la pequeña podía pasar por su propia hija biológica.

La pequeña se quedó quieta mientras la responsable de las adopciones estaba cerca, y Liz no dejaba de mirar a esa persona en miniatura a la que apenas acababa de conocer y que ya le había tocado el corazón de una forma jamás experimentada.

—Le dije que era muy tímida, déle un poco de tiempo, ¿está bien? —dijo la responsable de adopciones—. Las voy a dejar solas, pero cualquier cosa me puede llamar.

La mujer salió y Liz se vio a solas con la niña. La pequeña llevaba un vestido blanco y un lazo en el cabello. Liz pensó que era hermosa como un ángel y sintió unos deseos enormes de abrazar a aquel pequeño ser.

De repente, la niña dijo:

—¿Tía Liz?

Liz se quedó sorprendida y sin reacción.

—¿Tía Liz vino a buscarme?

Liz no pudo contener las lágrimas y solo acertó a asentir con la cabeza. Entonces la pequeña corrió y la abrazó. Liz le devolvió el abrazo, sintiendo que su corazón latía tan fuerte que parecía que se le iba a salir del pecho.

—¡Tía Liz es tan bonita! Es más bonita que en las fotos que me enseñó mamá.

—¿Tu mamá te enseñó fotos mías? —preguntó Liz, asombrada de que una niña tan pequeña tuviera tan buena memoria.

La niña asintió sonriente, mostrando sus pequeños dientecitos blancos.

—Mamá siempre me enseñaba fotos de la tía y siempre me decía que la tía era hermosa. Mamá me dijo que cuando ella se fuera al cielo, la tía Liz vendría a buscarme y que yo tenía que ser muy buena con ella.

Liz tragó saliva y le acarició las mejillas a la pequeña. Ella volvió a sonreír, tan linda como una muñeca, e inmediatamente Liz sintió en su corazón que la niña era suya; no era su sobrina, era su hija.

De repente, la puerta se abrió y la responsable de adopciones entró diciendo:

—Se acabó el tiempo de la visita, Aurora tiene que estudiar ahora.

Aurora miró a la mujer, confundida, y luego miró a Liz.

—¿La tía no me va a llevar con ella?

—No, la tía solo vino a visitarte —dijo la mujer del orfanato.

Aurora bajó la cabeza e inmediatamente se puso triste; su semblante melancólico partía el corazón.

—Aurora promete que se va a portar muy bien, tía. ¡Por favor, llévame contigo! —dijo Aurora, mientras se veía rodar una lágrima por sus ojos.

Elizabeth se arrodilló en el suelo y le limpió las lágrimas a la pequeña con el dedo pulgar; luego la abrazó y le dijo:

—La tía Liz no te puede llevar ahora, pero te promete que no se va a rendir. Promete que hará lo que sea necesario para sacarte de aquí —Liz se apartó un poco y le tomó la barbilla a la pequeña, levantándole el rostro—. Aurora, prométeme que no vas a volver a llorar, porque una promesa mía es una promesa que no se rompe. Te voy a llevar conmigo y vas a ser la niña más feliz de todo el mundo, ¿está bien?

Aurora se limpió las lágrimas con el dorso de las manos y sonrió. Liz se levantó y le dijo a la responsable de las adopciones:

—No se atreva a dejar que nadie se lleve a esta niña de aquí hasta que yo regrese. Voy a volver con un marido y ustedes no me van a poder impedir que me lleve a mi sobrina… sobrina, no. Ustedes no me van a poder impedir que salga de aquí con mi hija.

Ese mismo día, Liz fue al banco con el sobre que le había entregado su tío. Descubrió que había una cuenta a su nombre con un saldo de cinco millones de dólares; haciendo cuentas, dedujo que esa cantidad correspondía al millón con el que su tío la había compensado por la boda de Carla con Lauro y que, tras 10 años, el monto se había convertido en cinco millones. Además de todo, había algunas acciones de la empresa a su nombre y Liz comprendió que la empresa no se había vendido por completo.

Entendió que su tío hizo eso antes de morir y que no podía prever que su esposa y su hija pasarían por tantas dificultades y necesitarían ese dinero más que Liz.

Liz regresó al hotel y pasó la noche en blanco. No paró ni un solo instante haciendo planes y listas. Una vez más estaba haciendo planes para casarse, y esta vez no podía fallar. Imprimió una carpeta llena de papeles y, a la hora exacta, estaba allí, sentada a la mesa del restaurante donde se celebraban citas a ciegas para formar parejas. Liz estaba decidida: saldría de allí con un marido ese mismo día y nada se lo impediría, ni siquiera la posibilidad de que su pretendiente fuera un fracasado total.

…

Frente al restaurante se detuvo un auto de lujo. Algunas personas que pasaban por allí se pararon a mirar; no todos los días se veía estacionado un modelo exclusivo de automóvil. La puerta se abrió y salió Federico; justo después salió Javier Belford, uno de los hombres más ricos del mundo.

Su presencia imponente lograba llamar más la atención que el propio vehículo, y las personas que transitaban no podían ignorarlo, preguntándose quién era aquel hombre con un aura que irradiaba riqueza y poder.

Javier no estaba contento; él, que solía tener en el rostro una expresión de pocos amigos, ahora lucía una aún peor. Javier se quitó el saco y se lo arrojó a su asistente, Federico, quien de inmediato le entregó otro saco desgastado y a cuadros. A continuación, Javier se puso unas gafas sin aumento, se despeinó un poco el cabello y miró a su asistente.

Federico se sintió confundido y acorralado, intentando entender qué había hecho mal para que su jefe lo estuviera mirando de esa manera.

—¡Vamos, dímelo ya!

—¿Decir qué? —Federico se sintió todavía más perdido.

—Debería despedirte, ¡no sirves para nada! ¡Déjalo! ¡Voy a entrar y este aspecto tendrá que ser suficiente! —dijo Javier dándose la vuelta.

—¡Ah! ¡Era eso! Querías que te dijera si te veías bien. Javier, te ves excelente con ese saco; ¡en tu cuerpo esa ropa de un dólar parece que valiera mil veces más!

Javier se giró y su mirada era fulminante. Federico se encogió al instante, preguntándose si ese sería el día en que finalmente su jefe lo mataría.

—Si querías animarme, ¡no lo lograste! ¡No tenías que elogiarme, estúpido! ¡No olvides que no quiero revelar mi verdadera identidad!

—¡Ah! Perdón, señor, no había entendido. Entonces le digo que se ve pésimo. Su aspecto en este momento es peor que el de un indigente. Si los indigentes lo vieran, estoy seguro de que serian ellos los que le darían monedas. Tenga cuidado de no encontrarse con ningún representante de la ONU en el camino, porque seguro se lo llevan a un albergue y lo alimentan con alimento balanceado humano. Se ve tan pobre, pero tan…

—¡Aaaah! —gritó Javier, harto de las exageraciones de Federico—. ¡Cállate! ¡Espérame aquí y sé discreto!

Javier entró al restaurante donde se llevaban a cabo las citas a ciegas. Intentó disimular su apariencia, pues no quería que las mujeres con las que se encontrara se interesaran en él. Javier estaba allí por petición de su madre, quien insistía en que debía casarse. Él pensó en acudir a esa cita a ciegas para demostrarle a su madre que, en realidad, nunca se había casado porque ninguna mujer quería casarse con él.

Sin embargo, la verdad era que, a sus 50 años, Javier se había dado cuenta de que todas las relaciones que había tenido habían sido superficiales. Era tan rico que las mujeres que se le acercaban eran todas iguales: se esforzaban mucho por conquistarlo, algo que para él hacía que el juego de la conquista resultara demasiado fácil. Javier había renunciado al amor hacía mucho tiempo, pues entre la gente con la que se relacionaba, el amor era como una transacción de intereses, simples negocios. Y en ese negocio no estaba interesado en invertir.

Javier tomó un número cualquiera y se dirigió a la mesa. Se sentó y miró la hora en su reloj, preguntándose cuánto tardaría aquello.

—Yo tampoco tengo la intención de demorarme mucho en este lugar. ¿Vamos a los negocios?

La mujer habló e inmediatamente Javier levantó la cabeza y la miró. Observó que estaba bien vestida, con una camisa de lino blanca con solo los botones del cuello desabrochados, ocultando su escote. Notó que la forma en que vestía era como si efectivamente fuera a hacer un negocio. Era guapa, llevaba un maquillaje ligero y sus ojos verdes reflejaban determinación. No vio ninguna intención de seducción en su mirada, pero se sintió atraído por ella.

Javier pensó que no quería casarse, pero que tal vez, tras convencer a su madre de que dejara de presionarlo con el matrimonio, hasta podría invitar a esa mujer a cenar o incluso a pasar una noche en su cama.

—¿Por qué me miras así? ¿Tengo algo en la cara? —dijo Elizabeth, pasándose la mano por el rostro.

—¿No puedo mirarte? Se llama cita a ciegas, pero eso no significa que no pueda mirar a mi pretendiente.

—¿Yo? ¿Tu pretendiente? No, vamos a cambiar las cosas: mi nombre es Elizabeth y tú eres mi pretendiente. ¿Cuál era tu nombre?

—Javier… Solo Javier.

—De acuerdo. Javier, tengo una propuesta para ti.

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