Se connecterGiovanni permaneció inmóvil junto a la mesa del comedor. Sentía que algo era extraño aquella mañana. En su mente, Tristán seguramente sacaría a relucir lo ocurrido la noche anterior, el asunto de la tarjeta de presentación de Don Mateo Calderón, sus planes de divorcio o las razones por las que Giovanni se había atrevido a actuar de aquella manera. Tristán era el tipo de hombre que exigía explicaciones exhaustivas hasta que todo encajara dentro de su propia lógica. Sin embargo, allí estaba, sentado tranquilamente mientras pasaba las páginas del informe en su tableta.Al ver que Giovanni seguía inmóvil, sin dar señales de querer moverse, Tristán volvió a levantar la mirada.—¿Por qué sigues ahí parada, perdida en tus pensamientos? —la reprendió Tristán, con una voz firme y cargada de sarcasmo—. ¿No piensas desayunar? ¿Acaso planeas volver a enfermarte para tener una excusa para holgazanear y desentenderte de tus obligaciones de cuidar a la tía Elena?Doña Sofia soltó de inmediato un res
Los rayos del sol de la mañana que se filtraban por las rendijas de las gruesas cortinas golpearon los párpados pesados e hinchados de Giovanni. Parpadeó varias veces, soportando el dolor palpitante en las sienes provocado por el llanto que había contenido durante toda la noche bajo las mantas.Cuando su mirada comenzó a enfocar el reloj digital sobre la mesita de noche, Giovanni se sobresaltó.Eran las 7:15 de la mañana.Sintió que el corazón se le hundía de golpe. ¿Cómo era posible que se hubiera levantado tan tarde? ¿Por qué no había sonado la alarma de su teléfono?Giovanni giró rápidamente la cabeza hacia el lado de la cama que estaba junto a ella. Las sábanas blancas de ese lado ya estaban vacías y la almohada se encontraba perfectamente ordenada. Aguzó el oído, pero no escuchó el sonido del agua que solía venir del baño. La chaqueta de trabajo que el día anterior había estado colgada en el sofá también había desaparecido.«¿Tristán ya se fue? No es habitual que salga tan tempra
Giovanni respiró hondo. Aunque sentía un dolor punzante en el pecho, obligó a sus dedos temblorosos a mantenerse quietos. Soportó la mirada penetrante y exigente de Tristán, y luego alzó lentamente los ojos para sostenerle la mirada.—Sí —respondió Giovanni. Su voz sonó tan suave que apenas parecía un susurro, pero contenía una firmeza innegable—. En efecto, tengo la intención de hablar de eso.Tristán se quedó inmóvil. Sus ojos se entrecerraron aún más mientras miraba a Giovanni, como si la mujer que tenía delante acabara de contarle el chiste más absurdo del mundo.—¿Divorcio? —repitió Tristán, con una voz cargada de arrogante incredulidad. Se frotó las sienes con irritación y soltó un áspero suspiro—. Después de todo lo que te he dado en esta casa, ¿todavía te atreves a hablar de semejantes tonterías?Tristán negó con la cabeza, incapaz de creerlo, y recorrió a Giovanni de pies a cabeza con una mirada despectiva.—¿Qué demonios tienes en la cabeza, Giovanni? ¿Acaso eres incapaz de
—¿Qué significa esto, Vanni? —repitió Tristán.Al ver la tarjeta de presentación sobre la alfombra, el pánico recorrió de repente todo el cuerpo de Giovanni como una descarga eléctrica de alto voltaje. La garganta se le cerró y el corazón le latió con tanta fuerza que un zumbido intenso comenzó a resonarle en los oídos.Su instinto le gritó que ocultara aquella prueba de inmediato. Giovanni se inclinó apresuradamente y extendió los dedos temblorosos para recoger la tarjeta.Sin embargo, Tristán fue mucho más rápido. Antes de que las yemas de los dedos de Giovanni pudieran siquiera rozar el papel, la robusta mano del hombre ya se había adelantado para recoger la tarjeta y apartarla del alcance de su esposa.Giovanni retrocedió sobresaltada, conteniendo la respiración mientras volvía a enderezarse rígidamente. Sus labios permanecieron apretados, incapaces de articular siquiera una palabra en su defensa. Miró la tarjeta entre los dedos de Tristán con una angustia que le desgarraba el pec
—¿Se siente más cómoda, tía? —susurró Giovanni con dulzura mientras le masajeaba las pantorrillas a Elena—. ¿Hay algo más que quiera antes de que vuelva a mi habitación?Elena, recostada contra una pila de almohadas, negó lentamente con la cabeza. Su mano derecha, que todavía temblaba ligeramente, tanteó detrás de la almohada y luego sacó una tarjeta de presentación.—Tía... ¿qué es esto? —preguntó Giovanni, desconcertada, cuando Elena le extendió la tarjeta y la depositó en la palma de su mano.—Guárdala, hija —susurró Elena con voz ronca—. Se llama don Mateo Calderón. Es un abogado extraordinario que ya está jubilado... Fue el asesor jurídico personal del difunto padre de Tristán.Giovanni observó la tarjeta con el ceño fruncido.—¿Para qué me da esto, tía?—Habla con él —dijo Elena en voz baja mientras estrechaba los dedos de Giovanni entre los suyos—. Mateo es un hombre honesto que defiende la justicia. Tiene una deuda de gratitud con mi difunto hermano. Puedes consultarle sobre t
El sedán que transportaba a Giovanni finalmente se detuvo en la explanada de la mansión Lozano. Al final, no se había quedado hasta el término de la subasta y tampoco había podido buscar al doctor V, pues el comportamiento de su esposo la había dejado demasiado irritada.Al llegar al dormitorio, Giovanni se quitó de inmediato el vestido y se puso unos pantalones holgados de algodón y un cómodo suéter gris de punto. Se lavó la cara mientras contemplaba su reflejo cansado y luego se dispuso a dirigirse al pabellón para revisar cómo se encontraba la tía Elena.Sin embargo, cuando se encaminó hacia la puerta, su mirada se detuvo en un marco envuelto en tela de satén que estaba apoyado sobre el sofá de la habitación.Era el cuadro del paisaje del lago que le había regalado Enzo Valenti. El personal de la subasta de la familia Del Valle lo había enviado mediante un mensajero especial mucho antes de lo que ella esperaba. Giovanni se acercó y acarició con la punta de los dedos los bordes del







