LOGINSAL
Me gustaban las mujeres que mordían. Noelia Galván ya había sacado sangre y ni siquiera habíamos pedido.
Estaba sentada a mi lado con un vestido negro que debería estar prohibido, con los brazos cruzados y la mirada clavada en la pared como si yo fuera parte del mobiliario. Hice girar el whisky en el vaso y le concedí su silencio, porque cada segundo que pasaba ignorándome era un segundo que pasaba pensando en mí, pero al cabo de diez minutos decidí pinchar al oso.
—No me has mirado ni una sola vez desde que has llegado.
—No tengo intención de mancharme los ojos con basura que ni siquiera merece reciclarse.
Javier se atragantó con la bebida, Ignacio convirtió una carcajada en tos y, al otro lado de la mesa, su hermano se puso pálido.
—Noelia...
Ella ni parpadeó. Dios, qué divertida era.
—Cuidado, princesa. Sigue hablando así y pensaré que te estás haciendo la difícil.
—No me llames princesa.
— Solcita, entonces. Es italiano. Búscalo.
Se echó los rizos rubios sobre un hombro, y la mano no le temblaba del todo bien. Tenía miedo y lo disimulaba con veneno, y eso lo respeté más de lo que habría respetado la calma.
—Esto no es un matrimonio —dijo—. Es una absorción hostil.
—Hostil o no, es un contrato vinculante. Tu familia obtiene mi protección y mi apellido, y yo te obtengo a ti. —Me incliné hacia ella—. Eres una reina, lo que te hace diez veces más peligrosa en el tablero. Pero soy yo quien mueve las piezas, cariño.
—Me casaré contigo para salvar lo que queda de mi familia, pero no pienso obedecerte como una esposa trofeo dócil.
Esposa. Obedecer. No tenía ni idea de lo que esas palabras me hacían.
—Regla número uno —dije en voz baja—. Cuando te diga que hagas algo, lo haces sin preguntar. Dime, Noelia, ¿sabes ser una buena chica?
—Vete al infierno.
—Ya vivo allí. Tú solo te estás mudando.
Se puso en pie antes de que terminara la frase.
—Esto es una broma. Me largo.
—Siéntate, Noelia —dijo Joaquín, medio incorporándose—. No tenemos otra opción.
—Tú no tienes que firmar tu vida y entregársela a él. Yo sí.
Javier soltó una carcajada.
—Eh, preciosa, yo podría hacer algo más que divertirte.
Mi puño cayó sobre la mesa con tanta fuerza que hizo vibrar todas las copas. No lo había planeado; la rabia había llegado a mi mano antes que a mi cabeza, y eso me molestó más de lo que habría admitido delante de nadie. Javier dejó de sonreír.
—Basta. —Después me volví hacia ella—. Si quieres irte, vete. Lo único que necesitamos es la firma de tu hermano.
La mano de Joaquín se cerró en torno a su brazo, entre ellos pasó una discusión silenciosa y ella se hundió de nuevo en la silla, sin apartar sus ojos verdes de los míos.
—Puede que hayas ganado esta ronda —dijo en voz baja—, pero no creas ni por un segundo que eres mi dueño.
No probó la comida y no me importó, porque estaba disfrutando del espectáculo.
Cuando retiraron los platos, Enrique extendió los contratos sobre la mesa y deslizó un bolígrafo hacia Joaquín, que firmó sin leer una sola página, lo cual me dijo exactamente lo desesperados que estaban los Galván. Luego le tocó a ella. Cogió el bolígrafo de un zarpazo, me sostuvo la mirada y firmó sin apartar los ojos de los míos. Lo tiró sobre la mesa como quien lanza un puñetazo, y yo firmé debajo de su nombre y sonreí.
Estaba fuera de la silla antes de que se secara la tinta, pero crucé la sala privada en tres zancadas y le cerré los dedos en torno a la muñeca.
—Suéltame.
No lo hice. Mi boca encontró su oído, y su pulso saltó bajo mi pulgar.
—Corre todo lo que quieras. Tú y yo sabemos que acabarás en mi cama.
—En tus sueños. —Se soltó de un tirón y salió sin mirar atrás.
Joaquín fue tras su hermana. Enrique esperó a que la sala se vaciara y entonces se inclinó para que solo yo pudiera oírlo.
—¿Ya lo sabe?
Terminé el whisky, y mi sonrisa no me llegó a los ojos.
—No. Pero cree que es ella quien tiene un plan.
NOELIA—¿De verdad creíste que me casaría contigo sin pelear, Salvador?Durante un segundo, el arma estuvo en mi mano. Al siguiente, sus dedos se cerraron alrededor de mis muñecas y las torcieron. El peso abandonó mi palma y el cañón quedó apuntándome a mí. Ni siquiera lo vi moverse.—Maldito loco…La sonrisa arrogante se fue borrando de su rostro y comprendí que acababa de cometer un error estúpido. Apretó el gatillo. Mi corazón golpeó contra mis costillas… clic… y no pasó nada.Bajó el arma unos centímetros, la miró, sacó el cargador y lo inclinó para que yo pudiera ver el interior. Corrió la corredera. No cayó nada. Estaba vacía.—¿En serio? —Su voz sonó plana—. Intentas matarme y ni siquiera compruebas si el arma está cargada. ¿Sabes siquiera usar una?El calor me trepó por la nuca mientras miraba el cargador vacío. Nunca me había sentido tan idiota en toda mi vida.Tiró el cargador al suelo.—Si quieres verme muerto, Noelia, asegúrate de que el arma pueda hacer el trabajo. Si no,
NOELIA—¿Qué esperabas? —Mi voz aguantó, y eso me enorgulleció—. ¿Que me casara con el asesino de mi padre y hiciera de esposa agradecida?Se rio, una risa baja y genuinamente divertida, como si hubiera contado un chiste en un funeral. Luego juntó las manos delante de sí, como un hombre que espera a que empiece el sermón, y señaló la pistola con un gesto de la cabeza.—Entonces dispárame.—¿De verdad crees que no puedo?—Creo que quieres hacerlo. —Dio un paso hacia mí, hasta que el cañón casi le rozó la camisa—. Te desafío, Solcita.Mi dedo se curvó sobre el gatillo y la habitación se redujo a dos centímetros de metal y al hombre que sonreía al otro extremo.Entonces desapareció.No lo vi moverse. En un latido la pistola estaba en mis manos y en el siguiente estaba en las suyas, y ni siquiera me escocieron las muñecas. Me la quitó como se le quita un vaso a un amigo borracho, con dedos cuidadosos que no dejaron marca. No me hizo daño, y de algún modo eso era peor.Sacó el cargador con
NOELIA—Mi coche está ahí —susurró Inés—. No tienes por qué hacerlo. Di la palabra y nos vamos.Era la oferta más tentadora que me habían hecho en la vida. Estábamos en los escalones de piedra frente a la capilla, con su vestido naranja tostado ondeando al viento y su cochecito plateado esperando al otro lado de la calle como una promesa. Durante un segundo me permití imaginar el motor y la carretera abierta, al diablo las alianzas y la política, y entonces pensé en la cara de Joaquín y en lo que estaba en juego.—Lo que yo quiera es irrelevante —dije—. Esto tiene que pasar.A Inés no le gustó mi respuesta, pero asintió de todos modos, y por eso era la mejor amiga que había tenido nunca.Lo peor era que había creído que me había librado. Cuando la sangre de Ramiro empapó mi dobladillo, de verdad pensé que la boda se aplazaría, o se cancelaría, o se enterraría junto a él. Y entonces Salvador llamó, menos de veinticuatro horas después, para decir que seguiría adelante según lo previsto,
NOELIALa campanilla de la puerta tintineó y entraron dos hombres que no pintaban nada en una tienda de novias.Los vi en el espejo desde la tarima, todavía con el vestido de novia puesto. Llevaban abrigos oscuros y tenían la quietud de quienes nunca han necesitado alzar la voz; mientras uno recorría la sala con la mirada, el otro se plantó junto a la puerta. La sonrisa de la dependienta se congeló y Inés se detuvo con la copa de champán a medio camino de la boca. El champán burbujeaba inútilmente, ajeno al peso que de pronto ocupaba todo el aire. Fuera, los guardias de Salvador ni se habían inmutado, lo cual significaba que alguien les había ordenado dejarlos pasar.Entonces lo oí, desde algún punto a espaldas de los hombres: el golpeteo de un bastón sobre el mármol, lento y sin prisa, sostenido por alguien a quien nunca le había hecho falta correr por nada. Los hombres se apartaron.—Vaya, vaya. —La voz era ronca, cálida y demasiado satisfecha de sí misma—. Qué estampa.Ramiro Valcá
NOELIA—No esperaba que contestaras, Solcita.Eran las seis de la mañana, la habitación seguía gris y la voz al otro lado de la línea era la última que quería en mi oído. Me incorporé de golpe, furiosa por el apodo.—¿Cómo has conseguido este número?—Dentro de menos de una semana serás mi esposa. Puedes llamarme Salvador. La capilla está reservada para el viernes, y el salón del banquete también.—¿Este viernes? ¿Estás loco?—No es una boda, Noelia. Es una exhibición de fuerza. Una lujosa le dice a todo el mundo que estamos unidos y que más les vale no tocarnos las narices. —Su voz era tranquila y insoportablemente despreocupada—. Busca un vestido y organiza a tus damas de honor. El coste no es asunto tuyo.Quise discutir, pero lo peor era que tenía razón. El dinero estaba tan justo que mi vestido habría tenido que salir de una tienda de segunda mano, pero Salvador no necesitaba saberlo, y antes me habría puesto una bolsa de basura que aceptar la caridad de un Valcázar.—Me lo pagaré
SALMe gustaban las mujeres que mordían. Noelia Galván ya había sacado sangre y ni siquiera habíamos pedido.Estaba sentada a mi lado con un vestido negro que debería estar prohibido, con los brazos cruzados y la mirada clavada en la pared como si yo fuera parte del mobiliario. Hice girar el whisky en el vaso y le concedí su silencio, porque cada segundo que pasaba ignorándome era un segundo que pasaba pensando en mí, pero al cabo de diez minutos decidí pinchar al oso.—No me has mirado ni una sola vez desde que has llegado.—No tengo intención de mancharme los ojos con basura que ni siquiera merece reciclarse.Javier se atragantó con la bebida, Ignacio convirtió una carcajada en tos y, al otro lado de la mesa, su hermano se puso pálido.—Noelia...Ella ni parpadeó. Dios, qué divertida era.—Cuidado, princesa. Sigue hablando así y pensaré que te estás haciendo la difícil.—No me llames princesa.— Solcita, entonces. Es italiano. Búscalo.Se echó los rizos rubios sobre un hombro, y la







