ログインLa plata me hervía la sangre, pero esa no era la verdadera razón por la que mi piel estaba en llamas.
Cada paso hacia el borde del bosque era pura tortura. A pesar del veneno agonizante que destrozaba mi sistema nervioso, en lo único que podía concentrarme era en Elara caminando justo a mi lado, con su pequeña mano envuelta fuertemente alrededor de mi cintura para mantenerme en pie. *Compañera.* Odiaba la forma en que esa palabra resonaba en mi cráneo. Yo era el Alfa de la Manada del Norte. No creía en vínculos, en debilidades ni en esa m****a del "destino". Había hecho este trato "falso" con ella porque era lógico. Era una maldita estudiante de medicina; tenía su utilidad. Era una maniobra política. Solo una transacción. Pero su olor... Joder, a medida que esa embriagadora mezcla de lluvia y cedro llenaba mis pulmones, mi lobo interior se volvía loco, luchando por romper sus cadenas. Ese primer momento en que la vi en el bosque, inclinada sobre mi cuerpo sangrante... le había agarrado el cuello, pero lo único que realmente quería hacer era inmovilizarla contra la tierra y marcar su cuello. —Pareces un cadáver —susurró Elara mientras nos acercábamos a las enormes puertas de hierro de mi propiedad. Su aliento rozó mi hombro desnudo. Me estremecí involuntariamente—. ¿Te vas a desmayar? —Yo no me desmayo —gruñí, apretando la mandíbula. —Claro, los todopoderosos Alfas están exentos de las leyes de la fisiología —murmuró para sí misma. En el instante en que las puertas se abrieron, mi Beta principal, Marcus, y los guardias de la patrulla nos rodearon de inmediato. Podía ver la absoluta conmoción en sus rostros. No era solo mi estado sangriento y maltrecho; era el hecho de que estaba trayendo a nuestro santuario a una chica cubierta de barro que olía a mitad humana. —¡Alfa! —Marcus dio un paso adelante, clavando peligrosamente sus ojos en Elara—. ¿Quién... Quién es ella? Apesta a sangre de renegados. Es una amenaza... En el milisegundo exacto en que Marcus extendió su mano hacia el brazo de Elara, un interruptor se activó en mi cerebro. Al diablo con el contrato falso. Mi instinto primitivo aplastó mi lógica en menos de un latido. Un gruñido atronador que hizo temblar mi pecho brotó de mi garganta. Agarré a Elara por la cintura y tiré de ella violentamente para pegarla a mi costado. Su espalda chocó contra mi pecho ensangrentado. —Si la tocas, Marcus, te romperé la mano —rugí. La autoridad oscura y absoluta que resonaba en mi voz hizo que toda la manada se sometiera al instante—. Es mi compañera. Y su nueva Luna. Elara se quedó completamente rígida contra mí. Yo era hiperconsciente de lo apretados y posesivos que se hundían mis dedos en su delgada cintura. La sentí temblar. —Alfa... nosotros... no lo sabíamos —tartamudeó Marcus, dando un rápido paso atrás y exponiendo su cuello. —Preparen mi habitación —ordené, sin aflojar en ningún momento mi agarre de hierro sobre Elara—. Y que nadie pise ese piso hasta que salgamos. En el momento en que entramos en mi dormitorio, la pesada puerta de roble se cerró tras nosotros. Elara se apartó de mí de un empujón inmediatamente, como si mi piel la estuviera quemando. —¿Qué diablos ha sido eso? —siseó, lanzando su bolsa a los pies de mi enorme cama—. ¡Habíamos dicho que era falso! ¿De verdad tenías que rugir como si fueras a arrancarle el brazo a tu propio hombre? —Estaba actuando —mentí, dejándome caer pesadamente en el borde del colchón. El dolor de la plata me estaba apuñalando el cerebro de nuevo. No estaba actuando. El mero pensamiento de que otro macho la tocara me había sumido en una rabia ciega—. Si no monto un espectáculo, no se lo creerán. —Vale. Gran actuación. Denle un Oscar —gruñó para sí misma, sacando de nuevo esas malditas agujas y botellas—. Ahora túmbate. Estás sangrando otra vez. A pesar de la agonía en la que me encontraba, no discutí. Me tumbé boca arriba y ella se subió a la cama justo a mi lado. Su rostro estaba a escasos centímetros del mío mientras aplicaba la solución helada y anestésica en mi herida. Su ceño fruncido, esa concentración mortal e intensa en su trabajo... No se parecía en nada a las hembras sumisas y arregladas en exceso de mi manada. Era diferente. Tenía una inteligencia salvaje. —Joder, el tejido muscular está destrozado —murmuró para sí misma, usando unas pinzas para escarbar en busca de un diminuto trozo de metralla de plata que había quedado dentro del corte—. Si esto toca el nervio... No, no lo hizo. Estúpido lobo con suerte. No podía dejar de mirarla. El dolor que sentía en ese momento era indescriptible, pero, por extraño que parezca... lo estaba disfrutando. Dejando a un lado la descabellada idea de que yo llegara a rechazarla alguna vez, o de que permitiera que este vínculo siguiera siendo solo una mentira, en realidad era divertida. Me encantaba cómo murmuraba constantemente para sí misma; creía que nadie más podía oírla, que yo estaba demasiado ido para captar esos susurros. Pero podía oírla. Podía oír cada maldita palabra que caía de esos labios, y no podía dejar de preguntarme a qué sabrían. —No te voy a hacer daño —dije de repente. Mi voz salió mucho más grave y áspera de lo que pretendía. Su mano se congeló. Levantó la vista de mi herida y me miró directamente a los ojos. La distancia entre nosotros era tan pequeña que podía sentir nuestras respiraciones enredándose. —Lo sé —susurró, tragando saliva con dificultad—. Tenemos un contrato. Mis ojos bajaron hasta sus labios. —Un contrato —repetí lentamente. Mi mano se levantó involuntariamente, y mis dedos rozaron la línea de su mandíbula. El calor de su piel estaba derritiendo todo el frío que había en mi interior—. Cierto... el contrato. El contrato era lo último en lo que pensaba en este preciso momento.El retumbo vibratorio de la perforadora de alta presión hacía temblar las paredes de piedra calcárea de la cueva inferior. Una fina capa de polvo blanco caía de las estalactitas, depositándose sobre las fundas de plástico transparente con las que habíamos cubierto la mesa de muestras.—¡Corta el flujo de aire, Kaan! —le grité al jefe de máquinas, señalando el manómetro de la plataforma—. ¡La presión del cabezal está en seis bares! Si sigues empujando a esa velocidad, vas a quemar la broca de tungsteno contra la capa de basalto.Kaan, un tipo fornido con los brazos cubiertos de grasa y hollín, tiró de la palanca de emergencia. El ensordecedor rugido del motor diésel descendió a un ronroneo grave y rítmico.—La roca es más dura de lo que indicaban tus mapas geológicos, Luna —dijo Kaan, limpiándose el sudor de la frente con el reverso de su guante de cuero—. Hemos pasado los doscientos cincuenta metros, pero el terreno se está volviendo compacto. Si no metemos refrigerante, la cabeza del
—Clara, pásame la jeringa de cinco mililitros y el vial con la solución salina hipertónica. Y ajusta la luz del fotóforo, no veo bien la bifurcación de la vena basílica.La luz blanca de la lámpara halógena iluminaba la pequeña mesa de exploración del dispensario. Elías, el anciano minero, yacía con el torso desnudo, respirando de manera rítmica mientras yo desinfectaba con un algodón impregnado en alcohol la zona justo debajo de su clavícula.—La saturación de oxígeno ha subido al noventa y seis por ciento, Luna —dijo Clara, consultando el pulsiómetro digital que pinchaba el índice del paciente—. El suero de anticuerpos que le administramos en el valle está metabolizando el resto de los residuos de nitrato de plata.—No nos confiemos —murmuré, introduciendo la aguja con un ángulo de quince grados. La precisión de mi mano era milimétrica; ni un solo temblor, ni un rasguño innecesario en la piel del viejo lobo—. La plata en la sangre de un metamorfo no se comporta como un metal pesado
—Dime que es una broma, Thomas —dijo Jax, deteniéndose en seco justo antes de salir del callejón. Señaló con un dedo acusador el pecho del logístico—. ¿De verdad te has puesto una corbata con estampado de patos? Vamos a infiltrarnos en el centro de operaciones de un sindicato criminal que fabrica armas biológicas, ¿y tú traes patos en el cuello?Thomas se ajustó el nudo de la corbata con las manos temblorosas, sudando a pesar de la brisa fría que subía desde el Bósforo.—Es una corbata de la suerte, Jax. Me la regaló mi hija cuando cumplió dos años, justo antes de que me fuera a trabajar a Kuwait. La he llevado en todas las auditorías de aduanas durante ocho años. Además, da el perfil perfecto de un oficinista aburrido. Nadie sospecha de un hombre con patos en la corbata.—Yo sospecho de ti —replicó Jax, cruzándose de brazos—. Si yo fuera el guardia de esa puerta, te dispararía solo por ofender mi sentido de la moda.—Suficiente —intervino Damien, pasando por el medio de los dos con p
Cuando cruzamos el límite de Estambul eran las siete de la mañana, y el legendario y desalmado atasco del peaje de Mahmutbey nos tenía atrapados en medio de un mar de hormigón.Tras el frío helado, el silencio y las tierras del Norte que se nutren de sangre, el humo de los escapes y el estruendo incesante de los cláxones se sentían, por un momento, más letales que un ataque con armas biológicas. Jax tenía las manos apretadas al volante del SUV y la cabeza apoyada contra él mientras gemía.—Me voy a volver loco —murmuró Jax, cerrando los ojos—. Te juro que me voy a volver loco. Escapé de los escuadrones de asesinos en Europa, volé por los aires los laboratorios de Valerius, pero el tráfico de Mahmutbey va a ser mi fin.Damien estaba sentado en el asiento trasero con los brazos cruzados, inmóvil como una estatua. Tenía la mirada fija en el caos exterior a través de la ventanilla. Estaba tan quieto que por un segundo se podría pensar que ni siquiera respiraba. Una Fiat Doblo blanca carga
Mientras contemplaba las coordenadas GPS verdes que parpadeaban en la pantalla, el único sonido que resonaba en el laboratorio era el zumbido monótono del ventilador de refrigeración.—Nos está dando literalmente su dirección de casa —dije, empujando mi silla hacia atrás—. Es una trampa. Y de las más burdas, de esas que gritan a voces que están ahí.Damien contempló los números en la pantalla con expresión neutra. No había ira ni sorpresa en su rostro, solo un cálculo glacial. —Los dos sabemos que es una trampa. Karakarga calcula que iremos a ese almacén con un ejército, y que en cuanto nos plantemos en la puerta nos echará encima a la policía civil o a los remanentes del Consejo.—Entonces no iremos con un ejército —dijo Jax. Estaba apoyado en el marco de la puerta, abriendo y cerrando el encendedor de metal que tenía en la mano. El clic del mechero interrumpía rítmicamente el silencio de la habitación—. Si entramos en ese puerto con los blindados pesados de Marcus, la policía de Est
—Marcus, duplica las barricadas de hierro en el paso oriental. Por mucho que se queje el consejo civil, no dejaréis pasar los camiones procedentes de ese puerto sin antes sellarlos.Damien estaba inclinado sobre el mapa en la amplia mesa de trabajo de la mansión, señalando con el dedo aquel punto oscuro en la franja costera del mar Negro. Su camisa gris se tensaba sobre los hombros; en su rostro aún predominaban esos rasgos severos e inflexibles de la noche anterior.Marcus, de pie justo frente a la puerta con las manos cruzadas a la espalda, inclinó la cabeza sin perder su postura militar.—A la orden, Alfa. Thomas estuvo en la puerta hace un momento. Dice que la población civil está inquieta debido a que los sacos de harina importada de Estambul siguen retenidos en la aduana.—Dile a Thomas que esa harina pasará una prueba de veneno antes de convertirse en pan —dacé, dejando los tubos de vidrio que traje del laboratorio en la esquina de la mesa—. Sería de ilusos pensar que ese hombr







