LOGINNOELIA
—No esperaba que contestaras, Solcita.
Eran las seis de la mañana, la habitación seguía gris y la voz al otro lado de la línea era la última que quería en mi oído. Me incorporé de golpe, furiosa por el apodo.
—¿Cómo has conseguido este número?
—Dentro de menos de una semana serás mi esposa. Puedes llamarme Salvador. La capilla está reservada para el viernes, y el salón del banquete también.
—¿Este viernes? ¿Estás loco?
—No es una boda, Noelia. Es una exhibición de fuerza. Una lujosa le dice a todo el mundo que estamos unidos y que más les vale no tocarnos las narices. —Su voz era tranquila y insoportablemente despreocupada—. Busca un vestido y organiza a tus damas de honor. El coste no es asunto tuyo.
Quise discutir, pero lo peor era que tenía razón. El dinero estaba tan justo que mi vestido habría tenido que salir de una tienda de segunda mano, pero Salvador no necesitaba saberlo, y antes me habría puesto una bolsa de basura que aceptar la caridad de un Valcázar.
—Me lo pagaré yo.
—Pues hazlo. Tú solo preséntate a la ceremonia.
—Vete al infierno, Salvador.
—Te guardaré un sitio.
La llamada se cortó.
Cuando quedé con Inés frente a Sienna Novias, en el Eixample de Barcelona, ya me había bebido un triple espresso como si fuera tequila y había gritado dos veces contra la almohada.
—No me puedo creer que te cases dentro de una semana y que yo me haya enterado por un mensaje —dijo, enlazando su brazo con el mío.
—No es una boda de verdad. Es un negocio con rosas y tarta. —Miré los vestidos de seda del escaparate y me encogí al ver las etiquetas—. Solo venimos a probarnos cosas, y luego buscamos uno en una tienda de segunda mano.
—O buscamos uno que haga que Salvador olvide su propio nombre. —Tiró de mí hacia la puerta—. Convierte tu belleza en un arma y haz sufrir al muy cabrón.
Esa sí era una idea con la que podía estar de acuerdo.
Dentro, el aire olía a rosas y a vainilla. Bajé la vista hacia mis Converse gastadas y me encogí cuando la dependienta reparó en mis leggings y mi parka, pero ella solo sonrió.
—¿Es usted Noelia Galván? Su prometido llamó con antelación y nos dio una descripción muy detallada. Dijo que cargáramos a su tarjeta todo lo que usted eligiera.
—Será cabrón —siseé.
—Ay, qué bueno es —dijo Inés, con los ojos prácticamente encendidos.
Menos de cuarenta y ocho horas después de firmar, ya sabía exactamente adónde iría, aunque le hubiera dicho que me pagaría yo misma el vestido. Vale; si quería jugar así, yo me quedaría con el champán.
Dos horas y ocho vestidos después, seguía sin dar con el elegido, hasta que Inés apareció con un vestido de seda color marfil con sobrefalda de encaje, un escote que se atrevía sin llegar a ser vulgar y una espalda al aire con delicados botones que bajaban por la columna.
—Eres malvada —murmuré, cogiéndolo.
Me sentaba como si lo hubieran hecho a mi medida. Cuando me subí la cremallera lateral y levanté la vista, la chica del espejo parecía una novia, y un escalofrío me recorrió antes de que lo espantara con el ceño. No, Noelia. No tienes permiso para ilusionarte con esto.
Salí del probador y Inés ahogó un grito.
—Tienes que comprártelo.
Pero yo me miraba y pensaba en el día con el que solía soñar: papá llevándome al altar con lágrimas en los ojos, entregándome al hombre al que amaba y advirtiéndole que no me rompiera el corazón. Ahora mi padre estaba seis palmos bajo tierra, y ni siquiera me caía bien el hombre con quien iba a casarme.
Inés me apretó el hombro.
—¿Estás bien?
—No. Pero lo estaré, porque tengo que estarlo.
En el mostrador, la dependienta me deslizó el recibo.
—El vestido ya está pagado. El señor Valcázar reservó esta cita hace tres semanas.
Me quedé inmóvil, porque hacía tres semanas yo no había oído jamás las palabras «propuesta de matrimonio», y Joaquín ni siquiera me había dicho que los Valcázar hubieran llamado. Salvador no me lo había soltado de repente. Lo había decidido mucho antes de que yo supiera que había algo que decidir.
NOELIA—¿De verdad creíste que me casaría contigo sin pelear, Salvador?Durante un segundo, el arma estuvo en mi mano. Al siguiente, sus dedos se cerraron alrededor de mis muñecas y las torcieron. El peso abandonó mi palma y el cañón quedó apuntándome a mí. Ni siquiera lo vi moverse.—Maldito loco…La sonrisa arrogante se fue borrando de su rostro y comprendí que acababa de cometer un error estúpido. Apretó el gatillo. Mi corazón golpeó contra mis costillas… clic… y no pasó nada.Bajó el arma unos centímetros, la miró, sacó el cargador y lo inclinó para que yo pudiera ver el interior. Corrió la corredera. No cayó nada. Estaba vacía.—¿En serio? —Su voz sonó plana—. Intentas matarme y ni siquiera compruebas si el arma está cargada. ¿Sabes siquiera usar una?El calor me trepó por la nuca mientras miraba el cargador vacío. Nunca me había sentido tan idiota en toda mi vida.Tiró el cargador al suelo.—Si quieres verme muerto, Noelia, asegúrate de que el arma pueda hacer el trabajo. Si no,
NOELIA—¿Qué esperabas? —Mi voz aguantó, y eso me enorgulleció—. ¿Que me casara con el asesino de mi padre y hiciera de esposa agradecida?Se rio, una risa baja y genuinamente divertida, como si hubiera contado un chiste en un funeral. Luego juntó las manos delante de sí, como un hombre que espera a que empiece el sermón, y señaló la pistola con un gesto de la cabeza.—Entonces dispárame.—¿De verdad crees que no puedo?—Creo que quieres hacerlo. —Dio un paso hacia mí, hasta que el cañón casi le rozó la camisa—. Te desafío, Solcita.Mi dedo se curvó sobre el gatillo y la habitación se redujo a dos centímetros de metal y al hombre que sonreía al otro extremo.Entonces desapareció.No lo vi moverse. En un latido la pistola estaba en mis manos y en el siguiente estaba en las suyas, y ni siquiera me escocieron las muñecas. Me la quitó como se le quita un vaso a un amigo borracho, con dedos cuidadosos que no dejaron marca. No me hizo daño, y de algún modo eso era peor.Sacó el cargador con
NOELIA—Mi coche está ahí —susurró Inés—. No tienes por qué hacerlo. Di la palabra y nos vamos.Era la oferta más tentadora que me habían hecho en la vida. Estábamos en los escalones de piedra frente a la capilla, con su vestido naranja tostado ondeando al viento y su cochecito plateado esperando al otro lado de la calle como una promesa. Durante un segundo me permití imaginar el motor y la carretera abierta, al diablo las alianzas y la política, y entonces pensé en la cara de Joaquín y en lo que estaba en juego.—Lo que yo quiera es irrelevante —dije—. Esto tiene que pasar.A Inés no le gustó mi respuesta, pero asintió de todos modos, y por eso era la mejor amiga que había tenido nunca.Lo peor era que había creído que me había librado. Cuando la sangre de Ramiro empapó mi dobladillo, de verdad pensé que la boda se aplazaría, o se cancelaría, o se enterraría junto a él. Y entonces Salvador llamó, menos de veinticuatro horas después, para decir que seguiría adelante según lo previsto,
NOELIALa campanilla de la puerta tintineó y entraron dos hombres que no pintaban nada en una tienda de novias.Los vi en el espejo desde la tarima, todavía con el vestido de novia puesto. Llevaban abrigos oscuros y tenían la quietud de quienes nunca han necesitado alzar la voz; mientras uno recorría la sala con la mirada, el otro se plantó junto a la puerta. La sonrisa de la dependienta se congeló y Inés se detuvo con la copa de champán a medio camino de la boca. El champán burbujeaba inútilmente, ajeno al peso que de pronto ocupaba todo el aire. Fuera, los guardias de Salvador ni se habían inmutado, lo cual significaba que alguien les había ordenado dejarlos pasar.Entonces lo oí, desde algún punto a espaldas de los hombres: el golpeteo de un bastón sobre el mármol, lento y sin prisa, sostenido por alguien a quien nunca le había hecho falta correr por nada. Los hombres se apartaron.—Vaya, vaya. —La voz era ronca, cálida y demasiado satisfecha de sí misma—. Qué estampa.Ramiro Valcá
NOELIA—No esperaba que contestaras, Solcita.Eran las seis de la mañana, la habitación seguía gris y la voz al otro lado de la línea era la última que quería en mi oído. Me incorporé de golpe, furiosa por el apodo.—¿Cómo has conseguido este número?—Dentro de menos de una semana serás mi esposa. Puedes llamarme Salvador. La capilla está reservada para el viernes, y el salón del banquete también.—¿Este viernes? ¿Estás loco?—No es una boda, Noelia. Es una exhibición de fuerza. Una lujosa le dice a todo el mundo que estamos unidos y que más les vale no tocarnos las narices. —Su voz era tranquila y insoportablemente despreocupada—. Busca un vestido y organiza a tus damas de honor. El coste no es asunto tuyo.Quise discutir, pero lo peor era que tenía razón. El dinero estaba tan justo que mi vestido habría tenido que salir de una tienda de segunda mano, pero Salvador no necesitaba saberlo, y antes me habría puesto una bolsa de basura que aceptar la caridad de un Valcázar.—Me lo pagaré
SALMe gustaban las mujeres que mordían. Noelia Galván ya había sacado sangre y ni siquiera habíamos pedido.Estaba sentada a mi lado con un vestido negro que debería estar prohibido, con los brazos cruzados y la mirada clavada en la pared como si yo fuera parte del mobiliario. Hice girar el whisky en el vaso y le concedí su silencio, porque cada segundo que pasaba ignorándome era un segundo que pasaba pensando en mí, pero al cabo de diez minutos decidí pinchar al oso.—No me has mirado ni una sola vez desde que has llegado.—No tengo intención de mancharme los ojos con basura que ni siquiera merece reciclarse.Javier se atragantó con la bebida, Ignacio convirtió una carcajada en tos y, al otro lado de la mesa, su hermano se puso pálido.—Noelia...Ella ni parpadeó. Dios, qué divertida era.—Cuidado, princesa. Sigue hablando así y pensaré que te estás haciendo la difícil.—No me llames princesa.— Solcita, entonces. Es italiano. Búscalo.Se echó los rizos rubios sobre un hombro, y la







