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Capítulo 3

Author: Leep
Me volví más atrevido. Ya no me bastó con dejar la mano en su cintura; empecé a subirla despacio. Era como si tuviera la mano electrizada; por donde pasaba, Ema se estremecía.

Cuando le cubrí la curva plena del pecho, Ema se estremeció entera y dejó escapar un gemido.

—Mmm…

Aquel sonido era tenue, casi inaudible, pero me encendió el cuerpo entero como el afrodisíaco más potente.

¡Qué pechos tan grandes y tan suaves! A través de la seda fina, les sentía la firmeza y el calor.

No pude evitar apretarle el pecho.

—No… no quiero…

Ema se aflojó y apenas siguió forcejeando; en su voz se mezclaban la súplica y… el deseo. Cuando una mujer dice que no, es que sí. Eso me excitó más.

Tampoco dejé quieta la otra mano; la metí por debajo del camisón. Su piel se sentía suave y tersa. ¡No llevaba ropa interior!

El descubrimiento me estalló. Mis dedos encontraron una entrada húmeda y caliente que se contraía apenas, como si me diera la bienvenida. Así que el témpano llevaba rato derretido.

—Está toda mojada… ¿y dice que no? —Saqué los dedos, empapados de sus jugos, se los puse delante de la cara y sonreí de lado.

Ema vio el brillo transparente que me cubría los dedos y cerró los ojos, avergonzada; le temblaron las pestañas y una lágrima se le escapó.

Verla así, atrapada entre la vergüenza y la rabia, ya sin fuerzas para resistirse, me hacía imposible detenerme. Bajé la cabeza y le atrapé el lóbulo de la oreja entre los labios. Esa era su zona más sensible; Aarón me lo había dicho.

—¡Ah!

Tal como esperaba, se sacudió como si recibiera una descarga; le temblaron las piernas y terminó colgada de mí.

—Sí que es sensible.

Mientras le lamía la oreja, pequeña y delicada, con los dedos le trazaba círculos en la entrada de su sexo, húmeda y resbaladiza.

—Una señora tan sensible que nunca pudo tener hijos… Seguro que el problema es del jefe. Con lo hermosa que es usted.

—Nnnnno… te lo ruego… no…

Su voz salía entrecortada, ronca de deseo. Pero el cuerpo la delataba; empezó a retorcerse y a buscar mis dedos por su cuenta. Sentía que el deseo que yo le había encendido por dentro la empujaba a pedir más con desesperación.

Cuando me disponía a dar el siguiente paso y penetrarla con mi miembro, ya duro hasta doler, sonó el celular. Era Aarón. Me molestó la llamada, pero contesté y puse el altavoz.

—Dylan, ¿cómo va el encargo? —preguntó Aarón por el altavoz.

Miré a Ema, perdida de deseo en mis brazos. Ella también escuchó la voz de Aarón; se le tensó el cuerpo y recuperó un poco de lucidez.

Me miró alterada, con lágrimas en los ojos, sin poder creerlo.

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