MasukEl jefe de seguridad lo miró y preguntó —¿La reconocen? Es una mujer la que tiene al niño en los brazos. Eliester apoyó las manos sobre la mesa sin dejar de ver la pantalla. Pero hubo alguien atrás que dijo. —Sí. Es ella... Irina, la madre de Ivanko y ex amante tuya, Yuri. Dijo el CEO Rodrigo Ivanov, con los dientes apretados. La imagen volvió a reproducirse. La mujer entró en la habitación y, minutos después, salió llevando un pequeño bulto envuelto en una manta blanca contra el pecho. El bebé. Su hijo. Eliester sintió que la furia le quemaba las venas. —Detenga la grabación. El técnico obedeció. —¿Quién es? —preguntó el jefe de seguridad. Eliester levantó lentamente la mirada. — Es... Irina, la madre de mi cuñado. El nombre cayó en la sala como una sentencia. —Quiero todas las cámaras del hospital. Quiero saber por dónde entró, dónde se cambió y qué salida tenía planeada. Revisen también las cámaras exteriores y los registros de vehículos. Y envíen l
Los padres estaban viviendo su peor pesadilla. Algo que jamás habrían imaginado que les sucediera. Él CEO la sostuvo por los hombros antes de que se lastimara. —Mírame, Amelia. Mírame. —¡Lo teníamos aquí! ¡Estaba aquí cuando te fuiste! Las lágrimas comenzaron a correr por las mejillas de la jóven madre. —¡Alguien se lo llevó! Eliester sintió que una furia helada le recorría el cuerpo. No era un hombre que perdiera el control con facilidad. Había enfrentado amenazas empresariales, enemigos peligrosos y situaciones en las que un error podía costarle millones de dólares. Pero aquello no era un negocio perdido. Era su hijo. Su preciado hijo. Su pequeño, que apenas llevaba unas horas de vida en el mundo. Se inclinó, besó la frente de Amelia y le habló con una firmeza que apenas conseguía disimular su propia desesperación. —Voy a encontrarlo. Te lo juro por mi vida. Después pulsó el botón de emergencia y salió al pasillo. —¡SEGURIDAD! El grito resonó por todo
Hospital privado San Patricio. — 3:47 de la madrugada El nacimiento del pequeño heredero Ivanov, había llenado de felicidad a la familia. Después de horas de angustia y dolor, Amelia había conseguido traer al mundo a un niño saludable, mientras Eliester permanecía a su lado, incapaz de ocultar la emoción que le provocaba contemplar a su heredero. El pequeño descansaba en su cuna transparente, envuelto en una manta blanca con delicados bordados dorados. Tenía las mejillas sonrosadas, los puños cerrados y una expresión de absoluta tranquilidad. Eliester había salido unos minutos para hablar con el médico y atender una llamada urgente de su padre. Antes de marcharse, besó la frente de su esposa y acarició la cabecita de su hijo. —No tardo, mi amor. Cuando regrese, quiero encontrarlos a los dos perfectos. Amelia, agotada después del parto, apenas pudo sonreír. —Ve tranquilo. Nuestro hijo no va a escaparse. —Espero que tenga el buen juicio de no hacerlo. Todavía no cumpl
Él CEO sintió que algo se le quebraba dentro del pecho. Amaba muchísimo a su mujer, también a su nena y al bebé que venía en camino, sin embargo, apenas podía soportar verla en ese estado tan terrible. —Escúchame, amor. Mírame. Ella obedeció con dificultad. —No tienes que hacerlo todo de una vez. Solo esta contracción. Después descansamos. Luego enfrentamos la siguiente. Estoy aquí, ¿me oyes? Estoy contigo. La obstetra realizó una nueva valoración y confirmó que el parto avanzaba adecuadamente. Así que cuando llegó el momento de pujar, explicó a Amelia qué debía hacer y le indicó que siguiera sus instrucciones. Eliester se colocó junto a su cabeza, permitiéndole apoyarse en él. —Puedes hacerlo, Amelia. —¡Como vuelvas a decirme eso, te juro que...! —No diré nada, no te enojes. —¡Más te vale! Él cerró la boca inmediatamente. La enfermera tuvo que ocultar una sonrisa. Incluso en medio del dolor, Amelia seguía siendo Amelia. Y Eliester jamás la había amado t
La villa Salvatore había quedado atrás en cuanto Amelia comenzó a sentir aquellas contracciones que, al principio, confundió con una simple molestia. Elizabeth había sido la primera en darse cuenta de que algo no marchaba bien. Isabella, todavía recuperándose de todo lo que había vivido durante las últimas semanas, observó con los ojos muy abiertos cómo su amiga palidecía mientras una mano se aferraba al borde del sofá y la otra descansaba sobre su abultado vientre. (...) EN EL HOSPITAL... —Amelia, mírame. Respira despacio —le pidió Elizabeth, arrodillándose frente a ella. —¡Estoy respirando! —protestó Amelia, apretando los dientes— ¡Lo que no estoy haciendo es disfrutar de esta experiencia! —Creo que debemos llamar nuevamente a Eliester. —¡No creo, Elizabeth! ¡Estoy absolutamente segura de que debes llamar a mi marido! —exclamó Amelia cuando otra contracción la obligó a inclinarse hacia delante. — ¡El es el padre y el bebé ya va a nacer! Elizabeth sacó su teléfono
Elizabeth sacó el teléfono. Sus dedos temblaban tanto que marcó un número equivocado. —¡Maldita sea! —¿A quién llamaste? —preguntó Amelia entre dientes. —¡A la administración de la clínica! —Perfecto. Quizá puedan reservarme una habitación con vista al mar. —¡AMELIA! —¡ELIZABETH, ME DUELE! La rusa tomó el teléfono de inmediato y marcó nuevamente. Mientras tanto, Isabella llamó a la enfermera que la ayudaba durante su recuperación. No podía levantarse precipitadamente ni hacerse cargo de la situación por sí sola; el médico le había insistido en que debía evitar esfuerzos innecesarios después de la cesárea. Sin embargo, ver a su amiga a punto de dar a luz le aceleraba el corazón. —Todo va a salir bien —le aseguró— Ya verás. Amelia le apretó la mano. —Bella, si mi hijo nace con la misma personalidad de su padre, te juro que voy a pedir que lo intercambien en el hospital. —¡Te estoy escuchando! —protestó Elizabeth, todavía al teléfono. — Ella era la hermana d







