ログインPero no le importó nada; al contrario, me correspondió con más ardor; metió la lengua en mi boca y la enredó con la mía.Como animales en celo, nos devorábamos a mordidas y dábamos rienda suelta a un deseo contenido desde hacía mucho. No supe cuánto tiempo pasó hasta que por fin nos separamos, sin aliento. Tenía los labios rojos e hinchados, los ojos nublados y las mejillas encendidas de deseo.—A la recámara —dijo con voz ronca.La levanté en brazos y avancé hacia la recámara. Esta vez no estaba Aarón. No había policías. Solo nosotros dos.La arrojé sobre la cama amplia y blanda. Luego me quité la ropa, prenda por prenda, hasta dejar a la vista mi cuerpo firme y musculoso.Ella, cómplice, se quitó lo único que la cubría. Nos quedamos desnudos, frente a frente, sin nada que esconder. Me quedé mirando su cuerpo desnudo y perfecto, una tentación bajo la luz.No aguanté más y me abalancé sobre ella.***Al día siguiente, cuando desperté, ya no había nadie a mi lado. Sobre la mesita de noc
Cuando estaba a punto de irme, un Porsche rojo se detuvo frente a mí. La ventanilla bajó y dejó ver el rostro de facciones finas y expresión fría de Ema.Llevaba lentes oscuros que le ocultaban la mirada, pero esa sonrisa apenas insinuada en la comisura de sus labios me resultó insoportable.—Sube —ordenó con frialdad.No me moví.—¿Qué pasa? ¿Quieres que hablemos aquí mismo de lo que dejamos a medias aquella noche? —Se quitó los lentes y me miró arqueando una ceja.Se me endureció el gesto, pero al final abrí la puerta y me subí. El auto arrancó a toda velocidad y se detuvo al pie de una lujosa torre de departamentos frente al río. Era el nuevo departamento que había comprado con el dinero de Aarón.—Baja.Me hizo entrar al departamento. El lugar era enorme, tenía acabados lujosos y un ventanal inmenso que daba al río, donde el agua centelleaba. Lo reconocí al primer vistazo. Tenía la misma distribución que la habitación donde había estado aquella noche.—¿Para qué me trajo aquí? —La
—¡Ay! —gritó.Sentí que su cuerpo reaccionaba otra vez. Estaba expuesta, en una postura humillante, y encima... se estaba mojando otra vez. Esta mujer, en el fondo, es una cachonda.Ya no pensaba tratarla con ninguna delicadeza. Me sujeté semejante pedazo, que llevaba demasiado tiempo al límite, y lo llevé hacia su puerta de atrás, apenas contraída por los nervios.—¡Dylan! ¡No te atrevas! —chilló, aterrada, como si hubiera adivinado lo que iba a hacer.—¡Vas a ver si me atrevo!Sonreí con saña y embestí. En ese momento se escuchó un estruendo. ¡Pum! Alguien abrió la puerta de la habitación de una patada.Varios policías uniformados entraron de golpe.—¡Policía! ¡No se muevan!Me quedé rígido y me detuve. Vi a Ema sonreír, fría y triunfante. Lo entendí todo.¡Esta mujer me había tendido una trampa, carajo! A Aarón y a mí nos llevaron a la delegación. La acusación era intento de violación.Ema era quien había presentado la denuncia. Ella ya se lo veía venir. Sabía que él haría algo así.
Justo cuando más lo estaba disfrutando, a punto de dar el golpe que terminaría de quebrarla, la puerta del dormitorio volvió a abrirse.Aarón entró.Miró un instante a Ema, ya aturdida sobre la cama; luego me miró a mí, arrodillado junto al borde, con la cara empapada de sus jugos, y se le endureció el gesto.—Ya pasó media hora, ¿y todavía no se la metes? —preguntó con fastidio.Me incorporé, algo incómodo, y me limpié la boca.—Señor Gallegos, la señora es… algo tímida.—¡Inútil! —Escupió Aarón mientras se acercaba a la cama.Miró a Ema, con la ropa revuelta y la cara encendida, y en su expresión se mezclaron los celos, la furia y, sobre todo, una obsesión enfermiza.De pronto alzó la mano y le cruzó la cara a Ema con una cachetada brutal.—¡Plas!El chasquido seco resonó hiriente en el silencio del cuarto. El golpe aturdió a Ema; ella se cubrió la cara y lo miró incrédula. Yo también me quedé helado.—¡Zorra! —Le escupió Aarón, señalándole la cara—. Yo te toco y te haces la muerta.
Sentí como si me hubiera estrellado contra una pared y casi me hubiera partido la espalda. Al fijarme bien, descubrí que Ema se había encajado una almohada bajo el cuerpo para tapar la única entrada. Solté una risa de pura furia.—¿Qué es esto? ¿Va a estar con jueguitos?No dijo nada; se quedó mirándome, terca, con los ojos enrojecidos.—Bien. Me gustan los retos.Le arranqué la almohada y la lancé a un lado. Pero ella volvió a apretar las piernas con todas sus fuerzas. Intenté separarlas varias veces, sin éxito.Aunque las piernas de esa mujer parecían delgadas, tenían una fuerza asombrosa. Empecé a impacientarme. No quedaba mucho tiempo.La agarré por el mentón y la obligué a mirarme.—Ema, le doy una última oportunidad. ¿Va a abrir las piernas usted sola o la ayudo yo?Esta vez hablé más duro. Seguía sin inmutarse; se limitó a apartar la cara, terca, para no mirarme. Bien. Muy bien.A las buenas no quería, a las malas sí. Solté una risa seca y dejé de gastar saliva con ella. Me inco
Le temblaban los hombros a sacudidas; daba pena verla. Por un momento sentí una punzada de compasión, pero el deseo la apagó enseguida. Media hora.Tenía que cumplir el encargo en media hora. Me acerqué, me agaché y le levanté la cara con delicadeza. Tenía la cara empapada de lágrimas y la mirada perdida, como una muñeca rota.—Ya no llore —le dije mientras le secaba las lágrimas con la yema del dedo—. Esto no es tan malo.No reaccionó; seguía hundida en su tristeza.—Piénselo. Usted consigue el hijo que quería; yo, el dinero; y su esposo, el heredero. Todos salimos ganando, ¿no?La iba enredando con paciencia, como la serpiente que tentó a Eva.—Además, se lo prometo, voy a hacerla gozar más de lo que la hizo gozar su esposo.Me acerqué a su oído y le lamí despacio el lóbulo frío con la punta de la lengua. Volvió a estremecerse. Sentí que sus defensas empezaban a ceder.La levanté del suelo y la recosté de nuevo en la cama. Esta vez no se resistió. Me incliné y le besé despacio la car







