ログインDurante veinte años, Serafine ha vivido convencida de que su existencia es una deuda. Abandonada siendo un bebé frente a las puertas de Colmillo Plateado, creció sin familia, sin apellido y sin una loba que despertara en su interior. Mientras los demás encuentran fuerza en su naturaleza salvaje, ella solo conoce el trabajo, la obediencia y las constantes humillaciones de una manada que jamás le permite olvidar que debería agradecer seguir allí. Hasta que llega Nick. Rey Alfa de Sol del Oeste. Poderoso, temido y acostumbrado a que todos bajen la cabeza ante él. Todos excepto la muchacha de ojos azules que sirve su mesa. Nick no sabe quién es Serafine. No conoce el secreto que Colmillo Plateado lleva veinte años ocultando ni comprende por qué su lobo reacciona cada vez que ella se acerca. Solo sabe que no puede dejar de mirarla. Y eso bastará para despertar celos, intrigas y un miedo feroz en quienes harán cualquier cosa para impedir que Serafine abandone la manada. Pero todo cambiará la noche de su vigesimoprimer cumpleaños. Porque Serafine no estaba destinada a ser una loba corriente. Bajo la luz de la luna despertará una enorme loba plateada de ojos azul hielo. Y cuando Selene descienda para reclamarla como su elegida, todos comprenderán demasiado tarde una verdad capaz de cambiar el destino de varias manadas: la joven a la que obligaron a vivir de rodillas jamás fue débil. Solo estaba esperando a despertar.
もっと見るEl pan estaba demasiado caliente para tocarlo.
Lo supe porque ya me había quemado dos dedos con la primera bandeja y porque Mara me había repetido tres veces que utilizara el paño grueso. Aun así, cuando sonaron las campanas del patio, agarré la segunda bandeja deprisa y el borde de metal volvió a rozarme la piel.
El dolor me atravesó la mano.
No solté nada.
Dejar caer el pan destinado a la mesa del Alfa habría sido peor.
—Serafine. Las hogazas grandes.
—Sí, Mara.
Las coloqué en las cestas mientras la cocina hervía a mi alrededor. El fuego de los hornos me calentaba un lado de la cara, las ollas chocaban contra los fogones y el olor a grasa, carne y masa recién hecha se pegaba a la ropa.
Me gustaba trabajar allí.
Cuando tenía las manos ocupadas nadie podía preguntarse para qué servía una mujer sin familia y sin loba.
Mara señaló una hogaza.
—Esa no.
La miré.
—No está quemada.
Su ceja se levantó.
Bajé los ojos.
—Perdón.
Aparté el pan.
En Colmillo Plateado existían distintas clases de bueno.
Bueno para el Alfa.
Bueno para los guerreros.
Bueno para las familias importantes.
Después estaba lo que terminaba conmigo: vestidos usados, jabón demasiado pequeño, cestas con un asa rota y pan demasiado tostado.
Cogí la cesta y salí.
El frío del corredor me erizó los brazos.
No había avanzado ni veinte pasos cuando escuché unas risas.
Elya apareció desde el otro extremo acompañada por otra muchacha.
Era imposible no verla.
Llevaba pequeñas piezas de plata entre el cabello oscuro y un vestido que se ajustaba perfectamente a su cintura. La hija del Beta nunca recibía prendas que hubieran pertenecido antes a otra mujer.
Su amiga se apartó.
Elya no.
Su hombro chocó contra mi cesta.
Una hogaza cayó.
El sonido fue pequeño.
El silencio posterior no.
Miré el pan sobre las piedras.
Después a ella.
—Lo siento.
Elya sonrió.
—Qué torpe.
No había sido yo.
Las dos lo sabíamos.
Me agaché.
—No la recojas.
Todo mi cuerpo se quedó quieto.
Reconocía esa voz aunque hubiese un centenar de personas hablando.
El Alfa avanzó hacia nosotras.
Las conversaciones desaparecían a medida que se acercaba.
Me incorporé lentamente.
—¿Para quién era ese pan?
—Para la mesa principal.
Sus ojos bajaron hacia la hogaza.
—Y ahora está en el suelo.
Elya juntó las manos delante del vestido.
—Ha tropezado conmigo, Alfa.
La mentira fue pronunciada con tanta tranquilidad que sentí durante un instante la absurda necesidad de revisar mi propio recuerdo.
—No fue...
Cerré la boca.
Demasiado tarde.
El Alfa giró la cabeza hacia mí.
—¿Ibas a contradecir a la hija de mi Beta?
El calor de la cocina había desaparecido de mi piel.
—No.
—Eso me había parecido.
Señaló el pan.
—Recógelo. Después limpiarás el gran salón. Esta noche ayudarás también en los establos.
Me dolían los dedos.
Tenía pendientes las cocinas.
Y todavía no había desayunado.
—Sí, Alfa.
Elya esperó a que él se alejara.
—Deberías agradecer que todavía te den trabajo.
Su amiga soltó una risita.
Me agaché.
La piedra estaba fría bajo mis rodillas.
Veinte años antes me habían encontrado frente a las puertas de Colmillo Plateado, envuelta en una manta.
Sin carta.
Sin apellido.
Sin nadie esperando cerca.
El Alfa había permitido que me quedara.
Aquello se había convertido en una deuda que parecía crecer conmigo.
Cogí la hogaza.
—¿Nunca te cansas?
Levanté la cabeza.
Elya continuaba allí.
—¿De qué?
—De pedir perdón.
No supe qué responder.
Su sonrisa se ensanchó.
—Supongo que cuando una debe tanto, termina acostumbrándose.
Algo me apretó detrás de las costillas.
No le di el gusto de verme reaccionar.
Me levanté.
Las campanas volvieron a sonar.
Esta vez no fueron los golpes breves que marcaban el trabajo diario.
Tres campanadas largas atravesaron la residencia.
Todos se detuvieron.
Un guardia apareció desde el patio.
—Mensaje del camino occidental.
El Alfa regresó al corredor.
—Habla.
—La comitiva de Sol del Oeste ha cruzado el límite de nuestras tierras. El Rey Alfa llegará antes del anochecer.
La expresión de Elya cambió.
Fue mínimo.
Pero lo vi.
Sus dedos fueron inmediatamente a su cabello.
—¿Nick? —preguntó su amiga.
Elya le dirigió una mirada de advertencia.
No conocía personalmente al Rey Alfa de Sol del Oeste. Solo historias.
Un territorio inmenso.
Guerreros.
Riqueza.
Un hombre al que incluso otros Alfas escuchaban.
Nada de aquello tenía relación conmigo.
Cogí la cesta.
—Serafine.
Me volví.
Elya había recuperado la sonrisa.
—Procura no dar vergüenza cuando llegue el Rey.
Miré la hogaza manchada dentro de mi cesta.
—No creo que el Rey vaya a fijarse en mí.
Elya sostuvo mi mirada un instante.
—Esperemos que no.
No comprendí por qué lo dijo de aquella manera.
Todavía no.
Kael pidió verme al tercer día.No Nick.Kael.Eso fue lo que me hizo levantarme.Estaba intentando recogerme el cabello cuando Ariadne entró.Me miró.Después miró el vestido.—¿Vas a salir?—Hasta el despacho de Nick.—Eso son unos treinta metros.—No arruines mi gran regreso.Ariadne levantó las manos.—Perdón.Treinta metros heroicos.—Gracias.Me ayudó con el cabello sin hacer comentarios.Cuando salimos al corredor sentí todas las miradas aunque probablemente la mitad fueran inventadas.Dos criadas bajaron los ojos.Un guardia me saludó.Nadie dijo nada.Eso ayudó.Nick estaba en su despacho con Kael y Elira.Lo primero que pensé fue:Algo ocurre.Nick se levantó.—Hola.—Hola.No vino hacia mí.Esperó.Yo fui hasta la silla.—¿Qué pasa?Kael cerró la puerta.—Tenemos los resultados de la taza.Mi cuerpo quedó frío.La taza.La había olvidado y no.Era una de esas cosas que permanecían detrás de todos los pensamientos.—¿Qué encontraron?Elira tomó un pequeño recipiente.Dentro
No salí de la habitación durante dos días.No porque nadie me lo impidiera.Eso era importante.La puerta no estaba cerrada con llave.No había guardias delante.Nick no había dado ninguna orden.Podía levantarme, vestirme y atravesar los corredores cuando quisiera.Simplemente no quería.El mundo seguía funcionando al otro lado de las paredes y eso me parecía casi ofensivo.Escuchaba carros entrando al patio.Criadas hablando en el corredor.Campanas marcando comidas.Una vez oí reír a alguien.Aquello fue lo peor.No porque no tuvieran derecho.Porque me recordó que para todos los demás el día seguía teniendo mañana, tarde y noche.Para mí solo existía antes y después.Antes había dos latidos.Después no.Estaba sentada en la cama cuando llamaron.Tres golpes suaves.Sabía quién era.Nick siempre llamaba tres veces.—Puedes entrar.La puerta se abrió.Llevaba una bandeja.Lo miré.—Ariadne te ha enviado.—Sí.—Cobarde.—Dice que eres más difícil cuando tienes hambre.—No tengo hambr
Nick seguía fuera de la puerta cuando desperté.Lo sabía por el vínculo.No necesitaba abrir.Su dolor estaba allí.Apagado.Pesado.Constante.Yo llevaba horas tumbada sin saber si había dormido realmente.El cuerpo dolía.Pero era soportable.Lo insoportable era abrir los ojos y recordar.No había bebés.Cada vez ocurría de nuevo.Durante un segundo despertaba sin pensar.Después lo sabía.Otra vez.La puerta sonó suavemente.—Serafine.Ariadne.—Pasa.Entró con una bandeja.No tenía hambre.No dije nada.Ella tampoco me pidió que comiera.Dejó la bandeja.Se sentó.—¿Está fuera?—Sí.—¿Desde ayer?—Sí.Cerré los ojos.—Idiota.Ariadne sonrió con tristeza.—Bastante.—Debería dormir.—Probablemente.—¿Por qué no lo obligas?—Porque soy más pequeña que él.—Kael.—Kael lo intentó.Eso me hizo imaginarlo.Casi sonreí.No pude.Pasó un rato.—Quiero verlo.Ariadne asintió.—Bien.No preguntó si estaba segura.Solo fue a buscarlo.Nick tardó menos de cinco segundos.Entró.Se quedó junt
El amanecer llegó sin que hubiera dormido.La luz empezó a entrar por las cortinas mientras yo miraba el mismo punto del techo.Nick seguía sentado junto a la cama.No sé si había cerrado los ojos alguna vez.Elira había entrado tantas veces que perdí la cuenta.Cada vez escuchaba.Cada vez tardaba más.Cada vez su rostro era peor.El sangrado aumentó poco antes del amanecer.Lo noté antes de verla.La sensación húmeda.El calor.Después el miedo.—Nick.Se levantó.—¿Qué?—Creo que...No pude terminar.Miró la sábana.Su cara perdió color.—Elira.No gritó.No necesitó.La sanadora estaba en la habitación contigua.Entró.Me examinó.No habló.Yo observaba cada movimiento.—Dime algo.—Necesito comprobar.—Llevas toda la noche comprobando.Mi voz se quebró.Elira sacó el instrumento.Lo apoyó.Silencio.Movió.Más silencio.Mi mano encontró la de Nick.Él la apretó.—¿Uno?Pregunté.Elira no respondió.—¿El fuerte?Nada.—Elira.La mujer cerró los ojos.—No encuentro ninguno.La habi












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