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Capítulo 4

作者: Leep
Al verla tan confundida, quise provocarla. Adrede, presioné con más fuerza su punto más sensible.

—Mmm… aah…

Ema no aguantó más y dejó escapar un gemido de una sensualidad estremecedora. Al otro lado de la línea, Aarón empezó a respirar agitadamente.

—Bien… muy bien… —dijo con voz ronca—. Sigue, no pares. Hazla gritar; quiero escucharla.

No podía creer lo que oía. Ese tipo quería escuchar cómo otro hombre se tiraba a su esposa. ¡Qué enfermo!

Pero… ¡qué morbo daba! Miré a Ema, con la humillación, la rabia y la vergüenza pintadas en la cara, y me detuve un instante. Después dije por teléfono:

—Jefe, con el celular en la mano no puedo hacerlo bien. Voy a colgar.

Colgué, lancé el celular a un lado y levanté a Ema en brazos para llevarla al dormitorio.

—No… ahí no… —Ema forcejeó, aterrada—. Esa es… nuestra cama…

—Él mismo me exigió que te cogiera hasta embarazarte.

La arrojé sobre la cama grande y blanda y me dejé caer encima de ella con todo mi peso. Le rasgué el camisón, ya de por sí fino, y dejé al descubierto su cuerpo desnudo y perfecto. Su piel clara brillaba tentadora bajo la luz.

Sus pechos, blancos y firmes, terminaban en dos pezones carmín que parecían pedir una caricia.

Bajo su vientre plano asomaba un vello oscuro y tupido; entre las piernas, su sexo estaba empapado, una tentación imposible de resistir.

Hambriento, me abalancé sobre ella y empecé a marcarle todo el cuerpo.

—No… ah… ¡espera! Tú, tú… Dylan…

Ema se retorcía debajo de mí y, sin poder evitarlo, gemía mi nombre. Se aferraba a las sábanas con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Ella seguía atrapada entre la humillación y el placer, pero su cuerpo ya había cedido.

Sentía que Ema estaba a punto de venirse abajo. Le separé las piernas largas y esbeltas, agarré a mi compadre, ya bien duro, y lo guie hacia su rincón secreto, húmedo y resbaladizo.

—¿Está lista? Voy a entrar —le susurré al oído, con el aliento caliente.

No respondió. Mantenía los ojos cerrados, temblaba sin control y las lágrimas se le acumulaban en las pestañas. Verla así, indefensa y expuesta, hizo que ya no pudiera contenerme. Bajé la cadera, listo para penetrarla.

Justo entonces, alguien abrió la puerta del dormitorio desde afuera.

—Bien hecho, muchacho.

Aarón estaba en el umbral, observándonos sin expresión.

—Sigue.

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