INICIAR SESIÓNLos meses de tormento me dejaron casi entumecida. Entre el daño que Arnold se infligía a diario y el llanto constante de Yasmine, me sentía atrapada en una pesadilla de la que no podía despertar. Su demencia desencadenó gradualmente en el vacío, y empezó a cuestionarse si aquella tortura tenía ya algún sentido.Un día, no pudo más y se quebró. Se desplomó de rodillas ante mí, me sujetó los hombros con fuerza y con voz ronca exigió: —Juniper, ¿qué debo hacer para que me perdones? ¿Quieres que muera frente a ti?Le dediqué una mirada hostil y hablé con lentitud: —Juguemos a la ruleta rusa, Arnold. Tomaremos turnos para apretar el gatillo. Si sobrevivimos, quizá signifique que los cielos nos han perdonado.Se le heló la sangre y un destello de miedo cruzó sus ojos. Sin embargo, se recompuso rápido y negó con la cabeza. —No. No dejaré que corras ese riesgo.—¿Qué pasa? ¿Tienes miedo? —Alcé la vista con indiferencia—. ¿O es que eres demasiado cobarde para enfrentar tus pecados?Apretó la
—¡Te juro que puedo explicarlo! —la voz de Arnold denotaba una angustia evidente—. Todo fue un malentendido. ¡La confundí contigo porque estaba borracho!Solté una carcajada sin gracia, lanzándole una mirada cargada de desprecio.—¿Un malentendido? Arnold, ¿crees que soy tonta? Me engañaste con ella durante cinco años. Tenías tiempo de sobra para terminar con eso, pero ¿qué hiciste? Ah, sí, no solo no te detuviste, ¡sino que incluso te casaste con ella!Mi voz tembló y las lágrimas amenazaron con caer; no obstante, no me permití esa debilidad. El rostro de Arnold decayó aún más. Soltó mi muñeca y dejó caer sus manos sin fuerza a los costados.—Sé que me equivoqué, Juniper. De verdad lo sé. Pero lo de Yasmine y yo terminó hace mucho tiempo. Eres la única en mi corazón. Por favor, tienes que creerme.Lo miré con desdén, me giré bruscamente y escupí: —¿Qué es lo que no entiendes? ¡No volveré a creerte jamás!Apenas di un paso cuando volvió a sujetarme del brazo. —No te vayas, Juniper. Dam
La varilla de hierro silbó en el aire e impactó con fuerza en el brazo de Yasmine. Ella soltó un grito de dolor desgarrador. Su brazo se fracturó al instante y quedó colgando inerte a su costado.A pesar de eso, Arnold no tenía intenciones de detenerse. Con los ojos inyectados en rabia y locura, la golpeó sin parar.—¡Desgraciada! ¡Te haré pagar cada gramo de dolor que le causaste a Juniper!No solo destrozó sus manos; ni siquiera sus pies se salvaron. Ella se acurrucó en el suelo mientras sus gritos se volvían cada vez más débiles. Arnold, insatisfecho, le pisó las piernas con saña. Se escucharon dos crujidos secos cuando los huesos cedieron bajo su peso.—Enciérrenla en el calabozo. ¡Que nadie la vea sin mi permiso! —ordenó jadeante a un soldado de las fuerzas especiales.El soldado asintió impasible, llevándose a rastras a Yasmine, quien yacía inconsciente. Arnold se desplomó en el suelo con una mezcla de arrepentimiento y furia. Sacó su teléfono y marcó aquel número familiar una v
Las manos de Arnold temblaban ligeramente. El acuerdo de divorcio a su lado se sentía como un cuchillo desgarrándole el corazón.—¿Por qué lo firmó? —rugió, fulminando a Jeremy con una mirada que prometía aniquilarlo—. ¡¿Por qué?!El mayordomo no se atrevió a levantar la vista, mucho menos a responder. Arnold, incapaz de contener su rabia, analizó el collar de rubí que tenía en la mano. Recordó de inmediato la microcámara que le había instalado; aquella que solía grabarlo todo.Se apresuró a buscar el proyector y lanzó las imágenes sobre la pared. Al principio apenas se distinguía nada, hasta que, poco a poco, la cámara enfocó y Yasmine y yo aparecimos en escena. El rostro de mi hermana era una mueca de pura malicia mientras escupía palabras cargadas de desprecio:—¿Es que no lo entiendes, Juniper? ¡No eres más que una buena para nada que nunca le importó a nadie!En el video yo me veía tranquila, a pesar de que en mis ojos se reflejaba una profunda tristeza.—No discutiré contigo por
Después me enteré de que tres horas antes, cuando Arnold salió de mi habitación del hospital, encontró a Yasmine en un almacén abandonado, acurrucada en un rincón y temblando de miedo. La sostuvo con delicadeza y susurró:—Ya estás bien, Yasmine. Te tengo.Ella se aferró al dobladillo de su saco y lloró: —Arnold, tenía tanto miedo… Cuando explotó… Pensé que nunca volvería a verte.Él le dio unas palmaditas en la espalda. —No dejaré que nadie vuelva a hacerte daño —le aseguró.Si bien la había consolado, Arnold se sentía ansioso. Pensó en mí, en la mujer devota que era antes de mostrarme tan fría y distante. Decidió a volver a casa para atenderme, hasta que Yasmine lo sujetó.—Arnold, no te vayas —suplicó ella, con una mirada de falsa sumisión—. Me da miedo estar sola.Arnold se sintió un poco impotente; pero tampoco quería que sufriera más daño. —Yasmine, necesitas descansar. Solo iré a ver a Juniper y volveré rápido.De inmediato, ella lo rodeó con sus brazos. —¡No, Arnold! No me de
Pero lo único que obtuve fue ver su espalda alejarse con Yasmine en brazos, llevándosela a un lugar seguro entre las llamas; ni siquiera escuchó mis gritos de auxilio. En ese preciso instante, algo dentro de mí murió. …Desperté en una cama de hospital. Solo faltaba un día para mi partida. Arnold estaba sentado a mi lado con una expresión de puro dolor.—¡Juniper, al fin despiertas! —me tomó de la mano con fuerza, con los ojos llenos de remordimiento—. Nunca imaginé que estarías dentro de la casa. ¡Pensé que seguías en el jardín! De lo contrario, te habría salvado a ti primero…Me zafé de su agarre en silencio y giré la cara.—Entiendo. No hace falta que expliques nada.Él soltó un largo suspiro y añadió:—Sé que no te agrada Yasmine por todo el asunto de tus padres, pero, aun así, es tu hermana menor. Tenía que salvarla; soy mayor que ella y, sea cual sea la razón, no podía dejarla ahí.—Está bien —respondí con calma y seriedad—; lo entiendo perfectamente.A juzgar por su expresión,







