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Capítulo 2

作者: Leep
Recalqué a propósito las palabras “pijama provocadora”. Su camisón era muy sensual; de seda fina y ligera, se le pegaba al cuerpo, y a la altura del pecho se le marcaban claramente los dos botones carmín. Al acercarme, notaba que, por los nervios, el pecho le subía y bajaba apenas; sus senos, blancos y abultados, se mecían hasta marearme.

Ema se puso roja; no supe si de rabia o de vergüenza. La tenía acorralada en un rincón de la sala, sin espacio para retroceder.

—Así que era cierto… ¿te mandó Aarón? —preguntó entre dientes; le temblaba la voz.

—¿No era obvio? —dije, deteniéndome frente a ella.

La distancia entre nosotros no llegaba a diez centímetros; me llegaba el aroma embriagador de su piel y sentía el calor de su aliento.

Recorrí su cuerpo con la mirada, sin el menor pudor; de sus clavículas delicadas pasé a los pechos generosos, luego al vientre plano y a esas piernas largas y esbeltas que se adivinaban bajo el camisón.

Sus piernas eran preciosas, blancas, rectas y sin un gramo de grasa. Podía imaginarme con toda claridad esas piernas enredadas en mi cintura. Mi cuerpo respondía cada vez con más fuerza; el bulto en el pantalón ya era evidente.

Adelanté la cadera para que sintiera lo duro que estaba.

—Ah…

Ema lanzó un grito breve y se quedó rígida. Estaba claro que también sentía esa tensión. Se le encendió la cara como si fuera a sangrar; me miró con odio, vergüenza y espanto.

—¡Eres un degenerado!

Levantó la mano para golpearme. La agarré por la muñeca, le sujeté las dos manos contra la pared y me eché encima de ella, hasta dejarla atrapada entre la pared y yo.

—Ya vio lo que tengo… ¿qué le parece?

Incliné la cabeza hasta rozarle casi la oreja con los labios y le dije en voz baja, insinuante:

—Se nota que está más que satisfecha.

—¡Mentira! —Ema se debatió, pero contra mí no tenía más fuerza que una gatita.

Al forcejear, lo único que consiguió fue que nuestros cuerpos quedaran más pegados. A través de la tela delgada sentía sus curvas y cada estremecimiento.

Le aplastaba los pechos contra mi torso hasta deformarlos, y aquel roce suave estuvo a punto de hacerme perder el control.

—Mienta yo o no, su cuerpo lo sabe mejor que nadie.

Le deslicé la mano por el brazo hasta acariciarle la cintura. Su cintura era tan suave y delgada que parecía caberme en una mano. Sentí cómo, apenas le puse la mano en la cintura, se tensó y hasta se le cortó la respiración.

—Suel… suéltame… —La voz se le quebró en un sollozo indefenso.

Pero en el temblor de su cuerpo percibí un cambio extraño. Era un deseo reprimido desde hacía mucho tiempo; mis provocaciones lo despertaban poco a poco.

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