FAZER LOGINÉl inhaló profundamente. —Estoy respirando, amore. —Llevas cinco minutos comportándote como si acabaras de adquirir otra compañía. —Una compañía es más sencilla. Tiene empleados, contratos y balances. Estos dos pequeños pueden decidir a las tres de la mañana que quieren escuchar mi voz, y no existe ninguna cláusula contractual que me permita negarme. —¿Y se lo negarías? Luciano la miró como si acabara de insultarlo. —Por supuesto que no. Cuidare de ellos de la misma manera que cuido de Bella y Rafael. Isabella lo miró con un amor infinito. Era absolutamente incapaz de resistirse a aquel hombre. A su apuesto rostro, a sus ojos de diferente color que le encantaban, a su forma de amarla y amar a sus hijos. Quince minutos después, salieron de la consulta. Luciano llevaba la carpeta médica en una mano y sostenía a Isabella por la cintura con la otra, como si el simple hecho de caminar por el pasillo pudiera representar una amenaza. —Puedo caminar sola —le recordó
El médico asintió. —Así es, señor Salvatore. Son gemelos. Nadie habló por al menos dos minutos. Ni siquiera el aire acondicionado parecía hacer ruido en aquel instante. Luciano permaneció inmóvil, mirando la pantalla con los ojos muy abiertos. Su mano continuaba aferrada a la de Isabella, pero sus dedos se habían quedado rígidos. El hombre que había negociado con empresarios hostiles, enfrentado amenazas y dirigido un imperio empresarial sin pestañear acababa de perder la capacidad de formular una frase. —!¿Gemelos?! —repitió finalmente. —Exactamente —confirmó el médico— Van a tener gemelos nuevamente, son muy afortunados, no siempre sucede esto. Luciano se puso pálido. Completamente pálido. Sus manos perfectamente cuidadas, estaban frías. Isabella giró la cabeza hacia él y, al verlo, se olvidó momentáneamente de la noticia. —¿Luciano? Él no respondió. —Amore, ¿estás bien? El CEO miró a su esposa, después al médico y finalmente a la pantalla. —No... ¿C
La tarde del día siguiente llegó más rápido de lo que Luciano Salvatore habría deseado. A las dos en punto, el lujoso automóvil negro del CEO se detuvo frente a una de las clínicas privadas más exclusivas de Italia. El edificio contaba con una entrada discreta, instalaciones de primer nivel y un equipo médico acostumbrado a atender a las familias más poderosas del país. Luciano descendió primero y rodeó el vehículo para abrirle la puerta a su esposa. —Con cuidado, amore. Isabella soltó una risita mientras aceptaba su mano. —Luciano, estoy embarazada, no enferma. —Y yo soy tu esposo, no un espectador. Mi trabajo consiste en asegurarme de que estés bien. —Tu trabajo consiste en dirigir una compañía multimillonaria. —También. Pero mi prioridad eres tú. La mujer de ojos ámbar sonrió y se puso de puntillas para darle un beso en la mejilla. El CEO, que podía dejar sin palabras a una junta de empresarios con una sola mirada, se inclinó inmediatamente para recibir aqu
El silencio que siguió fue glorioso para los demás CEOS que también llegaban hasta el jardín. Damiano parpadeó una y otra vez. Abelardo abrió la boca. Sasha se llevó lentamente la copa a los labios, tratando de disimular su sonrisa. —¿Robarte a tu hermana? —repitió Damiano. Donovan asintió con absoluta seriedad. —Mira cómo la mira. Le está dando sus juguetes, construye castillos con ella y ya le prometió que jugarán mañana. El ex líder de la mafia griega tuvo que apartarse para soltar la carcajada —¡Por todos los santos! ¡El muchacho acaba de detectar una amenaza internacional! Abelardo, en cambio, pareció profundamente ofendido. —¡Mi hijo no se va a robar a nadie! Donovan lo miró con los ojos entrecerrados. —Todavía. Damiano se cubrió la boca con una mano. Nunca había estado tan orgulloso de su hijo y, al mismo tiempo, tan cerca de perder la compostura. —Donovan, campeón, solo están jugando. — Dijo el padre, intentando convencer a su retoño, y para que
La pequeña Ferrer y el heredero griego Mientras los adultos intercambiaban anécdotas y discutían sobre negocios, una escena mucho más importante se desarrollaba en el jardín lateral. La hija de Damiano Ferrer, había encontrado un compañero de juegos. El pequeño Sasha Diamantis. El niño, que llevaba un elegante conjunto azul oscuro, estaba sentado sobre una manta junto a una pequeña mesa infantil. Frente a él había bloques de construcción, automóviles de juguete y varias figuras de animales. La niña de Damiano, vestida con un bonito vestido color marfil, zapatitos color rosa con detalles en beige y el cabello suelto con dos moñitos, se sentó a su lado sin la menor timidez. —¿Cómo te llamas? —preguntó ella. —Sasha. —Yo soy Emma, hija de Damiano Ferrer. El niño la observó unos segundos. —¿Tu papá es el señor que habla con todos? La pequeña asintió. —Sí. Pero no siempre habla demasiado. Papá es muy callado. Sasha soltó una risita. —Mi papá también es muy call
Un reencuentro de leyendas, una alianza entre imperios y un pequeño rival griego. Las puertas de la iglesia se abrieron de par en par cuando los últimos invitados comenzaron a salir. El bautismo de Iván Romanov había concluido, pero la verdadera celebración apenas comenzaba. Frente al templo aguardaba una impresionante caravana de vehículos de lujo: Rolls-Royce negros, Bentley, Mercedes blindados y varios deportivos italianos que brillaban bajo el sol. Los hombres encargados de la seguridad vigilaban cada movimiento, mientras los guardaespaldas de las distintas familias intercambiaban discretos saludos. No era habitual que tantos hombres poderosos se reunieran en un mismo lugar sin que existiera una negociación internacional de por medio. Sin embargo, aquel día había una razón más importante. La familia Romanov. Ivanko Romanov había organizado un banquete digno de la historia de su apellido, y ningún invitado había recibido una invitación ordinaria. Los miembros de







