Justo cuando más lo estaba disfrutando, a punto de dar el golpe que terminaría de quebrarla, la puerta del dormitorio volvió a abrirse.Aarón entró.Miró un instante a Ema, ya aturdida sobre la cama; luego me miró a mí, arrodillado junto al borde, con la cara empapada de sus jugos, y se le endureció el gesto.—Ya pasó media hora, ¿y todavía no se la metes? —preguntó con fastidio.Me incorporé, algo incómodo, y me limpié la boca.—Señor Gallegos, la señora es… algo tímida.—¡Inútil! —Escupió Aarón mientras se acercaba a la cama.Miró a Ema, con la ropa revuelta y la cara encendida, y en su expresión se mezclaron los celos, la furia y, sobre todo, una obsesión enfermiza.De pronto alzó la mano y le cruzó la cara a Ema con una cachetada brutal.—¡Plas!El chasquido seco resonó hiriente en el silencio del cuarto. El golpe aturdió a Ema; ella se cubrió la cara y lo miró incrédula. Yo también me quedé helado.—¡Zorra! —Le escupió Aarón, señalándole la cara—. Yo te toco y te haces la muerta.
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